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Libre comercio: ¿motor de crecimiento o saqueo?
Desde hace 50 años, los organismos multilaterales encargados de
monitorear y regular el funcionamiento de la economía capitalista
mundial desde la II Guerra Mundial, han trabajado en la sombra.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la recién
creada Organización Mundial de Comercio (OMC) se reunían cómodamente,
mientras que sus decisiones enviaban regularmente ondas de choque
por el mundo. Hasta una pequeña fluctuación en tasas de interés
o tipos de cambio podía mover fuerzas gigantescas que sacudieran
economías enteras e hicieran pedazos la vida de millones. Y todo
eso se produjo fuera de la vista del pueblo cuya vida se afectaba
tan dramáticamente.
En el último año, esta situación ha cambiado. Los embates cada vez
más rapaces de los países imperialistas contra las economías de
las naciones y pueblos oprimidos, junto con serias crisis, como
en Rusia y Asia del este, despertaron resistencia, incluso de la
juventud en las mismas ciudadelas imperialistas. Protestas masivas
sacudieron las reuniones de los señores del capital financiero y
pusieron bajo los reflectores sus actos criminales.
El contraataque ha sido rápido y fuerte. La globalización es buena
para ti, sermonea el presidente yanqui Bill Clinton. Aunque su sabor
sea amargo, proclamó en su informe anual de 2000 "La realidad
central de nuestra época", que tomar la medicina del libre
comercio y del libre mercado es el único camino hacia el crecimiento
y la prosperidad.
De hecho, el que sea la globalización y el aumento del comercio
"bueno para ti" depende muchísimo de quién seas "tú";
aunque ha sido excelente para unos pocos dueños ricos, para las
masas del mundo, sobre todo en los países más pobres, esta última
década de globalización imperialista ha sido una larga pesadilla.
Este artículo examinará el argumento de que fomentar el "libre
comercio" lleva al crecimiento y a la prosperidad, en particular
la idea de que las naciones oprimidas no pueden crecer si no se
enganchan a la "locomotora" de las economías imperialistas,
y analizará el papel de la OMC en este proceso.
"HACER LO QUE CADA CUAL HACE MEJOR"
El argumento de que la liberalización del comercio beneficiará
a muchos y fomentará el crecimiento económico en los países oprimidos
tiene como eje la idea de desarrollar una especialización económica:
cada país debe hacer más de lo que hace mejor (la "ventaja
comparativa" en la teoría económica burguesa). Según este argumento,
los países intercambiarán lo que cada uno produce con mayor eficiencia,
sin restrictivos aranceles "desleales" y otras prácticas
proteccionistas en aras del bienestar común; los sectores más eficientes
de cada país a su vez estimularán el crecimiento en otros sectores.
La realidad concreta que se esconde tras estas frases igualitarias
es que un puñado de trasnacionales en los países imperialistas son
dueños de la gran mayoría de las fuerzas productivas y comercio
del mundo, mientras las naciones oprimidas son, en esencia, fuentes
de mano y materias primas baratas. En esta situación, "hacer
más de lo que cada cual hace mejor" significa que las naciones
oprimidas consoliden aún más su subordinación en la división mundial
imperialista del trabajo.
Consideremos el impacto para las naciones oprimidas de la liberalización
comercial, al estilo de la OMC, en la agricultura. Esta política
se apunta a fortalecer la integración al mercado mundial, reducir
aranceles sobre productos agrícolas, estimular especialización y
producción para la exportación, y flexibilizar las restricciones
sobre los masivos flujos de inversiones. De esto resultan la mayor
penetración del mercado mundial por la agroindustria occidental,
más comercio en productos alimenticios y, sobre todo, la ruina de
las llamadas unidades de producción ineficientes, es decir básicamente
los pequeños y medianos campesinos, en especial los que cultivan
alimentos para mercados locales. Algunos campesinos optan por cultivos
para la exportación, otros son expulsados de sus tierras; cada semana
un millón de personas en el mundo emigran a las ciudades. Quitar
las barreras comerciales para abrir las compuertas al grano barato
de los Estados Unidos, por ejemplo, tiene un efecto particularmente
desastroso sobre los países oprimidos, donde un porcentaje mucho
mayor de la población trabaja en el campo. (Si bien lo que se gasta
para comida en los Estados Unidos es de sólo 0,5% de su producto
nacional bruto [PNB], la cifra correspondiente de Tanzania es 18%,
lo que magnifica el efecto de cambios rápidos en el mercado de alimentos1.)
Tomemos el caso de un solo país, la Costa de Marfil, desde hace
mucho declarado modelo de desarrollo para Africa. Basada en la lógica
del comercio capitalista, la agricultura ahí se transformó de la
producción local de comida a la producción de cacao orientada a
la exportación, hasta que el país llegara a cultivar casi la mitad
de la cosecha mundial. Al eliminarse el programa gubernamental de
estabilización de precios, como parte del proceso de reducir las
barreras comerciales, esto, con la tendencia general hacia precios
más bajos de materias primas, condujo a una caída de 40% de los
precios que reciben los pequeños campesinos. Muchos quebraron. Sin
embargo, fue una oportunidad maravillosa para las grandes trasnacionales.
Con la gigante norteamericana Cargill a la cabeza, se lanzaron a
un torrente de fusiones y adquisiciones. Como resultado, el número
de grandes empresas de cacao se había reducido de 50 a 10, y ya
son las empresas, no el programa gubernamental, que fijan los precios2.
Esto es típico del modelo de desarrollo económico orientado al comercio.
Primero, quitar las barreras comerciales y estimular la especialización
conduce de manera inexorable a la concentración de la producción
en unidades cada vez más grandes nacional e internacionalmente;
es decir, el comercio estimula el crecimiento de las grandes corporaciones
monopolistas mundiales. El ritmo más rápido del comercio mundial
ha sido acompañado de una ola sin precedente de fusiones y adquisiciones
de corporaciones en cada vez más sectores.
El "libre comercio" mismo es hoy una consigna hueca: ésta
es la época imperialista, en la cual los grandes monopolios dominan
el mundo y cada esfera importante de la vida económica. Las 500
trasnacionales más importantes, en su mayoría con sede norteamericana,
controlan el 70% de todo el comercio transfronterizo y el 60% del
comercio en productos agrícolas lo controla la agroindustria yanqui3.
En la práctica, la expansión del comercio fortalece la capacidad
de los que puedan aprovechar las redes de producción y comercialización
mundiales, eliminando los mecanismos establecidos de diversos países
para proteger la industria y la agricultura nacionales. Poner las
pequeñas empresas, sobre todo las del tercer mundo, en una rivalidad
directa y despiadada con las gigantes con sede en el occidente garantiza
que las empresas más grandes se traguen las más pequeñas y extiendan
su penetración y dominación de los países oprimidos.
Segundo, sin importar si un país produce principalmente materias
primas, como la Costa de Marfil, o si tiene algunos enclaves de
producción industrial orientados a la exportación, como en Asia
del este, la dinámica del desarrollo dominado por el comercio en
general hace que las naciones oprimidas dependan más del mercado
mundial, de los países imperialistas y de las grandes trasnacionales.
El crecimiento de las trasnacionales acompaña la creciente dependencia
de las naciones oprimidas. Estos países se hacen cada vez más vulnerables
a cambios súbitos en los precios de uno u varios productos, o hasta
al chantaje calculado del imperialismo, si las potencias imperialistas
deciden utilizar su dominación para subyugar a un régimen comprador
desobediente. Esto es exactamente lo que han hecho con Saddam Hussein
de Irak, cerrando el flujo iraquí de petróleo.
Esta situación es muy alarmante en relación a la seguridad alimenticia.
Cuando, como en la Costa de Marfil, muchísimos campesinos se arruinan
u optan por cultivos orientados a la exportación, el país se hace
más dependiente de la importación de comida. A diferencia de los
países imperialistas, donde el carácter muy desarrollado y equilibrado
de la economía significa que las fluctuaciones del mercado mundial
pueden absorberse más fácilmente, en estos países los cambios del
mercado mundial pueden provocar desastres y dificultar, sin no imposibilitar,
el pago del presupuesto alimenticio. El resultado es mayor deuda
y pobreza, y la amenaza de hambruna4.
ENCLAVES MODERNOS: ESLABONES EN LA CADENA DE DEPENDENCIA
Los defensores del libre comercio sostienen que, por doloroso
que sea, este tipo de desarrollo pone al país en el camino a la
modernización, que estos enclaves modernos impulsarán a otros sectores
de la economía. Pero hay una diferencia cualitativa entre el impacto
de este desarrollo en los países oprimidos y lo que ha sucedido
en los países imperialistas. En las condiciones semifeudales atrasadas
que en general caracterizan los países oprimidos, el desarrollo
de granjas agrícolas más grandes y más modernas no impulsa el desarrollo
de una economía nacional integrada. Los grandes enclaves modernos
de producción agrícola (como las plantaciones bananeras centroamericanas;
véase el recuadro, p. 43) se orientan casi exclusivamente a la exportación
a los mercados extranjeros, principalmente imperialistas. Además,
se basan en zonas más grandes de producción agrícola semifeudal,
y ello los condiciona. Los insumos más baratos, como mano de obra,
en las naciones oprimidas dependen de la perpetuación de condiciones
semifeudales. Por ejemplo, los trabajadores centroamericanos de
las plantaciones bananeras son mal pagados en parte porque gran
parte del costo de mantener y reproducir las futuras generaciones
se basa en la agricultura semifeudal de subsistencia. Desarrollar
la producción de mercancías en estos enclaves "modernos"
con amos imperialistas no pone la economía de la nación oprimida
en un camino hacia el desarrollo relativamente más integrado y equilibrado
que se ve en las países capitalistas. Más bien, amarra al país aún
más estrechamente al imperialismo, y estos enclaves funcionan como
parte integral pero subordinada del mercado imperialista mundial,
eslabones que encadenan al país al imperialismo, y apuntalan simultáneamente
las relaciones semifeudales en grandes sectores de la economía.
La misma dinámica fundamental caracteriza el crecimiento orientado
al comercio en otros sectores, como el de alta tecnología en Bangalore,
India. A los defensores de la globalización les gusta jactarse de
que Bangalore es prueba del "éxito" del modelo orientado
al comercio, el "valle de silicio" de la India, pero,
¿es un precursor de la futura modernización de la India? Nada de
eso. Las decenas de miles de ingenieros de informática que ahí trabajan
están en su gran mayoría ligados a las gigantescas corporaciones
occidentales, no al desarrollo general de la economía de la India.
Además, su trabajo depende en gran parte de la existencia de las
mismas condiciones semifeudales que apuntalan el desarrollo de los
enclaves agrícolas modernos que se describieron arriba.
Consideremos lo que contribuye a una situación en la cual, como
se jacta un ejecutivo suizo de computadores, es posible comprar
tres programadores en la India por el precio de uno del occidente.
Aunque este ejecutivo, con su visión "global", es un hombre
feliz, hay que ubicar su estrategia en el contexto del salario promedio
en Bangalore, que no es la tercera parte del occidental, sino más
bien la trigésima (el PNB per cápita en el estado de Karnataka,
India, donde está Bangalore, es de aproximadamente un dólar yanqui
al día). El que el programador tenga empleo depende en última instancia
de que su familia pueda contratar mano de obra aún peor pagada,
"liberando" así al programador para obtener una educación
y con ella trabajar. Casi todos los programadores en la India tienen
sirvientas para cocinar, limpiar, hacer las compras y cuidar a los
niños. En otras palabras, como en la agricultura, el funcionamiento
de este enclave moderno de alta tecnología no sólo sirve al imperialismo
sino utiliza y apuntala las condiciones semifeudales de mayor explotación
en la economía nacional en conjunto.
Los críticos liberales de la globalización señalan a menudo las
regiones más pobres del mundo y se quejan de que son "excluidas"
del proceso globalizador. Aunque es cierto que algunas regiones,
como la Africa subsahárica, no encajan en los planes de inversión
de los imperialistas, también es cierto que el empobrecimiento de
los países oprimidos no resulta principalmente de su "exclusión"
de la economía imperialista, sino que en lo más fundamental refleja
la misma manera de que se les integran. La expansión del comercio
no cambia esta dinámica, sino que agudiza el carácter distorsionado,
desigual y fragmentado de las economías oprimidas. Esto no es de
extrañar, pues, después de todo, cuando las corporaciones occidentales
como Compaq y Microsoft establecen operaciones en lugares como Bangalore,
su objetivo es la ganancia, no el desarrollo.
¿DE QUIEN ES LA INVENCION DEL FUEGO?
La liberalización comercial patrocinada por la OMC fortalece el
sistema de mercancías por todo el mundo y extiende su control a
nuevas esferas de la actividad humana. Todo tiene su precio, todo
se vende ahora en el mercado mundial. Una punta de lanza de esta
fea tendencia es la recién intensificada aplicación de los "derechos
intelectuales de propiedad", entre ellos:
* Una empresa estadounidense ha buscado patentar el ADN de una guatemalteca
quien, se cree, tiene inmunidad al cáncer, para comercializar una
medicina.
* La trasnacional estadounidense W.R. Grace patentó el uso de una
parte clave del árbol neem (azadirachtin), aunque los campesinos
y médicos en la India han utilizado productos del árbol desde hace
siglos en remedios caseros. ¡Esto plantea el espectro de tener que
pagar a la empresa yanqui por el derecho de seguir con esta práctica
antigua desarrollada por sus propios antepasados!
* En 1997, en la India más de un millón de pequeños agricultores
y campesinos se manifestaron contra una amenaza semejante: las grandes
corporaciones agroindustriales buscaban patentar semillas indígenas
de los países del tercer mundo y obligar a los campesinos a pagar
por las mismas semillas que habían usado y desarrollado por siglos,
tanto como la amenaza de "tecnología terminadora", la
que se refiere a una técnica de ingeniería genética para crear plantas
estériles con semillas que no germinan, para que los campesinos
tengan que comprar semillas en cada temporada de cultivo, en vez
de usar la antigua práctica de guardar semillas de una cosecha para
sembrar la próxima.
La expansión de estos derechos bajo la OMC legitima así unos casos
obvios de apropiación privada del trabajo y conocimiento colectivo
de las masas, en lo que se llama "piratería de patentes".
Pero estos derechos intelectuales llevan el sello inconfundible
del funcionamiento de la contradicción fundamental del capitalismo,
entre la apropiación privada y la producción social: una compleja
división de trabajo surge en el capitalismo, que combina muchos
trabajadores y el sistema de máquinas, en un proceso productivo
profundamente socializado; sin embargo, los frutos de este proceso
los apropia una pequeña clase de dueños, la burguesía.
En cuanto a las ideas, ningún conocimiento, desde la invención del
fuego hasta hoy, ha sido nunca en esencia un producto individual
sino que siempre ha implicado una compleja interacción de trabajo
individual, conocimiento colectivo e interacción social. Con el
desarrollo del capitalismo, el proceso productivo, incluida la producción
del conocimiento, se convirtió en un acto cualitativamente más social,
lo cual es aún más cierto hoy día. La producción de un nuevo programa
de computador, por ejemplo, un sistema operativo como Windows, puede
abarcar el trabajo coordinado de miles de ingenieros de informática.
Muy definitivamente no es producto del "genio" de uno
u dos dueños como Bill Gates. Además, la "interfaz gráfica
para usuarios" sobre la cual se basa Windows, no la inventó
Microsoft sino un sinnúmero de otras empresas de informática, que
se apoyaron directamente en la experiencia acumulada de un número
aún más grande de usuarios. En El imperialismo, fase superior
del capitalismo, Lenin subraya cómo los gigantescos "trusts"
trasnacionales (como se llamaban entonces) han concentrado los avances
e inventos tecnológicos y resume: "...el desarrollo del capitalismo
ha llegado a un punto tal, que, aunque la producción de mercancías
sigue 'reinando' como antes y siendo considerada como la base de
toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada, y las ganancias
principales van a parar a los 'genios' de las maquinaciones financieras.
En la base de estas maquinaciones y de estos chanchullos se halla
la socialización de la producción; pero el inmenso progreso logrado
por la humanidad, que ha llegado a dicha socialización, beneficia...
a los especuladores"5.
La protección de estos derechos refleja y refuerza las divisiones
sociales básicas que caracterizan al mundo, entre ellas, entre la
clase poseedora y la clase trabajadora, como señala Lenin, y entre
los países imperialistas y oprimidos. En éstos, los países imperialistas
buscan controlar estos derechos con el fin de salvaguardar su monopolio
de la ciencia y tecnología y fortalecer su posición como "cerebros"
del sistema económico mundial. Así, por ejemplo, las trasnacionales
aseguran que pueden trasladar los procesos productivos a las naciones
oprimidas, para aprovechar los salarios y costos más bajos, sin
perder su control de la tecnología usada en el proceso. De las 3.5
millones de patentes en el mundo, sólo 200.000 (6%) están en el
tercer mundo; por otro lado, las trasnacionales controlan directamente
el 85% de todas las patentes. La política oemeceísta solamente fortalecerá
esta división desigual y opresora de trabajo, en la cual los países
imperialistas buscan centralizar más su control de los centros nerviosos
de las actividades económicas del mundo.
La lista de zonas elegidas por la OMC para la liberalización comercial
es larga. Los servicios como la salud son una prioridad fundamental:
entre los "objetivos de las negociaciones" de los Estados
Unidos en Seattle, figuraban "estimular más privatización"
y "permitir la propiedad mayoritaria extranjera de instalaciones
de salud". Algunas fuerzas han criticado la protección de patentes,
una aplicación de los derechos intelectuales de propiedad, por causar,
en parte, la criminal situación del tercer mundo, sobre todo en
Africa austral, con respecto a los enfermos del SIDA. Los precios
exorbitantes que las trasnacionales farmacéuticas exigen por sus
medicinas antiSIDA protegidas por patentes hacen que el tratamiento
sea carísimo. Esto significa que millones de africanos han muerto
y siguen muriéndose sin tratamiento y que miles de madres infectadas
de HIV transmiten la enfermedad en el parto, lo cual muchas veces
se puede impedir con medicinas6.
La expansión de reglas de la OMC provocará también la mayor degradación
del medio ambiente. En cuanto a los riesgos a la salud, la OMC rechaza
el "principio precautorio" según lo cual a las trasnacionales
les incumbe probar que sus medicinas no hacen daño, y obliga a los
consumidores a probar que hacen daño. Esta lógica apuntaló la reciente
decisión de requerir que la Unión Europea acepte la carne de res
estadounidense tratada con hormonas, aunque un jurado de la UE encontró
que algunas hormonas pueden causar cáncer. La OMC fortalecerá también
la política de tratar problemas como la salud pública como "externalidades":
como no entran directamente al proceso de producir mercancías de
propiedad y control de la corporación, y como por eso le resultan
"externas", tales problemas no figuran en las consideraciones
del "libre comercio". Con el proceso anárquico de la globalización
dominado por el comercio, surgen vastas megaciudades altamente contaminadas
en el tercer mundo, como la Ciudad de México y Nueva Delhi, donde
se estima que una tercera parte de los niños padecen bronquitis
alérgica, una "externalidad" cuya responsabilidad, por
supuesto, no incumbe a ningún capitalista, según las reglas del
sistema de "mercado libre"7.
EL COMERCIO MUNDIAL: RICOS MAS RICOS
¿A quién beneficia concretamente la expansión comercial? Aunque
un examen general de esta cuestión rebasa el ámbito de este artículo,
algunos hechos son elocuentes:
* La desigualdad mundial ha aumentado desde los albores del capitalismo,
con el aumento general del comercio: en 1800, el nivel promedio
de vida en los países ricos era solamente 3 veces más que el de
los país pobres; ya para 1900 era 6 veces más; y en 2000 era 20
veces más.
* El 57% de la población del mundo recibe solamente el 6% de todos
los ingresos; vive con menos de 2 dólares al día.
* En 1980-1996, mientras el comercio se expandía con una velocidad
descomunal, en 59 países cayó el PNB per cápita8.
* En los países imperialistas, la polarización está en aumento.
En 1995, 4 de cada 5 hombres con empleo en los Estados Unidos cobraban
11% menos la hora en términos reales que en 1973, y para la tercera
parte más pobre de la población trabajadora cayó en un 25%. Durante
el mismo período, el PNB per cápita subió un tercio en términos
reales y el 1% más rico duplicó sus riquezas. A nivel mundial, los
salarios como parte de la riqueza nacional han disminuido, y ha
subido la porción de ganancias e intereses de las corporaciones9.
Esta correlación de expansión comercial con el auge de la polarización
tanto mundial como en los países, no es una mera coincidencia. Ya
hace 150 años, Marx señaló que el funcionamiento del capital tiende
a generar la acumulación del empobrecimiento en un polo y grandes
riquezas en el otro. Los expertos burgueses hasta esperaban esta
tendencia. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE) estimó que Europa, los Estados Unidos y el Japón serían los
"grandes ganadores" del nuevo sistema comercial, recibiendo
dos tercios de las ganancias, mientras que The Economist Intelligence
Unit (abril de 1995) sostenía que "le iría peor" al Africa
subsahárica. El Wall Street Journal (15 agosto 1994) reconoció que
los países africanos caerían "aún más en la trinchera"
del hambre, deuda y miseria10.
OMC: "REFORMARLA O BOTARLA"
Esta consigna popular se refiere a la propuesta de reformar la
OMC o botarla. Muchos críticos de la OMC sostienen que pase lo que
pase, la expansión comercial continuará y que por eso, la única
verdadera opción es asegurar que esto tenga lugar en condiciones
tan "justas" como sea posible para los pobres del mundo.
Muchos de sus argumentos critican cómo se organiza la OMC: denuncian
cómo el juego está "amarrado" contra los países pobres,
permitiendo a los países ricos someterlos más fácilmente. Si bien
la delegación comercial yanqui en Seattle, por ejemplo, la conformaban
centenares de expertos y abogados corporativos, a muchos países
pobres les costó enviar delegación alguna, y 30 países ni siquiera
tienen para mantener un representante en la sede ginebrina de la
OMC.
Sin duda, a pesar de la cháchara de la OMC acerca de "igualdad
en la cancha de juego", los países imperialistas aprovechan
su dominio para mantener un doble criterio. Mientras se presentan
como paladines del libre comercio contra el proteccionismo nacional,
son ellos los que practican más el proteccionismo cuando se trata
de sectores que consideran fundamentales a sus economías. En 1996,
el apoyo combinado de los Estados Unidos y la UE para sus agricultores,
que conforman menos del 3% de la población, fue de 110 mil millones
de dólares (29 mil dólares por agricultor en los países desarrollados).
En contraste, el apoyo de la India a sus cientos de millones de
campesinos fue negativo: -23.7 mil millones de dólares. O sea, la
India, por medio de impuestos sobre sus productos agrícolas, impone
contribuciones a sus campesinos en vez de subsidiarlos. La lista
de elementos característicos de una cancha desigual de juego con
un sesgo estructural a favor de los países imperialistas es larguísima.
Un análisis serio de la estructura organizativa de la OMC demuestra
que está dominada por los países imperialistas: "el juego sí
está amarrado". Pero, ¿es cierto que si de alguna manera la
estructura y política de la OMC pudieran "desamarrarse",
si se pudiera quitarse la mano pesada del imperialismo y hacer más
iguales las reglas comerciales, se podría hacer funcionar el comercio
de una manera más justa?
Es crucial comprender que hasta las reglas comerciales más igualitarias
en el imperialismo funcionarán inevitablemente a favor de los países
imperialistas y las gigantescas corporaciones monopolistas. La "igualdad"
bajo la ley burguesa trata las cosas desiguales igualmente, como
indicó con ironía el radical francés Anatole France, hace más de
un siglo, cuando dijo en broma que la ley, en su igualdad majestuosa,
prohíbe al pobre igual que al rico dormir debajo de los puentes.
De igual manera, hasta la liberalización más igualitaria en inversiones,
por ejemplo, significa que las corporaciones estadounidenses y las
de Bangladesh, Ecuador, Argelia y otros países oprimidos tengan
todas el derecho a comprar y explotar tierras, bancos, hospitales
y demás en los países de cada quien, y es muy obvio quién comerá
a costa de quién.
¿Qué otra cosa puede significar el trato igualitario en un mundo
que ha sido tan agudamente dividido durante siglos entre países
imperialistas y oprimidos? El eje del funcionamiento de la OMC es
el principio, característico de toda sociedad capitalista, de intercambiar
todas las mercancías a su "valor igual" (por ejemplo,
el grano se vende cada vez más a un solo "precio mundial"),
lo que encubre la posición fundamentalmente desigual de los mismos
productores (un cerealero en los Estados Unidos produce hasta mil
veces más de su par en el tercer mundo). Con eso, es inevitable
que el capital más grande y más poderoso (es decir, el imperialista)
se trague a los capitales pequeños y se extienda más su esfera de
operaciones.
Un ejemplo de cómo la OMC aplica este principio es su brazo básico
de control: el sistema para resolver disputas. Como última sanción,
sus reglas permiten aranceles de represalia en caso de prácticas
comerciales desleales de un país contra otro, de modo que para castigar
dichas prácticas, ¡los grandes países imperialistas como los Estados
Unidos y los gobiernos neocoloniales como el Perú y Sri Lanka tienen
cada uno el derecho de aplicar aranceles de represalia contra los
productos del otro! Claro que en el caso del país oprimido, es casi
imposible afectar en lo más mínimo las exportaciones yanquis.
"BOTAR" TODO EL SISTEMA
Los países imperialistas y sus clases dominantes han acumulado
durante décadas de dominio mundial, fuerzas productivas increíblemente
mayores en sus propios territorios, mueven las palancas de las finanzas
mundiales y controlan fuerzas militares muy superiores para garantizar
la represión de todo desafío serio a su dominio. En estas condiciones,
más liberalización comercial bajo el bastón de la OMC conducirá
a la intensificación de la competencia mundial, el crecimiento de
las trasnacionales y la mayor dependencia de las naciones oprimidas.
En cada nación, los monopolios mundiales enfrentarán a los proletarios
en sus empresas entre sí, utilizando la mayor explotación en un
área para rebajar los salarios y condiciones laborales en otras,
en su implacable afán de ganancias.
En tal situación, es importante desechar ilusiones de que uno u
otro ajuste de la OMC conduzca al "comercio justo", e
ir más allá de presionar a la OMC y a otros organismos multilaterales
e identificarlos abiertamente como representantes de un sistema
imperialista mundial que hay que combatir y derrocar. El comercio
capitalista, al igual que el capitalismo, tiene sus días contados,
y como todo imperio, pasará a la historia. Decir que la única opción
"realista" es reformar los organismos imperialistas, como
la OMC, no es más "realista" que sostener que en el Imperio
Romano los esclavos debieron haber luchado por que el Senado mejorara
las leyes que regían la esclavitud. La Roma esclavista fue derrocada
y lo mismo será la esclavitud asalariada de los Estados Unidos y
las otras potencias imperialistas. No se necesita reformar los organismos
irreformables, sino aliarse con las revueltas de los esclavos modernos
y poner fin al mismo sistema de esclavitud asalariada.
Esta perspectiva revolucionaria se basa mucho más en la realidad
que la noción de que los países imperialistas y sus trasnacionales,
que desde hace más de un siglo saquean al tercer mundo y explotan
a sus propios proletarios, cambiarán súbitamente de idea y desarrollarán
una compasión para sus víctimas. Las naciones oprimidas no son pobres
a causa de que sus economías no están muy ligadas al "motor
de crecimiento" del imperialismo, son pobres porque están estrechamente
ligadas al motor de saqueo del imperialismo. Para liberarse de esta
red de dependencia y opresión, se necesita liberarse del imperialismo
y del control del mercado mundial. Y ya se ha forjado la manera
de hacerlo.
Mao Tsetung y el pueblo chino enseñaron cómo podía hacerse por medio
de la revolución, arrebatando el control de la economía a manos
de los imperialistas y sus agentes compradores. Colectivizaron la
agricultura y la transformaron en eje de la economía; "tomar
los cereales como clave", dijo Mao. En vez de "hacer más
de lo que hacían mejor" en la entonces división imperialista
de trabajo, los revolucionarios chinos hicieron lo que era mejor
para las masas: rechazaron la sabiduría convencional de la especialización
y el desarrollo de unos cuantos sectores para la exportación al
mercado mundial, y fomentaron el desarrollo omnímodo, acentuando
el crecimiento planificado y proporcional entre diferentes sectores,
para construir una economía autosuficiente y así resistir invasiones
o chantajes del imperialismo y servir a la revolución mundial. El
carácter desigual y distorsionado de la economía china, un legado
del desarrollo semicolonial, se reorganizó para poner los intereses
del pueblo al mando, en particular las necesidades de los campesinos
que conformaban la mayoría de la población. No había enclaves como
los de la región Guangzhou en la China actual, donde un puñado de
capitalistas se benefician de la esclavitud de cientos de miles
de trabajadores, en su mayoría mujeres, en maquiladoras bajo el
control directo de los imperialistas. Más bien, se construyó un
sistema económico en que se mejoró progresivamente la vida de las
masas populares. La revolución pudo hacer esto solamente porque
puso el Poder en manos de las masas.
Mientras avanzan las guerras populares y más países se liberen del
imperialismo, un comercio de nuevo tipo se desarrollará, de una
manera nunca antes vista en la historia. El comercio entre países
donde las masas tienen el Poder reflejará el trabajo planificado
y coordinado del pueblo para usar los productos de su trabajo para
hacer avanzar la revolución y transformar un mundo desfigurado y
cicatrizado por el funcionamiento del imperialismo. En vez de forjar
cadenas de dependencia y subordinar algunos sectores del mundo a
otros, como ahora, el comercio se utilizará como herramienta para
eliminar la dependencia, impulsar el trabajo autosuficiente del
pueblo y fortalecer los lazos de solidaridad mutua de los trabajadores
de todos los países. En vez de ensalzar y expandir el "libre
comercio", es decir, la ley de la selva, como lo hace la OMC,
para esconder y fortalecer el saqueo de las naciones oprimidas por
las potencias imperialistas, el comercio se organizará poniendo
en primer plano el desarrollo general en las regiones del mundo
que más han sufrido los embates del imperialismo, como parte de
la lucha consciente del proletariado en el Poder contra el legado
desigual y distorsionado del imperialismo y de acelerar el avance
al comunismo mundial.
Los que odian la globalización oemeceísta y todo lo que representa
deben preguntarse: ¿Cuál es, concretamente, "la realidad central
de nuestra época"? ¿Es la globalización y el libre comercio,
como proclamó Clinton con arrogancia, o es el poder de las masas
cuando se alzan en revolución?
NOTAS
1. Ultimo informe de Arthur Dunkel sobre el GATT, citado en Pratap
Chatterjee Aijkal, GATT, 1993.
2. "El cacao amargo", Libération, París, 13 abril 2000.
3. Larry Elliott y Dan Atkinson, Tiempos de inseguridad,
Verso, Londres, 1999, p. 223.
4. Claro que hay otros factores. Por ejemplo, a mediados de los
años 90, 12 de los 16 programas de ajuste estructural del FMI en
Africa causaron reducciones de gastos de educación. Se trata de
países en que millones de adultos, en particular mujeres, carecen
de habilidades básicas de alfabetización (a pesar de que muchos
expertos burgueses opinan que la educación es el factor único más
importante que favorece el desarrollo). En Etiopía, hasta 50 millones
de personas enfrentan la amenaza de hambruna ("El FMI en el
banquillo", Guardian, Londres, 15 abril 1999).
5. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo (Ediciones
en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1975). pp. 27-28.
6. Aquí, en el sector salud, se ve otro ejemplo trágico de las limitaciones
de esta igualdad formal, que disfraza la desigualdad real, con la
cual los programas de la OMC tratan a las naciones imperialistas
y oprimidas. Mientras que los sistemas públicos de salud
son componentes claves de la atención médica en todos los países
ricos (excepto en los Estados Unidos, donde las aseguradoras privadas
desempeñan ese papel), en el sur de Asia solamente el 20% de las
medicinas se reparte vía el sistema público de salud, mientras que
el 80% lo compran directamente los individuos. ¿Cuál será el efecto
de la imposición supuestamente igualitaria, por parte de la OMC,
de la protección de patentes y el control de los precios mundiales
de medicinas? No sólo se hará más difícil que los sudasiáticos compren
medicinas por percibir ingresos mucho más bajos, sino que, a diferencia
del occidente, la mayoría tendrá que pagar directamente del propio
bolsillo. La política comercial supuestamente "igualitaria"
tiene un impacto profundamente desigual. Aún menos sudasiáticos
pueden comprar medicinas que salvan la vida, mientras que las ganancias
de las empresas farmacéuticas alcanzan su nivel más alto de la historia.
7. Hans-Peter Martin y Harald Schuman, La trampa global, p.
27.
8. Martin Khor, Reconsiderando la liberalización y reformando
la OMC, sitio de la internet de la Red del Tercer Mundo, 28
enero 2000.
9. La trampa global, pp. 117-118.
10. Percy Barnevick, jefe de Asea Brown Boveri (ABB), la gigante
sueca de ingeniería mecánica, expresó su miedo de que "si las
empresas no se ponen a la altura de la miseria y el desempleo, las
tensiones entre los que tienen y los que no conducirán a un marcado
aumento de violencia y terrorismo" (La trampa global,
p. 231).
La "guerra bananera"
La llamada "guerra bananera" ilustra una parte del funcionamiento
de la OMC, lo que está juego y a qué intereses sirve. En este conflicto,
los Estados Unidos y sus trasnacionales bananeras están enfrentados
con la Unión Europea (UE) y su propio plan de producción. La OMC
falló contra la UE, abriendo más sus mercados y, fundamentalmente,
sus antiguas colonias a una mayor penetración de las trasnacionales
yanquis.
Primero, examinemos esta industria: la "banana del dólar"
surte el 80% de la fruta consumida en los países imperialistas,
y la controlan tres empresas: Dole, Del Monte y Chiquita. Esta producción
se concentra principalmente en grandes plantaciones con mayor desarrollo
industrial y mayor uso de productos químicos. Las plantaciones industriales
centroamericanas usan diez veces más productos químicos que el promedio
para la agricultura intensiva en los países imperialistas. Según
la revista New Internationalist, uno de estos productos, usado para
eliminar un nemátodo parásito, causó la esterilización de decenas
de miles de trabajadores de América Central, el Caribe, las Filipinas,
Africa Occidental y otros países.
Chiquita es una descendiente directa de la United Fruit. Los latinoamericanos
le llamaban "el pulpo" porque sus tentáculos se extendían
a todo aspecto de la vida social. En 1949, United Fruit era dueña
de 1.4 millones de has. de tierras en América Central y el Caribe,
pero su corazón estaba en Guatemala donde era dueña de cada km.
de los ferrocarriles. En 1954, cuando el gobierno de Jacobo Arbenz
amenazó con nacionalizar casi 200.000 has. de las tierras de la
United Fruit, ésta instigó un golpe de Estado con respaldo del imperialismo
yanqui. Las juntas militares siguieron reinando varias décadas y
apoyaron la tristemente célebre "guerra sucia" ahí, en
que murieron y "desaparecieron" decenas de miles de disidentes,
en su mayoría indígenas pobres. Estos regímenes títeres reprimían
todo desafío a la dominación yanqui, fueran rivales extranjeros
o nacionales, o trabajadores del campo, garantizando así mano de
obra y transporte baratos y una dominación sin rival.
Hoy, al igual que Nike (la fabricante norteamericana de tenis y
equipo deportivo), Chiquita ha buscado distanciarse de las condiciones
de esclavitud que existen en las plantaciones, operando mediante
una red de pequeñas empresas que aunque formalmente independientes,
en la práctica dependen de ella. (Por ejemplo, las pequeñas empresas
"independientes" venden todo su producto a una sola trasnacional
año tras año.) Poco antes de que el gobierno yanqui emitiera una
queja por la estrategia de la UE, Carl Lindner, jefe del American
Financial Group, propietario de Chiquita Brands International, hizo
una donación de 500 millones de dólares a la campaña presidencial
de Clinton. Aunque por cierto Clinton no es un vulgar pelele del
cabildeo bananero, su gobierno, como todos los gobiernos imperialistas,
protege los intereses de sus propias trasnacionales.
El único rival de la "banana del dólar" es la "eurobanana",
que depende de un complejo sistema de cuotas, permisos y aranceles
establecidos por la Convención Lomé de 1975, la que le dio preferencia
a las bananas de 42 antiguas colonias europeas de Africa, el Caribe
y el Pacífico. La "eurobanana" se produce principalmente
en pequeñas granjas y cooperativas. Francia aún trata con descaro
a sus antiguas colonias bananeras como parte de su imperio; por
ejemplo, oficialmente Martinica y Guadalupe siguen siendo parte
de Francia, como lo fue Argelia antes de su guerra de liberación
nacional. Aunque las potencias europeas pretendían que su estrategia
bananera era para apoyar a estos países pobres, en muchos casos
recién independizados, en su transición hacia la autosuficiencia,
en la práctica la mayor parte del apoyo nunca beneficia a los productores,
pues se lo tragan poco a poco los comerciantes y detallistas en
los mismos países europeos. Más del 90% de lo que los consumidores
en los países imperialistas pagan por bananas, se queda en esos
países; la tajada de león (34%) va a las grandes cadenas de supermercados
y sólo 5% a los productores. Además, en esos países la política
de preferencias ha obstaculizado fundamentalmente la reestructuración
con mayor diversificación. Como resultado, en muchos de esos países
hay más personas que dependen de la producción bananera que en los
países de sus rivales de la "banana del dólar".
Estos dos grupos rapaces, cada uno con sus propias ventajas y desventajas,
se enfrentaron en la reciente guerra bananera. Aunque salieron a
flote muchos asuntos en la guerra, se centraba en la capacidad de
estos imperialistas de ejercer su "protección" al estilo
de la mafia sobre sus antiguas colonias.
La información de este artículo se basa en:
New Internationalist, octubre 1999; "Vida secreta de una
banana", Guardian, Inglaterra, 10 noviembre 1999; y Larry Elliot
y Dan Atkinson, Tiempos de inseguridad, Verso, Londres, 1999.
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