UN MUNDO QUE GANAR
 


Guerra Popular en Nepal

Dramáticos avances

Al cierre de esta edición (inicios de abril de 2002), en Nepal la Guerra Popular vive una dura prueba de fuerza con el reaccionario gobierno y el Ejército Real. Se han intensificado de manera dramática los combates: el nuevo poder popular que lucha por nacer, contra los guardianes del viejo y decrépito orden feudal y proimperialista que luchan con desesperación por apagar las llamas de la revolución y las aspiraciones de las masas.

En el número anterior, describimos el sorprendente desarrollo de la revolución en 2001. Los mayores combates de las fuerzas armadas del pueblo asestaron golpes importantes al viejo Estado, con muchas bajas y heridos enemigos, y se llevaron gran cantidad de armamento y municiones. Desde 1996, cuando iniciaron con unos cuantos rifles viejos, las fuerzas armadas revolucionarias se han transformado en un poderoso Ejército Popular de Liberación (EPL) capaz de librar ataques guerrilleros y, con mayor frecuencia, grandes combates de cientos de soldados y armamento moderno arrebatado al enemigo.

Los avances de la Guerra Popular han ido de la mano con los dramáticos cambios del terreno político del país. Las estructuras gobernantes, ante los mayores golpes de las fuerzas de la revolución, con mayor frecuencia han sido incapaces de servir a los intereses de las clases dominantes. Aunque éstas se han reunido para protegerse de los embates del pueblo despierto, su naturaleza de clase y su temor al desastre inminente han provocado conflictos agudos y a veces cruentos entre los explotadores y sus secuaces.

Tras los contundentes triunfos de las fuerzas armadas bajo la dirección del Partido Comunista de Nepal (Maoísta) [PCN (M)] en abril y mayo y la masacre de la familia real de junio de 2001, se dio un viraje muy brusco. A fines de julio, se nombró a un nuevo primer ministro, quien declaró un cese al fuego e inició negociaciones con el PCN (M). El cese al fuego, que duró 4 meses, fue una especie de tregua armada en que ambos bandos hacían preparativos para el inevitable reinicio de los combates.

Las clases enemigas aprovecharon el cese al fuego para reagrupar sus fuerzas, muy desmoralizadas y desorganizadas por las pérdidas ante la Guerra Popular y la desintegración de la monarquía, la que siempre ha sido el eje del sistema feudal del país. En especial, tuvieron que establecer la autoridad del nuevo rey Gyrendra sobre el Ejército Real de Nepal (ERN), el pilar del Estado.

El cese al fuego correspondió a los deseos de amplios sectores de la población, en particular en las ciudades y en las clases media y alta, que esperaban que se podría encontrar una solución pacífica a los problemas del país. Ambos bandos buscaron el apoyo de este sector. El PCN (M) aprovechó el cese al fuego para consolidar el proceso de formación del gobierno nacional del pueblo y la organización del EPL.

Se celebraron tres rondas de negociaciones. Los maoístas, como se llama el PCN (M), llamaban a establecer una asamblea constituyente, formar un gobierno interino y abolir la monarquía. En las negociaciones, retiró la demanda de una abolición inmediata de la monarquía y dijo que se podría tratar en la asamblea constituyente.

En medio de las negociaciones, ocurrió el 11 de septiembre. Este suceso puso al descubierto que los acontecimientos y el desarrollo de la lucha por el Poder en Nepal, no se dan en un vacío. Los reaccionarios países vecinos (China y, en especial, la India) observaban de cerca las negociaciones. Durante meses, aunque los noticieros imperialistas mostraron claramente a Nepal en sus mapas del escenario de la guerra en Afganistán, no decían nada, pese al drama que se desenvolvía en ese país. Los gobiernos yanqui e inglés hacían comentarios cautos de que el que el PCN (M) y la revolución de Nepal se consideraran “terroristas” dependería del desenlace de las negociaciones. O sea, tendieron el garrote y el dulce.

A su vez, las clases dominantes nepalesas, al igual que sus homólogos represores de muchos países oprimidos por el imperialismo, se envalentonaron ante la “guerra contra el terrorismo” y la posibilidad de que en el nuevo ambiente internacional, podrían obtener armamento y dinero del imperialismo yanqui para eliminar a las fuerzas revolucionarias. Las clases dominantes rechazaron las demandas del PCN (M), profundamente sentidas por la gran mayoría de la población, y exigieron lo que, en esencia, habría sido una rendición total: el reconocimiento de la monarquía, ejército, parlamento y otras instituciones reaccionarias del país. Mientras tanto, el ERN siguió preparándose para un embate total contra la revolución: organizó una nueva fuerza paramilitar apuntada únicamente a los maoístas y desató su terror contra los estudiantes revolucionarios en la capital, Katmandú.

Las negociaciones se rompieron el 23 de noviembre, cuando el Presidente Prachanda del PCN (M) hizo un anuncio. Dos días después, el EPL lanzó masivos ataques en 12 distritos del país. Dio duro en el valle de Dang y la capital distrital Ghorai; se tomó todas las oficinas administrativas, la delegación policial y la cárcel. Murieron 45+ elementos del orden y soldados del ERN y hubo mucho más elementos heridos y capturados. El EPL se llevó cientos de fusiles, rifles automáticos y ametralladoras. En Kalidamara, emboscó a una patrulla de 46 elementos de la recién formada Unidad de la Fuerza Policial Armada paramilitar; se informa de 44 desaparecidos. Según el número de enero de 2002 de People's March, una revista revolucionaria de la India: “En los 4 días tras los ataques de viernes, rugieron batallas por todo el país”.

A los ataques militares, la punta de lanza de la ofensiva del pueblo, los acompañaban poderosos golpes políticos. Se formó un gobierno central del pueblo de 37 integrantes, en representación de un gran número de distritos, nacionalidades oprimidas y tendencias políticas del país. El nuevo gobierno se llama el Consejo Unido del Pueblo Revolucionario y lo encabeza el Camarada Baburam Bhatterai, alto dirigente del PCN (M).

El enemigo de clase respondió rápidamente. El 26 de noviembre, el rey declaró un estado de emergencia en todo el país. El gobierno proscribió por “terrorista” al PCN (M) y cualquier organización afiliada con él. El estado de emergencia “suspende todos los derechos constitucionales, como las libertades de palabra y de prensa, y los derechos de asociación, libre tránsito en el reino, información, propiedad, privacidad y protecciones constitucionales” (People's March) y otorga a las autoridades poderes de detención preventiva. Y los reaccionarios inventaron divisiones en el PCN (M), hablando de líderes “moderados” o “de línea dura”. Como en el pasado, la firme unidad y la determinación del PCN (M) y su liderato hicieron añicos estas mentiras.

El gobierno allanó las oficinas de dos periódicos, Jandisha y Janadesh, que apoyan las posiciones del PCN (M), y arrestó a todos los empleados. Y arrestó a periodistas de otras publicaciones de izquierda. Confiscó un número del principal diario en inglés del país, Kathmandu Post, por publicar fotos de los maoístas. Periodistas de muchas tendencias políticas se quejaron de las detenciones arbitrarias. (Un periodista y férreo oponente de la Guerra Popular se quejó de que, para fines de marzo, el gobierno había arrestado a 75 periodistas sólo por ejercer su profesión.)

El ERN recibió órdenes de lanzar una ofensiva nacional contra los maoístas. Según informa el PCN (M), el ERN aplica métodos típicos de los ejércitos reaccionarios de ayer y hoy: ataques sangrientos y ciegos contra las masas, con asesinatos, violaciones, robos y torturas. Aunque el ERN ha asesinado a varios combatientes maoístas, apunta principalmente a los aldeanos.

Las nuevas leyes dejaron al parlamento en segundo plano, como una “tertulia” insignificante, y pusieron en manos del Ejecutivo y en especial del ejército los verdaderos poderes del Estado. Hasta la actividad política de los diversos revisionistas y oportunistas sufrió restricciones.

Pese a la campaña del enemigo para tachar de “terroristas” y responsables de la violencia a los maoístas, según informes la mayoría de la población, incluso aquéllos que cifraban sus esperanzas en las negociaciones, ve la esencia de estas mentiras y le echa la culpa al gobierno por la guerra.

Las clases dominantes han solicitado apoyo para su lucha contra los maoístas a sus amos imperialistas, y a la India y China. El Comité Permanente del Buró Político del PCN (M) adoptó la siguiente resolución: “Hoy es muy claro que, objetiva y fundamentalmente, la vil agresión en Afganistán es parte de la asesina estrategia del imperialismo estadounidense para establecer una fuerte presencia militar ahí a fin de llevar a cabo su rapiña y hegemonía en el sur de Asia. El imperialismo occidental, so pretexto de una guerra contra el terrorismo, avanza con su descarado `plan maestro' para aplastar inmisericordemente el derecho a la rebelión ejercido por las masas oprimidas del sur de Asia. Enredadas en el torbellino de odio, furia y rebelión de las masas, las clases dominantes de todos los países de esta región participan en un juego sucio para afianzar su propia sobrevivencia a expensas de las masas, bailando en abyecta sumisión al son del imperialismo” (Boletín informativo maoísta, #2, publicación del PCN [M]).

El gobierno indio asumió una posición muy reaccionaria y agresiva en apoyo al gobierno nepalés, prometiendo entregar helicópteros y otro equipo militar al ERN. Jaswant Singh, entonces ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores, fue el primer líder de otro país que tachara oficialmente al PCN (M) de “terrorista” y de todo lo que eso implica en la situación mundial de hoy. Ni siquiera Colin Powell usó la etiqueta “terrorista” durante su visita a Katmandú de 18-19 de enero de 2002; le ofreció equipo militar y ayuda al gobierno reaccionario y le hizo críticas acerca de la necesidad de “eliminar la pobreza” y poner un fin temprano al estado de emergencia.

So pretexto de impedir que los paquistaníes se infiltraran en la India por medio de Nepal, el ejército indio inició una gran movilización en su frontera con Nepal. El 22 de marzo de 2002, el primer ministro nepalés Deuba se entrevistó, muy sumiso, con el primer ministro indio Vajpayee. Se informa que trataron principalmente su cooperación contra el PCN (M) y, en general, contra las fuerzas revolucionarias de la región. Deuba exigió medidas contra las fuerzas en la India que apoyan a la Guerra Popular en Nepal.

La guerra continuó varios meses con choques armados entre las fuerzas armadas del pueblo y el ERN, y represalias de las fuerzas enemigas. Bajo la dirección del PCN (M), se realizaron diversas movilizaciones políticas ilegales en el campo y las ciudades. El 17 de febrero de 2002, la guerra dio un salto: una masiva batalla en el pueblo distrital de Achham, unos días después del sexto aniversario del inicio de la Guerra Popular (y poco antes del fin del estado de emergencia de tres meses, cuando el parlamento estaba a punto de votar por extenderlo). En seis horas de cruentos combates, murieron 143 soldados, paramilitares y oficiales del gobierno. El EPL se llevó grandes cantidades de armamento y municiones. Y, tomó un vecino aeropuerto y mató a 30 elementos de seguridad del enemigo. El 21 de febrero, los rebeldes maoístas atacaron un retén policial en el distrito de Salyan y mataron a al menos 32 agentes y dos inspectores. Estos triunfos recorrieron las primeras planas de la prensa del mundo.

El golpe animó muchísimo a las masas de Nepal y a sus amigos por todo el mundo, y provocó una profunda desorientación y pánico en las clases dominantes del país. Aunque los reaccionarios saben que habrá ataques con motivo del aniversario de la Guerra Popular y aunque el administrador distrital de Achham había enviado muchas solicitudes urgentes de protección al gobierno central, éste no fue capaz de defender todas sus posiciones, ni siquiera aquéllas de relativa importancia, contra las fuerzas revolucionarias y su capacidad de lanzar ataques repentinos en diversas partes del país. Poco después, el bandh (paro) nacional convocado por el recién formado Consejo Unido del Pueblo Revolucionario asestó otro golpe resonante.

Quizá las fuerzas más aturdidas fueron los oportunistas y los revisionistas. Aunque habían cumplido su deber asignado de hacer ruido contra el gobierno y el estado de emergencia mientras atacaban al PCN (M), con Achham se les acabó el espacio de maniobra. En particular, se requirió el voto del PCN Unido (Marxista-Leninista), llamado el “UML”, el mayor partido de oposición del país, para aprobar la extensión del estado de emergencia. (Antes, se había filtrado la idea de que tal vez el UML de alguna manera podría arreglárselas para estar fuera del salón durante el voto y, con esa maniobra sucia, permitir la aprobación del estado de emergencia, pero tras las victorias del PCN [M], los amos del UML decidieron que aceptarían solamente su apoyo abierto y enérgico al embate del gobierno contra el pueblo.) Todos los diputados del UML, partido amigo y aliado de los oportunistas, revisionistas y hasta ciertas fuerzas comunistas vacilantes en el mundo, siguieron la fina tradición de los traidores de la II Internacional que votaron por los créditos de guerra en la I Guerra Mundial y los revisionistas que han colaborado con la lucha de los reaccionarios contra los maoístas de la India, Perú, Turquía y otros países: votaron por extender el estado de emergencia. ¡La única concesión (¿o tal vez soborno?) que les dio el gobierno fue una promesa de tomar algunas medidas “para aliviar la pobreza”!

El golpeado ERN redobló su campaña vengativa, anunciando, en marzo de 2002, que había arrasado un campamento de Rolpa y matado a 68 “maoístas”. Al cierre de esta edición, no conocemos la verdad sobre esta situación, pero es importante tomar en cuenta las palabras del Presidente Prachanda de unas semanas antes: “Cualquier nepalés que escriba o diga la más mínima verdad ha sido tachado de `terrorista maoísta' o su partidario. El que sea un cuadro de un partido político, periodista antiautocrático, activista de derechos humanos, trabajador social o intelectual de cualquier tendencia ideológica, o personas inocentes, indefensas o comunes que laboran por sobrevivir en el campo, todos son víctimas del terror y atrocidades militares de los autócratas feudales.... Propagan falsedades sin fundamento de haber matado a 200 maoístas, cuando solamente 14 valientes guerreros del Ejército Popular de Liberación fueron martirizados durante la toma del cuartel distrital de Solukhumbu. Y matan a campesinos inocentes en las aldeas pero hablan de `encuentros' con los maoístas....

“En la actualidad, el liderato básico de todos los niveles de nuestro Partido está sano y salvo, se mueve entre las masas y avanza pujante en sus actividades. Como es sabido, el enemigo ha matado a muchas personas, y ha descubierto y capturado a muchos buenos activistas de las zonas urbanas. Capturó al integrante alterno del Buró Político, el Camarada Rabindra Shrestha, en la capital. Asimismo, decenas de nuestros combatientes han sido hechos mártires en los combates con el enemigo, ofrendando históricos sacrificios y valentía. En los mercados y lugares de esparcimiento, el enemigo ha detenido a miles de nuestros partidarios y simpatizantes y les ha aplicado torturas mentales y físicas. Estos hechos representan pérdidas para el movimiento. Pero son mínimas en comparación con los inevitables sacrificios que se dan para defender y desarrollar la revolución contra el formidable poderío del enemigo. El sacrificio de la parte en bien del todo es una ley de la ciencia” (entrevista al Camarada Prachanda, recibida por UMQG, febrero 2002).

Tras las victorias del EPL en Achham y Salyan, los imperialistas británicos y yanquis cambiaron de táctica. “Después de una visita de fin de semana a Achham y Salyan, el embajador estadounidense Michael E. Malinowski comparó a los maoístas con los terroristas de Al Qaeda encabezados por Osama bin Laden. `En las democracias, la muerte de un solo agente policial o de un solo soldado es una tragedia para la comunidad y para la nación. Saludo a cada policía y a cada soldado que haya muerto a manos de los maoístas'” (Spotlight, 1 marzo 2002).

Justo después de los ataques, los imperialistas británicos despacharon a Katmandú al subsecretario parlamentario de Estado por Asuntos Exteriores y de la Mancomunidad para el Sur de Asia, Ben Bradshaw. Éste dijo: “Gran Bretaña dará un firme apoyo a Nepal. También hemos vivido en Irlanda del Norte un problema similar durante 35 años. Se necesita un fuerte ataque contra tal terrorismo.... La insurgencia ha sido despiadada e implacable.... El gobierno ha contado con mayor simpatía de la comunidad mundial tras el último ataque despiadado. Cualquier gobierno democrático tiene el derecho de defender a sus ciudadanos. Después de los atentados del 11 de septiembre [en los Estados Unidos], es mayor la obligación de parar el terrorismo en el mundo. Ya hemos aprobado legislación para parar la propaganda terrorista” (Spotlight).

Cada gran revolución que ha despertado a las masas y movilizado a millones de ellas en la lucha por el poder político, sólo puede avanzar abordando nuevos problemas y encontrando nuevas soluciones. La guerra popular prolongada, como todos los procesos revolucionarios, está llena de sonido y furia, avances y retrocesos bruscos, períodos alternos de avances rápidos y desarrollo cuantitativo. El drama de lo inesperado genera condiciones más favorables para el desenvolvimiento del arma fundamental de los maoístas: el papel consciente y dinámico de los seres humanos en la realización de la guerra.

El Partido Comunista de Nepal (Maoísta), con la dirección del Presidente Prachanda, ha estado guiando la revolución en medio de aguas turbulentas, bajo el fuego de los reaccionarios de Nepal y con mayor frecuencia, de los principales imperialistas del mundo y de los reaccionarios indios.

Es muy importante ver que el nuevo auge de la Guerra Popular en Nepal se da en el mismo momento en que el imperialismo yanqui está librando una “guerra contra el terrorismo” en el mundo, hoy centrada a unos cientos de km al oeste de Nepal. Los sacrificios y la osadía de los campesinos y obreros combatientes de Nepal están materializando a todo color la gloriosa alternativa maoísta para quienes quieran ver. Ante la mayor movilización de millones de pobres en la lucha con el amplio y profundo apoyo de todos los sectores sociales urbanos y rurales, la gastada y trillada etiqueta de “terrorista” no tiene ninguna validez en absoluto. Un nuevo poder, el poder del pueblo, nace y se consolida en el Himalaya y ya influye en la situación revolucionaria general del sur de Asia, donde vive una cuarta parte de la población del mundo.

Lo que más asusta a la imperialistas no son sólo los golpes que el Ejército Popular de Liberación ha asestado a las fuerzas armadas reaccionarias, sino que los de abajo, los millones de masas trabajadoras que las clases dominantes nepalesas han despreciado como “herramientas que hablan” (como los antiguos griegos llamaban a los esclavos), han demostrado que pueden tomar el futuro en manos propias y desafiar las cadenas de siglos de explotación y tradiciones reaccionarias. Demuestran, de nuevo, como dijo Mao, que “el pueblo, y sólo el pueblo, es la fuerza motriz que hace la historia mundial”. Mientras los imperialistas aprovechan las derrotas de anteriores Estados socialistas para predicar que no hay alternativas a un mundo de divisiones de clases y explotación, los truenos del Himalaya llenan de esperanza y determinación a quienes escuchan sus ecos.

NOTA

1. El PCN (M) también tomó medidas diplomáticas enviando una carta firmada por el Camarada Prachanda como Presidente del Partido y Comandante en Jefe del Ejército Popular de Liberación y por el Camarada Bhatterai como convocador del Consejo Unido del Pueblo Revolucionario, a la Organización de las Naciones Unidos, a los gobiernos indio, estadounidense y chino, y a la Unión Europea, que denuncia la campaña de la reacción nepalesa para tildar de “terrorista” a la insurgencia y llama a “todos los países, organismos internacionales y en particular a los dos países vecinos, la India y China, a no interferir en los asuntos internos de Nepal y a dejar que el pueblo nepalés elija su propio futuro político”.