UN MUNDO QUE GANAR
 


Peligros y oportunidades

Yanquis desbocados en el mundo y la resistencia del pueblo

Fatima Resolucao

1. SE ABRE NUEVO CAPÍTULO

El martes 11 de septiembre de 2001 será recordado en la historia como el día que los Estados Unidos le declaró la guerra al mundo. Al igual que el incendio del Reichstag de la Alemania nazi1, los acontecimientos de aquel día dieron la tan anhelada oportunidad de tomar medidas preparadas con anterioridad. George Bush, quien había estado organizando un gabinete de guerra desde hace algún tiempo, anunció un nuevo consenso que unió a la mayoría de la clase dominante estadounidense. El objetivo sin precedente: un mundo, un imperio.

El eje de la actual política yanqui es reestructurar las relaciones mundiales, desde los países donde su ejército ya está asesinando o preparándose para ello, hasta el mundo entero en sí. Deja una sombra sobre cada aspecto de la vida social, el cine y el deporte inclusive, tal y como se vio en la obsesión política y sanguinaria de los Juegos Olímpicos de Salt Lake City.

Principalmente, esta situación representa un nuevo nivel de violencia contra las masas y naciones oprimidas del mundo. De una forma cualitativamente nueva, el imperialismo yanqui actúa como “el policía del mundo”, usando su poderío bélico para reforzar y organizar la explotación globalizada a través de la intervención militar, de modo que ninguna potencia pueda rivalizarle. Según Bush, las naciones oprimidas no tienen ningún derecho que su gobierno esté obligado a respetar. Ha proclamado una guerra ilimitada contra todos los que “no compartan nuestros valores”; o sea, acatar lo que el imperio yanqui dicte. Sin importar la soberanía, ley internacional alguna ni ninguna otra restricción, el imperialismo yanqui está despachando sus fuerzas armadas y declarando su derecho a quitar y poner gobiernos en el tercer mundo [los países oprimidos por el imperialismo] según sean sus intereses.

La cruzada también va dirigida contra los antiguos “aliados” de los Estados Unidos. Para estabilizar el “ambiente comercial global”, los Estados Unidos actúa en nombre de los intereses de los países capitalistas monopolistas grandes y pequeños. Pero al mismo tiempo, aunque hasta ahora Bush se ha cuidado de no quedar aislado, la mayoría de las potencias antes consideradas aliados de los yanquis, han quedado relegadas a un segundo plano como miembros de una alianza temporal, para ser consideradas amigos de “América” a condición de que no se quedaran con la mejor parte del botín. Ahora hasta la OTAN ha quedado como mero vestigio de su antecesor.

El peligro de esta situación para las masas del mundo es obvio. El imperialismo, mediante el autoproclamado liderato estadounidense, tiene la disposición y mayor capacidad de intervenir directamente donde sea que sus intereses lo requieran, por medio de una concentración de fuerzas en una escala hasta hace poco imposible, y también por medio de una represión interna de un modo hasta hace pocos años considerado demasiado costoso políticamente.

Aunque fundamentalmente, los imperialistas tienen en la mira a los pueblos del mundo, por el momento principalmente buscan someter a sus antiguos lacayos y otros reaccionarios menores que se han escapado de su control. Así, han sembrado confusión y hasta cinismo, pues lo que ofrecen a las masas no representa ninguna opción en absoluto. En medio de la movilización del poderío militar imperialista bajo el gobierno yanqui y la situación política actual (con la mezcla de confusión, temor e incluso parálisis de algunas fuerzas de oposición), nos enfrentamos a un formidable enemigo presto para ir a batalla, o al menos a las batallas que puede librar en terreno favorable.

La lucha contra las masas revolucionarias y las guerras populares no es terreno favorable para los imperialistas, y éstos lo saben. Por eso, los imperialistas recibieron, entusiastas, el 11 de septiembre como una oportunidad especial. Pero, a pesar de lo que quieran, se están erigiendo en eje de las contradicciones del mundo y uniendo a los pueblos del mundo en su contra. Una vez más, confirman a los pueblos del mundo el principio de Mao: “el Poder nace del fusil”.

Los imperialistas yanquis están aprovechando las oportunidades de la disparidad sin precedente de fuerzas militares en el mundo actual, pero corren peligros no menos trascendentales. Saben que para alcanzar su sueño de un nuevo orden mundial, primero el mundo tendrá que pasar por un gran desorden. En sus preparativos para eso, incluida su represión de la resistencia en su “territorio nacional”, hacen una apuesta peligrosa con un dejo de desesperación. Si no alcanzan un “dominio de todo el espectro”, como lo pone el Pentágono, en las esferas militar, política y económica, corren el peligro de perderlo todo. A largo o hasta a mediano plazo, no puede perdurar la hegemonía yanqui sobre los otros imperialistas. Como un vocero francés dijo sobre las relaciones europeo-estadounidenses: “La situación no es sostenible”. Ante todo, la campaña yanqui en pro de un nuevo orden mundial pone en tela de juicio todas las relaciones de poder existentes, provoca trastornos, y engendra y azuza una resistencia a nivel mundial. La espiral de estas contradicciones podría hacer que la situación se salga del control de los imperialistas, incluso de los yanquis, y aún no se sabe quién saldrá victorioso del caos y tormentas por venir.

2. 1989-2001: LA ECONOMÍA, POLÍTICA Y FUSILES DE LA GLOBALIZACIÓN

La política es la expresión concentrada de la economía, dijo Lenin, y la guerra es la continuación de la política por otros medios. Los objetivos del imperialismo yanqui tratan más el comercio y las inversiones2 en el mundo, que el derrumbe de las torres gemelas.

Desde fines del siglo 19, cuando la industria y la banca se fusionaron para formar el capitalismo monopolista y los países ricos cayeron bajo el control de un puñado de magnates financieros, el sistema imperialista no se ha cambiado en lo fundamental. Desde entonces, el mundo se ha caracterizado por una aguda competencia entre monopolios rivales y países capitalistas monopolistas, la exportación de capital en busca de ganancias fuera de los centros nacionales del imperialismo, la división del mundo entre países imperialistas y oprimidos, el reparto del mundo entre las grandes potencias y el afán de los países imperialistas de repartirse el mundo a su favor. Y el más importante aspecto, a largo plazo, ha sido el surgimiento de la revolución proletaria mundial.

Este sistema se ceba de los recursos que le arranca a un planeta mutilado y en especial a la mano de obra de los pueblos del mundo, producto de la explotación en los países imperialistas como de las superganancias que exprime a los países donde mantiene salarios bajos mediante la conservación de condiciones semifeudales, economías desarticuladas, opresión nacional y la ausencia de derechos políticos. Y es un sistema en que no se concilian la paz y las ganancias, y los “órdenes mundiales” crecen y caen ante las pruebas de las guerras de los imperialistas por controlar su presa y conservar su fuerza relativa constantemente cambiante.

En una palabra, es un sistema de relaciones de poder mundial basado en la fuerza.

En la “guerra fría”, entre las potencias occidentales la hegemonía yanqui no tenía rival. Había dos bloques rivales relativamente definidos y en cada bando sólo un país podía encabezar una guerra nuclear. Aunque a algunas potencias europeas no les agradaba ocupar el papel de socio menor a los Estados Unidos, la única alternativa era jugar el mismo papel a la Unión Soviética, y no se permitía ese cambio de bando3. Asimismo, casi todos los países oprimidos estaban repartidos entre los dos bloques y el menor desafió al alineamiento provocaba férreas reacciones. Cuando la elección de Allende en 1970 amenazaba con ampliar la influencia soviética en América Latina, el gobierno yanqui desató un baño de sangre4.

Y, de repente, el bloque de una superpotencia se esfumó como si nada.

En esencia, la URSS ejercía un control o influencia militar sobre una buena parte del mundo pero no tuvo suficiente capital para sacarle el máximo provecho a la situación, mientras el imperialismo occidental no pudo exportar capital a las regiones donde no ejercía el control político y militar (por ejemplo, la India), y debido a la necesidad de no ayudar a los satélites soviéticos (en Europa oriental, por ejemplo), tuvo opciones económicas limitadas. La caída de la URSS, en muchos sentidos víctima de la crisis económica que azotaba al sistema imperialista mundial, oriente y occidente por igual, hizo venirse abajo relaciones geopolíticas antes congeladas en grandes partes del mundo. Y con la aplicación de las nuevas tecnologías que se habían desarrollado para librar una guerra mundial que de repente se desinfló, se generaron nuevas oportunidades de expansión global que propiciaron una década de prosperidad a ciertos sectores sociales y empeoraron bruscamente la miseria de miles de millones más.

La caída de la URSS generó las condiciones políticas para un salto cualitativo de los fenómenos económicos que ya estaban en marcha. Ahora, el capital imperialista podía penetrar de forma más profunda los mercados del mundo, explotar la mano de obra a que antes no tenía acceso y hacerlo con una mayor intensidad que antes. Muchas personas llamaban el proceso “globalización”. Fue posible organizar la producción industrial y distribución a un nuevo nivel en el mundo; el capital financiero empezó a cruzar fronteras a un ritmo y volumen sin precedente; y hasta fue posible coordinar programas macroeconómicos entre las potencias imperialistas e imponerlos sobre los países dependientes de ellas. En apariencia, Indonesia, Corea del Sur, Tailandia y otros países del sur de Asia, los llamados “milagros” del desarrollo mundial de los años 1990, tenían su propia industria y economía independientes, pero cuando el capital financiero imperialista abandonó a esos países en busca de nuevas oportunidades especulativas, el colapso correspondiente descubrió las relaciones subyacentes.

Desde hace mucho, la exportación de capital ha sido un elemento del sistema imperialista, tanto formas directas como la propiedad británica del sistema ferroviario indio, las plantaciones de caucho francesas y las minas bélgicas en El Congo, como en forma indirecta mediante préstamos privados y públicos que sangran al pueblo trabajador de los países oprimidos y las ganancias en forma de intereses que exprime el capital financiero extranjero a los países donde no es propietario formal de los medios de producción. El capital imperialista ha ido más allá de sacar materias primas y productos agrícolas; y del control indirecto de la producción para el mercado local (mediante el fraude de la “sustitución de importaciones” en que el gobierno local es dueño de la producción y el capital imperialista lleva la batuta y saca las ganancias), a nuevas formas de organización de la mano de obra para el mercado global.

Con frecuencia, la exportación de capital asume la forma de inversión extranjera directa (por ejemplo, la producción propiedad del Japón y los Estados Unidos en China). Otra forma común es la “subcontratación”, en que “contratistas independientes” en los países oprimidos fabrican refacciones y componentes y a veces líneas de productos, pero que dependen de la importación de bienes de capital y financiamiento del occidente. En estos casos, el “cliente” imperialista es rey, controla todo detalle del proceso al igual que McDonald's controla las franquicias “independientes”. Hoy, tanto las trasnacionales grandes como las empresas medianas y hasta algunos pequeños capitalistas occidentales pueden tener el privilegio de explotar a hombres, mujeres y niños en los países oprimidos.

Con el advenimiento de las telecomunicaciones digitales, se crearon nuevos sectores para canalizar las ganancias hacia el occidente. Un sector dinámico es la “contratación de servicios comerciales”. Muchas corporaciones han formado centros de servicios para el cliente en el exterior, plantaciones de captura de datos, parques de desarrollo de programas de computación, etc. Así, ahora la mano de obra “de oficina” cuesta mucho menos que el anterior nivel salarial occidental, gracias al atraso y pobreza en que están atrapados estos países, hecho que eleva la rentabilidad de las empresas y el capital imperialista.

La prosperidad del “auge clintoniano” no se generó en Wall Street ni el valle Silicon sino en las maquiladoras mexicanas, las fábricas de las “zonas de libre comercio” del sureste de China y la República Dominicana, las maquiladoras de prendas de vestir de Turquía y Bangladesh y los centros de programación de computadores de Bangalore. También se generó una mayor polarización del proletariado en los países imperialistas, quizá de forma más dramática en los Estados Unidos.

Por otro lado, el desarrollo globalizado ha tropezado con varios problemas interdependientes en las esferas económica y política.

Primero, según sus leyes, la sobrevivencia del sistema capitalista depende de la mayor intensificación y expansión de la explotación. A pesar de la prosperidad de algunos sectores y la propaganda de “beneficios para todos” durante los años 1990, y a pesar del mayor crecimiento y rentabilidad del sistema imperialista en general, en comparación con el período de inicios de los años 1970 hasta la caída de la URSS, la tasa de crecimiento mundial jamás ha alcanzado el nivel promedio de los años 1945-1975. El nivel relativamente bajo de rentabilidad sigue siendo un fuerte obstáculo a la expansión. A fines de los años 1990, el “auge clintoniano” no se pudo sostener sin otro salto cualitativo en la penetración de los países oprimidos.

Es más, en el caso de los Estados Unidos, como los capitalistas en general, no se trata de la rentabilidad general del sistema sino de su propia participación en las ganancias. Los capitales europeo y japonés presionan al estadounidense como nunca antes. En 1950, el 50% de la producción mundial se realizaba en los Estados Unidos; en 1996, había caído a 20%. Pero, las apariencias engañan, pues el capital estadounidense controla mucha producción en otros países. No obstante, su fuerza económica ya no basta para arrebatar más mercados y oportunidades de inversión a las otras potencias imperialistas. Hasta en su esfera de influencia, América Latina, el capital estadounidense ya no ocupa una posición monopólica5.

A su vez, el proceso de la globalización ha estado generando una pujante resistencia y tumulto. La penetración del capital imperialista desgarra sociedad tras sociedad, y socava los cimientos económicos, políticos y sociales de los gobiernos en que descansa tal penetración. Ciertos elementos de esta situación se manifiestan en todos los países oprimidos6. La fuerza del capital imperialista y su derribo de las barreras del mercado han obligado a algunos países a pasar de la autosuficiencia cerealera a la dependencia de importaciones, y en otros países, la importación de trigo y productos de trigo ha destruido la economía campesina. En muchos países, se están evaporando las promesas de la globalización para grandes sectores de la clase media. Tienen MTV y cibercafés pero ninguna posibilidad de llevar la vida que ven en las telenovelas estadounidenses y, a veces, casi ningún futuro en absoluto. Hasta las clases altas se sienten más humilladas. Por ejemplo, para ciertos sectores de las clases altas de Arabia Saudita la degradación nacional impuesta por los Estados Unidos es intolerable.

Al imperialismo le ha costado trabajo reemplazar a ciertos gobiernos que durante décadas han mantenido la estabilidad para sus inversiones. Por ejemplo, Suharto, colocado en el Poder en Indonesia por la CIA sobre los cadáveres de cientos de miles de comunistas y otras personas, fue un eje del imperialismo yanqui en el sudeste asiático. La mayor integración de esta economía al sistema imperialista de finanzas e inversión, que iba a constituir una fuente de estabilidad y ganancias, provocó mayor inestabilidad. Cuando el gobierno tuvo que dimitir en medio de motines y batallas callejeras, el gobierno yanqui lo reemplazó con otro títere, pero no pudo volver a imponer el mismo alineamiento de clases y camarillas en que descansaba su dominación. La caída de Mobutu en Zaire provocó problemas similares.

Rebeliones y levantamientos también recorrieron México, Argelia (en especial, en Cabilia) y Corea del Sur. Ante la pujante resistencia de los palestinos, la estructura de dominación imperialista por medio de Israel y sus tejemanejes con los gobiernos productores de petróleo se han vuelto un problema que no tiene salida para los imperialistas. En América del Norte y Europa, las protestas contra la globalización han tenido una combatividad y tamaño no vistos en las últimas décadas.

La mayor inestabilidad y descontento, olas de resistencia y, en algunos países, lucha armada y hasta guerra popular sacudían al mundo en víspera del 11 de septiembre. Como analizó el Movimiento Revolucionario Internacionalista en 2000: “Si bien aún no existe la misma clase de oleada de lucha revolucionaria a nivel mundial que atestiguamos en el pasado y que seguro veremos de nuevo, podemos hablar con seguridad de una nueva ola de la revolución proletaria mundial que se nos viene” (“Entrevista al Comité del MRI”, UMQG 2000/26).

Todos los imperialistas enfrentan problemas similares en diversos grados, por lo que no es tan fácil despachar las tropas y “reprimir a los nativos”. Ante todo, no podrán hacerlo aunque quisieran, pues tienen fuerzas armadas aptas para una guerra mundial entre imperialistas, en particular con la URSS, y no para la clase de guerra que tienen que librar en la actualidad. Y, en todos estos países, de maneras diferentes, existe un fuerte sentimiento de la población opuesto a tales guerras, un legado, entre otras cosas, de las largas y fallidas guerras coloniales de los años 1950 y 1960, en especial Vietnam.

Pero en su conjunto, ven una mayor necesidad de la intervención imperialista directa. En los años 1990, lo hicieron so pretexto de “actividades humanitarias” y de proteger los “derechos humanos”. En Francia, surgió la idea del “derecho de interferir”, es decir, que la soberanía nacional de ciertos países ocupaba un lugar secundario a la importancia universal de los derechos humanos. En la actual situación mundial, se manifestó este concepto con el nombramiento del antiguo radical francés y ex fundador de Médicos Sin Fronteras, Bernard Kouchner, al puesto de administrador civil de la ocupación de Kosovo por la OTAN. El mundo anglosajón es más directo: el significado del “derecho de interferir” es lo que el poeta del colonialismo británico, Rudyard Kipling, llamó “el deber del hombre blanco”. Hoy, se recicla esta idea con un barniz humanitario: el doloroso deber del occidente de administrar a los países menos afortunados. Algunos expertos hablan de la “recolonización”, sintetizada en la gira de 2002 de Tony Blair por las antiguas colonias británicas de África. Hasta el arresto de Pinochet, líder del golpe de Estado de 1973 en Chile, se puede considerar parte de crear un ambiente en que se podría extender la llamada superioridad moral de los países imperialistas a la superioridad jurídica... con implicaciones militares y políticas muy reales mas sutiles7.

Al mismo tiempo, la rivalidad entre las potencias imperialistas ha sido un importante obstáculo a la imposición de las condiciones estables de explotación que requieren; por ejemplo, el desmantelamiento de Yugoslavia, en que Alemania, Francia, Rusia y los Estados Unidos contendían por el botín8; las horrorosas guerras de sustitutos en Africa central, en que la rivalidad franco-yanqui jugó un gran papel genocida; y Colombia, donde el eventual respaldo europeo (en especial Alemania) a los guerrilleros ha obstruido la “pacificación” yanqui y su “aseguramiento para inversiones extranjeras”. Y esta rivalidad ha dificultado la imposición de la estabilidad política que requieren de una manera más amplia en muchos países oprimidos.

Los gobiernos de los países oprimidos juegan un papel importante en esta rivalidad, pues sus estructuras militares y políticas son necesarias para someter al capital local y las aspiraciones del pueblo. De las estructuras de la dominación imperialista, el Estado neocolonial es la más fundamental. Hay pocos países hoy en que una potencia imperialista, aparte de los Estados Unidos, pueda imponer su propio gobierno, lo que limita fuertemente las oportunidades que tiene la potencia dominante para explotar al país y sus relaciones con los otros explotadores imperialistas. Como dijo Lenin, en el imperialismo, no es posible dividir el mundo salvo con relación al poderío militar relativo de las potencias que lo saquean.

3. DESARROLLO DESIGUAL

Un informe encomendado por el secretario de Defensa yanqui Rumsfeld en 2001, predice que la mayor globalización de la inversión “aumentaría la brecha entre los que tienen y los que no”, pero que la “sinergia estadounidense de superioridad espacial, terrestre, marítima y aérea” podría “proteger los intereses e inversiones estadounidenses” y darle “una ventaja militar extraordinaria”. Una ventaja contra quienes se oponen a la globalización, de un lado, y del otro, una ventaja contra los rivales del imperialismo yanqui.

Cuando los atentados a las torres gemelas y el Pentágono, por primera vez las potencias de la OTAN aplicaron la cláusula del tratado que estipula que un ataque contra un integrante es un ataque contra todos. Pero cuando a partir de la invasión a Afganistán, todos los integrantes querían meter mano en el baño de sangre, el gobierno yanqui les dijo bruscamente: “No nos llamen; nosotros les llamaremos”. Al comienzo, rechazó las ofertas de tropas de los gobiernos francés, alemán e italiano. Luego, puso al Reino Unido a cargo de una fuerza no-OTAN en Kabul y se encargó del resto del país. Después, envió tropas a las Filipinas, su antigua colonia, sin invitar a nadie a la fiesta, y declaró que el siguiente blanco era Irak, pese a la oposición a tal guerra de parte de casi todos los integrantes de la OTAN. Se tensaron tanto las relaciones entre los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN que el ministro de Relaciones Exteriores alemán se quejó de que “los socios de la alianza no son satélites”, insinuando que los yanquis trataban a la nueva Alemania unificada de la misma manera que la URSS trató antes a la RDA.

¿Se opone el ministro alemán a la guerra yanqui contra el mundo? Como sus contrapartes europeos, la ha defendido y pujado por subirse al carro de la guerra9. Pero los países europeos no tienen el poderío militar necesario para incidir en la cruzada yanqui y en ausencia de tal poderío, al imperialismo yanqui no sólo no le interesan sus ofertas sino que usa su superioridad en aras de sus propios intereses independientes y opuestos. En este contexto, los otros imperialistas no pueden sino pagar el precio que odian, por un servicio del que no pueden prescindir.

Ningún país puede contender con los Estados Unidos en la “proyección de fuerza”: la capacidad de enviar tropas y armamento en forma rápida y masiva. Y esta situación abarca a Rusia, lo que constituye un cambio importante en el mundo desde la guerra del Golfo. La antigua URSS se ha desintegrado y cuando su base económica ya no pudo sostener su poderío militar, éste se vino abajo. La debacle del submarino Kursk mostró cuán débil es la una vez poderosa armada nuclear10. Cuando al inicio Alemania intentó enviar tropas a Afganistán, salió humillada porque sus aviones de transporte no pudieron despegar debido al mal tiempo. Tuvo que pedir prestados aviones rusos. Europa no fabrica aviones de transporte militar que pueden competir con los aviones de transporte de largo alcance estadounidenses, y aunque tuviera que comprárselos a Boeing, eso acabaría con el deseo de la comunidad europea de rivalizar con la campaña yanqui de monopolizar la fabricación de grandes aviones (monopolio de importancia militar y económica estratégica). Hasta ahora, han fracasado las tentativas de formar una fuerza de ataque europea. Solamente Francia ha perfeccionado su capacidad de enviar fuerzas especiales para masacrar y mangonear a países pequeños, en especial en África11. Aparte de Rusia, solamente dos potencias, Francia e Inglaterra, tienen proyectiles y armadas nucleares12. Hoy, Inglaterra es el único aliado yanqui de largo plazo, debido a la “relación especial”, en que se entrelazan profundamente los capitales ingleses y estadounidenses13. Londres está más cerca a Manhattan que a París. En el caso de Francia, a veces descrita como lo más cercano que tiene los Estados Unidos a un rival en estos tiempos, su único portaaviones nuclear y baluarte de su fuerza nuclear, el Charles de Gaulle, ha pasado tanto tiempo en reparación como en alta mar.

¿Por qué debe acatar el gobierno yanqui la “política de coalición” cuando casi cuenta con un monopolio sobre los medios para una intervención militar masiva? Su presupuesto militar es más grande que el de todos sus potenciales rivales en conjunto; el presupuesto aumentará 15% en el siguiente año fiscal (50 mil millones de dólares, o el mayor aumento en dos décadas y una cantidad que eclipsa los presupuestos de la mayoría de los integrantes de la OTAN). En la conferencia sobre seguridad internacional en Munich en febrero de 2002, el secretario general de la OTAN se quejó de que las potencias europeas corrían el riesgo de ser reducidos a “pigmeos militares”. El International Herald Tribune publicó este intercambio: “Cuando un integrante alemán expresó inquietudes sobre las amenazas estadounidenses a Irak, [el funcionario estadounidense] McCain escupió: `Le diría a nuestro amigo alemán que salga y compre unos fusiles' antes de cuestionar las intenciones o el poderío estadounidense”.

Se habla de elaborar una nueva doctrina militar en que con una combinación de poder manufacturero absoluto (gigantes aviones de transporte de tropas, bombarderos de superlargo alcance, helicópteros artillados y otros aviones especiales) y alta tecnología (bombas inteligentes, misiles cruceros teledirigidos, aviones no tripulados Depredador, comunicaciones digitales mejoradas y espionaje electrónico), pequeños grupos de tropas especiales podrían trabajar con carne de cañón local de modo que se reduzca la necesidad de cooperar con otros imperialistas y aún limitar la cantidad de bajas estadounidenses. Es una doctrina militar para el combate en las antiguas colonias, y no para una guerra mundial entre imperialistas. Ninguna potencia imperialista tiene tal poderío militar y ninguna, al menos por ahora, puede costear la necesaria reorganización de sus fuerzas armadas que el gobierno de Bush propone realizar en los próximos cinco años, a un costo de 250 mil millones de dólares.

Esta disparidad militar se debe en gran medida a factores históricos, en particular la división de tareas que establecieron los integrantes de la OTAN en los años en que se preparaban para una guerra contra el bloque soviético en Europa central, y esta disparidad no puede durar mucho. El 3% del producto interno bruto estadounidense se destina al presupuesto militar directo cada año (sin contar los pagos de préstamos de presupuestos anteriores, pensiones militares, etc.), o sea, casi el doble del promedio europeo, aunque el Reino Unido y Francia no se han quedado muy atrás y su promedio ha sido mayor en algunos años recientes. Alemania y el Japón también están en un nuevo plan. La doctrina Bush sólo puede estimular las iniciativas militares de Europa y el Japón. Hace poco, el presidente francés Chirac llamó a Europa a desarrollar su propio sistema de localización terrestre satelital, Galileo, a un enorme costo, para no tener que depender de los Estados Unidos en un conflicto militar y correr el peligro de convertirse en “vasallos” estadounidenses. Alemania, renuente al inicio, decidió apoyar el plan.

La fuerza económica de Europa es casi igual a la estadounidense y por ello la actual disparidad militar no necesariamente seguirá indefinidamente. Pero, hoy, existe tal disparidad. Por eso, el imperialismo yanqui tuvo que actuar, si no en un día cualquiera de septiembre, al menos pronto.

4. DE SUPERPOTENCIA A POTENCIA ÚNICA

Varios halcones, hoy anidados firmemente en el gabinete de Bush, comenzaron a proponer teorías acerca de un nuevo orden mundial a inicios de los años 1990. Sostenían principalmente que la rendición de su principal rival, la URSS, ocurrió con tanta facilidad que el gobierno no cumplió la otra parte de lo que tenía que hacer: deshacerse de los compromisos con sus aliados y apoderarse del mundo entero.

En 1992, Paul Wolfowitz, ahora brazo derecho de Rumsfeld, y L. Lewis Libby, ahora asesor de seguridad nacional del vicepresidente Cheney, redactaron un informe para el Pentágono titulado “Pautas para la política de defensa 1992-1994”. El documento recomienda “impedir que cualquier `potencia hostil domine las regiones' cuyos recursos le permitirían obtener una posición de gran potencia, desanimar los planes de los países industriales avanzados de desafiar el liderato estadounidense o trastornar el orden económico y político establecido, y prevenir el surgimiento de cualquier competidor global potencial”14. Inventó la frase “dominación benigna”, o sea, hacia los otros imperialistas.

Si bien redactaron el informe poco después de la guerra contra Irak y poco después de la caída de la URSS, no se pudo ni se necesitó alcanzar esas metas en la misma forma que se puede y se necesita hoy, debido a los factores mencionados: la mayor disminución de la fuerza de Rusia, de un lado, y la mayor urgencia de intervenir en los países oprimidos y las contradicciones entre las potencias imperialistas, del otro. Pero, hoy se cuenta con una política unificada de la clase dominante yanqui, al menos por ahora. El nombramiento de sus autores a altos puestos en el gabinete de Bush, en que militares o expertos militares civiles y “de seguridad nacional” afiliados con esta propuesta ocupan puestos importantes, comprueba la adopción consciente de esta nueva doctrina.

La advertencia de Bush de que “están con nosotros o están en contra” se dirige a “enemigos” y ex “amigos” por igual. Un “funcionario del gobierno” estadounidense anónimo dio esta interpretación de las palabras del general Colin Powell sobre las dudas de algunos ex aliados suyos acerca de una invasión a Irak: “En cierto momento, los europeos, muy nerviosos, muchos de los cuales sí querían vernos entrar a Afganistán, verán que tienen dos opciones. Pueden subirse al carro o apearse”15. Apearse quiere decir quitarse del camino yanqui o dejar el mundo. Tras la caída del bloque soviético, se hablaba mucho de un mundo multipolar. Bush propone uno unipolar.

Desde la Alemania nazi, no ha habido una campaña tan abierta por la hegemonía mundial. O tal vez sería apropiado decir que no desde el fin de la II Guerra Mundial, cuando el imperialismo yanqui comenzó a inmiscuirse en las colonias de sus enemigos (Alemania y Japón) y de sus aliados (Inglaterra y Francia). Pero, entonces, se topó con el bloque socialista encabezado por la Unión Soviética, un formidable contrincante que más tarde se convertiría mediante la contrarrevolución en un rival socialimperialista (socialista de nombre, imperialista en los hechos) de la misma estatura del imperialismo yanqui.

El gobierno yanqui comenzó a deshacerse de sus compromisos con otros países mucho antes del 11 de septiembre, rechazando casi todo tratado y convención internacional imaginable. Basta recordar que la decisión de Bush de retirarse del acuerdo de Kioto de 1997 fue uno de sus primeros mensajes a un mundo incrédulo: No permitiría ninguna limitación a su sagrado derecho de contaminar. También era un mensaje ideológico: nada es más importante que la ganancia y el gobierno estadounidense tiene tanto desprecio por el planeta como por sus habitantes. Un suceso igualmente asombroso ocurrió cuando el gobierno yanqui se negó a apoyar un pacto internacional contra el lavado de dinero y la evasión de impuestos. Luego, salió a la luz el porqué: el escándalo Enron reveló lo importante en que se han convertido para el funcionamiento de las trasnacionales los bancos de los “paraísos fiscales”. Incluso antes de Bush, los yanquis habían rechazado tratados internacionales contra el desarrollo de armas biológicas; amenazan con destruir a Irak a fin de obligar a Saddam Hussein a aceptar la entrada de inspectores internacionales de guerra biológica, mientras prohíben inspecciones en su propio territorio. También rechazaron una convención que hubiera hecho de la Corte Mundial una institución permanente, a pesar de que la aprobó para el juicio de Milosevic. Objetaron que semejante tratado significaría que algún día sus propios soldados u oficiales podrían ser condenados por crímenes de guerra, y por lo tanto pidieron su abolición.

La administración bin Bush descartó el camino emprendido por Bush padre y Clinton en materia de armas nucleares, por lo que en lugar de destruir misiles en una cantidad igual a la destruida por Rusia, los pondrá “a salvo” e incrementará el presupuesto para el desarrollo de nuevas armas nucleares. Hasta propone reanudar las pruebas nucleares para su perfeccionamiento. La clase dominante yanqui también ha ratificado otro proyecto de Bush: reanudar el plan de Reagan de un sistema antimísiles. A diferencia de sus predecesores, Putin ha aceptado esto sin protestar, a pesar de la oposición de los gobiernos de la Unión Europea. El nuevo pretexto estadounidense es “el peligro que representan la antigua Unión Soviética y los Estados `canallas'”. Hoy, ningún Estado se atrevería a iniciar un ataque nuclear contra los Estados Unidos. Durante la guerra del Golfo, por temor a las consecuencias, Saddam Hussein no se atrevió a utilizar su supuesto armamento químico contra Israel, un país mucho menos peligroso. (Con frecuencia, el gobierno estadounidense justifica un escudo antimísiles señalando a Saddam Hussein.) Al retener miles de misiles y construir un escudo antimísiles capaz de derribar un número limitado de proyectiles, el imperio yanqui apunta a neutralizar cualquier intento de las potencias menores de usar armas nucleares para resistir una invasión convencional y de esta forma poder lanzar un primer ataque sin temor a un contraataque16.

En pocas palabras, el imperialismo yanqui ha proclamado descaradamente que hará lo que sea necesario para proteger sus intereses. Un ayudante de Powell dijo que en el caso de los Estados Unidos: “Las leyes internacionales no existen”. Un experto lo ha denominado “la desregulación del mercado internacional de la violencia”, y al igual que la desregulación del comercio mundial (por ejemplo, el acero), el objetivo es liberar los intereses yanquis de cualquier obstáculo, sin que esto signifique que alguien más sea libre de hacer lo mismo contra los intereses yanquis.

La ley internacional significa ley imperialista: acuerdos pactados por los gobiernos de los países más poderosos para proteger sus intereses comunes a expensas de los demás. Y los Estados Unidos, como cualquier otro país imperialista, nunca ha reconocido las leyes internacionales cuando entran en conflicto con sus intereses. Tal es el caso de la invasión de Bush padre a Panamá en 1989. Puso a Noriega y lo quitó mediante su ejército cuando así lo quiso. Sin embargo, dio la apariencia de respetar las leyes internacionales aunque en realidad se burló de ellas. Por ejemplo, Noriega fue tratado como prisionero de guerra y aún hoy sigue en prisión de acuerdo al Tratado de Ginebra. Los prisioneros de Bush hijo en la base naval yanqui de Guantánamo, Cuba, reciben un trato jurídico y humano distinto. Se ha obstinado tanto en rechazar las leyes internacionales, que cuando la Corte de Derechos Humanos de Bosnia (establecida a instancias del occidente) ordenó la liberación de seis hombres mesoorientales por falta de evidencia (acusados de planear un ataque contra la embajada estadounidense en Sarajevo), soldados yanquis los secuestraron (con la probable complicidad del gobierno bosnio) y los llevaron a Guantánamo. Ahí están con prisioneros franceses, británicos y de otras nacionalidades, y las solicitudes de sus países para jurisdicción o hasta acceso, han sido negadas.

El gobierno yanqui admite que los prisioneros en Guantánamo son sometidos a interrogatorios severos, manipulación psicológica (privación sensorial y aislamiento tal, que hasta han dicho no saber dónde están) y otras formas de trato que se supone que los prisioneros de guerra no deben sufrir. Ya que la prensa estadounidense y europea ha defendido la tortura, no es difícil imaginar lo que pasa en una isla cerrada a la prensa y observadores internacionales. (Cuando surgieron protestas, la Cruz Roja investigó y redactó un informe secreto, únicamente para el gobierno yanqui.) Por equivocación o arrogancia, el Pentágono divulgó la foto de los prisioneros esposados con los ojos y oídos tapados. ¿Por qué Bush está tan decidido a que no sean reconocidos como prisioneros de guerra bajo el Tratado de Ginebra, a pesar de las protestas en el mundo y de que, según él, es “un asunto de abogados” que no tendría importancia en los hechos? “Para preservar la flexibilidad”, dijo un ayudante de Bush.

“Flexibilidad” en todo es exactamente lo que quiere el gobierno estadounidense. Quiere que el mundo sepa que hará lo que quiera a quien sea que quiera y punto, y que siempre habrá espacio en Guantánamo para todo aquél que no esté de acuerdo.

Guantánamo no sólo es un campo de concentración para prisioneros de Afganistán, es un símbolo de lo que el imperialismo yanqui tiene deparado para todo aquél que se cruce en su camino. Sin embargo, reconoce implícitamente la división del mundo en naciones opresoras y oprimidas; y no se propone, al menos por ahora, hacer lo mismo a Chirac de Francia. La existencia misma de Guantánamo es una amenaza y una advertencia: “únanse al plan o quítense”.

Esta nueva unilateralidad no significa que intente actuar solo. Bush ha prestado mucha atención a formar coaliciones bajo su liderazgo. Siempre habrá cooperación entre los imperialistas cuando esto sirva a sus intereses comunes; incluso ahora los soldados franceses están trabajando junto a los soldados yanquis en la construcción de una base aérea permanente en Kirguizistán. Pero en la medida de lo posible (y esto podría ser muy discutible), el imperialismo yanqui tiene la intención de actuar rápida y decisivamente sin lograr consenso alguno, imponiendo sus decisiones en los hechos para dejar refunfuñar a los demás, sin ataduras de tratado alguno con sus aliados, confiado en su propia soberanía y despreciando la de otros países (especialmente la de los países oprimidos). Wolfowitz explica: “No habrá una coalición única sino diferentes coaliciones para diferentes misiones”, en que el gobierno estadounidense espera trabajar principalmente con “fuerzas locales” (o sea, ejércitos títeres), no con “socios” y rivales.

Sus aliados más cercanos son ahora los imperialistas subalternos, que reconocen su propia debilidad y así le entran al plan unipolar. Rusia nunca estuvo tan dócil al imperialismo yanqui como lo ha estado desde el 11 de septiembre. Vladimir Putin se convirtió en el “mejor amigo” de Bush mediante amenazas y señuelos, como la idea, o al menos la esperanza, de que el gobierno estadounidense dejara el movimiento de independencia de Chechenia que Rusia ve como parte de una campaña para dividir ese Estado en pequeños pedazos. Putin apoyó la invasión a Afganistán y le dijo a su “mejor amigo” que no se opondría a un ataque yanqui a Irak, siendo alguna vez ambos países objetivos de la rapaz ambición rusa. En un acto inesperado, accedió a que la OTAN se extendiera hasta las actuales fronteras de Rusia, abarcando los Estados bálticos que pertenecieron a la URSS hace una década, y aceptó que el gobierno estadounidense construyera 13 bases nuevas y apostara tropas permanentes en lo que fue la Asia central soviética. Incluso dio su aval para la actual incursión yanqui a Georgia, ex territorio de la URSS y al menos hasta ahora, apuntalado por los Estados Unidos y Turquía como peón militar contra Rusia. Esto no necesariamente significa que toda la clase dominante de Rusia comparta la interpretación de sus intereses por parte de Putin, y seguramente los intereses del imperialismo ruso entrarán en un conflicto agudo con los estadounidenses.

5. LA GEOPOLÍTICA DEL APOCALIPSIS

La lista de los países a atacar, o al menos amenazar, que tiene Bush, es muy ilustrativa. Por descabellado que sea, es un plan bien pensado (y con amplio apoyo de la clase dominante estadounidense) para hacer del mundo un lugar seguro para el saqueo imperialista yanqui. Por ejemplo, tras una larga disputa entre las diferentes potencias con influencia en Afganistán para poner un gobierno interino, el imperialismo yanqui descartó a la Alianza del Norte (que llevó la mayor parte de los combates contra los talibanes) por considerarla demasiado amigable con sus rivales, y puso a Hamed Karzai, un antiguo asesor de la compañía Unocal de California, cuyos propuestos oleoductos son lo único que vale la pena en el país, según los intereses occidentales. (El enviado especial yanqui, Zalmy Khalilzad, también estuvo en la nómina de Unocal.)

O veamos a Irak: al principio, algunos comentaristas no creían que Bush pelearía una guerra tan repugnante para sus antiguos aliados de la guerra del Golfo. El contraste entre la insistencia de Bush y su oposición ha sido tan impresionante que un comentarista ha resaltado que Europa “al parecer estuvo tentada a considerar el problema de Irak como parte de la hegemonía estadounidense en la política del mundo, y no de la brutalidad y traición de Saddam”. De hecho es un balance acertado de lo que está en juego17. Henry Kissinger –antiguo socio de Rumsfeld en el gobierno de Nixon– escribió hace poco: “En el caso de Irak, no se trata del ataque terrorista a los Estados Unidos. El reto de Irak es esencialmente geopolítico”.

A pesar de la cruzada yanqui contra Irak, Francia, Alemania, Inglaterra y Rusia han estado haciendo negocios con el gobierno iraquí. Casi todo el mundo (hasta compañías estadounidenses) ha mantenido relaciones comerciales con ese país durante años. (El vicepresidente Cheney, en sus días de mozo del petróleo, trató de aventajar a los europeos en negocios con Saddam.) Desde que Bush padre suspendió antes de tiempo la guerra contra Irak, al darse cuenta de que el derrocamiento de Saddam provocaría el desmembramiento de Irak y por ende la desestabilización para los intereses estadounidenses en la región, el régimen ha sido símbolo de los límites del poderío yanqui. Esto parece ser lo que Bush quiere superar: quiere demostrar de forma convincente que los cambios durante la década pasada y la postura que ha adoptado el gobierno estadounidense sobre esa base, significan que esos límites ya no son válidos18.

La decisión de Bush de agregar Irán al “eje del mal” en enero de 2002, desconcertó a muchos observadores, pues las recientes concesiones iraníes al gobierno yanqui incluían un acuerdo secreto para rescatar pilotos yanquis derribados, cooperación para intermediar el gobierno “interino” en Afganistán y permiso para descargar suministros yanquis para Afganistán en puertos iraníes19. Al parecer, los mullas no quisieron rebajarse lo suficiente ante Bush, pues éste pidió más y de todas formas amenazó con derrocar el régimen. Pero como ha aceptado cierto nivel de inversión de Francia, Alemania y otros países europeos, el gobierno iraní ha podido conservar una posición no tan sumisa hacia el imperialismo yanqui. Un país que vive de la venta del petróleo necesita al menos una Francia que lo explote. Ser lacayo político y ser lacayo económico de los Estados Unidos son dos caras de la misma moneda. La amenaza de enviar tropas yanquis a Irak parece haberlo apurado a ceder más hacia los Estados Unidos, reprimiendo a las fuerzas afganistaníes en Irán opuestas al gobierno bushiano de Afganistán y hostigando a los extranjeros (entre ellos, estadounidenses), que desagradaban a Washington. Hace poco, Irán dio a entender que permitiría al Consejo Nacional Iraquí (patrocinado por el gobierno yanqui y supuestamente la elección de éste para reemplazar a Saddam) abrir oficinas en Teherán, la capital iraní y transmitir llamados a derrocar a Saddam desde territorio iraní, lo cual no es algo que se espere de un gobierno integrante de un “eje” con Irak. El plan yanqui para invadir a Irak le permitiría doblegar al actual régimen de Irán a su antojo, o insistir en una ruptura entre los sucesores de Jomeini y lo que considera un gobierno aceptable. En ambos casos, usará la fuerza para imponer los cambios que quiere.

Otra pieza del rompecabezas es el envío de tropas yanquis a Yemen, el cual en sí no es de importancia para los Estados Unidos, sino únicamente en cuanto le sirve de base naval en esa zona para cumplir su objetivo de convertir el Golfo en un su propio lago.

La importancia estratégica del Golfo reside en el petróleo, pero no se trata sólo de dinero. El citado informe de Wolfowitz-Libby le hace eco a las observaciones de Lenin sobre la importancia del petróleo durante la I Guerra Mundial: los imperialistas consideran el petróleo como un recurso estratégico no sólo para su propio beneficio sino para negárselo a sus rivales. Hoy, Europa, y sobre todo Japón, dependen más del petróleo del Medio Oriente que los Estados Unidos. De mayor importancia que las enormes ganancias es el hecho de que quien controle estas fuentes de petróleo en los hechos tiene controladas las economías europeas y japonesa.

Llama la atención que las Filipinas fuera el segundo país en ser invadido por los Estados Unidos, después de Afganistán en octubre de 2001, y a gran escala (cerca de 900 tropas yanquis, 650 de ellas fuerzas de combate; algunas han patrullado al campo junto con las tropas filipinas).

El imperialismo yanqui hizo de las Filipinas una colonia, sacando provecho de una rebelión popular contra la dominación española20. Se ha dicho que el ejército estadounidense adoptó el revólver semiautomático .45 porque los combatientes filipinos resistían tan férreamente que no era posible detenerlos con balas pequeñas. Las islas llegaron a ser una avanzada militar importante del imperialismo yanqui en el Pacífico, tal y como se vio en las batallas estratégicas durante la II Guerra Mundial. Después de la guerra, el imperialismo yanqui tuvo que dejar el control político directo pero mantuvo el control político y económico indirecto. Y, tuvo en su base naval de la bahía Subic su eje en el Pacífico, hasta que optó por abandonarla tras un levantamiento popular y la caída de la dictadura de Marcos proyanqui en los años 1980. La rebelión de las masas musulmanas oprimidas del sur de las Filipinas ha sido hace años un fuerte obstáculo para los gobiernos lacayos del imperialismo yanqui, pero los ataques de éste no apuntan únicamente a las plazas fuertes musulmanas en la isla Sulú. En vuelos sobre el norte de Luzón, al otro lado del archipiélago, las tropas yanquis han intercambiado fuego con las tropas del Nuevo Ejército Popular dirigido por el Partido Comunista de las Filipinas. Es obvio que el gobierno estadounidense busca reforzar el control sobre su antigua colonia, y que sus planes no se limitan a las Filipinas, ya que también está negociando el derecho de acceso a la vasta base naval de Cam Ranh en Vietnam, la cual construyó durante su fallida guerra por conquistar el sudeste de Asia. Rusia está a punto de abandonar la base por incosteable.

La inclusión de Corea del Norte en el “eje del mal” de Bush es difícil de entender, ya que durante años ha tratado desesperadamente de complacer al gobierno yanqui. Clinton dice que estuvo a punto de aceptar su capitulación al cierre de su mandato en diciembre de 2000. Hace unos años, Corea del Norte suspendió unilateralmente las pruebas de misiles de las que se queja Bush. Al cierre de esta edición, no está claro si Bush hará la guerra ahí o no, pero desde que entró en funciones, ha puesto en claro que está renuente a dejar que Corea del Norte haga las paces. De nuevo, podemos ver que la propaganda acerca de su ruptura con la política de Clinton encierra cierto simbolismo político. Sin embargo, lo más importante no es Corea del Norte sino las 37.000 tropas que mantiene estacionadas en Corea del Sur. El mantenimiento de una situación militar movediza en la península es un importante factor que usa para intimidar a China, la cual Bush espera incorporar más firmemente a su órbita y a Japón, país cuya explotación de Corea es la esencia de su existencia imperialista.

Otros países donde el imperialismo yanqui ya tiene apostadas fuerzas armadas o donde sopesa entrometerse son: Colombia, Yemen, Indonesia (adonde tal vez envíe asesores) y hasta Argelia (ha comenzado a suministrar equipo militar al gobierno de Argelia, lo cual es una provocación en el patio trasero de Francia, donde hasta ahora ha tenido contacto principalmente con los “terroristas” islámicos fundamentalistas). En todos estos sucesos, podemos ver que desde hace mucho el gobierno estadounidense ha considerado que sus intereses políticos y económicos estratégicos requieren intervención militar, y también podemos ver la necesidad que existe tras la demencia de Bush.

6. UNA GUERRA JUSTO A TIEMPO

La relación entre la política y la economía es compleja y dinámica. La situación mundial actual tiene sus raíces en el “gigantesco progreso de la socialización de la producción” y su contradicción con la apropiación privada, tal y como señaló Lenin hace un siglo, cuando llamó al imperialismo la antesala de un nuevo sistema de cooperación global que surgiría vía la revolución proletaria. Las convulsiones económicas que impulsan a los imperialistas (crisis, rivalidades y leyes de expandirse o morir), al igual que la lucha del proletariado internacional y sus aliados, tienen sus orígenes en esa contradicción. Estas clases dominantes son los representantes de las necesidades del capital imperialista y no simplemente toman las decisiones políticas a voluntad. Pero, las nuevas políticas han surgido de la compenetración de estas necesidades y de las políticas imperialistas.

Hay mucha evidencia de que la administración Bush entró en funciones en busca de algo como el 11 de septiembre, una oportunidad para cambiar el curso militar, político y social en el que estaba el imperialismo yanqui. En una entrevista citada en el Washington Post del 29 de enero de 2002, Bush dijo: “Creo que en otros países, tienen una imagen de que en nuestro país, somos muy materialistas, sin valores, y que cuando somos atacados no nos defendemos”. En el mismo reportaje, Rumsfeld cuenta que cuando Bush le hizo una entrevista para el puesto de secretario de Defensa (que llegó a ocupar el rol principal en el gabinete de Bush), éste criticó a Clinton por haber seguido una política de “retirada reactiva” cada vez que una intervención militar yanqui entraba en apuros, tal y como pasó en la derrota a manos de las milicias locales de Somalia. Rumsfeld respondió que el poderío estadounidense necesitaba “disciplinar al mundo”. “No le dejé ninguna duda de que, cuando algo pase, yo estaré presionándolo para inclinarse hacia adelante, no hacia atrás y que quería que él lo supiera. Y Bush dijo, sin titubear, que eso es lo que él haría y que teníamos una forma de pensar en común”. Eso es exactamente lo que hizo Bush: “inclinarse hacia adelante” para aprovechar la primera buena oportunidad de guerra que se presentara. Desde luego, las cartas ya estaban echadas cuando Bush fue escogido para presidente.

El régimen talibán surgió en medio de la porquería y suciedad del maniobreo imperialista para controlar los oleoductos y gasoductos en Asia central. Los imperialistas yanquis le dieron luz verde a Pakistán para colocar en el Poder a los talibanes en 1996, ya que creyeron que eso traería la estabilidad política necesaria para que la corporación Unocal construyera un oleoducto de Turkmenistán a Pakistán vía Afganistán, asegurando el control yanqui sobre el petróleo proveniente de las antiguas repúblicas soviéticas. Al apoyo a los talibanes lo acompañaron las estrechas relaciones militares que el gobierno estadounidense desarrollaba con la mayoría de los países de Asia central. La opresión medieval de las mujeres no fue obstáculo alguno, especialmente porque encajaba con el programa defendido por los fundamentalistas cristianos estadounidenses, muy respetados en los círculos de Bush. Por otra parte, el gobierno yanqui vio tanta utilidad potencial en el régimen talibán, que por un tiempo el departamento de Estado bloqueó la investigación del FBI a Osama bin Laden por el bombazo al buque Cole en Yemen, debido a que esperaba persuadir al gobierno talibán que lo entregara sin agitar sus relaciones mutuas. (El jefe de la investigación del FBI, que renunció en protesta, se convirtió en el jefe de seguridad de las torres gemelas de Nueva York, donde mordió el polvo.) Las negociaciones entre el gobierno estadounidense y los talibanes continuaron hasta julio de 2001. El diario francés Le Figaro dijo que el jefe local de la CIA tuvo un encuentro con bin Laden, mientras éste era tratado en el Hospital Americano en Dubay ese mes21.

Tales negociaciones fueron interrumpidas en agosto de 2001, pues parece que el gobierno yanqui se fastidió y ya estaba buscando pelea en Afganistán. De una u otra forma, lo consiguió. ¿Quién disparó primero? Eso no importa. Tal como el apoyo al régimen talibán, la invasión a Afganistán tiene como propósito establecer un régimen semifeudal, patriarcal y lacayo del imperialismo. Es más, Afganistán sólo fue un blanco político y militar fácil, a diferencia de los revolucionarios vietnamitas que derrotaron al imperialismo yanqui y obtuvieron gran apoyo de todo el mundo. Afganistán fue importante no tanto por el país en sí, sino porque es un buen lugar para echar a andar una cruzada de rabia y rapiña mundial.

Tal como dijo Lenin: “La guerra no altera la dirección de la política anterior a la misma, sino que por el contrario, acelera su desarrollo”. Las consecuencias del 11 de septiembre no alteraron el curso de la historia; sin embargo, señalaron una nueva situación, cualitativamente diferente.

7. EL “FRENTE INTERNO”

Las políticas de “coalición” y “concesión” que Bush dejó atrás, estaban ligadas a la renuencia de su gobierno a mandar tropas al combate, en especial donde era posible que murieran en cantidad importante, lo cual sería políticamente difícil de manejar. Hace poco, los imperialistas europeos criticaban a los Estados Unidos por no mandar suficientes soldados, en especial a lugares donde habían ido tropas europeas como la ex Yugoslavia, donde se decía que “los Estados Unidos bombardea, nosotros morimos y las ONG dan de comer”. Hoy más que antes, el imperialismo yanqui quiere asesinar desde una distancia segura, cosa que ha demostrado en Afganistán matando miles de civiles. Cuando en una conferencia de prensa alguien se refirió a una boda de una aldea que había sido bombardeada y los sobrevivientes ametrallados, Rumsfeld contestó fríamente que esas cosas no tienen importancia.

Para Bush los estadounidenses tienen que acostumbrarse a sacrificar soldados. Aunque la “lluvia de muerte desde arriba” seguirá siendo el pilar de su estrategia, los imperialistas yanquis también están intentando enterrar el “síndrome de Vietnam” (el temor a atascarse en una guerra imperialista de conquista sin perspectiva) y la renuencia a sacrificar soldados en pos de sus fines. O sea, el control político requiere de tropas terrestres. Ningún imperialista quiere que sus tropas sean las únicas golpeadas en la lucha por nuevas posiciones.

El cambio de dirección en la política militar va de la mano con el cambio de política en la sociedad estadounidense. Tras el 11 de septiembre, una amplia gama de representantes de la clase dominante ha estado trabajando por cambiar el pacto social con algunos sectores de la clase media, de cuando su aprobación pasiva era suficiente para darles ciertas concesiones, a una situación más espartana, en que la guerra sin fin y la aceptación de las movilizaciones y sacrificios que sean necesarios están a la orden del día.

El terreno político yanqui ha sido sacudido una y otra vez durante los últimos años, a medida que surgía una nueva agenda ante los cambios de la situación, la lucha interna en la política y un consenso cambiante. Ha habido duras “guerras culturales” en torno al aborto, la familia patriarcal y temas culturales (acerca de cómo vive la población), pero se ha dicho poco en público acerca del objetivo de todo esto, salvo artículos poco conocidos en publicaciones de política exterior. El que crean en su sistema de ideas o en que sea buena propaganda, los representantes de la clase dominante que apoyan a Bush tienen una agenda cultural y social muy represiva. Buscan crear una situación social interna radicalmente diferente acorde con el modelo de imperio global desenfrenado que buscan. Sin hacer comparaciones superficiales que confirme o no la historia, o ignorando las profundas diferencias entre una Alemania desesperada por salir de su condición de potencia derrotada y un Estados Unidos a la cabeza de la pandilla imperialista y decidido a permanecer así, se puede decir que la reconstrucción nazi de la sociedad iba de la mano con los objetivos globales del imperialismo alemán y de lo que sabían que sería necesario para lograrlos.

8. PELIGROS Y OPORTUNIDADES

Después de la I Guerra Mundial, Stalin escribió: “La importancia de la guerra imperialista desencadenada hace diez años estriba, entre otras cosas, en que juntó en un haz todas estas contradicciones y las arrojó sobre la balanza, acelerando y facilitando con ello las batallas revolucionarias del proletariado”. La situación actual es diferente en muchos sentidos (hoy las contradicciones entre los imperialistas las condiciona principalmente la contradicción entre el imperialismo y los países oprimidos), pero la analogía es aleccionadora, ya que debido a que las contradicciones del mundo están entrelazadas, se aprieta más el haz y las contradicciones son arrojadas de nuevo “sobre la balanza”. Estos sucesos dramáticos están en marcha y los imperialistas y reaccionarios han puesto la guerra, la resolución de las contradicciones por la fuerza de las armas, a la orden del día, lo que puede acelerar y facilitar las luchas del proletariado y los oprimidos en los albores del siglo 21.

Para que esto suceda y para descubrir y plasmar el potencial favorable de la situación mundial actual, hay que llevar a cabo mucho trabajo para colocar firmemente el estandarte del proletariado en la actual tormenta de contradicciones. Nunca antes en la existencia del Movimiento Revolucionario Internacionalista se han manifestado tan agudamente la necesidad y las posibilidades para el liderato maoísta.

Es indiscutible –incluso George Bush lo vislumbra– que habrá resistencia. Surgirá en diferentes formas y a diferentes ritmos en diferentes países, y no seguirá un camino recto. Pero la pregunta clave para los maoístas es: ¿Debemos salirle al paso (dirigir la atención a otro lado, esperando condiciones diferentes)? ¿Quedarnos a la zaga de las corrientes contradictorias y a veces sin salida? ¿Ponernos al frente de ellos y dirigirlos? ¿Quién más puede unificar correctamente a los diferentes elementos de la lucha, descubrir los intereses comunes del pueblo y los del enemigo, y señalar lo que hay que hacer para cada etapa de la misma?

Lenin escribió “La experiencia de la guerra... aturde y quebranta a unos, pero que instruye y templa a otros”. Señaló que la guerra revela lo que en tiempos normales se oculta: que el sistema imperialista depende de su fuerza militar para sobrevivir y que la guerra crea condiciones más favorables para que el proletariado y el pueblo establezcan su propio dominio a través de la revolución. Este nuevo desorden mundial asustará a algunos y será bienvenido por otros, pero hará despertar a millones junto con sus diferentes puntos de vista e intereses. Tales sucesos desenmascaran las verdaderas relaciones que gobiernan el mundo y las fuerzas y debilidades del pueblo como de sus enemigos, y movilizan y templan a las masas a luchar en su contra. Las palabras de Lenin en la actual situación significan que enfrentamos, por un lado, el peligro de ser derrotados por un enemigo que ataca agresivamente y aprovecha nuestra pasividad y nuestros errores, y por el otro lado, la necesidad y la posibilidad de ponernos a la altura y dirigir la lucha a escala mundial de una forma no concebible cuando las masas del mundo no enfrentaban semejante enemigo tan desbocado.

Lo que se requiere hoy es una resistencia global que seguramente tomará muchas formas, y una expresión más enérgica de la posición proletaria.

Se necesita que haya movimientos masivos a nivel internacional, uniendo a todos los que se pueda unir, difundiendo la posición y el programa de lucha del proletariado en estas batallas y, así, ganándose a las amplias masas de todos los países para oponerse y resistir poderosamente a la guerra y agresión imperialistas, y para comprender y apuntar claramente al sistema imperialista como la causa de la injusticia y opresión del mundo entero.

Al mismo tiempo, un elemento importante de la capacidad de los maoístas para subir enérgicamente al escenario político a nivel mundial es ver que la actual situación internacional posibilita y hace necesario acelerar la lucha para tomar el Poder en cada país y construir y fortalecer los partidos maoístas capaces de dirigir este proceso. Se vislumbran las condiciones para esto en diversos grados en diferentes países.

Por ejemplo, hoy podemos ver que la Guerra Popular de Nepal interactúa con la mayor agudización de la situación revolucionaria de toda la región. Las resonantes victorias de la Guerra Popular constituyen un modelo de cómo luchar y para qué. La posibilidad de semejante cambio en el polvorín del sur de Asia es sin duda uno de los motivos por los cuales la revolución de Nepal enfrenta de forma tan directa la oposición de los imperialistas yanquis y británicos, así como de la India, el gendarme regional del imperialismo mundial. Y las rivalidades entre los Estados reaccionarios, especialmente la India y Pakistán, así como el tumulto y resistencia desatados por la “guerra contra el terrorismo”, crean condiciones favorables para la revolución en todo el subcontinente.

Asimismo, en otros Estados en la línea del fuego de esta “guerra”, el proceso revolucionario está mucho más condicionado por la cruzada estadounidense. En Irán, la falsa oposición del gobierno al imperialismo podría ser puesta a prueba, así concientizando mentes y abriendo caminos para la revolución. El imperialismo yanqui se preocupa más por la futura estabilidad del gobierno de Turquía ante las tensiones políticas y económicas que implica participar en la cruzada yanqui, lo cual es de alto riesgo22. Para citar otro ejemplo importante de los planes estadounidenses, a pesar de la ocupación israelí para “someter a los palestinos”, como dice Sharon, ésta no trae estabilidad sino continúa generando mayor resistencia e inestabilidad en la región. El regreso de tropas yanquis a las Filipinas ha desatado una ola de antiimperialismo en ese país y podría ofrecer oportunidades para un nuevo nivel de movilización y unidad de las masas para la lucha armada.

Los efectos particulares variarán entre uno y otro país y serán difíciles de predecir. En general, puede ser que las medidas impuestas por Bush tengan consecuencias contradictorias. Las guerras populares son necesariamente prolongadas y pasan por avances y retrocesos. Pero, para los gobiernos reaccionarios de la mayoría de los países oprimidos por el imperialismo, es imposible mantener el control en todo su territorio (en particular en el campo), debido a la debilidad relativa del aparato estatal centralizado, y para los imperialistas yanquis es imposible intervenir en todas partes a la vez y tendrán que elegir entre opciones muy difíciles.

Las fuerzas yanquis están estacionadas en al menos 100 de los 189 miembros de las Naciones Unidas, su mayor presencia desde la II Guerra Mundial. Muchas fuerzas operan en territorios relativamente desconocidos como Asia central, lejos de su territorio nacional, y dependen de bases intermedias en países “confiables” del tercer mundo como Arabia Saudita, que a veces son poco estables. Por “fuertes y eficientes” que estén sus tropas, tienen que cubrir mucho territorio del mundo en comparación con la fuerza económica del país. El gobierno yanqui apuesta a que puede convertir su extensa presencia militar en ganancias económicas. Pero semejante situación deja expuestas y vulnerables a sus fuerzas a una escala sin precedentes.

Aunque el imperialismo yanqui ha podido dirigir en cierta medida a las demás potencias imperialistas en la fase inicial de la “cruzada”, el conflicto de intereses entre estas potencias significa que no serán capaces de mantener para siempre un campo unificado: la colaboración y la contienda son aspectos permanentes del imperialismo. Ya se manifiestan las fisuras de la “coalición” dirigida por los Estados Unidos en relación a Irak y Palestina y se irán profundizando conforme se vaya intensificando la resistencia popular.

Cuando Rumsfeld definió su nueva doctrina militar como la capacidad de combatir, principalmente solo, en cuatro grandes escenarios a la vez, daba por hecho que nadie se defendería con mucha fuerza y que sus fuerzas sostendrían victorias fáciles. Como se sabe, la guerra de Vietnam fue una sola guerra y aun así no la pudo ganar. Esta situación genera retos sin precedentes para las fuerzas revolucionarias, como elevar su unidad internacionalista para dirigir de forma más unida la lucha global contra el imperialismo.

En los países imperialistas, también hay experiencia histórica. “Jamás el gobierno es tan fuerte como al comienzo de una guerra”, se dijo durante la I Guerra Mundial. En 1915, Lenin escribió una polémica contra esta visión que únicamente veía ese aspecto de la situación y no las situaciones revolucionarias que surgían como consecuencia de la guerra desatada en los países beligerantes. Dijo: “En primer lugar, nunca como en tiempos de guerra, el gobierno necesita tanto del acuerdo a esa dominación de todos los partidos de las clases dominantes y de la subordinación `pacífica' de las clases oprimidas; en segundo lugar, aun cuando `al comienzo de una guerra', sobre todo en un país que espera una rápida victoria, el gobierno parezca omnipotente, nadie en el mundo vinculó nunca las esperanzas en una situación revolucionaria exclusivamente, con el instante del `comienzo' de una guerra, y mucho menos identificó lo `aparente' con lo real”.

Hoy, no existe una situación revolucionaria en los países imperialistas. Dichas situaciones son imposibles sin crisis generadas por sucesos como la actual guerra, y nadie puede decir con certeza si ésta o alguna crisis posterior generará tal situación revolucionaria. Nunca ha habido una guerra imperialista que no haya comenzado con una ola de patriotismo. De cerca, los sentimientos de los sectores intermedios en los Estados Unidos y otros países imperialistas son más complicados que lo que parecen a simple vista. Asimismo, la situación entre los países imperialistas es necesariamente desigual, pero la febril carrera armamentista, de militarizar las sociedades y tener tropas terrestres para luchar por el control y el botín dondequiera que sea posible, arrastrará a estos países al centro de la tormenta. La posición de los Estados Unidos como líder arrastrará a las masas a la vida política en mayor grado, y las luchas contra la cruzada yanqui tendrán un enorme impacto en el resto del mundo, al igual que las luchas en otros países serán un incentivo para aquéllos que luchan en las entrañas de la bestia.

La resistencia a la cruzada tendrá un impacto crítico en el desarrollo de la revolución mundial. Marx habló de la necesidad de que la clase trabajadora resista a los capitalistas o de que corra el riesgo de quedar reducida a una masa de miserables; lo mismo es aplicable a la resistencia contra las guerras injustas de hoy. Es más, los inmigrantes del Medio Oriente en los Estados Unidos ya viven bajo ley marcial. Gran Bretaña ha encerrado a los solicitantes de asilo en condiciones de campo de concentración, y ha propuesto que lleven una “tarjeta inteligente” con microchip cuyo contenido es secreto incluso para los hombres y mujeres que lo llevan23, lo que se ha comparado a las estrellas amarillas que los nazis les hacían portar a los judíos. Las guerras coloniales, hoy y ataño, van inevitablemente acompañadas de la represión contra aquéllos que son obligados a abandonar sus tierras para trabajar en las metrópolis imperialistas, donde constituyen un componente básico del proletariado. Esto se vio en las masacres de los manifestantes argelinos en París durante la guerra de Francia contra Argelia. Si los proletarios avanzados y sus representantes maoístas en estos países se solidarizan con las masas del mundo, podrán adecuarse para el ejercicio del Poder, y así podrán representar los intereses y unir a los trabajadores y a la mayoría de la población de esas sociedades cuyos intereses fundamentales son opuestos a la clase de mundo en que están atrapados.

En tal contexto, la actividad de organización tiene que pasar de lo que Lenin describió como una situación de revolucionarios calzando “zapatos de suela delgada”, a una donde se necesitan “botas bien claveteadas”. Sería un error muy grande y tal vez de consecuencias fatales no reconocer la existencia e implicaciones de la nueva situación.

Existe un gran peligro de perder la orientación revolucionaria ante esta situación. Ya ha habido cierta experiencia en los movimientos antiglobalización, cuyo auge antes del 11 de septiembre alarmó tanto a los imperialistas del mundo y provocó las medidas represivas tomadas después del 11. (Las balas que la policía disparó a los manifestantes en Gotemburgo y Génova anunciaron el cambio de reglas en la política del occidente.) Algunas fuerzas han desligado las demandas antiglobalización de las guerras actuales y de la preparación para otras más. El mayor reto para estos movimientos, al igual que para el resto de los habitantes del mundo, es tomar partido con los pueblos del mundo. Si no, las importantes y justas protestas contra McDonalds y los productos genéticamente modificados, o hasta contra la represión política, corren el riesgo de no comprender el fondo de todo esto. Por ejemplo, no hubo suficiente oposición contra la guerra yanqui en la conferencia antiglobalización de Porto Alegre, Brasil, en la cual les permitieron participar a miembros y partidarios de los gobiernos europeos (en especial Francia) como si ellos no fueran parte del problema. Éste es un ejemplo de cómo la demanda de un mundo mejor ha quedado reducida a un anhelo hipócrita e insignificante que ignora el obstáculo principal para construir dicho mundo: el imperialismo y sus fuerzas armadas. Para tomar otro ejemplo, plantear consignas contra tanto la guerra como el terrorismo, significa no apuntar la lucha a los Estados Unidos y a las propias clases dominantes, y eso contribuirá a sofocar la resistencia popular. Aquéllos que capten la posibilidad y necesidad de apoyarse en las masas y unir a todos los que se pueda unir contra la cruzada del imperialismo yanqui, serán capaces de inspirar y dirigir el complejo trabajo de analizar la situación mundial y explicar a las masas que sus intereses no están con los imperialistas y sus gobiernos, sino con los pueblos del mundo.

Hace poco, el Movimiento Revolucionario Internacionalista escribió: “El mundo ha entrado en un período de fuertes cambios en que lo que a simple vista parecía permanente y fijo, se sacude por contradicciones internas. Es una época de grandes oportunidades pero también de verdaderos peligros. Se necesitará de toda nuestra determinación proletaria, nuestra posición, concepción del mundo y método marxista-leninista-maoístas así como nuestra orientación política correcta para avanzar en medio de la agitada tormenta. Podemos vislumbrar con mayor claridad la posibilidad de la victoria pero eso requerirá de más lucha y mayor sacrificio”.

Mao Tsetung dijo que el imperialismo es a la vez un tigre de verdad y un tigre de papel, y que a la larga son las masas, y sólo ellas, los verdaderamente poderosos. En el mundo de hoy, quien ignore que el imperialismo es también un tigre de verdad predica una falacia suicida. Pero, ¿por qué es un tigre de papel? Este aspecto puede permanecer latente en tiempos ordinarios, pero sube a la superficie únicamente ante la presión de las luchas populares, porque las atrocidades que comete el imperialismo en su territorio y en el mundo, y no el derrumbamiento de sus rascacielos, atizan el odio de las masas y las unen a luchar en su contra, y a la larga únicamente las masas, y sólo ellas, incluso en las entrañas de la bestia, podrán resolver las contradicciones que engendra. El mundo se hunde cada vez más en desastres que únicamente las masas pueden resolver, movilizadas en lucha revolucionaria bajo una línea marxista-leninista-maoísta.

NOTAS

1. El incendio del Reichstag (parlamento) alemán en 1933 le dio a Hitler el pretexto para declarar a su manera “están con nosotros o están en contra” y consolidar su gobierno como preludio de la guerra por la hegemonía mundial.

2. En el mundo de hoy, tales términos económicos “neutrales” significan caos y sufrimiento a una escala sin precedente en la historia. Por ejemplo, el “funcionamiento normal” del comercio mundial causó la destrucción de la economía de Zambia e hizo su economía dependiente de las minas de propietarios extranjeros; ese mismo funcionamiento hizo que cuando el puñado de monopolios rivales del mundo produjo demasiado cobre en los países oprimidos que controla, cerró las minas de Zambia y el capital se fue a otra parte. El Fondo Monetario Internacional resolvió el problema de la falta de oportunidades rentables para el capital imperialista en Zambia abriendo su economía a nuevas formas de penetración. Obligó al país a eliminar las barreras comerciales que protegían las fábricas de prendas de vestir donde trabajaban las esposas, hermanas e hijos de los mineros. Pronto, la ropa de importación las arrasó. De esas decenas de mujeres que a duras penas mantenían con vida a sus hijos vendiendo unos cuantos jitomates en un mercado local, una le dijo a un reportero: “Nadie que aún está con vida ha visto pobreza así”. Tras la crisis financiera provocada por las fluctuaciones mundiales de divisas, en cosa de semanas los campesinos indonesios tuvieron que reemplazar el arroz por la corteza de árboles en su dieta. El mundo ha vivido hambrunas, plagas y otros desastres, pero jamás se ha visto con tanta claridad como ahora la mano del hombre en ellos.

3. Los dos bloques se cimentaron por intereses mutuos, no la fuerza, pero no se permitían deserciones en ningún bando. Los soviéticos remacharon este principio con su invasión de Checoslovaquia en 1968. Los yanquis también obedecieron el principio, si bien menos abiertamente; por ejemplo, en Italia, con el proyecto Gladio y organizaciones secretas como la Logia Masónica P2, organizaron el lanzamiento de un golpe de Estado militar en contubernio con los sectores afines de la clase dominante italiana en caso de que el prosoviético Partido Comunista italiano se acercara demasiado al Poder.

4. El secretario de Estado nixoniano, Henry Kissinger, dijo: “No podemos permitir que un país se vuelva marxista solamente porque su población sea irresponsable”. Mandó a la CIA organizar un golpe de Estado militar para derrocar a Allende. Los generales, con el apoyo de los yanquis, masacraron a miles de reales o presuntos obstáculos a los intereses yanquis, lo que generó condiciones políticas para mayores inversiones estadounidenses.

5. Argentina es un buen ejemplo. El capital europeo (y en especial el de España) está tan fuertemente concentrado en ese país y en sus vecinos que el FMI se negó a renegociar los préstamos del país y la bolsa de valores española se tambaleó, pero el mercado estadounidense pudo superar el momento. Francia y España intentaron bloquear la medida, pero los yanquis tienen el poder de veto en las elecciones ponderadas del FMI. Mala suerte para los bancos españoles, y para millones de argentinos que un buen día, cuando se desplomó la moneda nacional, despertaron en la pobreza.

6. Véase “Libre comercio: ¿motor de crecimiento o saqueo?”, UMQG 2000/26.

7. El argumento de que los “derechos humanos” tengan prioridad sobre la soberanía ha abierto paso a una nueva doctrina: la “seguridad nacional” (de los Estados Unidos, desde luego) tiene prioridad sobre los derechos humanos, que hoy son solamente “una causa y moda de la lejana década del 1990”, según un articulista cínico.

8. Hoy, el tribunal internacional de La Haya procesa al matón serbio Milosevic, favorecido por Rusia y buena parte de la clase dominante francesa, mientras que el croata Tudjman, el matón favorecido por Alemania y los Estados Unidos, sigue en el Poder.

9. Por fin, obtuvieron lo que buscaban en los cruentos combates de marzo al sur de Gardez, la primera batalla en la guerra contra Afganistán en que participaron fuerzas convencionales de los Estados Unidos. Participaron tropas de Australia, Canadá, Dinamarca, Francia, Alemania y Noruega, y Francia compartió la tarea de bombardeos aéreos. Por unos días, los ministros del exterior del continente europeo le bajaron el tono.

10. La URSS fabricó rifles automáticos Kalashnikov, cazas MIG, el mayor avión militar del mundo y otro equipo militar, de al menos la misma calidad que aquél del occidente. Pero, al tipo de cambio actual, el presupuesto militar anual ruso es de solamente 9 mil millones de dólares. En comparación, según ciertos estimados, el gobierno yanqui gasta mil millones de dólares al día. Se dice que el desequilibrio económico provocado por el costo de mantener la paridad militar con el occidente, con la base económica menor del bloque oriental, fue un importante factor en su desintegración. Tal vez encierre lecciones para los Estados Unidos y sus planes para una gran expansión de su gasto militar.

El cambio de la correlación mundial de fuerzas militares, provocado por el mayor debilitamiento de Rusia, ha frustrado los sueños de los rusos de unir su poderío militar a la fuerza económica europea. Ésa es otra diferencia importante entre la situación mundial de hoy y la de los años 1990.

11. Francia ha desarrollado una fuerza ofensiva de reacción rápida de 50.000 elementos, como parte de una reorganización estratégica iniciada en 1996, para dejar atrás la orientación nuclear de sus fuerzas armadas durante la guerra fría. Ha abandonado sus proyectiles terrestres y bombarderos nucleares y, con la abolición del servicio militar obligatorio, le es más fácil en lo político enviar tropas a otros países. Hace poco, Alemania sólo contaba con mil soldados equipados y entrenados para intervenir rápidamente en el exterior. El Reino Unido tiene 4 mil soldados especiales experimentados, SAS, con una sangrienta reputación en Irlanda y otros lugares. En contraste, unidades alemanas semejantes participaron en combate por primera vez en Kosovo. Estos tres países se han empeñado en despachar a estos soldados a combates cuandoquiera y dondequiera que sea posible, con metas militares y políticas inmediatas, así como para probarlos y entrenarlos como unidades élite para futuras necesidades.

12. En el escenario militar del mundo, podemos dejar de lado las armas nucleares paquistaníes e indias. Las armas nucleares israelíes tienen un papel específico: afianzar la avanzada sionista patrocinada por los Estados Unidos en el Medio Oriente.

13. Tal vez éste sea el modelo que el gobierno yanqui quiere aplicar en algunos o todos los países imperialistas, semejante al imperio romano que incorporó a las clases dominantes locales, en beneficio mutuo, mientras Roma sacara la tajada de león y tuviera la última palabra.

14. Véase Philip S. Golub, “Gobierno de guerra fría con ninguna guerra que librar: aspiraciones imperiales estadounidenses”, Le Monde Diplomatique (edición en inglés), julio de 2001. Nótese el título: este análisis de la campaña yanqui de poder unipolar salió antes del 11 de septiembre. Golub señala que antes de trabajar de secretario de guerra por Bush, Rumsfeld lanzaba advertencias acerca de un nuevo “Pearl Harbor”; tal vez sea más acertado decir que Rumsfeld pedía uno. Así describieron los bushianos los sucesos del 11. En el Pearl Harbor original, los japoneses atacaron a la flota yanqui en Hawai, suceso que el gobierno yanqui tomó como pretexto para entrar a la II Guerra Mundial, y al menos lo recibió con beneplácito, si no lo provocara o lo permitiera ocurrir a propósito.

15. Poco después, Powell acusó a su homólogo francés, Hubert Vedrine, de haber “tenido un ataque de vapores”, o en palabras de otro “vocero anónimo” yanqui, de haberse portado como “mujer menopáusica”. Con tales comentarios, del diplomático en jefe de Bush (¡vaya!), los yanquis imponen las reglas del debate: “machos verdaderos” o mujeres y afeminados... una provocación para el militar yanqui macho, misógino y homofóbico.

16. El gobierno yanqui anunció recientemente que desarrollaría artefactos nucleares “tácticos” pequeños que usaría en guerras “normales”. Ha señalado a Afganistán e Irak como posibles blancos. Los estrategas de guerra solían hablar del “balance del terror”, en el cual ningún lado se atrevería a provocar un enfrentamiento termonuclear. Es posible que ahora, en el mundo de la post-guerra fría, pronto veamos la primera contienda nuclear desde Hiroshima.

17. A Bush poco le importa dar pretextos creíbles. La misma CIA (repentinamente a la “izquierda” en cuanto a política estadounidense) dijo en febrero que por ahora Irak, como Irán y Corea del Norte (países del “eje del mal” de Bush), no está considerado dentro del “terrorismo”. Bush ni ha intentado argumentar lo contrario; ha remachado que las armas que podría obtener el gobierno iraquí en el futuro, si es que existieran, se empequeñecerían en comparación con las armas químicas, bacteriológicas y nucleares de “destrucción masiva” ya en manos de los Estados Unidos, Israel, etc. (El ántrax enviado por correo para matar lo fabricó el gobierno yanqui, con fines igualmente asesinos.)

18. Además del fin de la citada “política de coalición”, hace una década la URSS era el principal defensor de Irak; hace poco, Rusia se negó a recibir a un ministro iraquí.

19. Concesiones que no tienen nada de nuevo, pues este gobierno suministró armamento a la contra nicaragüense proyanqui a principios de los años 1980.

20. De la misma forma, se apoderó de Cuba y Puerto Rico durante la guerra contra España en 1898.

21. En contraposición a su práctica cotidiana y casi predecible de no confirmar o de rechazar los alegatos acerca de sus actividades, posteriormente la CIA lo descartó como una fabricación.

22. Una razón de por qué el FMI rescató a Turquía y no a Argentina.

23. En un país que se enorgullece de que sus ciudadanos no lleven tarjeta de identificación nacional.