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La vil guerra
de venganza yanqui contra los pueblos de Afganistán
Afganistán
y sus pueblos son las primeras víctimas de la agresión que desataron
los imperialistas tras el 11 de septiembre. Es un caso modelo del
autoproclamado derecho del gobierno yanqui de intervenir, lanzar
ataques militares, derrocar a gobiernos e imponer regímenes títeres
dondequiera que su imperio lo requiera. Esta vez, convirtió a Afganistán
en una avanzada militar en la región inestable y estratégicamente
importante de Asia central, que colinda con el Medio Oriente y el
sur de Asia. Aunque los imperialistas yanquis festejan lo que llaman
una victoria, este crimen contra los oprimidos del mundo ha indignado
y aleccionado a muchas personas acerca de la realidad de un mundo
dominado por los Estados Unidos y sus “reglas” rápidamente cambiantes,
y ha engendrado nuevas olas de resistencia.
So pretexto
de la presencia de Osama bin Laden en Afganistán, el imperialismo
yanqui lanzó un ataque asesino y bárbaro. La CIA y el servicio de
espionaje paquistaní crearon a bin Laden: lo reclutaron para movilizar
y entrenar a musulmanes de todo el mundo en la guerra en Afganistán.
Según el Departamento de Estado yanqui, bin Laden entró a la guerra
para defender el dominio islámico mediante una cruzada contra los
“comunistas ateos”. Según el diario francés Le Monde, obtuvo
su fortuna personal no tanto de sus lazos con su rica familia saudita
sino de la nómina de la CIA y cuando supuestamente “se embolsó”
una de la muchas entregas de dinero yanqui a las fuerzas islámicas
antisoviéticas. Cuando el gobierno saudita aceptó tener tropas yanquis
apostadas en su territorio, la tierra de La Meca, la “casa de dios”,
bin Laden se puso en contra del gobierno saudita y en contra del
gobierno yanqui a que había estado sirviendo.
Si bien no
se sabe si bin Laden tuvo que ver en los incidentes en las embajadas
yanquis en dos países africanos en agosto de 1998, los bombazos
reforzaron las dudas de los yanquis sobre la capacidad de los talibanes
de mantener la estabilidad en Afganistán. Por tanto, con ese pretexto,
los Estados Unidos presionó a los talibanes: cuando Bush entró en
funciones, les pidió expulsar a bin Laden del país.
El 11 de septiembre
de 2001 no cambió en lo fundamental los planes del imperialismo
yanqui, pero impulsó su nueva estrategia en la región y su primera
fase: lanzar una vil guerra contra los pueblos de Afganistán.
Han usado la
tecnología militar más avanzada contra uno de los países más pobres
y débiles del mundo: demolieron ciudades, calles y casas ya destrozadas;
causaron gran miseria, heridos, muertes y luto; y desplazaron a
muchísimas masas que ya han sufrido intervenciones imperialistas
semejantes durante décadas.
Como parte
de su cobarde método de combate, el gobierno yanqui desplegó los
nuevos sistemas de armamento que tenía ganas de poner a prueba en
el campo de batalla1, al igual que sus lacayos sionistas
usan tanques contra los lanzapiedras palestinos en el Medio Oriente.
De nuevo, rechaza a las leyes internacionales sobre el tratamiento
de prisioneros de guerra y lanza su virulento odio a las masas populares
de la región. La población civil, desde el comienzo, ha estado en
la mira de los bombardeos, y es obvio que crear un ambiente de temor
era una parte básica de la mayor ofensiva bélica que los Estados
Unidos había declarado contra las regiones “no amistosas” del mundo.
Sean las víctimas
niños, ancianos, “fuerzas amistosas”, hospitales o cárceles, el
gobierno yanqui inventó las reglas sobre la marcha y soltó una enorme
cantidad de bombas sobre blancos no militares, pese a sus sistemas
con teledirección de alta precisión. Fazal Rabi, de 30 años, quien
perdió a 12 familiares en el bombardeo del 21 de octubre de Tarin
Kot en que murieron al menos 21 personas, le dijo al Washington
Post (febrero 2002): “Los estadounidenses dicen que pueden ver
lo que sea en la tierra, pero éstos son niños. No somos mulla Mohamed
Omar ni Osama bin Laden, somos campesinos pobres”.
El Pentágono
encubrió y trabajó duro por bloquear el acceso de los medios informativos
a la región y por impedir cualquier informe desde el lugar de los
hechos. Aun así, la amplitud de sus ataques contra la población
es tal que no pueden encubrirlos y negarlos todos. Han salido a
la luz muchas historias.
Según sobrevivientes
de Karam, provincia de Nangahar, las bombas yanquis mataron de 50
a 100 familiares y vecinos y demolieron la aldea. En la aldea de
Chowkar-Karez, que no tenía ninguna instalación militar, un señor
perdió a 19 familiares. Según un organismo de socorro alemán, en
un ataque del 1º de noviembre contra Ishaq Sulieman, 12 personas
murieron y 14 más quedaron heridas. En los bombardeos del 8, 9 y
10 de noviembre contra la aldea de Khakriz, al norte de Kandahar,
murieron 70. Según la ONU, el 29 de diciembre en la aldea de Qalaye
Niazi, en las afueras de Gardez, las bombas yanquis mataron al menos
52 civiles, entre ellos 25 niños, aunque los sobrevivientes hablan
de hasta 100 muertos. Murieron muchos familiares reunidos en una
boda.
A las fuerzas
armadas yanquis les costó mucho trabajo ocultar sus masacres cuando
el 20 de diciembre, bombardearon una caravana que llevaba los ancianos
tribales a la toma de posesión del nuevo gobierno. En un ataque
el 24 de enero, mataron a más de 20 y capturaron, esposaron y torturaron
a 27. Se informa que ejecutaron a algunos de ellos.
Las fuerzas
yanquis no respetan la infraestructura médica en tiempos de guerra:
en 10 días de octubre, bombardearon una bodega de la Cruz Roja en
Kabul; negaron el ataque; luego se retractaron ante la contundencia
de los hechos y pidieron disculpas por su “error”; y al final, mostraron
su verdadera intención volviendo a bombardear la bodega. El 28 de
enero, las fuerzas especiales yanquis y las tropas aliadas atacaron
el hospital de Kandahar y mataron a combatientes no afganistaníes.
Aunque sin
duda las cifras son bajas, pues los Estados Unidos impide el acceso
de la prensa, se estima que en los primeros 6 meses, más de 18.000
bombas, proyectiles y otras municiones pulverizaron al país. En
los primeros meses, se estiman bajas civiles de 3 a 8 mil (la cifra
más alta, según un experto en minas). De octubre de 2001 a febrero
de 2002, se estima que los bombardeos yanquis mataron a más de 10
mil combatientes cercados y poco armados.
El trato que
dan las fuerzas armadas yanquis a los prisioneros de guerra muestra
las asesinas intenciones del Pentágono y su hipocresía en cuanto
a los tratados internacionales: ejecutaron a decenas encerrándolos
en camiones herméticamente sellados para que se asfixiaran camino
a la cárcel. En la cárcel de Mazar-e-Sharif, tropas al mando de
Inglaterra y los Estados Unidos masacraron a cientos de presos.
IMPERIALISTAS
“RESUCITAN” A LOS SEÑORES DE LA GUERRA QUE HABÍAN DERROTADO DURANTE
LA IMPOSICIÓN DEL TALIBÁN
Aunque la alianza
de guerra yanqui hablaba de su victoria sobre el Talibán, una y
otra vez tuvo que volver a soltar bombas y hacer nuevas “estimaciones”
de cientos de combatientes adicionales muertos. Obtuvieron victorias
fáciles en las ciudades, en especial en el norte, principalmente
debido a la falta de popularidad y al aislamiento del Talibán y
no a la fuerza de la Alianza del Norte ni a la tecnología yanqui.
En muchos lugares, la Alianza del Norte no encontró resistencia.
Para colocar
en el Poder al Talibán en los años 1990, el imperialismo yanqui
colaboró con Paquistán para formar a las fuerzas armadas talibanes
a fin de dividir o derrotar (o incorporar y controlar) a los ejércitos
tribales y regionales. En septiembre de 2001, aparte de la Alianza
del Norte (que es relativamente organizada e incluye a la mayoría
de los grupos que habían combatido a los soviéticos y al menos a
algunos generales, como el verdugo general Dostum, que habían pertenecido
a las fuerzas prosoviéticas), había muchos walis (jefes)
debilitados y sus fuerzas que estaban desorganizados, dispersos
y dispuestos a combatir únicamente como mercenarios.
Ante el síndrome
de fuertes bajas de Corea y Vietnam, los Estados Unidos pretendió
limitar sus bajas en los combates terrestres, pese a su enorme presencia
militar en el país. Por ejemplo, cuando era necesario entrar y revisar
los laberintos de cuevas donde creían que se escondían las fuerzas
del Talibán y Al Qaeda, el secretario de Defensa yanqui Rumsfeld
prefirió ofrecer dinero y otros “favores” para que los “voluntarios”
afganistaníes hicieran el trabajo sucio, y así no poner en peligro
a sus tropas especiales e infantes de marina. Y los militares yanquis
tuvieron que entrenar y contratar a combatientes afganistaníes experimentados,
que estaban organizados bajo el mando de los señores de la guerra
locales, cuyo apoyo sería necesario para formar un gobierno post-Talibán.
Un artículo
de Shola, órgano del Partido Comunista de Afganistán, pone
al descubierto las debilidades de estos señores de la guerra y sus
ejércitos feudales. Sostiene que solamente después de que dos meses
de fuertes bombardeos de los Estados Unidos y sus aliados asestaron
golpes decisivos a las fuerzas y fortificaciones militares del Talibán
y Al Qaeda e hicieron derrumbarse sus frentes, fueron movilizadas
estas fuerzas tribales y feudales al servicio de la guerra yanqui.
Señala que
los combatientes del Talibán y Al Qaeda casi no opusieron ninguna
resistencia en el norte, y en el resto del país, salvo en Kandahar
y las montañas Tora Bora, se burlaron el cerco o se rindieron de
plano sin combatir.
En Jalalabad
al oriente, zona que el Talibán y Al Qaeda habían evacuado sin combatir,
los yanquis tuvieron que contratar a mercenarios de entre los inmigrantes
afganistaníes de Peshawar. Lo lograron con la ayuda de oficiales
paquistaníes, a fin de reforzar la débil posición del comandante
local, Hajji Qadir.
En las zonas
pashtunes del sur, antes la plaza fuerte del Talibán, Shola
dice que los reaccionarios señores de la guerra talibanes fueron
derrotados y, en esencia, no tuvieron fuerzas bajo su mando, al
igual que los walis locales en Paquistán. Cuando los enviados
de la CIA, Abdul Haq y Hamed Karzai, fueron a convencer a los líderes
talibanes “moderados” a acelerar el colapso del poder nacional,
el primero murió a manos del Talibán y el segundo se escapó por
un pelo con la ayuda de helicópteros yanquis. Así, las fuerzas militares
afiliadas al Frente Islámico Unido se convirtieron en la principal
fuerza terrestre afganistaní bajo el mando yanqui. Karzai sólo pudo
volver a sus tierras en el sur –desde luego, con la protección de
fuerzas aéreas y terrestres yanquis– y movilizar apoyo político,
cuando el Talibán y Al Qaeda habían perdido el control en el norte,
noreste, oeste, centro y Kabul (la capital). Tras la rendición de
Kandahar, negociada entre el Talibán y Karzai, las fuerzas tribales
del wali Gol Agha, con el apoyo de mercenarios contratados
en Quetta, Paquistán y fuerzas especiales yanquis, lanzaron un ataque
contra Kandahar a fin de ocupar importantes edificios del gobierno
(en particular, la welayat, la sede del gobierno provincial)
y obligar a Karzai y al consejo local a reconocerlo como el wali
de Kandahar.
Las últimas
plazas fuertes de Al Qaeda en las montañas Tora Bora al sur de Jalalabad
sufrieron fuertes bombardeos y ataques de fuerzas especiales yanquis.
Aunque en los combates el papel de las fuerzas afganistaníes locales
vinculadas al Consejo Oriental en Tora Bora fue de pura pantalla,
al menos algunos sectores de ellas comenzaron a negociar sobornos
so pretexto de enviar una gran cantidad de fuerzas “cercadas” hacia
Paquistán. Tras el colapso de Al Qaeda en Tora Bora, las fuerzas
yanquis se encargaron de las fuerzas que se habían rendido o que
fueron arrestadas. Cuando las fuerzas del Consejo Oriental abandonaron
la zona, los yanquis ocuparon las fortificaciones naturales y militares
y las convirtieron en una de sus principales bases en el país.
Shola
señala que, cuando se anunció la invasión yanqui, los imperialistas
rusos de inmediato contrataron a un sector de estos combatientes
locales a fin de tener influencia en el futuro gobierno. Canalizaron
decenas de millones de dólares hacia las fuerzas vinculadas al Frente
Islámico Unido.
En el pasado,
hemos visto que muchas luchas de pueblos que están resueltos a librar
guerras justas pueden derrotar a fuerzas antipopulares. Afganistán
ha sido la tumba de muchas fuerzas e invasores reaccionarios que
estaban equipados con mucho armamento moderno. Como resultado de
la larga historia de batallas contra invasores, las masas de Afganistán
son conocidas como buenos combatientes. Es más, hay un terreno muy
favorable, en especial en el este donde las altas montañas impiden
el uso de armamento de alta tecnología, una situación ilustrada
por los varios helicópteros que cayeron y las bajas que causaron
las fallas del “equipo”.
ESTADOS
UNIDOS “ELIGE” A GOBIERNO INTERINO
El nuevo gobierno
encabezado por Hamed Karzai es otro producto de la guerra imperialista
contra Afganistán. Los imperialistas querían imponer rápidamente
un gobierno central y forjar un equilibrio relativo entre los dos
grupos principales que cortejaba los Estados Unidos y que contendían
por posiciones políticas en el gobierno pos-Talibán. (El primer
grupo, el gobierno de Rabanni, estuvo en el Poder antes de que el
Talibán se tomara Kabul, y el segundo, las fuerzas en torno al ex
rey, Zahir Shah, fue derrotado en un golpe de Estado en 1973.) En
noviembre de 2001, se reunieron en Bonn, Alemania, con dos grupos
más (el grupo de Chipre, principalmente apoyado por Irán, y el grupo
de Peshawar, principalmente apoyado por Paquistán) y el Frente Islámico
Unido, una de las principales organizaciones en la Alianza del Norte.
En la reunión, aceptaron tácitamente la invasión yanqui y la formación
de un gobierno pos-Talibán. (Este análisis es de Shola. Véase
también: el pasaje de Shola en la página web de UMQG
y “La reorganización política y militar del gobierno interno”, pp.
22-23, de este número.)
Los imperialistas
yanquis aplicaron presión militar en la reunión para que las fuerzas
presentes alcanzaran un acuerdo y eligieran a Hamed Karzai (el pelele
de los yanquis) como jefe del gobierno interino. Conservaron, a
propósito, el control talibán en algunas zonas del sur y al mismo
tiempo realizaron fuertes bombardeos e introdujeron tropas terrestres
en la zona. Asimismo, cuando se terminó la reunión, las fuerzas
yanquis intensificaron los ataques aéreos y operaciones terrestres
alrededor de Kandahar, movilizaron a fuerzas adicionales y en poco
tiempo, el Talibán y Al Qaeda tuvieron que evacuar Kandahar.
Era urgente
reconstruir el país. Los mismos países que destruyeron al país prometieron
dar 3 mil millones de dólares de ayuda.
Para el imperialismo
yanqui, la reconstrucción política quiere decir establecer un Estado
que sirve incondicionalmente a sus intereses en la región. Un gobierno
comprometido con la democracia quiere decir estar listo para encarcelar
y torturar a las masas y a cualquier voz de oposición, y oprimir
a las nacionalidades oprimidas y a las mujeres como en las otras
“democracias” que ha apadrinado con tales fines: Arabia Saudita,
Jordania, Egipto, Chile, Turquía y, desde luego, el más sanguinario
bastión de la “democracia”, Israel.
La reconstrucción
económica quiere decir intensificar la explotación y opresión de
los obreros, campesinos y demás personas trabajadoras, y tener la
libertad de saquear los recursos naturales del país y maximizar
las ganancias de las trasnacionales. En una entrevista, el ministro
del Exterior Abdulá dijo que una manera de impulsar la independencia
de Afganistán sería construir el oleoducto a través del país. Como
el presidente interino, Karzai, y el enviado especial yanqui a Afganistán,
Zalmy Khalilzad, estuvieron en la nómina, como asesores, de la trasnacional
petrolera Unocal, que buscó en los años 1990 construir este oleoducto,
es clara la orientación del nuevo gobierno. El subdirector de asuntos
monetarios del Fondo Monetario Internacional recomendó que Afganistán
abandone su moneda y adopte el dólar, una “medida temporal”, aunque
dijo: “Cuando una economía se dolarice, tarda un tiempo en desdolarizarse”.
El imperialismo
yanqui y su gobierno títere buscan una reconstrucción militar también:
forjar un ejército que proteja sus intereses y vigile cualquier
oleoducto que se construya. En la semicolonia semifeudal azotada
por guerras que es Afganistán, cicatrizada y dividida por repetidas
violaciones a manos del imperialismo, es necesario tener un ejército
centralizado y unido (más que el Talibán) capaz de reprimir, encarcelar
y torturar toda oposición, rebelión o partidos y organizaciones
revolucionarios que desafíen la frágil coalición gobernante.
En una palabra,
el nuevo gobierno será un instrumento para aterrorizar y reprimir
a las masas. De ser necesario, participará (como lo hace Turquía,
el flanco trasero de la OTAN) en guerras imperialistas para matar
a las masas de otros países. Los militares yanquis entrenan y asesoran
a las fuerzas de la Alianza del Norte, reclutan a nuevos soldadas
de la población, y construyen más cárceles. Además, la reconstrucción
militar ha de servir los intereses generales del imperialismo yanqui
en esta región de importancia estratégica. Un comentarista del diario
británico The Guardian (12 de febrero) dijo: “Las fuerzas
armadas estadounidenses han establecido `ciudades de carpas' en
13 lugares en los Estados que colindan con Afganistán. Construyen
nuevos aeropuertos y amplían las guarniciones. En diciembre, el
subsecretario de Estado Elizabeth Jones prometió: `Cuando se termine
el conflicto afgano, no abandonaremos a Asia central. Tenemos planes
e intereses a largo plazo en la región'”. Y, para asegurar que el
jefe de los aliados yanquis, Inglaterra, no llegue a controlar completamente
la región, Alemania, Francia y Rusia acordaron colaborar para entrenar
al ejército y darle ayuda y equipo. Según Shola, los Estados
Unidos y Rusia aerotransportan armamento moderno a los comandantes
regionales y cada quien por su parte busca fortalecer diferentes
camarillas militares y su influencia general en el nuevo ejército
del país.
Podemos ver
desde muchos ángulos la cara feroz de un gobierno lacayo que se
estructura de modo que garantice una dominación imperialista más
eficaz sobre el pueblo, los recursos naturales y la economía, y
a la vez conserve las relaciones sociales opresivas y atrasadas.
NO
HAY SALVADORES
En la comunidad
internacional, se debate si los nuevos fundamentalistas, bajo “presiones”
de sus contrapartes “modernos” de Washington, hablan en serio de
liberar a las mujeres de la tiranía del Talibán islámico apoyado
ayer por el gobierno estadounidense. (Véase “¡Arrancar todo velo
de opresión!”, del MRI, pp. 19-21, de este número.)
Al gobierno
yanqui no le importa un comino la represión de la mujer, pues siempre
dio mucha ayuda a los grupos mujaidines más antimujer, como aquél
que encabezó Golbedin Hekmatyar (conocido por sus sanguinarios ataques
a las fuerzas armadas maoístas) durante la ocupación soviética y
aquéllos que subieron al Poder después. Un pilar del nuevo gobierno
es la Alianza del Norte, un grupo de asesinos musulmanes, con una
vil historia de violaciones tumultuarias de mujeres, que contribuyó
al ascenso al Poder del Talibán. Cuando la población de Afganistán
sufría bajo uno de los más sangrientos grupos islámicos fundamentalistas,
el Talibán, los pueblos del mundo, en solidaridad con sus hermanas
y hermanos de Afganistán, se opusieron al vil tratamiento que recibían
la población, y las mujeres en particular, a manos del gobierno,
mientras que el gobierno yanqui decía que no quería “aislar” al
Talibán.
El velo islámico
representa el patriarcado tribal y feudal que aún apuntala la subyugación
de las mujeres de Afganistán. El nuevo gobierno seguirá imponiendo
alguna forma del velo. Tal vez le agregue una “ventana” a la burka
(la cárcel textil que envuelve físicamente a las mujeres y sofoca
su participación en la sociedad), al estilo del chador u
otro vestido, como en Irán y Arabia Saudita. Tal vez permita que
algunas mujeres se descubran la cara a fin de vender su mano de
obra barata a los pocos inversionistas capitalistas que esperan
lucrar con un Afganistán estable. Al igual que la República Islámica
de Irán que retrasó el reloj político suprimiendo los derechos de
las mujeres, la opresión semifeudal de las mujeres de Afganistán
se redobló con el ascenso de los gobiernos islámicos. (Véase: “Islam:
Ideología e instrumento de las clases explotadoras”, pp. 58-69,
de este número.)
Como declararon,
con razón, las afganistaníes de la Organización 8 de Marzo Iraní
y Afganistaní, toda la sociedad tiene que cambiar: “Todas tienen
a un mulla Omar en casa... Por eso, el único camino es luchar contra
el sistema”.
¿QUÉ
FUTURO?
La milenaria
lucha y heroísmo de las masas de Afganistán no han llevado a una
auténtica liberación e independencia para el pueblo. Llevan siglos
en lucha contra potencias extranjeras. Les han dado importantes
lecciones a los invasores. No obstante, en ausencia de un liderato
revolucionario auténtico, las fuerzas feudales, los Khan y los líderes
tribales que estaban al servicio del imperialismo y jamás dudaban
en vender la soberanía del país, una y otra vez se han robado los
frutos de las luchas del pueblo. Hoy, se repite de nuevo esta tragedia.
Durante un siglo de colonización, los británicos nunca vieron la
paz en Afganistán. Los socialimperialistas soviéticos no tuvieron
ni un minuto de paz y tuvieron que enredarse en una cruenta guerra
con las masas. Sin duda, los imperialistas yanquis tendrán la misma
suerte, pero ¿con qué futuro para las masas?
En noviembre
de 2001, se lanzó un importante llamado a todas las fuerzas maoístas
auténticas de Afganistán: a trabajar juntas para formar el partido
marxista-leninista-maoísta unido que urge tanto en el país. “El
Partido Comunista de Afganistán y el Comité de Unidad del Movimiento
Comunista Marxista-Leninista-Maoísta de Afganistán, con la ayuda
del Comité del MRI, han alcanzado un acuerdo: para forjar la unidad
ideológico-política y organizativa en un solo partido comunista,
estamos iniciando una lucha común por un programa y una constitución
de un partido unificado y por una mayor coordinación de las luchas
prácticas unidas en otras esferas”.
El Partido
Comunista de Afganistán, un participante en el MRI, ha llamado a
vincularse con el poderoso y amplio movimiento contra la guerra
en el mundo. Ya está comprometido a luchar hasta el fin contra los
invasores. Para expulsar a estas fuerzas sanguinarias del país,
arrancar de raíz el semifeudalismo, unificar la población dividida
y establecer la nueva democracia, es crucial tener una lucha revolucionaria
auténtica bajo la dirección del proletariado y su partido de vanguardia
marxista-leninista-maoísta. Un Estado de nueva democracia es el
único que podrá emancipar al país del dominio del feudalismo y del
imperialismo. En resumen, únicamente así será posible que el pueblo
tome el futuro en manos propias e imponga su dictadura sobre
el puñado de reaccionarios feudales y la burguesía burocrática,
que tanto se empeñan en hacer el trabajo sucio del imperialismo
y que refrenan al pueblo y su lucha imponiendo las relaciones más
atrasadas, opresivas y misóginas. Únicamente así desaparecerá la
sombra de los dominadores y de los mulla Omar de cada hogar y se
desencadenarán la energía y el potencial de las masas para transformar
la sociedad de acuerdo a sus propios intereses. Ése es el único
camino hacia la emancipación de los pueblos de Afganistán.
NOTA
1. Una nueva
arma de guerra de los imperialistas es la bomba termobárica con
teledirección láser, de mil kilogramos, conocida como la “Gran Dos
Azul”, la BLU-118, que soltaron por primera vez los aviones de la
armada yanqui en Afganistán. Su propósito: matar en cuevas y búnkers
sin destruir las estructuras. La explosión absorbe el oxígeno y
genera un vacío que colapsa pulmones, rompe tímpanos y arranca ojos.
Una proterva arma que sólo compara con el protervo carácter de los
propios imperialistas.
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