No es posible
desligar la emancipación del proletariado internacional de la liberación
de la mujer, pues no es posible eliminar la opresión de la mujer
sin forjar una nueva sociedad sobre una base diferente: sin explotación
y sin clases. Como ha ilustrado de manera contundente la guerra
del imperialismo yanqui en Afganistán, y sus amenazas de invadir
a otros países, los eslabones de las cadenas que oprimen a la mujer
son los eslabones de las cadenas entre los oprimidos de todo el
mundo y el sistema imperialista.
A raíz de la
reciente denuncia del brutal trato de las mujeres bajo el gobierno
religioso fundamentalista talibán, los medios de comunicación de
la burguesía occidental se apresuraron a regar el cuento de que
una meta de la clase dominante estadounidense era “liberar” a las
mujeres de Afganistán. Los amos del imperio mismo, Bush y su socio
Blair, mandaron a sus esposas a dar discursos sobre la importancia
de “poner fin a la tiranía” y hasta “parar la opresión de la mujer”
allá. En boca de quienes crearon y pusieron en el Poder a las reaccionarias
fuerzas talibanes por medio de la CIA y sus títeres en Paquistán,
el “descubrimiento” de la opresión de la mujer en Afganistán es
tanto hipocresía como crimen. Los imperialistas jamás objetaron
cuando los talibanes despidieron a las mujeres de sus trabajos y
las sometieron a “arresto domiciliario”, o les pegaron o ejecutaron
por desobedecer las leyes de “virtud y decencia”. Durante los últimos
15 años, no retiraron ni un dólar de los millones con que apuntalaron
al gobierno talibán y a otros reaccionarios señores de guerra “tradicionales”
y fuerzas mujaidines odiamujeres, sea el dinero para Osama bin Laden,
una vez a sueldo de la CIA, u otros colaboradores sauditas.
En efecto,
los mujaidines pro yanquis se oponían a la educación y actividad
pública de las mujeres e impusieron la ley de la burka, el
velo asfixiante de pies a cabeza, cuando subieron al Poder en 1992.
El nuevo lacayo pro yanqui, Karzai, y el circo de reaccionarios
señores feudales, que los imperialistas pusieron en el Poder desde
Bonn, no son muy diferentes a los talibanes. Según reporteros, Karzai
dice que “somos musulmanes” y por tanto la política del gobierno
hacia las mujeres es aplicar los principios y prácticas musulmanes.
Aun cuando modifiquen las leyes antimujer más reprobables, serán
cambios leves y cosméticos y tenderán a beneficiar a la cantidad
relativamente pequeña de mujeres profesionales de las grandes ciudades.
No proponen un cambio fundamental de la situación de la abrumadora
mayoría de las mujeres pobres y campesinas. Las relaciones sociales
entre hombre y mujer, entre oprimida y opresor, son reteobvias.
El sometimiento y la opresión de las mujeres de Afganistán son un
pilar del tejido semifeudal de la sociedad. Las bombas yanquis y
las fuerzas especiales británicas han matado a miles de las mujeres
que dicen “liberar”, pero no han eliminado la semifeudalidad, pues
no tienen ni la intención de hacerlo ni les interesa hacerlo en
absoluto. Solamente las masas de mujeres y todas las fuerzas de
nueva democracia de Afganistán pueden destruir las insoportables
relaciones que asfixian a las mujeres y crear nuevas relaciones
emancipadoras, derrocando el sistema semifeudal y expulsando a los
imperialistas, quienes lo mantendrán mientras sirva sus metas globales.
Es una mentira
peligrosa pensar que, pese a actos repugnantes como esta vil guerra
de terror contra quienes considera como oponentes al imperio yanqui,
el imperialismo puede traer cierto “progreso” para las mujeres oprimidas.
Tales ilusiones falsas aprietan más las cadenas ocultando la realidad
y fortaleciendo la mano de Bush y socios. Un claro ejemplo de la
preocupación de los imperialistas de los Estados Unidos y de otros
países por mejorar la vida de las mujeres del mundo se manifiesta
en la larga y sanguinaria historia de tiranía, el derrocamiento
de gobiernos que no son de su agrado o que interfieren en sus planes,
la asesina explotación de trabajadoras mediante una ínfima paga
en su afán de superganancias en el tercer mundo, y la tradición
de sus militares de licencia, como la violación y abuso general
de las mujeres de Corea, Tailandia, Panamá y hasta Okinawa del Japón.
¡Pregúntele a las filipinas si quieren que regresen las tropas yanquis!
Aunque los
imperialistas occidentales envíen más dólares asesinos para reparar
las ventanas que sus bombas han roto en las escuelas públicas de
Afganistán a que algunas muchachas (en unas cuantas ciudades) podrían
asistir, no tendrán más interés en la igualdad de las mujeres de
hoy que ayer, cuando tildaron de “daño colateral” la muerte de cientos
de mujeres y niños de Afganistán y la destrucción de aldeas campesinas.
El gobierno yanqui busca tomar el control de ésta y otras regiones
inestables del mundo y, por descarado y craso que parezca su belicismo,
para quienes les escuchen seguirán regando fantasías sobre democracia
y progreso para los mismos oprimidos que a diario están sometidos
a una brutalidad y represión asesina a manos del sistema imperialista.
En el caso
de las personas que quieran dar un apoyo genuino a la lucha de las
mujeres afganistaníes por deshacerse del velo, y otros grilletes
y tradiciones reaccionarios, primero deben desenmascarar enérgicamente
la hipocresía de los imperialistas y su guerra de agresión contra
los pueblos del mundo y no dejar que Bush, Blair y sus semejantes
trafiquen con su justa furia para encubrir los crímenes que cometen
a nombre de la “liberación” de la mujer.
Nótese la similitud
entre los fascistas cristianos que asesoran a Bush y los fundamentalistas
musulmanes feudales: dentro o fuera del Poder, tratan a las mujeres
como propiedad y objetos sexuales, justificando con la religión
las formas más degradantes de subordinación patriarcal y social.
Los maoístas
dicen: “¡Romper las cadenas! ¡Desencadenar la furia de la mujer
como una fuerza poderosa para la revolución!”. Ello quiere decir
romper todas las cadenas que impiden que las mujeres emancipen
la sociedad. Quiere decir las cadenas de los ricos países imperialistas
que estrangulan directamente de mil formas a los países pobres y
las cadenas visibles y ocultas que refuerzan la dominación masculina
de las mujeres, en las modernas ciudades occidentales o en las aldeas
más remotas, mediante extensas e insoportables prácticas sociales
y el control del trabajo femenino o en las plazas fuertes de la
supremacía masculina: la familia y el matrimonio.
La Guerra Popular
en Nepal demuestra lo que ya se ha demostrado en el Perú y otros
movimientos revolucionarios: la pujante efusión del potencial revolucionario
de las mujeres. Las mujeres descubren una vida como combatientas
en pie de igualdad en la lucha de emancipación. Reciben una bienvenida
y entrenamiento, con fusiles, y participan en la transformación
de las aldeas en bases de apoyo del poder popular, dejando atrás
la humillación, pobreza y falta de educación. Encabezadas por el
partido proletario, combaten por una nueva sociedad; jamás aceptarán
volver a la degradación y miseria semifeudal que el sistema ofrece
a millones de personas de Nepal. Se están cambiando, al igual que
sus hermanos‑combatientes, en el curso de la histórica guerra
popular. Unidos, apuntan a tomar el Poder a fin de arrancar de raíz
todas las relaciones opresivas de la antigua sociedad desde la cima
de los montes Himalaya hasta las llanuras bajas, en función de la
lucha internacional para emancipar los pueblos del mundo.
La opresión
de la mujer afecta a las mujeres de toda clase social, y las hermanas
rebeldes de todo el planeta están forjando movimientos para combatir
toda forma de velo asfixiante. El funcionamiento del sistema empobrece
la población femenina. Al mismo tiempo, más mujeres ingresan a las
filas del proletariado internacional, de modo que nuestra clase,
con otras fuerzas, podrá librar una férrea batalla contra toda forma
de opresión de la mujer y chovinismo masculino y llevar a cabo el
deber revolucionario de transformar el mundo.
¡Arrancar
todo velo de opresión!