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Stalingrado:
El
campo de batalla de la historia... La historia de un campo de batalla
Stalingrado
de Anthony Beevor, Editorial
Crítica, Barcelona, 2000
Enemigo al
acecho
Una película
dirigida por Jean-Jaçques Annaud, 2001
La Batalla
de Stalingrado, un choque titánico en la II Guerra Mundial entre
la Alemania nazi y la Unión Soviética socialista, ha sido tema de
incontables estudios, libros, películas y memorias. Sin embargo,
dos obras recientes, ?el libro de Anthony Beevor, importante escritor
británico en asuntos militares y la película del director francés
Jean-Jaçques Annaud? han contribuido a que la nueva generación conozca
lo que fue la más grande batalla de la historia. No sólo fue un
choque militar en gran escala, que enfrentó a millones de soldados
entre sí, sino fue el acontecimiento clave de un drama en que se
enfrentaron dos sistemas sociales ?el capitalista-imperialista representado
por los nazis alemanes y el socialista que nació en la Revolución
de Octubre y que se desarrolló durante dos décadas con la dirección
de Lenin y Stalin? en un combate de vida o muerte. Fue el punto
de viraje de la II Guerra Mundial y el principio del fin de la Alemania
de Hitler, la cual hasta la invasión de la URSS, había ocupado fácilmente
casi todo el este y el oeste de Europa.
En relación
a la grandeza del tema, el libro de Beevor y la película de Annaud
quedan muy cortos. El valor del pueblo en la defensa de la URSS
y el heroísmo del Ejército Rojo, de resistir y finalmente vencer
a un enemigo mucho mejor equipado, es un acontecimiento histórico
tan transcendental que no se puede pasarlo por alto tan fácilmente.
Por injusto que parezca equiparar la erudición de Beevor con la
burda ficción hollywoodesca de Annaud, ambas obras, si bien en diferentes
esferas y con diferentes públicos, intentan explicar el heroísmo
del proletariado desde el punto de vista de la burguesía. Aunque
ambas obras son fieles a los ?hechos? (es posible aprender mucho
de ellas desde el punto de vista del proletariado revolucionario),
se tragaron por completo una gran mentira: que la mayor victoria
militar de todo el tiempo ocurrió sin importar o hasta en oposición
a la existencia del sistema socialista y a la dictadura del proletariado.
De fondo, la suya es una misión sin esperanza. Sin importar cuán
talentosas o financiadas fueron las obras (la película de Annaud
contó con el mayor presupuesto jamás visto para una película europea),
el resultado puede tener el efecto contrario: alentar a la nueva
generación a descubrir por sí misma el verdadero significado de
la palabra ?Stalingrado?.
ANTECEDENTES
DE LA BATALLA
En respuesta
a su derrota en la I Guerra Mundial y el castigo del Tratado de
Versalles, la clase dominante imperialista alemana se había dedicado
a impulsar un nuevo reparto imperialista del mundo. Otro objetivo
que acompañó ese afán, fue su deseo de eliminar la Unión Soviética,
el primer Estado socialista del mundo. El instrumento que utilizó
para sus fines fue el Partido Nacional Socialista (nazi) dirigido
por Hitler.
Todo el mundo
imperialista compartía el objetivo de destruir a la URSS. Inglaterra,
Francia y los Estados Unidos no tenían menos odio a la dictadura
del proletariado. Uno de los ?objetivos de guerra? principales de
Inglaterra y los Estados Unidos en la II Guerra Mundial fue hacer
que los alemanes apuntaran su máquina de guerra hacia el este, para
que derrotara a la URSS y se debilitara en el proceso. Mao Tsetung
llamó a esta política ?quedarse sentados en la montaña como espectadores
de la pelea entre los tigres?.
Para desviar
esta estrategia, la Unión Soviética buscó un acuerdo con los imperialistas
anglo-franceses, en pos de una defensa colectiva contra Alemania.
Ese intento falló y en 1939, la URSS firmó un pacto de no agresión
con Alemania. Durante los siguientes dos años, el aparato militar
alemán conquistó una victoria tras otra: Polonia, Dinamarca, Holanda
y Bélgica. Invadió a Francia, la que pronto capituló (la gran mayoría
de la clase dominante francesa se alió con Alemania durante la guerra).
El ejército británico en Europa rápidamente retrocedió al otro lado
del estrecho de Dover.
Los británicos
se quedaron de brazos cruzados mientras Hitler consolidaba su poder
en el continente y preparaba una poderosa ofensiva contra la URSS.
El 22 de junio de 1941, los alemanes emprendieron el ataque con
una masiva fuerza invasora de 5.500.000 soldados (con fuerzas de
los Estados satélites de Rumania, Bulgaria, etc.), 3.350 tanques
y 2.000 aviones, y, por medio de la ocupación, los recursos colectivos
de la Europa ocupada. Atacó en tres frentes: por el norte hacia
Leningrado, en el centro hacia Moscú y en el sur hacia Kiev y, más
allá, Stalingrado y la región del Cáucaso. El Ejército Rojo tuvo
que defender el frente oeste de 4.500 km, con 1.100 km de costa.
Además, si bien la URSS había estado preparándose para el inevitable
conflicto militar, no había terminado la consolidación de sus defensas.
En unos aspectos importantes, el momento, el tamaño y la dirección
del ataque alemán tomaron por sorpresa a la URSS. En las zonas de
su principal ataque, Alemania logró concentrar fuerzas superiores
en razón de 4 ó 5 a 1, y contaba con superioridad en el combate
aéreo y mandos más experimentados, en especial con tanques. Imponía
el blitzkrieg, un ataque relámpago que había funcionado muy
bien contra sus enemigos hasta ahora.
Los primeros
días y semanas de la guerra constituyeron casi un desastre para
la URSS. En cada frente, el Ejército Rojo sufrió derrotas y retrocedió
y sus unidades desorganizadas e incomunicadas salieron abatidas
a manos de los alemanes. En las primeras 3 semanas de combate, según
Beevor, el Ejército Rojo perdió 2.000.000 soldados, 3.500 tanques,
6.000 aeroplanos y un gran porcentaje del cuerpo de oficiales. En
septiembre, los alemanes ya estaban en las afueras de Leningrado.
En el sur, Kiev, la capital de Ucrania, la segunda república de
la URSS, estuvo a punto de ser arrasada por los alemanes. Stalin
y el liderato soviético, en el que tal vez fuera su mayor error
militar de la guerra, llamaron al Ejército Rojo a defender a Kiev
a toda costa. El Ejército Rojo opuso una inquebrantable y heroica
defensa, pero contra tal fuerza abrumadora, la derrota fue inevitable
y cerca de 500.000 soldados del Ejército Rojo fueron capturados.
Según el guión
que los alemanes habían representado y vuelto a representar en todo
el continente, el colapso de la URSS tendría que ser inminente.
A fines de septiembre, un confiado y arrogante Hitler dio órdenes
de arrasar a Leningrado y después, desaparecer a Moscú con un gran
lago artificial. Las potencias aliadas también esperaban llenas
de expectativas, la inminente caída de Leningrado y Moscú. El secretario
de Guerra yanqui, Henry Stimson, sintetizó el punto de vista casi
unánime de su comando militar escribiendo que la victoria alemana
requeriría ?un máximo posible de tres meses?.
El Partido
Comunista de la Unión Soviética respondió dirigiendo y organizando
una movilización militar sin precedente de todo el país y libró
lo que hoy llamamos una guerra popular. Con la clase trabajadora
y las masas de Leningrado fue posible impedir la entrada a la ciudad
de las fuerzas militares superiores de Alemania, con la movilización
de 250.000 personas, principalmente mujeres, para excavar kilométricas
defensas antitanque. Los habitantes de la ciudad resistieron con
heroísmo un sitio que iba a durar 900 días, en que hasta un millón
de personas, en su mayoría mujeres, perecieron. En Moscú, el gobierno
sopesaba seriamente la posibilidad de abandonar la ciudad; el cuerpo
de Lenin fue trasladado a un lugar seguro. En lugar de salir, Stalin
decidió, contra el consejo de otras personas, sostener un desafiante
desfile militar con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre.
De ahí, el Ejército Rojo marchó directamente a combatir en el frente
contra los invasores alemanes.
El pueblo
se movilizaba por doquier. Muchísimos comunistas fueron al frente
para elevar la capacidad de combate y espíritu de la tropa. Los
comunistas organizaron unidades de partisanos detrás de todos los
puntos de las líneas enemigas, a fin de librar una guerra de guerrillas
contra los invasores. Los partisanos sobrevivieron en difíciles
condiciones en el bosque con el apoyo de las masas quienes dieron
apoyo vital a pesar de la política genocida alemana de masacrar
a los civiles por cada acto de resistencia. En la retaguardia, el
pueblo trabajaba día y noche para transportar fábricas enteras a
lugares lejos de los invasores e incrementaron dramáticamente la
producción ante la necesidad de material de guerra.
En diciembre
de 1941, con el comienzo del crudo invierno (con temperaturas de
menos 20 grados centígrados), el ejército alemán había avanzado
a las puertas de Leningrado y Moscú y a lo largo de la línea norte-sur
del mar de Crimea. No obstante, la ofensiva se había detenido y
algunos contraataques empezaron a cobrarle facturas a los alemanes.
Los alemanes
habían subestimado muchísimo la capacidad de resistir del ejército
y el pueblo soviéticos. Con una arrogancia nacida de su punto de
vista de clase, pensaban que podrían atacar con más o menos igual
intensidad en tres frentes al mismo tiempo. Con la llegada de la
primavera, los generales alemanes ya habían comenzado a ajustar
los planes. Decidieron lanzar el grueso de sus fuerzas en un masivo
asalto hacia el sudeste, en dirección de la ciudad con el nombre
del líder soviético.
Stalingrado
(hoy llamado Volgogrado) está ubicado a la orilla del río Volga,
uno de los principales ríos de Rusia y una importante vía de transportación
entre Europa y Asia. Es la entrada al Cáucaso, donde muchas nacionalidades
no rusas vivían en las diversas repúblicas socialistas unidas en
la URSS. El alto mando alemán esperaba hacer uso de las contradicciones
entre los pueblos de la Unión Soviética para socavar su capacidad
de combate. Por ejemplo, los alemanes concentraron entre los ríos
Don y Volga a muchos cosacos, a los cuales en su época el zar había
engañado o apresado como fuerza de choque contra la revolución.
Los campos
petrolíferos de Bakú del Azerbaiyán soviético, cerca de la frontera
con Irán, fueron un blanco muy importante para la máquina de guerra
alemana. Con su captura, podrían privar a los soviéticos del petróleo.
Además, el ejército alemán pensó que capturando Stalingrado y cruzando
el Volga, podía después regresar al norte y cercar a Moscú, que
aún estaba bajo ataque desde el oeste. En una palabra, todos los
planes de los alemanes dependían ahora de la conquista de Stalingrado.
Aunque los
comunistas, los obreros conscientes de clase y los sectores más
avanzados del pueblo soviético estaban resueltos a no ceder ante
ningún sacrificio en el combate a los agresores alemanes, existía
un pequeño sector de contrarrevolucionarios quienes recibían con
brazos abiertos a los alemanes, con la esperanza de que éstos los
rescataran de los bolcheviques. Hubo, también, un importante número
de personas quienes, asustadas por los avances iniciales del ejército
alemán, no creían en la posibilidad de la victoria. (Luego, los
soviéticos hicieron un balance de que el derrotismo se había alimentado
en particular por la excesiva simplificación de la propaganda antes
de la guerra que tendía a menospreciar el poder el enemigo, generando
sorpresa y incredulidad cuando el enemigo resultó ser un adversario
formidable. Mao sintetizó la orientación correcta escribiendo que
los imperialistas y todos los reaccionarios son tigres de papel
con colmillos de verdad y que el pueblo tiene que despreciarlos
estratégicamente pero tomarlos en serio tácticamente.) En el ejército
y el partido soviéticos, incluso a los más altos niveles, cundían
fuertes manifestaciones de derrotismo y huidismo.
En los primeros
meses de la campaña sur, el reorganizado ejército alemán volvió
a dar duras derrotas sobre el Ejército Rojo. Stalin y el liderato
soviético comprendieron correctamente los retos de la campaña venidera.
El 27 de julio de 1942, Stalin, en su capacidad de jefe del ejército,
emitió la orden #227, la cual decía en parte:
?Los combates
se desarrollan en la región Voronezh, el Don, el sur de Rusia, en
las puertas del Cáucaso norte. Los invasores alemanes se dirigen
hacia Stalingrado, hacia el Volga y quieren capturar a cualquier
precio Kubán y el Cáucaso norte, con las riquezas de petróleo y
pan. El enemigo ya ha capturado a Voroshilovgrado, Starobelsk, Rossosh',
Kupyansk, Valuiki, Novocherkassk, Rostov en el Don y la mitad de
Voronezh. Algunas unidades del frente sur, siguiendo a la cola de
los apanicados, han abandonado a Rostov y Novocherkassk sin una
resistencia efectiva y sin órdenes de Moscú, así cubriendo los estandartes
de vergüenzas. El pueblo de nuestro país, quien trata al Ejército
Rojo con amor y respeto, está empezando a desilusionarse y a perder
la fe en él, y muchas personas lo maldicen por su huida al este
y por dejar a la población bajo el yugo alemán. Algunos ingenuos
en el frente se conforman con los argumentos de que podemos continuar
la retirada al este, ya que tenemos vastos territorios, abundantes
tierras y una gran población, y siempre tendremos abundancia de
pan. Con esos argumentos, tratan de justificar su vergonzosa conducta
en el frente. Todos esos argumentos son completamente falsos y equivocados,
y sirven a nuestros enemigos. Cada comandante, soldado y comisario
político tiene que comprender que nuestros recursos no son infinitos.
El territorio de la Unión Soviética no es un desierto, sino que
está poblado de obreros, campesinos, intelectuales, nuestros padres
y madres, esposas, hermanos y niños. El territorio de la URSS que
ha capturado el enemigo y en el que el enemigo lucha con impaciencia
por capturar, representa el pan y otros recursos para el ejército
y los civiles, hierro y petróleo para las industrias, fábricas,
ferrocarriles y plantas que abastecen a las fuerzas armadas con
equipo y municiones. También contiene nuestras vías ferroviarias.
Con la pérdida de Ucrania, Bielorrusia, las repúblicas bálticas,
la cuenca de Donetsk y otras regiones, hemos perdido vastos territorios.
Eso significa que hemos perdido muchísimo en materia de personas,
pan, metales, fábricas y plantas. No tenemos gran superioridad sobre
el enemigo en recursos humanos y en el abastecimiento de pan. Continuar
la retirada significa destruirnos a nosotros mismos y a nuestra
patria. Cada pedazo de territorio que dejamos al enemigo lo fortalece
y nos debilita a nosotros, a nuestras defensas y a nuestra patria.
Por eso, debemos dejar de hablar de que podemos retroceder infinitamente
so pretexto de que tenemos mucho territorio, que nuestro país es
grande y rico, que tenemos una gran población y que siempre tendremos
suficiente pan. Hablar así es falso y nocivo. Nos debilita y fortalece
al enemigo. Si no paramos la retirada, nos quedaremos sin pan, sin
gasolina, sin metales, sin materias primas, sin fábricas ni plantas,
sin vías ferroviarias. La conclusión: ya es hora de parar la retirada,
¡ni un paso atrás! Esta debe ser nuestra consigna de ahora en adelante.
Necesitamos proteger cada punto fuerte, cada metro de tierra soviética,
inquebrantablemente, hasta la última gota de sangre. Debemos aferrarnos
a cada centímetro de nuestra patria y defenderlo tanto como sea
posible. Nuestra patria vive tiempos difíciles. Tenemos que parar,
enfrentar y destruir al enemigo, cualquiera que sea el costo para
nosotros. Los alemanes no son tan fuertes como lo claman los apanicados.
Sus fuerzas se han tensado hasta el límite. Aguantar sus golpes
ahora quiere decir asegurar la victoria en el futuro?1.
Esta combinación
de voluntad de acero y una penetrante evaluación de la situación
general refleja la clase de liderato que Stalin dio al pueblo durante
la guerra. Por ello, se ganó el amor y respeto no sólo de las masas
de la tierra del socialismo sino también de las masas del mundo,
quienes como Mao dijo, observaban con emoción el drama que se representaba.
La consigna ?¡ni un paso atrás!? se transformó en el grito de batalla
del Ejército Rojo y un principio-guía de la Batalla de Stalingrado.
Mao escribió:
?La guerra revolucionaria es la guerra de las masas, y sólo puede
realizarse movilizando a las masas y apoyándose en ellas? (Citas,
p. 91). Ello es verdad no sólo para los soldados en el frente sino
también para cada aspecto de la guerra. Toda la población soviética
se movilizó y todo se subordinó a las necesidades de combate del
Ejército Rojo. En 1941, se fabricaron 6.000 tanques y en 1942, 25.000,
a pesar de las inmensas pérdidas del territorio y capacidad productiva.
La defensa
de la Unión Soviética fue indudablemente una guerra popular, aunque
distinta a la mayoría de las etapas de la guerra popular de China
o de las guerras populares que hemos conocido en las últimas décadas.
No era, en líneas generales, una guerra de guerrillas. Fue una guerra
de movimientos y de posiciones con una enorme cantidad de tropas
y municiones que requirió de la acción coordinada de toda las ramas
de las fuerzas armadas (infantería, tanques, aviación, artillería,
armada, etc.). Esta clase de guerra tiene sus propias particularidades,
sus propias leyes, las cuales los líderes políticos y militares
necesitan dominar.
Mao destaca
la ?actividad consciente del hombre? en la guerra. Es más fácil
comprender este hecho en el contexto de la guerra de guerrillas,
en que todo depende tanto de la osadía, iniciativa, voluntad de
sacrificio y tenacidad de unidades relativamente pequeñas de soldados,
pero es igual de verdad en los combates masivos altamente coordinados
que tuvieron lugar en la Unión Soviética. Y si alguna vez faltara
pruebas de ese principio, fue la batalla de Stalingrado la que lo
demostró.
Desde el principio
de la guerra, el ejército alemán se sorprendió por el espíritu de
combate de los soldados soviéticos. El general alemán Halder escribió:
?En todas partes los rusos lucharán hasta el último hombre. Capitulan
sólo de vez en cuando? (p. 33). Beevor comenta: ?El mayor error
cometido por los jefes alemanes fue haber subestimado a `Iván',
el soldado raso del Ejército Rojo? (p. 33). Es obvio que los soviéticos
combatieron como nadie lo había hecho contra la máquina de guerra
alemana. Como ilustra el primer año de la guerra, el valor y moral
no fueron suficientes. Para desencadenar la ?actividad consciente
del hombre?, es necesario aplicar, también, estrategia y tácticas
correctas.
STALINGRADO
La Batalla
de Stalingrado empezó el 21 de agosto de 1942, cuando el ejército
alemán cruzó el río Don que en esa parte del sur de Rusia se encuentra
a unas decenas de km del Volga. Dos días después, intensos bombardeos
aéreos provocaron una destrucción bárbara en la ciudad. Divisiones
de tanques Panzer irrumpieron en la ciudad y llegaron a la ribera
del Volga. Según Beevor, de una población de 600.000, murieron 40.000
hombres, mujeres y niños en la primera semana de bombardeos. El
25 de agosto de 1942, ya se había evacuado a la mayoría de los no
combatientes en lanchas mientras la aviación alemana realizaba cruentos
bombardeos.
Quienes permanecieron
en los barrios y fábricas se integraron de lleno al trabajo de defensa.
Al norte de la ciudad, estuvo una zona industrial con gran cantidad
de fábricas que se habían convertido para la producción militar.
La Fábrica de Tractores Dzerzhinski, la fábrica Barricada y la planta
Octubre Rojo ahora producían tanques que iban de la línea de montaje
directo al frente, que para el 30 de septiembre, estaba a sólo unos
minutos de distancia de la zona fabril. El principal mando soviético
se trasladó al lado asiático del Volga, hacia el este, que aún estaba
firmemente en manos soviéticas. El LXII Ejército soviético estableció
posiciones en una estrecha franja del centro de la ciudad; sólo
unos cuantos cientos de metros de tierra separaban el Volga y el
frente del VI Ejército alemán. Los alemanes se establecieron entre
el LXII y el LXIV Ejércitos los cuales habían tomado posiciones
en la parte sur de la ciudad. El anterior comandante del LXII Ejército
no estaba a la altura del reto y había empezado una retirada hacia
el otro lado del Volga. Por ello, el general Vasili Chuikov asumió
el mando y ordenó proteger a Stalingrado a toda costa. En ese momento,
el LXII Ejército se había reducido a sólo 20.000 efectivos que combatían
al grueso del VI Ejército alemán, que bajo las órdenes de Hitler,
debía tomar Stalingrado a cualquier costo.
En septiembre,
Stalin y el general Zhukov, segundo al mando de las fuerzas soviéticas,
elaboraron un gran plan para empantanar al VI Ejército alemán en
Stalingrado, mientras las fuerzas soviéticas preparaban una gigantesca
contraofensiva para cercar y atrapar a todo el VI Ejército. La operación,
con el nombre en clave Urano, se guardó en secreto; Stalin y Zhukov
no la trataban por radio o teléfono, ni por medio de un código.
Los soviéticos
libraron un encarnizado combate. Se dice que ningún edificio quedó
en pie después del bombardeo, pero los soviéticos transformaron
los escombros en un campo de muerte para los alemanes. Chuikov formó
pequeñas unidades de 6 a 9 efectivos para llevar a cabo combates
callejeros. La terminal del tren cambió de bando hasta cinco veces
durante la batalla. En un momento, un punto importante del frente
fue una bodega de granos, en que los alemanes defendían un piso
mientras que los soviéticos defendían los pisos justamente arriba
y abajo. Chuikov ordenó a la tropa a permanecer a no más de 50 m,
o la distancia de un tiro de granada de mano, del frente enemigo,
en todo momento.
En esta clase
de tenaz combate cuerpo a cuerpo, las fuerzas soviéticas usaron
tácticas que les dieron plena capacidad ?coraje, audacia y autosacrificio?
y minimizaron las ventajas de los alemanes, en especial su superioridad
en armas y efectivos. Como el Ejército Rojo mantuvo las líneas tan
cerca y tan estrechamente entremezcladas con el enemigo, eso hacía
difícil que los alemanes bombardearan por aire o usaran artillería
sin poner en peligro a sus propios soldados. Chuikov escribió que
los soldados alemanes odiaban combatir cuerpo a cuerpo: ?Su moral
no lo podía tolerar. No tenían suficiente valor como para mirar
al soldado soviético cara a cara. Se podía identificar a un soldado
enemigo en su puesto de avanzada desde lejos, especialmente durante
la noche, porque constantemente, cada 5 ó 10 minutos, disparaba
su metralleta con el fin de reforzar su moral. De esa manera nuestros
soldados encontraban a esos `guerreros', se les acercaban sigilosamente
y los aniquilaban con una bala o bayoneta? (citado en Obrero
Revolucionario, 22 abril 2001). El método de guerra imperialista
de bombardear todo, real o imaginario, contribuyó a que los alemanes
lanzaran 25 millones de municiones sólo en septiembre, lo que agravó
sus problemas de abastecimiento. (No es sorpresa que después de
que la Unión Soviética se transformó en país imperialista, sus fuerzas
armadas reaccionarias invadieran y ocuparan a Afganistán con un
masivo bombardeo exactamente como lo hizo previamente los Estados
Unidos en Vietnam. Este es el carácter de clase de la bestia reaccionaria
que la hace combatir de esa forma.)
El movimiento
de francotiradores del Ejército Rojo el cual popularizó a Zeitov
(?La liebre?), entre otros francotiradores, que presenta la película
Enemigo al acecho, dio golpes contundentes a la máquina de
combate alemán. Los francotiradores que se escondieron en los desagües
y en los escombros mataron a un gran número de soldados alemanes.
(Zeitov aniquiló a cerca de 200 alemanes, según los registros de
la época.) Tuvieron el efecto, según Chuikov, de ?obligar a los
alemanes a gatear, no a caminar? (p. 134).
Aunque en
la batalla participaron un total de 2.000.000 soldados, una tremenda
parte de los combates dependió de escaramuzas, pequeñas unidades
y aun individuos. Por ejemplo, durante el cerco unos centenares
de soldados defendieron los cerros que dominaban Stalingrado, llamados
Mamaev Kurgan. Esos soldados comprendieron la importancia de defender
esa posición para la victoria final y eso les infundió una determinación
para defender los cerros a toda costa a pesar de una situación que
muchas veces parecía insostenible.
Una de las
hazañas más celebradas en Stalingrado es la defensa de la casa Pavlov,
a nombre del sargento Iakov Pavlov, quien dirigiera un puñado de
soldados en la defensa de un edificio ubicado en una posición estratégica
en la esquina de una principal avenida. Por 50 días y noches, sin
descanso, los soldados alemanes los atacaron, en vano, con artillería,
tanques, bombardeos aéreos. Es de notar que la defendió un mosaico
de diferentes nacionalidades del pueblo soviético: rusos, ucranianos,
uzbekos, tártaros, tadzhikíes, kazakos y otros. Aunque Beevor desconoce
con arrogancia el papel de esos ?incultos? combatientes asiáticos,
las nacionalidades minoritarias no rusas jugaron un papel vital
en la defensa y el abastecimiento de la ciudad y en los contraataques
siguientes.
Los defensores
de la ciudad llegaron a ser expertos en destruir o estropear tanques
alemanes, que fueron tan importantes para los triunfos alemanes
en la primera fase de la II Guerra Mundial. Las tácticas eran rodear
y atacar a los tanques a una distancia de sólo unos cuantos metros.
Huelga decir, esa clase de heroísmo representaba enormes sacrificios:
fuentes oficiales soviéticas señalan que el 84% de todos los hombres
y mujeres movilizados en Stalingrado fueron muertos, heridos o capturados.
Otro elemento
de la defensa fue la inquebrantable unidad entre los oficiales y
soldados rasos, un hecho que hace mucho más exasperante la manera
en que la película Enemigo al acecho presenta a los comandos
soviéticos. Chuikov describe su decisión de no trasladar su puesto
de mando a un lugar relativamente más seguro en una isla cercana
en el río Volga: ?Esto habría tenido un efecto inmediato sobre la
moral de los líderes de las unidades, su personal y todos los combatientes.
Nosotros comprendemos... la importancia de no permanecer todo el
tiempo en nuestros cuarteles generales e ir con frecuencia a los
puestos de observación de las divisiones y regimientos y hasta en
las trincheras a fin de que los combatientes vieran con los propios
ojos que sus generales ?miembros del Consejo Militar? siempre estaban
con ellos?.
En una de
las escenas más reaccionarias, Enemigo al acecho presenta
a los mandos soviéticos balaceando a sus propios soldados por retirarse.
Como la mayoría de la desinformación, toma un gramo de verdad ?el
exagerado uso de la coacción? para regar una gran mentira. Una ley
de la guerra es que ningún ejército, de ninguna clase, puede tolerar
la deserción bajo fuego. Nunca se puede permitir los actos de cobardía
egoísta porque ponen en peligro la vida de los otros soldados y
el desenlace de la batalla. La guerra es la máxima ?coacción? y
el interés de un individuo está subordinado y debe subordinarse
al todo. Es verdad que el Ejército Rojo, como los ejércitos en general,
tenía órdenes de disparar a cualquier desertor. Por otro lado, concluir
de ello que las grandes hazañas del Ejército Rojo pudieran explicarse
de alguna manera por alguna clase de miedo o terror, es absolutamente
ridículo. Sin embargo, el análisis de Stalin sobre el problema de
los desertores y la cobardía tuvo debilidades que reflejaban unos
errores a que Mao más tarde criticó.
En el texto
de la orden citado arriba, ?¡Ni un paso atrás!?, Stalin da un énfasis
desproporcionado a hacer obedecer la disciplina con medios militares.
Elogia abiertamente al sistema alemán en la formación de batallones
penales, en los cuales a todos aquellos que han desertado se les
dio una oportunidad para ?redimirse? combatiendo en las condiciones
más difíciles del frente, y llama a formar un sistema similar en
el Ejército Rojo. Stalin destacó de manera exagerada la similitud
entre los dos ejércitos y la necesidad de hacer obedecer la disciplina
y borra el carácter fundamentalmente diferente del Ejército Rojo.
Aunque todo ejército requiere de una férrea disciplina militar,
cómo obtenerla y garantizarla depende de qué clase gobierna y qué
sistema social se refleja en ese ejército. Eso es parte del significado
de lo que dijo Mao en su síntesis de la estrategia militar: ?Ellos
combaten a su manera y nosotros a la nuestra?.
Para asegurar
la disciplina, el ejército dirigido por el proletariado puede aplicar
y efectivamente aplica un método diferente al del ejército reaccionario.
El Estado socialista puede y debe usar diferentes formas de ?presión?
(por ejemplo, el reclutamiento), pero en lo fundamental debe partir
de la justeza de su causa, de la conciencia de los soldados y de
la solidaridad entre los oficiales y los soldados como fuente de
disciplina. Mao señaló: ?El trabajo político es la arteria vital
del ejército?. En lo principal y sobre todo eso es lo que Stalin
practicó, despertando a las masas y asegurando su unidad y disciplina.
Con la práctica de enviar a los más resueltos comunistas de todos
los niveles a asumir las tareas más importantes y peligrosas en
el frente, el Partido dio un poderoso ejemplo que tuvo un efecto
mucho más poderoso que el temor a una corte marcial.
Es más, el
ejército mismo está conformado de fuerzas avanzadas, intermedias
y atrasadas. Si bien la ideología proletaria es un poderoso motivo
para los avanzados, es ingenuo pensar que con llamamientos a un
nivel más alto de conciencia, es posible superar el atraso de otros
sectores de la tropa con un temor a perder la vida. Claramente,
la presión o la fuerza desempeña un papel en toda organización militar
y más aún en la batalla, pero aun así, las formas de presión y las
políticas que se adoptan varían enormemente de acuerdo a qué clase
tenga la dirección. Es interesante estudiar la política sobre deserción
llevada a cabo por las fuerzas armadas revolucionarias vietnamitas
durante la guerra contra el imperialismo yanqui. Los desertores,
hasta reincidentes, fueron reintegrados a sus unidades originales
después de haber sido sujetos a agudas críticas por las masas de
sus propias aldeas. La política soviética de favorecer la ejecución
de los desertores y cobardes parece apoyar el aspecto equivocado
(y declarar que las familias de los desertores serían castigadas
es totalmente erróneo). Además, la sugerencia de Stalin de formar
batallones penales a partir del modelo del ejército alemán es absurda:
concentrar a los atrasados con la dirección de los oficiales aún
más atrasados no puede generar en absoluto condiciones favorables
para la genuina reeducación que se necesita.
SOBRE LA
?GRAN GUERRA PATRIOTICA?
Tanto el libro
de Beevor como la película de Annaud tienen la misma explicación
básica para el gran heroísmo de los combatientes soviéticos que
sale a relucir con vigor, a pesar de las calumnias y distorsiones.
Y esa explicación es el patriotismo. En otras palabras, los
soldados hicieron lo que ningún otro ejército de Europa simplemente
por el odio al agresor extranjero y por el instintivo amor a la
patria. Cada Estado europeo movilizó a sus tropas a partir del patriotismo.
¿No había ningún ejército más ?patriota?, o más chovinista, que
el del imperialismo francés? Aun así, los soldados y el ejército
franceses cayeron en muchísima desgracia durante la II Guerra Mundial.
¿O, quieren
decir que hubo algo en particular acerca del patriotismo ruso,
que había una cualidad mágica que lo hizo más poderoso que aquél
de otros países? Basta recalcar el curso de la I Guerra Mundial,
cuando las tropas imperialistas alemanas también invadieron a Rusia,
para mostrar cuán hueco es ese argumento. Es sabido que el zar y
la burguesía rusa intentaron movilizar a las masas, en especial
a los campesinos, con llamamientos a ?defender la patria?. Por otro
lado, el ejército ruso sufrió derrota tras derrota en el frente
y cundió la desmoralización en su interior. La convocatoria de Lenin
a oponerse a la defensa de la ?patria? entonces imperialista
y a transformar la guerra imperialista en una guerra civil revolucionaria,
jugó un papel decisivo en la movilización de los soldados al lado
de los bolcheviques. Convocó a un fin inmediato a la participación
de Rusia en la I Guerra Mundial, como parte de la famosa consigna
?tierra, pan y paz? de la Revolución de Octubre.
Así que, ¿cuál
fue la diferencia entre la Rusia zarista durante la I Guerra Mundial,
y la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial? Un mundo de diferencia.
En el segundo caso, una dictadura del proletariado, un Estado en
el cual la clase obrera, en alianza con los campesinos y otros trabajadores,
gobernaba la sociedad. Los viejos explotadores habían sido derrotados
y sometidos a la fuerza, y se habían dado pasos agigantados en la
construcción de una nueva economía socialista, no basada en la explotación.
Libre de la esclavitud asalariada capitalista, el poder productivo
de las masas trabajadoras como nunca antes fue desencadenado y hacía
milagros que nunca dejaban de sorprender a los observadores de otros
países de la época. (Nota: Fue mucho más tarde, después de la traición
revisionista en la Unión Soviética tras la muerte de José Stalin
en 1953, que la burguesía se atrevió a vomitar sus mentiras sobre
una sociedad ?aterrorizada? por el gobierno comunista. Durante la
construcción socialista antes de la II Guerra Mundial, la efervescencia
de la sociedad, el entusiasmo revolucionario del pueblo y el enorme
apoyo que la URSS recibía de los oprimidos de todo el mundo, fueron
tan evidentes y tan fuertes que no admitían tal propaganda. Vemos
una similar ?racha de calumnias? de los imperialistas a la China
socialista: Sólo después de la derrota del socialismo ahí, pudieron
echar pestes al socialismo y revocar veredictos.)
Cuando Hitler
atacó a la Unión Soviética en 1941, las masas de ahí como ningún
otro país de Europa, tenían algo muy valioso que defender: el Estado
socialista que habían arrebatado a la burguesía mediante la Revolución
de Octubre y en la cual habían vertido sus energías y esperanzas
por una generación. Su defensa distaba de la estrecha propaganda
nacionalista de las otras llamadas Grandes Potencias que se oponían
a la Alemania imperialista, pero sólo para protegerse (como en el
caso del imperio británico) o para expandir (como en el caso del
advenedizo imperialismo yanqui) su propia explotación y opresión
de los pueblos del mundo.
Al mismo tiempo,
un gran número de medidas que tomaron Stalin y los líderes soviéticos
hicieron más posible para los enemigos del socialismo esconder el
carácter de clase de la guerra popular sostenida por la Unión Soviética.
Desde las primeras horas del conflicto, los soviéticos la llamaron
la ?gran guerra patriótica?. Fue un recordatorio de lo que se conoce
en la historia de Rusia como la ?Guerra Patriótica?, cuando en 1812
Napoleón invadió la Rusia zarista al frente del ejército francés
y que al final fue repelido en las puertas de Moscú. La Internacional
fue reemplazada por un nuevo himno en los actos oficiales. Se realizó
una gran campaña para propagar y realzar el sentimiento patriótico
ruso. El cineasta soviético Einstein, reconocido en todo
el mundo, hizo una poderosa película que glorifica a Alejandro Nevski,
una figura de la historia medieval de Rusia que unió la nación contra
los invasores teutones. Otro interesante ejemplo es la Orden #4,
firmada por el general Yeremenko, el líder militar del frente del
sudoeste y Nikita Jruschov, quien luego fue principal comisario
del ejército del sudoeste. La orden aplica la directiva de Stalin,
?¡Ni un paso atrás!?, refiriéndose al ?partido bolchevique, a nuestra
nación y a nuestro gran país?. En otras palabras, Jruschov y Yeremenko
evocaron por igual a la nación, es decir, a Rusia, así como
al país (URSS). Esto es particularmente irónico dada la ubicación
estratégica de Stalingrado, uniendo a Rusia con la mayoría de las
repúblicas no rusas y dado el gran número de soldados y civiles
no rusos que participaron directamente en los combates.
En general,
en la línea política soviética de ese tiempo, se combinaron la necesidad
de la defensa del Estado socialista y llamamientos al nacionalismo
ruso. No hay duda de que los líderes soviéticos tenían una enorme
necesidad de unificar a los más amplios sectores posibles de la
población. Es difícil encontrar el error en la política de hacer
uso de ciertos sentimientos patrióticos, hasta de sectores de la
población cuya actitud hacia el socialismo variaba desde tibieza
hasta franca hostilidad. Algunos personajes de Enemigo al acecho
representan a estas fuerzas atrasadas, tomando parte en una especie
de frente único con el régimen soviético contra los invasores fascistas.
No obstante,
no queda duda de que el corazón y el alma de los combates soviéticos
fueron los comunistas y el proletariado consciente de clase. Saltaron
cada brecha y con su ejemplo, dirigieron a otros. Beevor informa,
por ejemplo, que durante la Batalla de Stalingrado, una fábrica
localizada al este de los Urales, a salvo, producía los famosos
tanques T-34. Se decidió solicitar voluntarios de entre los trabajadores
de la planta para acompañar a los tanques al frente, como parte
del Ejército Rojo. Aunque todos conocían los extremos peligros,
en menos de 36 horas se apuntaron 4.363, de los cuales 1.253 eran
mujeres.
Durante la
guerra, diversos cambios operados en el ejército tendían a fortalecer
los métodos y fuerzas burgueses, por ejemplo, la restauración de
los rangos y del título ?oficiales? de la época prerrevolucionaria,
para los comandantes del Ejército Rojo, hasta entonces tratados
como ?camaradas?; la abolición del sistema de mando dual entre comandantes
militares y comisarios políticos (al parecer, para deleite de los
oficiales de la vieja escuela resentidos por los ?entrometidos?
comisarios comunistas). Beevor escribe, textualmente:
?Los generales
del Ejército Rojo fueron premiados de modo ostensible. La reciente
suspensión del mando dual de comisarios fue coronada con el reestablecimiento
formal del rango y la definición de oficial.... las charreteras
(símbolos de privilegio que algunas chusmas bolcheviques en 1917
al linchar a los zaristas que las ostentaban se las habían clavado
en el cadáver) fueron reestablecidas.... Un soldado en la división
de guardas escuchó las noticias sobre las charreteras de un viejo
limpiabotas en la estación de tren: `Están usando de nuevo las charreteras
?dijo con indignada incredulidad?. Exactamente como el ejército
blanco'. Sus compañeros también quedaron estupefactos cuando les
dio las noticias al regresar al tren. `¿Por qué en el Ejército Rojo?',
preguntaron? (p. 364).
Rebasa el
ámbito de esta reseña analizar cuáles concesiones hechas por Stalin
a la burguesía y cuáles métodos eran necesarios debido a las realidades
de la guerra. Sin duda, algunos ajustes de las políticas anteriores
fueron necesarios y posibles. Por otro lado, es importante ver que
tales ajustes, algunos probablemente correctos y otros al parecer
cuestionables, tuvieran consecuencias, efectos concretos y muy negativos.
Los avanzados se confundieron y se desorientaron, y las tendencias
atrasadas tuvieron mayor campo de acción. Es muy difícil, por ejemplo,
comprender cómo los llamados al nacionalismo ruso pudieran haber
fortalecido la solidaridad de las diferentes nacionalidades de la
URSS, las cuales habían sido un pilar de tanta fuerza de la guerra.
Además, algunas
ideas incorrectas de Stalin acerca de la naturaleza contradictoria
del socialismo hicieron que fácilmente cayera en algunos errores.
Los métodos burgueses que el liderato introdujo reforzaron muchísimo
a la burguesía al interior del Partido y minaron la fuerza del proletariado
en un momento en que éste conquistaba grandes victorias militares.
Un buen porcentaje de quienes posteriormente tomaron el Poder y
restauraron el capitalismo participaron en los combates, como el
Jruschov mismo. Como ministro de Defensa a mediados de los años
1950, el mariscal Zhukov apoyó en una medida importante al golpe
de Estado de Jruschov. La burguesía al interior del Partido defendía
a Rusia y no los logros del socialismo, y deseaba con vehemencia
echarlos al lodo. Más tarde, para legitimar su gobierno, los revisionistas
se dedicaron a usurpar el legado de la Gran Guerra Patriótica.
MUJERES
Una característica
común de las guerras populares es la participación de las masas
de mujeres. Esta fue una verdad conmovedora de la Batalla de Stalingrado.
Enemigo al acecho presenta a una heroína del Ejército Rojo,
una joven judía cuya familia había sido víctima del exterminio nazi.
La película la presenta como un elemento intermedio y no una combatienta
comunista avanzada. La verdad es que el papel histórico de cientos
de mujeres con conciencia de clase en las líneas del frente caracterizó
al Ejército Rojo soviético.
Es verdad
que aun las potencias aliadas imperialistas, como Inglaterra y los
Estados Unidos, tuvieron que movilizar, por necesidad de la guerra,
a las mujeres en diversas actividades relacionadas con la guerra,
exactamente como el ejército yanqui hace hoy día. No obstante, un
ejército reaccionario refleja una sociedad burguesa y patriarcal
que nunca puede desencadenar el potencial de las mujeres. Por otra
parte, un ejército popular, como lo fue el Ejército Rojo, no puede
existir sin liberar la energía revolucionaria de la mitad
femenina de la población. Una guerra popular derrota al enemigo
movilizando a las masas y apoyándose en ellas, echando a un lado
los obstáculos de opresión, tradición y costumbre que impiden que
el pueblo domine la sociedad. Aunque los líderes soviéticos hicieron
concesiones a los valores tradicionales rusos, las mujeres de la
URSS se movilizaron de acuerdo al espíritu de la Comuna de París,
no de Catalina II la Grande2. Al final de la guerra,
había más de 246.000 combatientas en el frente, como el regimiento
467 de Guardias Femeninas de Bombardeos Ligeros Nocturnos, de puras
mujeres, desde pilotos hasta armeras y mecánicas.
Las mujeres
de Stalingrado aniquilaron a muchos soldados fascistas en los combates
del frente, y su presencia fue muy desconcertante para los alemanes.
Beevor cita una carta de un cabo alemán a su padre: ?Usted siempre
me decía: `Sé leal a nuestra bandera, y triunfarás'. Nunca olvidaré
estas palabras porque ha llegado el tiempo de que todo hombre sensato
en Alemania maldiga la locura de esta guerra. Es imposible describir
lo que está pasando aquí. Toda persona en Stalingrado que todavía
tienen cabeza y manos, hombres y mujeres, continúa luchando? (p.
192).
La firme defensa
de Stalingrado dio resultados. El ejército alemán sufrió muchísimas
bajas y, con la llegada del invierno, comenzó a tener graves problemas
de aprovisionamiento. Cundió la desmoralización en la tropa, pues
había esperado una victoria fácil.
El 10 de noviembre
de 1942, después de cuidadosos y urgentes preparativos, se lanzó
el contraataque Urano. Todo el VI Ejército alemán fue cercado. De
acuerdo a Beevor, muchos soldados soviéticos recuerdan el principio
del contraataque como el día más grande de la guerra. El Ejército
Rojo asestaba poderosos golpes a las fuerzas alemanas y a sus aliados.
Los alemanes estaban atrapados. Por más de dos meses, con la llegada
de refuerzos en paracaídas, el VI Ejército alemán resistió. Su comandante,
Paulus, rechazó un ultimátum del gobierno soviético para rendirse
por su imposible posición. Al final, los alemanes se rindieron el
31 de enero de 1943, cuando Paulus, recién ascendido a mariscal
de campo por Hitler, y sus principales oficiales fueron capturados.
Los soviéticos tomaron presos a cerca de 80.000 sobrevivientes.
En todo el mundo, los pueblos se regocijaban. Aunque la máquina
de guerra alemana siguió siendo un fuerte adversario unos años más,
la corriente había cambiado. Como Mao escribió, Stalingrado fue
el ?punto de viraje de la II Guerra Mundial?3.
Stalingrado
sigue siendo una de las más grandes experiencias de la guerra revolucionaria.
El proletariado de todo el mundo, con razón, está orgulloso de lo
que nuestros antepasados cumplieron en las riberas del Volga. Jamás
debemos permitir a nuestros enemigos denigrar o distorsionar la
hazaña de esos fatídicos meses cuando se estaba decidiendo el curso
de la historia mundial. Y nunca olvidaremos las lecciones de las
batallas anteriores de modo que podamos combatir con mayor resolución
y efectividad en las batallas por venir.
NOTAS
1. La orden
de Stalin se leyó a todo oficial y comisario político del Ejército
Rojo. No se divulgó sino hasta los años 1980.
2. Catalina
II la Grande fue la zarina de Rusia quien expandió Rusia e impulsó
una especie de ?renacimiento?.
3. Los imperialistas
yanquis y británicos ocultaron el papel de la URSS en la derrota
de Alemania. Cuando la invasión yanqui-británica de Europa continental
en mayo de 1944, la suerte del gobierno nazi ya había tocado fin
en el frente oriental. En ese momento, los yanquis y británicos
se apresuraron a llevar sus tropas a Berlín antes de que llegara
el Ejército Rojo, para así tener una posición más óptima para la
posguerra.
Nota: En nuestro número anterior, 2000/26, apareció una reseña de una novela de Barbara
Kingsolver. Desde entonces, ha salido una edición en español: La
Biblia envenenada (C.E.C./Ediciones del Bronce, Barcelona, España).
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