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Después del 11 de septiembre
¡Oponerse
a la cruzada “antiterrorista” de Bush contra los pueblos del mundo!
— Comité
del Movimiento Revolucionario Internacionalista
El 11 de septiembre,
miles de inocentes murieron en territorio estadounidense. En las
tinieblas del terrorismo y servicios de espionaje, donde reinan
intrigas y elementos de doble faz, tal vez nunca se conozca con
precisión quién organizó el ataque ni los móviles. Pero hay dos
cosas sumamente claras: primero, las víctimas se suman a los millones
de víctimas directas e indirectas de las políticas y las acciones
de la clase dominante estadounidense. Segundo, crímenes aún mayores
están en ciernes.
El gobierno
yanqui ha declarado la “guerra contra el terrorismo”, y así se adjudica
el derecho de atacar a todas las fuerzas y gobiernos desde el Medio
Oriente hasta el sur de Asia. Y elegirá los blancos de acuerdo al
servilismo y la velocidad con que los países se sometan a sus órdenes.
El club de dignos cómplices del gobierno estadounidense no es exclusivo:
pueden participar los gobiernos no democráticos o que utilizan el
terror contra su población u otras fuerzas. Un buen ejemplo: la
veloz transformación de Pakistán de potencial víctima en zona de
estacionamiento de tropas yanquis. Esta guerra tropezará con una
tormenta de resistencia de los países elegidos como blancos así
como de los pueblos del mundo, incluso en los Estados Unidos y otros
países agresores. Todo ello refleja el conflicto que opone el imperialismo
mundial encabezado por los Estados Unidos a los pueblos y países
oprimidos, la principal contradicción en el mundo de hoy.
No es de sorprenderse
que muchas personas, por temor, ignorancia o egoísmo, se hayan tragado
el cuento de otra sanguinaria cruzada de la “civilización occidental”.
En estos momentos, crece la cantidad de personas que piensan que
los gobiernos —a fin de movilizar apoyo a una guerra criminal— están
traficando con el dolor tras la muerte de inocentes.
¿Por qué no
nos dicen que al “sospechoso número uno”, Osama bin Laden y su movimiento,
lo patrocinó el gobierno estadounidense: lo financiaron, armaron
y alentaron más de una década la CIA, el M16 británico y sus socios
de los servicios de espionaje sauditas, durante la rivalidad del
bloque occidental contra los soviéticos? ¿Por qué no nos dicen que
el gobierno estadounidense reclutó y entrenó a los extremadamente
reaccionarios talibanes en el servil Pakistán y mandó a tropas paquistaníes
a Afganistán para colocarlos en el Poder? ¡Y, hoy, las mismas potencias
que desataron a los talibanes contra el pueblo afganistaní quieren
desatar aún mayores castigos!
Bush llama
su “nueva guerra” “Operación Justicia Infinita”, pero es infinitamente
injusta. Bush representa el país que usó la primera bomba atómica
contra el pueblo japonés en pos de consolidar su imperio al fin
de la II Guerra Mundial, monstruoso crimen contra la humanidad.
Las bombas y soldados yanquis mataron más de un millón de vietnamitas
y 600.000 camboyanos. La CIA orquestó la masacre de hasta un millón
de indonesios cuando derrocó a Sukarno en 1965. El propio 11 de
septiembre ya se grabó con sangre y fuego en el corazón del pueblo
chileno y del mundo: ese momento horroroso de 1973 cuando la CIA
derrocó a Salvador Allende y aplaudió cuando Pinochet masacró a
30.000 opositores. Y, el gobierno yanqui ha patrocinado los escuadrones
de la muerte y las fuerzas armadas quienes destazaron y balacearon
a 150.000 personas durante 40 años en Guatemala y apuntaló a la
tristemente célebre contra en el vecino Nicaragua y a los escuadrones
de la muerte del gobierno salvadoreño en los años 1980. En la guerra
del Golfo, la guerra aérea yanqui provocó la muerte de decenas de
miles de iraquíes, tal vez hasta 200.000, incluidos soldados que
se habían rendido. El bloqueo yanqui y la destrucción sistemática
y planeada de la economía iraquí han causado la muerte de al menos
500.000 niños según las cifras de la ONU. Israel es el perro guardián
bien comido en el Medio Oriente, que ha utilizado las armas y la
ayuda que el gobierno estadounidense le ha suministrado para cometer
cada crimen sionista desde la fundación del Estado de Israel en
la tierra de otras personas hasta las masacres de los jóvenes palestinos
hoy y las bombas “inteligentes” contra líderes políticos. Bush representa
el país donde la policía libra una inmisericorde guerra contra las
nacionalidades minoritarias, despacha a helicópteros para patrullar
los ghettos y barrios e incluso bombardea a la población (la comuna
de MOVE de Filadelfia, en 1985, con la muerte de 11 hombres, mujeres
y niños). Tiene 3.500 condenados a muerte, entre ellos algunos de
los más famosos presos políticos del mundo. La “democracia” yanqui
respondió a los sucesos del 11 de septiembre proponiendo leyes que
permitirían la detención indefinida de cualquier no ciudadano. Ahí,
se mata a médicos que practican abortos, y el presidente le hace
caso a los fanáticos religiosos más fundamentalistas.
¿Por qué no
nos dicen Bush, Blair, Chirac, Schroeder, Berlusconi y sus secuaces
que la guerra no es por la justicia sino por el imperio? No es un
“choque de civilizaciones” sino el plan de gobiernos bárbaros y
la “civilización occidental” para consolidar el control y competir
entre sí por regiones de importancia estratégica y dominación mundial.
Otras potencias imperialistas apoyan la campaña bélica, a la vez
que se quejan de las fuertes presiones del gobierno yanqui para
con sus socios en el crimen: son los dos elementos del plan para
proteger su lugar en la mesa de saqueo imperialista, en que el trabajo
y la vida de seres humanos son el único plato, tragado con los recursos
naturales del planeta.
En la última
década, en aras de la globalización se han intensificado las tendencias
básicas del sistema imperialista mundial. Las potencias explotan
más profundamente que nunca a cada rincón del mundo, desatando una
insoportable violencia por medio de las armas y la acumulación de
ganancias a costa de la vida de las masas. Si bien esta situación
ha generado prosperidad para algunas personas una parte del tiempo
en los países imperialistas, la vida digna y la felicidad que se
les ha prometido a las clases medias a cambio de su silencio, han
sido pura ilusión. En los países oprimidos, se han ofrecido cachivaches
electrónicos y lo más putrefacto de la cultura occidental a una
minoría con la esperanza de ganarse su docilidad, mientras que las
masas de obreros y campesinos caen más profundamente en la pobreza
y se pisotea la dignidad de los países.
Ante los horrendos
crímenes y la arrogante dominación del mundo por los yanquis, a
muchas personas de todo el mundo les encantó el gran golpe al corazón
del imperio. Pero para aquellos que quieran liberarse del peso de
las botas yanquis y no sólo una venganza efímera y degradante, es
necesario conocer los momentos históricos cuando las masas populares
se enfrentaron y derrotaron al más poderoso de los enemigos. Es
muy importante recordar hoy la heroica lucha del pueblo vietnamita,
que derrotó al ejército yanqui en medio de una tormenta revolucionaria
mundial centrada en la China maoísta que sacudió a todas las potencias
imperialistas y coloniales y también generó combativos movimientos
de masas revolucionarios y de oposición, sin precedentes, en los
propios países ricos, incluso los Estados Unidos. Últimamente, pocas
personas se atreven a contar esa lección de la historia. Pero es
más que historia, pues hoy, se están librando guerras populares
dirigidas por maoístas en el Perú, Nepal y otros países; son guerras
que se apoyan en las masas y encarnan la nueva sociedad que queremos
crear.
Aunque una
meta de la fiebre belicista de hoy es movilizar apoyo para un ataque
contra los pueblos de los países oprimidos, otra es la suspensión
general de muchos derechos y libertades en las democracias imperialistas
y medidas represivas generales contra toda la oposición al imperialismo
en los países clientelares, so pretexto de acabar con el terrorismo.
En algunos países, las autoridades dicen que ya no tolerarán la
oposición que hasta ahora no han podido aplastar con medios indirectos.
En los Estados Unidos y Europa, los cobardes ataques a musulmanes
y personas de otros países buscan generar un ambiente general de
temor.
El que la resistencia
a la “cruzada” declarada se desarrolle como parte de la batalla
mundial por acabar con el imperialismo o que la secuestren los reaccionarios,
en esencia depende de qué programa y qué concepción del mundo dirigen
la lucha del pueblo. Nunca podemos dejar que nos impongan las opciones
de la explotación y la opresión del imperialismo moderno con envoltura
“democrática” occidental, o el regreso a una forma medieval opresiva
de vida bajo el islam u otro movimiento religioso. En las últimas
dos décadas, la historia ha probado en Irán, Argelia, Afganistán
y muchos países más que los movimientos islámicos no podrán liberar
al pueblo ni derrocar al imperialismo. Al contrario. La historia
ha mostrado que únicamente cuando las masas tengan el Poder —en
los Estados socialistas o en las repúblicas de nueva democracia
dirigidas por la clase obrera y su vanguardia comunista—, es posible
forjar un nuevo futuro.
Urge como nunca
antes tener una visión comunista de una sociedad mundial basada
en la asociación libre y voluntaria de todos los seres humanos,
ya libre de divisiones de clases, ya libre de divisiones entre países
opresores y oprimidos, ya libre de la subyugación de la mujer por
el hombre. Aun cuando nos unamos con las masas en lucha quienes
defienden otras ideologías, nuestra visión científica es la columna
vertebral con que podemos navegar las contracorrientes de un mundo
tumultuoso y que nos da fuerza y valor para movilizar al pueblo
en las batallas del momento, de enfrentar los retos.
El Movimiento
Revolucionario Internacionalista convoca a los pueblos de todos
los países a unirse por millones para oponerse y luchar contra todo
acto de agresión estadounidense. Rechacemos la hipocresía de los
enemigos imperialistas. Apuntemos alto y luchemos por la auténtica
liberación. Recuerde: las tenebrosas horas de la noche son el preludio
de la alborada.
24 de septiembre
de 2001
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