UN MUNDO QUE GANAR


Los Balcanes

La Vil Guerra de la OTAN

            Al cierre de esta edición, los imperialistas yanquis y sus socios menores europeos acaban de completar el segundo mes de lo que ha sido la mayor campaña militar desde la guerra del Golfo de 1990-91. La gigantesca máquina militar de la OTAN está bombardeando día y noche a uno de los países más pequeños y pobres de Europa, Serbia, destruyendo la infraestructura del país, matando a cientos de civiles y dejando miles de heridos. Un vocero occidental se jactó de que se ha hecho retroceder a la economía yugoslava al nivel que tenía durante la II Guerra Mundial.

            El brutal sometimiento de Serbia se desarrolla bajo la bandera del “humanitarismo”, es decir, “salvando a los albano-kosovares”. Imágenes sin parar de la situación de miles de refugiados kosovares inundan las pantallas del mundo. La gigantesca máquina de comunicaciones de Occidente aprovecha con toda la rapidez y afán a su alcance la genuina miseria y angustia de aquellos que han perdido a miembros de su familia y sus hogares, sufrido violación o actos de brutalidad, a fin de presentar las criminales bombas que llueven sobre Serbia como una “intervención humanitaria”.

            Seamos claros desde el principio: el incesante bombardeo de Serbia por la OTAN ni ha salvado ni salvará vida alguna. Si las primeras ocho semanas de guerra han mostrado algo, es que la persecución de los kosovares se ha intensificado con la intervención de la OTAN. De hecho, los estrategas políticos occidentales, incluido el comandante de la OTAN, el general Wesley Clarke, admiten que sabían antes de que cayera la primera bomba que una nueva oleada de “limpieza étnica” sería el posible resultado de la guerra aérea que estaban planeando. El hecho de que escogieran ir adelante con su estrategia independientemente de ello, al terrible precio que ahora están pagando miles de kosovares, y de serbios, es una primera indicación de que “salvar vidas” ni era ni es la preocupación que les motivaba.

            Los yanquis y sus aliados de la OTAN afirman que esta guerra es producto de antiguas tensiones étnicas en los Balcanes y que fuerzas más poderosas “ajenas a estas disputas” tienen el deber moral de intervenir, como si se tratase de un hermano mayor altruista que interviene para detener una pelea entre chiquillos. Como queda patente en el artículo del Obrero Revolucionario, voz del Partido Comunista Revolucionario, EU (pp. 18-19), esta guerra no es resultado de viejas tensiones misteriosas que han estallado, sino producto del actual funcionamiento del orden social capitalista en Yugoslavia y su compenetración con recientes cambios en el alineamiento de fuerzas a nivel regional y mundial. Como señala el OR, la OTAN “pone la historia patas arriba” al presentar el origen de la guerra y “le echa la culpa al pueblo por el sufrimiento que le impone el sistema capitalista”.

            Todo lo relativo al modo con que la OTAN está librando esta guerra (es decir, sus objetivos, estrategia y tácticas) garantiza que continuará el baño de sangre y que el futuro de la región de Kosovo descansará en una sangrienta represión, con la amenaza siempre presente de que se reavive el conflicto. En realidad, ésta es ya la situación de la vecina Bosnia, después del acuerdo de “paz” firmado allí con patrocinio occidental. Esto se debe a que, como el Comité del MRI declaró al iniciarse la guerra, “los imperialistas pueden gobernar el mundo solamente por medio del gangsterismo”. La forma con que combaten refleja y fortalece un orden mundial donde unos pocos gobiernan sobre la mayoría, donde la dominación de un puñado de explotadores ricos se apoya en un vasto arsenal de fuerzas armadas y policía. Dondequiera y cuando quiera que su dominio tropieza con un desafío, su respuesta acaba apoyándose en su monopolio de la fuerza militar, venga el desafío de una lucha revolucionaria como la de las masas vietnamitas que trataban de unir su país y liberarlo del colonialismo occidental, o de un tirano de poca monta como Saddam Hussein de Irak, cuyas ambiciones en la región crecieron tanto a los ojos de sus amos imperialistas, que éstos decidieron recortárselas.

UNA GUERRA REACCIONARIA ES UNA VIL GUERRA

            Uno de los rasgos de una guerra injusta es el uso de métodos de guerra reaccionarios e injustos.

            Al igual que la guerra del Golfo, éste es otro caso de una guerra muy desigual, donde el moderno arsenal de tecnología de punta de la mayor alianza militar de la historia está golpeando implacablemente a un país cuyo producto interno bruto equivale al de una ciudad occidental como Francfort. Con su abrumadora superioridad militar, la OTAN está conduciendo su guerra por medio de bombardeos masivos desde el aire, con bombas de racimo que trituran los cuerpos humanos como una picadora y proyectiles de uranio consumido cuyo uso en Irak provocó niveles de leucemia en niños equivalentes a los encontrados en Hiroshima. ¡¿Es realmente posible pensar que a esta guerra la motiva una preocupación por la vida humana?! La guerra de la OTAN bombardea ciudades y otros centros de población desde el aire, volando hospitales, autobuses, trenes; más recientemente, la lista de objetivos se amplió para incluir la infraestructura económica serbia en su conjunto: el corte del agua y la electricidad obliga a millones de personas a una batalla diaria para vivir. Y luego los portavoces de la OTAN se jactan de que ninguno de sus pilotos ha perdido la vida. Mientras se vislumbra una posible intervención terrestre, en los Estados Unidos los medios de comunicación vomitan una nauseabunda preocupación chovinista por la potencial pérdida de vidas norteamericanas, mientras afirman fríamente que la pérdida de vidas civiles serbias son “daños colaterales”, lo que es “el inevitable costo de la guerra”. Cacarean que por primera vez en la historia se libra una guerra en la cual los que la impulsan lo pueden hacer “a distancia”, prácticamente seguros, o, según un comentarista norteamericano, “los únicos que la sienten son los que están en tierra”. Estos son los sangrientos colmillos del “humanitarismo” imperialista.

            Los medios de comunicación imperialistas están empeñados en una gigantesca campaña para que la opinión pública apoye la guerra. Es una máquina con amplia experiencia de ocultar masacres en masa en apoyo de sus intereses; por ejemplo, los cientos de miles de muertos en Indonesia en el golpe de Estado patrocinado por la CIA en 1965. O, exageran el más mínimo ataque contra sus intereses como “la mayor atrocidad en la historia”. De esta manera, presentan a un reaccionario de poca monta como Milosevic como un gran criminal tipo “Hitler”, con el fin de ponerle al pueblo unas anteojeras de caballo, para que no miren atrás en la historia, ni a izquierda ni derecha hacia otras partes del mundo, donde inevitablemente verían los aún mayores crímenes cometidos por los verdaderos criminales a escala mundial que gobiernan hoy el planeta. Por el contrario, deben ver sólo lo que los imperialistas quieren que vean.

            Con el mismo estilo manipulador, los medios de comunicación colocan antenas parabólicas en los campos de refugiados kosovares para facilitar la rivalidad entre los periodistas occidentales por presentar imágenes de otro sufrido refugiado que transmitir a casa, mientras a las familias de los serbios víctimas de los imperialistas, que ya suman miles, apenas se les ve o escucha. Es poco conocido el hecho de que Occidente exigió que la TV serbia transmitiese seis horas de información occidental al día sobre la guerra. El régimen serbio contestó que así lo haría si los medios de comunicación occidentales mostraban sólo seis minutos de información serbia al día. Occidente no sólo no accedió a la oferta, sino que destruyó la central de TV serbia.

            Para justificar la mecanizada masacre en masa a distancia, los medios de comunicación occidentales se han lanzado a un odioso chovinismo. El diario francés Le Monde ha publicado artículos de primera plana sobre “la barbarie innata” de los serbios y la revista norteamericana Time publicó un artículo titulado “La venganza de una raza víctima”, que describía a los serbios como “intrusos de Europa, eternos agentes del odio criados en la autocompasión”.

            La respuesta del régimen de Milosevic a la OTAN ha cuadrado a la perfección con su carácter reaccionario. Quienes anhelaban poder ver que se infligieran serios golpes a la maquinaria de guerra occidental, no los encontrarán con el reaccionario ejército del señor Milosevic; el contraataque más importante que parece haber emprendido no ha sido contra la OTAN, sino contra las masas principalmente desarmadas de kosovares oprimidos. Pese a disponer de una fuerza militar más moderna que la de Saddam Hussein de Irak y de un terreno de combate más favorable, lo hecho por el alto mando yugoslavo hasta ahora no ha sido más brillante que lo del régimen iraquí; es probable que, al igual que Hussein, no tengan ganas de combatir a las potencias imperialistas por las que hasta hace poco no ocultaban su admiración.

            Lo que Slobodan Milosevic hace a los albano-kosovares sin duda es un vil crimen, pero quien piense que esto es lo que preocupa a los imperialistas occidentales no reconoce que por todo el mundo decenas de tiranos de poca monta como Milosevic, de costumbre tratan a sus súbditos de la misma forma. Por qué el régimen de Milosevic sufre el bombardeo masivo de los B-52 mientras que otros reciben ayuda occidental no tiene nada que ver con una preocupación humanitaria por parte de los imperialistas, sino más bien con sus intereses estratégicos.

KOSOVARES: ¿PEONES EN JUEGO DE LA OTAN?

            Las negociaciones sobre el acuerdo que se les impondrá a serbios y kosovares una vez finalizada la guerra, en general corresponden a los amos imperialistas; a los kosovares ni siquiera se les permite mirar. Y en aquellas ocasiones en que se les permite estar presentes, las grandes potencias han subordinado sistemáticamente los intereses de los kosovares a sus propios planes en la región. Por ejemplo, el acuerdo de Rambouillet que la OTAN describe como el marco para poner fin a la guerra, reconoce la integridad nacional de Yugoslavia y llama al desarme de las fuerzas guerrilleras kosovares. Esto significa que los kosovares continuarán viviendo bajo la bota del régimen serbio. De manera similar, en aras de sus intereses, la política del gobierno yanqui respecto del Ejército de Liberación de Kosovo ha cambiado dramáticamente: un día denuncia a los integrantes del ELK por ser “terroristas” y al siguiente los presenta como “héroes”. Un comandante de la OTAN ya ha advertido que, después de la guerra, el mayor problema para Occidente quizás sean los guerrilleros kosovares y no los serbios.

            Para los yanquis y sus aliados de la OTAN, los kosovares no son sino peones: sirven en la TV para granjearse simpatía por sus sangrientos crímenes y para el regateo cuando se llegue a un arreglo con Milosevic y otras fuerzas de la región. La guerra de la OTAN no se inició para salvar a los kosovares, ni siquiera se les consultó para decidir el desenlace de ella, y el resultado no fue una mejora de sus condiciones.

            Existen sorprendentes paralelos en cómo los imperialistas aprovechan la situación de los kosovares y su cínica manipulación de los kurdos, particularmente en Irak. En su política respecto a los kurdos, el gobierno yanqui ha alardeado mucho de una supuesta ayuda humanitaria, mientras en la práctica subordina fríamente los intereses de los kurdos a las “realidades del poder” de la región. En otras palabras, una política de fomentar la dependencia en sus migajas para asegurar que, pese a los enormes sacrificios de los combatientes peshmergas [guerrilleros], su lucha haya obedecido los límites que no amenacen los intereses fundamentales de Occidente en la región. Pocos podrán argumentar que se haya aliviado en grado sustancial la opresión nacional del pueblo kurdo. En realidad, las mismas fuerzas militares turcas que hoy los propagandistas de la OTAN describen como “una de las 19 democracias que participan en la campaña para salvar a los kosovares”, practican una vil política de contrainsurgencia en Turquía para “secar el mar” de apoyo popular hacia los guerrilleros kurdos del PTK, con el resultado de cientos de miles de refugiados, miles de muertos y muchos más torturados y detenidos. (Ver la selección del Partido Comunista de Turquía [Marxista-Leninista] sobre el papel de Turquía, pp. 18-19.)

            Sobre este punto, parece que los planes de la OTAN para la región incluyen una mezcla de partición territorial y status de protectorado, parecido al “refugio de seguridad” para los kurdos en Irak. Uno de los principales puntos del plan de la OTAN para apostar decenas de miles de soldados “guardianes de la paz”, sería asegurar que las grandes potencias estarán en posición de escoger un régimen kosovar subordinado a sus intereses. E incluso, en el improbable caso que los kosovares obtuvieran la independencia como resultado de la guerra de la OTAN, ¿a qué equivaldría? La respuesta se halla sólo un par de años atrás en Afganistán, donde con la “ayuda” del gobierno yanqui las fuerzas islámicas fundamentalistas subieron al Poder y, como resultado, el ascenso de sus protegidos, los talibanes islámicos y todos los consiguientes horrores de ese régimen.

            Sea cual sea el resultado de la guerra de la OTAN, para el pueblo kosovar no será lograr el fin de la opresión, pues quienes libran la guerra “en su nombre” son los mayores opresores de la historia. El suyo es un sistema cuyo funcionamiento cotidiano significa trabajo agotador que conduce a millones de personas a una muerte temprana, donde 40.000 niños mueren al día de enfermedades curables o desnutrición, porque el tratamiento médico para la infancia del Tercer Mundo no es lucrativa para los gigantes farmacéuticos como Bayer, Glaxo y Upjohn. Es un sistema que impone sus leyes sin preocuparse del costo humano. En Irak, el ex subsecretario general de la ONU anunció que 5.000 niños mueren cada mes debido a las sanciones impuestas por Occidente, que restringen hasta medicinas básicas. Cuando se le señaló esto a Madeleine Albright, secretaria de Estado yanqui (y una de los principales arquitectos de esta guerra de la OTAN), ella declaró fríamente: “Vale la pena”.

            El mundo imperialista es una tierra de embusteros, donde los “guardianes de la paz” imponen la opresión a punta de bayoneta, donde lo que para una potencia es “limpieza étnica”, para otra son “daños colaterales” militares, y donde, como dijo de manera infame un vocero militar yanqui durante la guerra de Vietnam, “tuvimos que destruir la aldea para salvarla”.

            Los imperialistas de la OTAN declaran una nueva era donde cumplirán “su deber de intervención humanitaria” en cualquier parte y en cualquier momento. La clase política francesa, campeona mundial de la hipocresía en derechos humanos, ha capitaneado con fervor un “deber para intervenir” donde quiera que los “intereses humanitarios” estén amenazados. Pero todo el mundo sabe que ninguna bomba inteligente de la OTAN caerá sobre la base militar yanqui en Guantánamo, Cuba, o sobre las tropas de ocupación británicas en Irlanda del Norte, ni proyectiles penetrarán el blindaje de los tanques turcos en el Kurdistán, ni las bombas de racimo matarán a las tropas de asalto israelíes en Cisjordania, ni ningún batallón de élite de las SAS liquidará a los escuadrones de la muerte indonesios que siembran terror en Timor Oriental.

            El primer ministro inglés Tony Blair afirmó recientemente que la guerra de la OTAN la libra “una nueva generación de líderes de los Estados Unidos y Europa ... provenientes del lado progresista de la política ... En este conflicto estamos combatiendo no por territorio sino por valores” (Newsweek, 19 de abril). En realidad, ni siquiera la fanfarronada es nueva. Como Lenin observó sobre la I Guerra Mundial: “la burguesía de cada país ... afirma que busca vencer al enemigo, no para saquear o apoderarse de un territorio, sino para liberar a todos los demás pueblos excepto al suyo”. De hecho, esta proclamación del “deber universal de intervención humanitaria” es una versión moderna de lo que Rudyard Kipling argumentaba en el siglo XIX en cuanto a que “la obligación del hombre blanco” era “civilizar” a los pueblos del Tercer Mundo, lo que en esencia significa someterlos a la fuerza al colonialismo occidental.

OBJETIVOS DE LOS IMPERIALISTAS YANQUIS-OTAN

            Como señalan los Comunistas Revolucionarios (RK) de Alemania: “La OTAN es una alianza de guerra imperialista” (ver su selección, pp. 16-17). Las distintas potencias cooperan sobre ciertos objetivos mientras cada una persigue sus propios intereses nacionales y a veces conflictivos, inclusive por medio de la misma OTAN. Ante todo, bajo la batuta yanqui, hoy los aliados de la OTAN tienen un acuerdo para llegar a algún arreglo sobre Yugoslavia que ponga fin a los conflictos que amenazan con provocar un incendio en los Balcanes e integrar a más países en sus planes, especialmente Grecia y Turquía. Sin embargo, las acciones de un miembro de la OTAN, Alemania, fueron una causa importante del estallido de las varias oleadas de guerra en Yugoslavia en los años 90, cuando buscó ganar pie en Eslovenia dándole unilateralmente su reconocimiento diplomático para así incitarla a romper con la República Yugoslava. Cuando los hilos que unían el mosaico de los diferentes grupos étnicos, lingüísticos y religiosos que conformaban Yugoslavia comenzaron a desenmarañarse con el colapso del bloque soviético y los cambios en los alineamientos de poder en Europa central y oriental, Alemania simplemente encabezaba la pugna entre los imperialistas y las potencias de la región por apoderarse del máximo posible de lo que cada uno buscaba en la fluida situación que prevalecía entonces.

            Aunque todavía existe cierto consenso para elaborar un plan más definitivo que estabilice y frene los conflictos en Yugoslavia, cada potencia compite con fuerza para asegurar que esto se realice sobre una base que sea lo más favorable posible a sus intereses. Así, la OTAN actúa en medio de una compleja mezcolanza de alianzas y rivalidad por ganar posiciones entre las distintas potencias, donde cada una se ve obligada a volver a evaluar su posición en relación con los constantes realineamientos de la alianza en su conjunto, y respecto de otras fuerzas de la región, especialmente Serbia, y, de más importancia, con quien dirige la manada de lobos imperialistas: los yanquis. En cuanto a Rusia, las amenazas de Yeltsin de una “tercera guerra mundial” y su belicoso recordatorio de que Rusia aún posee el segundo arsenal nuclear más importante del mundo, tenían el propósito de hacer valer el peso de su país en aquel entorno a fin de asegurar una posición favorable en los acuerdos para “garantizar la paz” en la posguerra, y no tanto intención alguna de aniquilar Nueva York para salvar a sus “hermanos menores serbios”. Sin embargo, este tipo de bravatas gangsteriles pueden salirse de control, con consecuencias impredecibles.

            Los yanquis y sus aliados de la OTAN tienen un pacto para asegurar la viabilidad de la OTAN como fuerza militar. Con la desintegración del campo socialimperialista soviético y su alianza militar, el Pacto de Varsovia, la razón de ser de la OTAN en gran medida dejó de existir. Con la guerra contra Yugoslavia, busca ampliar su papel, incluidas lo que los imperialistas occidentales denominan operaciones “fuera de área”. En particular, el gobierno yanqui desea utilizar la guerra contra Yugoslavia como un medio importante para extender su influencia en los Balcanes y hacia el este. Por su parte, los gobernantes del “Nuevo Laborismo” en Inglaterra están desplegando asquerosos niveles de nostalgia por el viejo imperio. El ministro de Relaciones Exteriores inglés, Robin Cook, proclamó: “Ningún lugar del mundo está tan alejado como para ser ajeno a nuestros intereses de seguridad”, una nueva forma de la vieja consigna imperial “el sol nunca se pone sobre el imperio británico”. (Sobre el Estado italiano, ver la selección de la Organización Comunista de Obreros Rojos, pp. 16-17.)

            Finalmente, los imperialistas dirigidos por los Estados Unidos, con su guerra contra Yugoslavia, quieren demostrar sus hazañas militares y tecnológicas para intimidar no a sus títeres menores, como en la guerra del Golfo, y a los pueblos del mundo. Los imperialistas yanquis se han asegurado que todo mundo haya reconocido que ellos son el líder único de este tipo de guerra de alta tecnología. Buscan usar esta guerra para reforzar su posición como líder de la banda y advierten a todos que pueden infligir e infligirán un brutal castigo por desafiar sus intereses. El gobierno yanqui se decidió tan rápidamente al uso de la guerra por una razón importante: porque intensificar las iniciativas diplomáticas para resolver la situación de Kosovo inevitablemente habría permitido jugar un papel de más peso a los europeos y, especialmente, a los rusos. Con un arsenal militar muy superior al de las demás potencias imperialistas, la opción militar era una carta fuerte para los imperialistas yanquis, así que la jugaron, no por una preocupación humanitaria, sino a pesar de ella.

LA ALTERNATIVA INTERNACIONALISTA: OPONERSE A LA BURGUESIA PROPIA

            Algunos críticos de izquierda han dicho que oponerse a la guerra es una “pose” y un “acto inútil”; se burlan del impacto que dicha posición puede tener en el curso de la guerra, porque los que se oponen son pocos y dispersos y no existe una fuerza internacionalista revolucionaria importante en los propios Balcanes. Según su lógica, no existe otra elección que alinearse con uno u otro bando, que por lo común quiere decir con su propia burguesía, conforme al razonamiento “práctico” de que “lo mejor que podemos esperar es ayudar a los kosovares”.

            Ya sea por desesperación o por cinismo, este camino “práctico” sólo puede conducir al fortalecimiento de los imperialistas que son los responsables de esta guerra y cuyo dominio sólo conducirá a más guerras para defender su explotación y opresión. Los revolucionarios y cualquiera que esté en contra de esta guerra reaccionaria, deben denunciar las falsas proclamas de los imperialistas de tener una preocupación humanitaria por los kosovares, su hipócrita acoso de Milosevic y sus objetivos bélicos reales, y deben organizar su oposición a esta guerra. Sin todo eso, se renunciará a la responsabilidad de diferenciar entre los reaccionarios intereses de los imperialistas y los intereses del pueblo. Para hacerlo bien, se necesita el internacionalismo proletario para denunciar y oponerse a los rapaces intereses de la clase dominante de cada país y apoyar los intereses comunes de todos los oprimidos de la región y del mundo. Ninguna otra posición es digna de aquellos que representan a la clase cuyo destino es eliminar toda opresión y explotación.

            Esta posición tampoco es una especie de deber puro pero irrealista. Al iniciarse la I Guerra Mundial, cuando los vivas chovinistas a favor de las campañas de las potencias europeas habían ahogado las voces de oposición y los comunistas revolucionarios eran pocos y desorganizados, Lenin señaló proféticamente que, aunque la guerra había comenzado entre dos bloques de potencias igual de reaccionarias, no estaba escrito sobre piedra que tenía que acabar así. Los imperialistas de la OTAN ni son todopoderosos ni tienen todo bajo su control. Sus arrogantes declaraciones sobre su invencibilidad se contradicen con el hecho que, al principio de esta guerra, dijeron repetidamente que su enorme superioridad aérea obligaría a Milosevic a acudir a la mesa de negociaciones en pocos días. Se equivocaron entonces y, por ello, no quieren cometer errores mayores. Se han desencadenado fuerzas poderosas cuya mezcla e interacción son impredecibles. La guerra, como señaló Clausewitz, es la más caótica de las empresas humanas. Si bien es posible que logren imponer su voluntad en la región durante un tiempo, también es posible que queden empantanados y tengan que enviar fuerzas terrestres en condiciones desfavorables, con mayores riesgos, y para los revolucionarios, con mayores responsabilidades y oportunidades para movilizarse en su contra.

            Por supuesto que la OTAN no quiere empantanarse en Serbia; el espectro de que sus tropas terrestres pasen el invierno en las montañas yugoslavas sin duda les llena de preocupación. Pero ya han puesto mucho en juego en esta guerra, en especial la credibilidad de la OTAN. Como lo señalara el gurú del imperialismo yanqui, Henry Kissinger: “La cohesión de la OTAN está amenazada”. Pese a las vacilaciones que puedan haber tenido sobre su participación, ahora los imperialistas aceptan que no ganar, y no “dar la apariencia de ganar”, sería un desastre.

            En estas circunstancias y en una situación mundial de rápidos cambios, para poder movilizar a las masas para combatir los rapaces intereses de su propia burguesía (cuya campaña para reforzar su dominio sobre los oprimidos en los Balcanes sólo fortalecerá su dominio sobre los oprimidos “en el frente interno”), es crucial en los países de la OTAN echar por tierra el argumento de que no hay ninguna elección “realista” más que o bien la alianza bélica imperialista de la OTAN, o bien Milosevic y su reaccionario régimen asesino de albaneses. Es urgente enarbolar el estandarte del internacionalismo proletario para forjar la amplia unidad necesaria para combatir esta guerra y popularizar el principio de que cada retroceso de esta campaña bélica reaccionaria, cada golpe que sufre la OTAN, incluida la resistencia a la máquina de guerra en el propio país y fuera de él, debilita a sus propios amos imperialistas. En los Balcanes, este internacionalismo proletario es vital con el fin de despejar la espesa niebla de los intereses reaccionarios conflictivos que tapa los intereses comunes de todos los oprimidos de la región, y así impulsar la creación de un núcleo revolucionario internacionalista. Así, el internacionalismo proletario significa oponerse al enemigo principal, a los imperialistas de la OTAN, y, es más, a la opresión de los kosovares por el régimen serbio. No es posible oponerse eficazmente a la intimidación de Serbia por la OTAN y, a la vez, aceptar la intimidación de los kosovares por Serbia, o, como Marx afirmó, una nación que oprime a otra no puede ser libre.

            Con la construcción de una oposición internacionalista revolucionaria así a la vil guerra de la OTAN, se acerca el día cuando por medio de su propia guerra revolucionaria, el proletariado internacional pueda abrir el camino para que la humanidad ponga fin a la sociedad de clases, y liberar así al mundo de lo que Mao Tsetung denominó “ese monstruo de matanza entre los hombres”.