UN MUNDO QUE GANAR
 


La vil guerra de venganza yanqui contra los pueblos de Afganistán

Afganistán y sus pueblos son las primeras víctimas de la agresión que desataron los imperialistas tras el 11 de septiembre. Es un caso modelo del autoproclamado derecho del gobierno yanqui de intervenir, lanzar ataques militares, derrocar a gobiernos e imponer regímenes títeres dondequiera que su imperio lo requiera. Esta vez, convirtió a Afganistán en una avanzada militar en la región inestable y estratégicamente importante de Asia central, que colinda con el Medio Oriente y el sur de Asia. Aunque los imperialistas yanquis festejan lo que llaman una victoria, este crimen contra los oprimidos del mundo ha indignado y aleccionado a muchas personas acerca de la realidad de un mundo dominado por los Estados Unidos y sus “reglas” rápidamente cambiantes, y ha engendrado nuevas olas de resistencia.

So pretexto de la presencia de Osama bin Laden en Afganistán, el imperialismo yanqui lanzó un ataque asesino y bárbaro. La CIA y el servicio de espionaje paquistaní crearon a bin Laden: lo reclutaron para movilizar y entrenar a musulmanes de todo el mundo en la guerra en Afganistán. Según el Departamento de Estado yanqui, bin Laden entró a la guerra para defender el dominio islámico mediante una cruzada contra los “comunistas ateos”. Según el diario francés Le Monde, obtuvo su fortuna personal no tanto de sus lazos con su rica familia saudita sino de la nómina de la CIA y cuando supuestamente “se embolsó” una de la muchas entregas de dinero yanqui a las fuerzas islámicas antisoviéticas. Cuando el gobierno saudita aceptó tener tropas yanquis apostadas en su territorio, la tierra de La Meca, la “casa de dios”, bin Laden se puso en contra del gobierno saudita y en contra del gobierno yanqui a que había estado sirviendo.

Si bien no se sabe si bin Laden tuvo que ver en los incidentes en las embajadas yanquis en dos países africanos en agosto de 1998, los bombazos reforzaron las dudas de los yanquis sobre la capacidad de los talibanes de mantener la estabilidad en Afganistán. Por tanto, con ese pretexto, los Estados Unidos presionó a los talibanes: cuando Bush entró en funciones, les pidió expulsar a bin Laden del país.

El 11 de septiembre de 2001 no cambió en lo fundamental los planes del imperialismo yanqui, pero impulsó su nueva estrategia en la región y su primera fase: lanzar una vil guerra contra los pueblos de Afganistán.

Han usado la tecnología militar más avanzada contra uno de los países más pobres y débiles del mundo: demolieron ciudades, calles y casas ya destrozadas; causaron gran miseria, heridos, muertes y luto; y desplazaron a muchísimas masas que ya han sufrido intervenciones imperialistas semejantes durante décadas.

Como parte de su cobarde método de combate, el gobierno yanqui desplegó los nuevos sistemas de armamento que tenía ganas de poner a prueba en el campo de batalla1, al igual que sus lacayos sionistas usan tanques contra los lanzapiedras palestinos en el Medio Oriente. De nuevo, rechaza a las leyes internacionales sobre el tratamiento de prisioneros de guerra y lanza su virulento odio a las masas populares de la región. La población civil, desde el comienzo, ha estado en la mira de los bombardeos, y es obvio que crear un ambiente de temor era una parte básica de la mayor ofensiva bélica que los Estados Unidos había declarado contra las regiones “no amistosas” del mundo.

Sean las víctimas niños, ancianos, “fuerzas amistosas”, hospitales o cárceles, el gobierno yanqui inventó las reglas sobre la marcha y soltó una enorme cantidad de bombas sobre blancos no militares, pese a sus sistemas con teledirección de alta precisión. Fazal Rabi, de 30 años, quien perdió a 12 familiares en el bombardeo del 21 de octubre de Tarin Kot en que murieron al menos 21 personas, le dijo al Washington Post (febrero 2002): “Los estadounidenses dicen que pueden ver lo que sea en la tierra, pero éstos son niños. No somos mulla Mohamed Omar ni Osama bin Laden, somos campesinos pobres”.

El Pentágono encubrió y trabajó duro por bloquear el acceso de los medios informativos a la región y por impedir cualquier informe desde el lugar de los hechos. Aun así, la amplitud de sus ataques contra la población es tal que no pueden encubrirlos y negarlos todos. Han salido a la luz muchas historias.

Según sobrevivientes de Karam, provincia de Nangahar, las bombas yanquis mataron de 50 a 100 familiares y vecinos y demolieron la aldea. En la aldea de Chowkar-Karez, que no tenía ninguna instalación militar, un señor perdió a 19 familiares. Según un organismo de socorro alemán, en un ataque del 1º de noviembre contra Ishaq Sulieman, 12 personas murieron y 14 más quedaron heridas. En los bombardeos del 8, 9 y 10 de noviembre contra la aldea de Khakriz, al norte de Kandahar, murieron 70. Según la ONU, el 29 de diciembre en la aldea de Qalaye Niazi, en las afueras de Gardez, las bombas yanquis mataron al menos 52 civiles, entre ellos 25 niños, aunque los sobrevivientes hablan de hasta 100 muertos. Murieron muchos familiares reunidos en una boda.

A las fuerzas armadas yanquis les costó mucho trabajo ocultar sus masacres cuando el 20 de diciembre, bombardearon una caravana que llevaba los ancianos tribales a la toma de posesión del nuevo gobierno. En un ataque el 24 de enero, mataron a más de 20 y capturaron, esposaron y torturaron a 27. Se informa que ejecutaron a algunos de ellos.

Las fuerzas yanquis no respetan la infraestructura médica en tiempos de guerra: en 10 días de octubre, bombardearon una bodega de la Cruz Roja en Kabul; negaron el ataque; luego se retractaron ante la contundencia de los hechos y pidieron disculpas por su “error”; y al final, mostraron su verdadera intención volviendo a bombardear la bodega. El 28 de enero, las fuerzas especiales yanquis y las tropas aliadas atacaron el hospital de Kandahar y mataron a combatientes no afganistaníes.

Aunque sin duda las cifras son bajas, pues los Estados Unidos impide el acceso de la prensa, se estima que en los primeros 6 meses, más de 18.000 bombas, proyectiles y otras municiones pulverizaron al país. En los primeros meses, se estiman bajas civiles de 3 a 8 mil (la cifra más alta, según un experto en minas). De octubre de 2001 a febrero de 2002, se estima que los bombardeos yanquis mataron a más de 10 mil combatientes cercados y poco armados.

El trato que dan las fuerzas armadas yanquis a los prisioneros de guerra muestra las asesinas intenciones del Pentágono y su hipocresía en cuanto a los tratados internacionales: ejecutaron a decenas encerrándolos en camiones herméticamente sellados para que se asfixiaran camino a la cárcel. En la cárcel de Mazar-e-Sharif, tropas al mando de Inglaterra y los Estados Unidos masacraron a cientos de presos.

IMPERIALISTAS “RESUCITAN” A LOS SEÑORES DE LA GUERRA QUE HABÍAN DERROTADO DURANTE LA IMPOSICIÓN DEL TALIBÁN

Aunque la alianza de guerra yanqui hablaba de su victoria sobre el Talibán, una y otra vez tuvo que volver a soltar bombas y hacer nuevas “estimaciones” de cientos de combatientes adicionales muertos. Obtuvieron victorias fáciles en las ciudades, en especial en el norte, principalmente debido a la falta de popularidad y al aislamiento del Talibán y no a la fuerza de la Alianza del Norte ni a la tecnología yanqui. En muchos lugares, la Alianza del Norte no encontró resistencia.

Para colocar en el Poder al Talibán en los años 1990, el imperialismo yanqui colaboró con Paquistán para formar a las fuerzas armadas talibanes a fin de dividir o derrotar (o incorporar y controlar) a los ejércitos tribales y regionales. En septiembre de 2001, aparte de la Alianza del Norte (que es relativamente organizada e incluye a la mayoría de los grupos que habían combatido a los soviéticos y al menos a algunos generales, como el verdugo general Dostum, que habían pertenecido a las fuerzas prosoviéticas), había muchos walis (jefes) debilitados y sus fuerzas que estaban desorganizados, dispersos y dispuestos a combatir únicamente como mercenarios.

Ante el síndrome de fuertes bajas de Corea y Vietnam, los Estados Unidos pretendió limitar sus bajas en los combates terrestres, pese a su enorme presencia militar en el país. Por ejemplo, cuando era necesario entrar y revisar los laberintos de cuevas donde creían que se escondían las fuerzas del Talibán y Al Qaeda, el secretario de Defensa yanqui Rumsfeld prefirió ofrecer dinero y otros “favores” para que los “voluntarios” afganistaníes hicieran el trabajo sucio, y así no poner en peligro a sus tropas especiales e infantes de marina. Y los militares yanquis tuvieron que entrenar y contratar a combatientes afganistaníes experimentados, que estaban organizados bajo el mando de los señores de la guerra locales, cuyo apoyo sería necesario para formar un gobierno post-Talibán.

Un artículo de Shola, órgano del Partido Comunista de Afganistán, pone al descubierto las debilidades de estos señores de la guerra y sus ejércitos feudales. Sostiene que solamente después de que dos meses de fuertes bombardeos de los Estados Unidos y sus aliados asestaron golpes decisivos a las fuerzas y fortificaciones militares del Talibán y Al Qaeda e hicieron derrumbarse sus frentes, fueron movilizadas estas fuerzas tribales y feudales al servicio de la guerra yanqui.

Señala que los combatientes del Talibán y Al Qaeda casi no opusieron ninguna resistencia en el norte, y en el resto del país, salvo en Kandahar y las montañas Tora Bora, se burlaron el cerco o se rindieron de plano sin combatir.

En Jalalabad al oriente, zona que el Talibán y Al Qaeda habían evacuado sin combatir, los yanquis tuvieron que contratar a mercenarios de entre los inmigrantes afganistaníes de Peshawar. Lo lograron con la ayuda de oficiales paquistaníes, a fin de reforzar la débil posición del comandante local, Hajji Qadir.

En las zonas pashtunes del sur, antes la plaza fuerte del Talibán, Shola dice que los reaccionarios señores de la guerra talibanes fueron derrotados y, en esencia, no tuvieron fuerzas bajo su mando, al igual que los walis locales en Paquistán. Cuando los enviados de la CIA, Abdul Haq y Hamed Karzai, fueron a convencer a los líderes talibanes “moderados” a acelerar el colapso del poder nacional, el primero murió a manos del Talibán y el segundo se escapó por un pelo con la ayuda de helicópteros yanquis. Así, las fuerzas militares afiliadas al Frente Islámico Unido se convirtieron en la principal fuerza terrestre afganistaní bajo el mando yanqui. Karzai sólo pudo volver a sus tierras en el sur –desde luego, con la protección de fuerzas aéreas y terrestres yanquis– y movilizar apoyo político, cuando el Talibán y Al Qaeda habían perdido el control en el norte, noreste, oeste, centro y Kabul (la capital). Tras la rendición de Kandahar, negociada entre el Talibán y Karzai, las fuerzas tribales del wali Gol Agha, con el apoyo de mercenarios contratados en Quetta, Paquistán y fuerzas especiales yanquis, lanzaron un ataque contra Kandahar a fin de ocupar importantes edificios del gobierno (en particular, la welayat, la sede del gobierno provincial) y obligar a Karzai y al consejo local a reconocerlo como el wali de Kandahar.

Las últimas plazas fuertes de Al Qaeda en las montañas Tora Bora al sur de Jalalabad sufrieron fuertes bombardeos y ataques de fuerzas especiales yanquis. Aunque en los combates el papel de las fuerzas afganistaníes locales vinculadas al Consejo Oriental en Tora Bora fue de pura pantalla, al menos algunos sectores de ellas comenzaron a negociar sobornos so pretexto de enviar una gran cantidad de fuerzas “cercadas” hacia Paquistán. Tras el colapso de Al Qaeda en Tora Bora, las fuerzas yanquis se encargaron de las fuerzas que se habían rendido o que fueron arrestadas. Cuando las fuerzas del Consejo Oriental abandonaron la zona, los yanquis ocuparon las fortificaciones naturales y militares y las convirtieron en una de sus principales bases en el país.

Shola señala que, cuando se anunció la invasión yanqui, los imperialistas rusos de inmediato contrataron a un sector de estos combatientes locales a fin de tener influencia en el futuro gobierno. Canalizaron decenas de millones de dólares hacia las fuerzas vinculadas al Frente Islámico Unido.

En el pasado, hemos visto que muchas luchas de pueblos que están resueltos a librar guerras justas pueden derrotar a fuerzas antipopulares. Afganistán ha sido la tumba de muchas fuerzas e invasores reaccionarios que estaban equipados con mucho armamento moderno. Como resultado de la larga historia de batallas contra invasores, las masas de Afganistán son conocidas como buenos combatientes. Es más, hay un terreno muy favorable, en especial en el este donde las altas montañas impiden el uso de armamento de alta tecnología, una situación ilustrada por los varios helicópteros que cayeron y las bajas que causaron las fallas del “equipo”.

ESTADOS UNIDOS “ELIGE” A GOBIERNO INTERINO

El nuevo gobierno encabezado por Hamed Karzai es otro producto de la guerra imperialista contra Afganistán. Los imperialistas querían imponer rápidamente un gobierno central y forjar un equilibrio relativo entre los dos grupos principales que cortejaba los Estados Unidos y que contendían por posiciones políticas en el gobierno pos-Talibán. (El primer grupo, el gobierno de Rabanni, estuvo en el Poder antes de que el Talibán se tomara Kabul, y el segundo, las fuerzas en torno al ex rey, Zahir Shah, fue derrotado en un golpe de Estado en 1973.) En noviembre de 2001, se reunieron en Bonn, Alemania, con dos grupos más (el grupo de Chipre, principalmente apoyado por Irán, y el grupo de Peshawar, principalmente apoyado por Paquistán) y el Frente Islámico Unido, una de las principales organizaciones en la Alianza del Norte. En la reunión, aceptaron tácitamente la invasión yanqui y la formación de un gobierno pos-Talibán. (Este análisis es de Shola. Véase también: el pasaje de Shola en la página web de UMQG y “La reorganización política y militar del gobierno interno”, pp. 22-23, de este número.)

Los imperialistas yanquis aplicaron presión militar en la reunión para que las fuerzas presentes alcanzaran un acuerdo y eligieran a Hamed Karzai (el pelele de los yanquis) como jefe del gobierno interino. Conservaron, a propósito, el control talibán en algunas zonas del sur y al mismo tiempo realizaron fuertes bombardeos e introdujeron tropas terrestres en la zona. Asimismo, cuando se terminó la reunión, las fuerzas yanquis intensificaron los ataques aéreos y operaciones terrestres alrededor de Kandahar, movilizaron a fuerzas adicionales y en poco tiempo, el Talibán y Al Qaeda tuvieron que evacuar Kandahar.

Era urgente reconstruir el país. Los mismos países que destruyeron al país prometieron dar 3 mil millones de dólares de ayuda.

Para el imperialismo yanqui, la reconstrucción política quiere decir establecer un Estado que sirve incondicionalmente a sus intereses en la región. Un gobierno comprometido con la democracia quiere decir estar listo para encarcelar y torturar a las masas y a cualquier voz de oposición, y oprimir a las nacionalidades oprimidas y a las mujeres como en las otras “democracias” que ha apadrinado con tales fines: Arabia Saudita, Jordania, Egipto, Chile, Turquía y, desde luego, el más sanguinario bastión de la “democracia”, Israel.

La reconstrucción económica quiere decir intensificar la explotación y opresión de los obreros, campesinos y demás personas trabajadoras, y tener la libertad de saquear los recursos naturales del país y maximizar las ganancias de las trasnacionales. En una entrevista, el ministro del Exterior Abdulá dijo que una manera de impulsar la independencia de Afganistán sería construir el oleoducto a través del país. Como el presidente interino, Karzai, y el enviado especial yanqui a Afganistán, Zalmy Khalilzad, estuvieron en la nómina, como asesores, de la trasnacional petrolera Unocal, que buscó en los años 1990 construir este oleoducto, es clara la orientación del nuevo gobierno. El subdirector de asuntos monetarios del Fondo Monetario Internacional recomendó que Afganistán abandone su moneda y adopte el dólar, una “medida temporal”, aunque dijo: “Cuando una economía se dolarice, tarda un tiempo en desdolarizarse”.

El imperialismo yanqui y su gobierno títere buscan una reconstrucción militar también: forjar un ejército que proteja sus intereses y vigile cualquier oleoducto que se construya. En la semicolonia semifeudal azotada por guerras que es Afganistán, cicatrizada y dividida por repetidas violaciones a manos del imperialismo, es necesario tener un ejército centralizado y unido (más que el Talibán) capaz de reprimir, encarcelar y torturar toda oposición, rebelión o partidos y organizaciones revolucionarios que desafíen la frágil coalición gobernante.

En una palabra, el nuevo gobierno será un instrumento para aterrorizar y reprimir a las masas. De ser necesario, participará (como lo hace Turquía, el flanco trasero de la OTAN) en guerras imperialistas para matar a las masas de otros países. Los militares yanquis entrenan y asesoran a las fuerzas de la Alianza del Norte, reclutan a nuevos soldadas de la población, y construyen más cárceles. Además, la reconstrucción militar ha de servir los intereses generales del imperialismo yanqui en esta región de importancia estratégica. Un comentarista del diario británico The Guardian (12 de febrero) dijo: “Las fuerzas armadas estadounidenses han establecido `ciudades de carpas' en 13 lugares en los Estados que colindan con Afganistán. Construyen nuevos aeropuertos y amplían las guarniciones. En diciembre, el subsecretario de Estado Elizabeth Jones prometió: `Cuando se termine el conflicto afgano, no abandonaremos a Asia central. Tenemos planes e intereses a largo plazo en la región'”. Y, para asegurar que el jefe de los aliados yanquis, Inglaterra, no llegue a controlar completamente la región, Alemania, Francia y Rusia acordaron colaborar para entrenar al ejército y darle ayuda y equipo. Según Shola, los Estados Unidos y Rusia aerotransportan armamento moderno a los comandantes regionales y cada quien por su parte busca fortalecer diferentes camarillas militares y su influencia general en el nuevo ejército del país.

Podemos ver desde muchos ángulos la cara feroz de un gobierno lacayo que se estructura de modo que garantice una dominación imperialista más eficaz sobre el pueblo, los recursos naturales y la economía, y a la vez conserve las relaciones sociales opresivas y atrasadas.

NO HAY SALVADORES

En la comunidad internacional, se debate si los nuevos fundamentalistas, bajo “presiones” de sus contrapartes “modernos” de Washington, hablan en serio de liberar a las mujeres de la tiranía del Talibán islámico apoyado ayer por el gobierno estadounidense. (Véase “¡Arrancar todo velo de opresión!”, del MRI, pp. 19-21, de este número.)

Al gobierno yanqui no le importa un comino la represión de la mujer, pues siempre dio mucha ayuda a los grupos mujaidines más antimujer, como aquél que encabezó Golbedin Hekmatyar (conocido por sus sanguinarios ataques a las fuerzas armadas maoístas) durante la ocupación soviética y aquéllos que subieron al Poder después. Un pilar del nuevo gobierno es la Alianza del Norte, un grupo de asesinos musulmanes, con una vil historia de violaciones tumultuarias de mujeres, que contribuyó al ascenso al Poder del Talibán. Cuando la población de Afganistán sufría bajo uno de los más sangrientos grupos islámicos fundamentalistas, el Talibán, los pueblos del mundo, en solidaridad con sus hermanas y hermanos de Afganistán, se opusieron al vil tratamiento que recibían la población, y las mujeres en particular, a manos del gobierno, mientras que el gobierno yanqui decía que no quería “aislar” al Talibán.

El velo islámico representa el patriarcado tribal y feudal que aún apuntala la subyugación de las mujeres de Afganistán. El nuevo gobierno seguirá imponiendo alguna forma del velo. Tal vez le agregue una “ventana” a la burka (la cárcel textil que envuelve físicamente a las mujeres y sofoca su participación en la sociedad), al estilo del chador u otro vestido, como en Irán y Arabia Saudita. Tal vez permita que algunas mujeres se descubran la cara a fin de vender su mano de obra barata a los pocos inversionistas capitalistas que esperan lucrar con un Afganistán estable. Al igual que la República Islámica de Irán que retrasó el reloj político suprimiendo los derechos de las mujeres, la opresión semifeudal de las mujeres de Afganistán se redobló con el ascenso de los gobiernos islámicos. (Véase: “Islam: Ideología e instrumento de las clases explotadoras”, pp. 58-69, de este número.)

Como declararon, con razón, las afganistaníes de la Organización 8 de Marzo Iraní y Afganistaní, toda la sociedad tiene que cambiar: “Todas tienen a un mulla Omar en casa... Por eso, el único camino es luchar contra el sistema”.

¿QUÉ FUTURO?

La milenaria lucha y heroísmo de las masas de Afganistán no han llevado a una auténtica liberación e independencia para el pueblo. Llevan siglos en lucha contra potencias extranjeras. Les han dado importantes lecciones a los invasores. No obstante, en ausencia de un liderato revolucionario auténtico, las fuerzas feudales, los Khan y los líderes tribales que estaban al servicio del imperialismo y jamás dudaban en vender la soberanía del país, una y otra vez se han robado los frutos de las luchas del pueblo. Hoy, se repite de nuevo esta tragedia. Durante un siglo de colonización, los británicos nunca vieron la paz en Afganistán. Los socialimperialistas soviéticos no tuvieron ni un minuto de paz y tuvieron que enredarse en una cruenta guerra con las masas. Sin duda, los imperialistas yanquis tendrán la misma suerte, pero ¿con qué futuro para las masas?

En noviembre de 2001, se lanzó un importante llamado a todas las fuerzas maoístas auténticas de Afganistán: a trabajar juntas para formar el partido marxista-leninista-maoísta unido que urge tanto en el país. “El Partido Comunista de Afganistán y el Comité de Unidad del Movimiento Comunista Marxista-Leninista-Maoísta de Afganistán, con la ayuda del Comité del MRI, han alcanzado un acuerdo: para forjar la unidad ideológico-política y organizativa en un solo partido comunista, estamos iniciando una lucha común por un programa y una constitución de un partido unificado y por una mayor coordinación de las luchas prácticas unidas en otras esferas”.

El Partido Comunista de Afganistán, un participante en el MRI, ha llamado a vincularse con el poderoso y amplio movimiento contra la guerra en el mundo. Ya está comprometido a luchar hasta el fin contra los invasores. Para expulsar a estas fuerzas sanguinarias del país, arrancar de raíz el semifeudalismo, unificar la población dividida y establecer la nueva democracia, es crucial tener una lucha revolucionaria auténtica bajo la dirección del proletariado y su partido de vanguardia marxista-leninista-maoísta. Un Estado de nueva democracia es el único que podrá emancipar al país del dominio del feudalismo y del imperialismo. En resumen, únicamente así será posible que el pueblo tome el futuro en manos propias e imponga su dictadura sobre el puñado de reaccionarios feudales y la burguesía burocrática, que tanto se empeñan en hacer el trabajo sucio del imperialismo y que refrenan al pueblo y su lucha imponiendo las relaciones más atrasadas, opresivas y misóginas. Únicamente así desaparecerá la sombra de los dominadores y de los mulla Omar de cada hogar y se desencadenarán la energía y el potencial de las masas para transformar la sociedad de acuerdo a sus propios intereses. Ése es el único camino hacia la emancipación de los pueblos de Afganistán.

NOTA

1. Una nueva arma de guerra de los imperialistas es la bomba termobárica con teledirección láser, de mil kilogramos, conocida como la “Gran Dos Azul”, la BLU-118, que soltaron por primera vez los aviones de la armada yanqui en Afganistán. Su propósito: matar en cuevas y búnkers sin destruir las estructuras. La explosión absorbe el oxígeno y genera un vacío que colapsa pulmones, rompe tímpanos y arranca ojos. Una proterva arma que sólo compara con el protervo carácter de los propios imperialistas.