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Sobre el 150º Aniversario del Manifiesto Comunista
Comité del Movimiento Revolucionario
Internacionalista
Texto, con leves
revisiones, del discurso preparado por el Comité del Movimiento Revolucionario
Internacionalista y presentado por Un Mundo Que Ganar en dos seminarios
patrocinados por UMQG con motivo del 150º aniversario del Manifiesto
Comunista.
I. LA FUERZA DEL MANIFIESTO
PROVIENE DEL PROLETARIADO
Pocos escritos en la historia de la humanidad tienen el poder y
la elocuencia del Manifiesto Comunista. Y menos aún han cambiado
el curso de la historia misma.
Ni siquiera sus oponentes pueden negar que el Manifiesto Comunista
es una de las grandes obras de la literatura de la humanidad, y más allá
de toda duda el más influyente documento político que se haya escrito.
El documento presenta las más profundas ideas que jamás se hayan formulado,
como son la explicación de las raíces de la miseria de la sociedad actual,
los procesos que dieron lugar a esta sociedad y, lo más importante, la
posibilidad de crear un mundo sin explotación, con una claridad y precisión
que los mismos obreros revolucionarios pueden comprender y dominar, con
un poco de esfuerzo.
Pero las inspiradoras frases del Manifiesto Comunista no
pueden explicar, solas, su duradero impacto y su continua capacidad de
producir nuevos comunistas. A lo largo de toda la historia anterior se
han escrito grandes obras, incluyendo algunas que buscan ponerse del lado
de las masas contra la opresión de los déspotas y la crueldad de la miseria.
Pero ninguna tuvo ni pudo tener la misma atracción y fuerza del Manifiesto
Comunista.
El Manifiesto Comunista es reflejo del surgimiento de una
nueva clase en la historia humana, el proletariado, y es expresión de
su programa político y misión histórica, una clase que estaba entrando
en escena a mediados del siglo XIX, cuando fue publicado por primera vez.
Nunca desde que surgieron las clases, los trabajadores habían dejado de
luchar contra la explotación (como lo plantea el Manifiesto: “la
historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días
es la historia de las luchas de clases” [Todas las referencias al Manifiesto
son de la edición de Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1965.]).
Y una y otra vez surgieron programas políticos y líderes revolucionarios
que buscaban representar los intereses de los explotados y su lucha. Pero
sólo con el surgimiento del proletariado moderno, la clase que se opone
directamente a la clase dominante capitalista, y sobre cuya explotación
se basa la riqueza de la clase capitalista, ha sido posible formular y
realizar un programa político que apunte a abolir la misma existencia
de las clases.
Marx y Engels eran sólo dos personas, que apenas estaban llegando
a los 30 años de edad en la época en que escribieron el Manifiesto,
sin embargo, como señaló Mao Tsetung, pudieron predecir con confianza
el fin del sistema capitalista y su reemplazo por el comunismo. ¿Qué es
lo que hace que el optimismo revolucionario que brilla a través de las
páginas del Manifiesto Comunista sea tan diferente de las falsas
promesas de los charlatanes religiosos y de los intrigantes reformistas?
La principal diferencia es que Marx y Engels no sólo tuvieron “buenas
ideas”, pues sus ideas se basaban en la clase revolucionaria que emergía
en la sociedad, y estas ideas eran correctas. Ellos reflejaron y comprendieron
qué corresponde a la forma en que el mundo está actualmente organizado
y cómo avanza de una fase a otra. Si bien Marx y Engels sintetizaron el
vasto conocimiento que se había acumulado hasta entonces por los grandes
pensadores de otras clases, su capacidad para conocer el mundo estaba
ligada inextricablemente a su plena participación en el proceso de transformarlo.
En realidad, escribieron el Manifiesto mismo para lo que en esa
época era una pequeña organización naciente de obreros revolucionarios
en unos pocos países de Europa. Marx y Engels eran intelectuales de la
más alta calidad, pero eran intelectuales de un nuevo tipo, completamente
al servicio de la lucha proletaria en todas las esferas prácticas y teóricas.
Aunque en retrospectiva puede decirse que el sistema capitalista
estaba aún relativamente joven durante la vida de Marx y Engels, ellos
pudieron mostrar ya cómo este sistema estaba revolucionando el mundo,
creando las bases para su reemplazo por un sistema social superior. Denunciaron
la crueldad e hipocresía de las clases dominantes y la notoria contradicción
entre la inmensa concentración de capital en un polo, y, en el polo opuesto,
la concentración de miseria de la misma gente que producía esta riqueza.
Hoy, a escala mundial, esta contradicción es aún más pronunciada que cuando
Marx y Engels primero la señalaron.
Hoy rigen al mundo las leyes básicas que Marx y Engels descubrieron
y bosquejaron en el Manifiesto. Los capitalistas han concentrado
riqueza y fuerzas productivas en sus manos a un grado tal que hubiera
sorprendido incluso a Marx y Engels y, al mismo tiempo, constantemente
crean nuevas legiones de proletarios en todos los rincones del planeta.
La denuncia que le hizo el Manifiesto Comunista al capitalismo
nunca ha sido más cierta que hoy. Nunca en la historia de la humanidad
ha sido la división de la riqueza tan extrema, tan notoria, tan indignante.
Mientras que diariamente 50.000 niños mueren en el mundo de enfermedades
prevenibles y de desnutrición, acaparan enormes cantidades de leche en
Europa por falta de un mercado y centenares de médicos estadounidenses
altamente entrenados concentran su actividad en la liposucción y la cirugía
cosmética. El Manifiesto Comunista describió por primera vez el
carácter absurdo de la crisis cuando, como planteó Marx, “diríase que
el hambre, que una guerra devastadora mundial han privado a la sociedad
de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen
aniquilados”. Pero, ¿por qué? No por falta de riqueza sino porque, como
planteó Marx, “posee demasiada civilización, demasiados medios de vida,
demasiada industria, demasiado comercio”. Hoy cientos de millones de personas
están de nuevo reviviendo esta absurda pesadilla. ¿Acaso podemos llegar
a una conclusión diferente de la de Marx y Engels, de que “la burguesía
ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la
sociedad”?
II. UNA LINEA BASICA PARA
EL MOVIMIENTO PROLETARIO
Aunque el Manifiesto Comunista fue escrito hace 150 años
en un mundo que parece muy diferente al de hoy, un obrero consciente de
clase que lea el Manifiesto hoy no puede menos que impactarse por
la clara y decidida dirección que Marx y Engels le dieron al desarrollo
del movimiento obrero. El Manifiesto Comunista, al igual que el
movimiento obrero que Marx y Engels dirigieran, era, en una palabra, revolucionario.
El Manifiesto presenta un cuadro del movimiento de la clase
obrera que no tiene nada que ver con la concepción y práctica reformistas
y revisionistas. Marx y Engels rechazaron completamente la idea de que
el movimiento obrero debe apuntar a simplemente mejorar las condiciones
de la clase obrera, elevando lo que le pagan por su mano de obra mientras
que deja intacto el sistema basado en la compra y explotación de la mano
de obra.
El Manifiesto señala que la lucha de clases debe tomar la
forma de lucha política y que esta lucha política debe apuntar a establecer
al proletariado como la clase dominante. A su vez, el propósito del Poder
revolucionario del proletariado debe ser transformar el mundo de arriba
a abajo, paso a paso, hasta que no quede ningún rastro del viejo orden
explotador y no haya posibilidad de que tal sistema sea reestablecido
alguna vez. Este Poder al servicio de la gran mayoría de la sociedad es
la dictadura del proletariado.
El Manifiesto Comunista es clarísimo: el movimiento comunista
busca abolir la propiedad privada, abolir a la burguesía como clase y
abolir las condiciones en las que un sector de la sociedad, la mayoría,
está esclavizado a una minoría, a los propietarios de los medios de producción.
Se tendrá que “hacer saltar toda la superestructura formada por las capas
de la sociedad oficial”. Engels enfatizó, en su prefacio al Manifiesto
Comunista, que la historia ha alcanzado el punto en el que “el proletariado
no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía),
sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de
la explotación, la opresión y las luchas de clases”. Y el Manifiesto
recalca que la revolución comunista también representa la “ruptura más
radical” con el sistema de ideas, o ideologías, que se han construido
sobre la base de miles de años de sociedad de clases y justifican y refuerzan
la explotación.
La historia de nuestro movimiento proletario desde el Manifiesto
Comunista ha demostrado cuán difícil y prolongada será esta lucha.
Dos veces el proletariado ha podido conquistar el Poder y comenzar seriamente
el proceso de transformar la sociedad, primero en la Unión Soviética bajo
el liderato de Lenin y Stalin y luego en China bajo el liderato de Mao,
los tres más importantes sucesores de Marx y Engels. Se dieron tremendos
pasos para desencadenar a las masas populares, dirigidas por el proletariado
y su partido de vanguardia organizada, a comenzar el proceso de transformar
la sociedad y deshacerse de todos los vestigios de miles de años de explotación.
En los países que fueron socialistas, donde la clase obrera estuvo
dominando, hubo quienes abandonaron el programa del Manifiesto
de marchar adelante hacia una sociedad sin clases. Ya fuera el plato de
goulash caliente [papas cocidas con carne de vaca adentro, alusión al
falso comunismo] que Jruschov les prometió a los obreros de la Unión Soviética,
o la “modernización” que Deng Xiaoping les prometió a las masas en China,
el tema básico era el mismo: la revolución ya ha ido bastante lejos, la
tarea de los obreros y campesinos es producir. Sabemos que esto significó
la restauración del capitalismo, la toma del Poder por una nueva clase
dominante capitalista, y el sometimiento de las masas y de toda la sociedad
a las despiadadas leyes del capitalismo. Al final, el goulash no fue para
todos y la modernización significó miseria moderna para la mayoría. El
horror de la restauración capitalista en China, la increíble explotación
y opresión en la que fuera la luminosa avanzada del dominio de la clase
obrera, es una amarga pero vital lección de la que todos debemos aprender.
Luego de la pérdida del dominio de la clase obrera en la URSS en
1956, Mao Tsetung, el líder de la revolución china, estudió el problema
de cómo mantenerse en el camino del Manifiesto Comunista, cómo
hacer retroceder y derrotar a quienes restituirían el sistema de esclavitud
asalariada en una forma u otra. Mao luchó duro por armar a los obreros,
campesinos e intelectuales revolucionarios de China con la perspectiva
comunista desarrollada inicialmente por Marx y Engels: que la tarea era
nada menos que la lucha por la abolición de las mismas clases.
Mao entendió que no era posible establecer inmediatamente la sociedad
comunista por la que Marx y Engels lucharon. Pero él estaba decidido a
dar pasos sucesivos en esa dirección, para socavar pedazo a pedazo el
piso de la vieja sociedad, las características económicas, políticas,
sociales e ideológicas del viejo sistema de explotación que aún no habían
sido transformadas. Y él sabía que llevar a cabo esta revolución necesariamente
tendría una violenta oposición de parte de una nueva burguesía surgida
de dentro del Partido Comunista mismo, que sería necesario que las masas
derribaran esta burguesía una y otra vez y continuaran la revolución.
La forma que descubrió Mao para resolver el problema de continuar
la marcha hacia el comunismo, o en otras palabras continuar la revolución
bajo la dictadura del proletariado, fue la Gran Revolución Cultural Proletaria.
Bajo el liderato de Mao y el cuartel general revolucionario proletario
dentro del Partido Comunista, obreros y campesinos y una nueva generación
de intelectuales revolucionarios se levantaron y retomaron aquellas partes
del Poder que habían usurpado los seguidores del camino capitalista, como
eran conocidos aquellos que querían regresar al capitalismo.
La Revolución Cultural fue un nuevo Manifiesto Comunista,
un manifiesto en los hechos. Fue un llamado a la clase obrera y a los
oprimidos de todo el mundo con la misma clara y asombrosa visión de una
sociedad ya no dividida entre explotadores y explotados, una sociedad
en la que las masas, consciente y colectivamente, son dueñas de la misma
capacidad productiva que han creado en sucesivas generaciones en vez de
ser sus prisioneros, de modo que pueden utilizar su capacidad para transformar
y liberar a la sociedad y hacer avanzar al mundo a una etapa con que hoy
sólo podemos soñar. Pero nuestro sueño se basa en un sólido análisis de
lo que moldea y transforma la sociedad. Mediante el gigantesco levantamiento
revolucionario de la Revolución Cultural, el sueño sumamente científico
de Marx y Engels comenzó a perfilarse cada vez más a medida que el blanco
y negro de la teoría adquirió los vivos colores de la lucha revolucionaria.
Y fue en este grandioso crisol de lucha que nuestra ciencia revolucionaria
alcanzó una nueva, tercera y superior etapa: el marxismo‑leninismo‑maoísmo.
Desde el comienzo, la lucha entre marxismo y oportunismo se ha
centrado en esta cuestión, en si el movimiento obrero se atreve a convertirse
y tiene que convertirse en un movimiento por el derrocamiento revolucionario
de todas las condiciones sociales existentes, si se atreverá a “hacer
saltar toda la superestructura formada por las capas de la sociedad oficial”,
si se atreverá a establecer su propia dictadura, su propio dominio, si
utilizará y mantendrá este dominio para transformarse a sí mismo y a todo
el mundo. ¿Goulash caliente y modernización o un mundo completamente nuevo,
el mundo por el que Marx y Engels lucharon o la explotación de Jruschov
y Deng y sus secuaces? Los socialdemócratas de ayer, los Verdes de hoy,
los ex “marxista‑leninistas” que han tomado el camino parlamentario:
todos estos oportunistas y revisionistas, producidos por hornadas en esta
sociedad, comparten la imposibilidad de ver más allá de una sociedad basada
en la explotación y opresión. De hecho, sea intencionalmente o simplemente
por el curso de los acontecimientos, ellos sólo acaban buscando presidir
y beneficiarse del festín capitalista del trabajo humano.
Es natural que la división entre marxismo y oportunismo también
se exprese muy agudamente en la lucha sobre el programa. No es de sorprenderse
que aquellos que han abandonado la lucha por derrocar el sistema de esclavitud
asalariada y en cambio tratan de centrar la atención del trabajador en
mezquinas reformas, descarten la proclama del Manifiesto a “derrocar
por la violencia todo el orden social existente”.
Lenin libró una fiera batalla contra los supuestos marxistas de
su tiempo que se oponían al derrocamiento revolucionario de la clase dominante
y al establecimiento de la dictadura del proletariado. Estos revisionistas
alegaban que en vez de destruir la vieja máquina del Estado, de alguna
forma la clase obrera y las masas podían tomar este mismo Estado reaccionario
por medios pacíficos y utilizarlo para introducir gradualmente reformas.
(Engels mismo, en una introducción a una edición posterior del Manifiesto
Comunista escrita tras la Comuna de París de 1871, el primer intento
de revolución proletaria, recalcó que la lección de la derrotada Comuna
era la necesidad de acabar a la vez con toda la máquina estatal existente.)
Posteriormente, Mao sintetizó este punto en su brillante acotación
de que “el Poder nace del fusil”. Dondequiera que estén los comunistas,
ellos trabajan por la revolución proletaria. Dondequiera que estén los
revisionistas y oportunistas, ellos se oponen a esta revolución (en verdad,
éste es su papel específico, por el que son bien recompensados por las
clases dominantes).
Sin embargo, simplemente empuñar las armas no resuelve la cuestión
de para qué clase y con qué propósito. Los comunistas empuñan las armas
de parte del proletariado y con la perspectiva de barrer con toda sociedad
de clases. Otras fuerzas de clase pueden combatir a las clases dominantes
con las armas, pero lo hacen sin la perspectiva de poner fin a la explotación
y a la sociedad de clases.
III.
EL IMPERIALISMO, FASE SUPERIOR Y ULTIMA DEL CAPITALISMO
El mundo que vemos alrededor nuestro hoy es el resultado natural
del mundo capitalista lo que analizaron primero Marx y Engels en el Manifiesto.
Marx y Engels hablaron de industrias que ya no se basaban en materiales
locales sino en “materias primas venidas de las más lejanas regiones del
mundo” cuyos productos “se consumen en todas las partes del globo”. Hablaron
de cómo “la producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio
común de todas”. Hoy, esta tendencia del capitalismo a unir al mundo en
un solo conjunto se ha convertido en una de sus más notorias e innegables
características. La brillantez de Marx y Engels y la validez del análisis
marxista las realza la habilidad de Marx y Engels para delinear este desarrollo
cuando este proceso aún estaba en sus etapas iniciales.
Cuán cierta, cuánto más claramente cierta que nunca, es la afirmación
del Manifiesto de que el afán de ganancia impulsa a la burguesía
a “anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos
en todas partes”. Ha convertido su sistema de explotación en el indiscutido
amo del planeta.
Pero Marx y Engels no eran adivinos. Fue sólo después de su muerte
que el proceso de desarrollo y expansión capitalistas que ellos describieron
iba a alcanzar un nivel cualitativamente nuevo, el sistema que conocemos
hoy. V.I. Lenin, el líder de la Revolución de Octubre de 1917 que estableció
el primer gobierno proletario sostenible en la Unión Soviética, descubrió
y explicó las características y leyes del capitalismo en su fase superior
y última, y lo llamó imperialismo o capitalismo monopolista. Esta fue
una de las muchas grandes contribuciones de Lenin para desarrollar la
ideología revolucionaria del proletariado a su segunda etapa, el marxismo‑leninismo.
Lenin analizó el imperialismo sobre la base de las enseñanzas de
Marx y Engels, no en oposición a ellas. El combatió duro contra aquellos
de su tiempo que decían que el imperialismo había puesto fin al carácter
anárquico del capitalismo. Demostró en la teoría y probó en la práctica
que el imperialismo no había acabado con la posibilidad de revolución
de la clase obrera sino que, por el contrario, había madurado las condiciones
para el derrocamiento del capitalismo. Y mostró cómo la transformación
del capitalismo en imperialismo había extendido la revolución proletaria
de sus comienzos en los países capitalistas avanzados a un fenómeno verdaderamente
mundial. El planteamiento del Manifiesto de que el más importante
producto del capitalismo son sus propios sepultureros, fue más que confirmado
a medida que nuevas legiones de sepultureros se crearon en países por
todo el planeta.
Lenin mostró cómo la despiadada competencia del capitalismo descrita
por Marx y Engels ha alcanzado una forma en la que un puñado de potencias
imperialistas se reparten el mundo. Y él mostró cómo esto lleva a las
potencias imperialistas a ir a la guerra, no sólo contra los pueblos oprimidos
que ellas necesitan explotar y dominar sino también contra sus rivales
imperialistas. A los horrores del capitalismo descritos por Marx y Engels
se les ha unido un nuevo crimen monstruoso, la guerra mundial. De hecho,
en la época imperialista se han dado dos de tales horrendos conflictos
en los que se masacraron decenas de millones de personas. A menos que
su sistema sea destruido, tarde o temprano el sistema imperialista amenazará
de nuevo a la humanidad con la guerra mundial. ¿Acaso esto solo no es
prueba suficiente de que, como lo señala el Manifiesto, “La sociedad
ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia
de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad”?
Marx y Engels mostraron cómo los tentáculos del capitalismo se
estaban extendiendo a todos los rincones del planeta y cómo se ha subordinado
los “pueblos campesinos” a los “pueblos burgueses, el Oriente al Occidente”.
La subordinación de los países menos desarrollados de Asia, Africa y América
Latina al puñado de países imperialistas es una de las más importantes
características del imperialismo que analizara Lenin. Y él comprendió
las profundas implicaciones que estos sucesos tenían para el desarrollo
del movimiento obrero.
Con las superganancias extraídas de la explotación de los pueblos
oprimidos, el capitalismo podía sobornar a un sector de los obreros en
los países avanzados y adormecer a algunos otros. Mientras que oprime
y explota a un sector de los obreros aún más ferozmente, mientras que
la falta de techo se ha convertido en epidemia en los países más ricos,
otros sectores de la clase obrera compran acciones y se les permite elevarse
a una posición de clase media a cambio de su leal servilismo a “su propia”
clase dominante. Los oportunistas y revisionistas son los representantes
y voceros de este sector privilegiado. Los comunistas revolucionarios
son los representantes y voceros del proletariado que el Manifiesto
describe como que “no tienen nada que perder más que sus cadenas”.
Bajo el imperialismo, los capitalistas exportan no sólo sus productos,
sino el mismo capital a los países que dominan. Buscan no sólo materias
primas sino más que todo chupar la misma plusvalía creada por los crecientes
sectores del proletariado en los países dominados.
A dondequiera que van los imperialistas integran las sociedades
existentes a su sistema mundial de explotación. Introducen el desarrollo
capitalista en estos países, pero es un desarrollo de un tipo especial,
subordinado al capital imperialista y que incorpora y refuerza muchas
de las características atrasadas de las anteriores formas de explotación.
De este modo, los pantalones de mezclilla diseñados en los Estados Unidos
pueden coexistir muy cómodamente con la quema de esposas en la India,
los tiranos locales pueden seguir teniendo el Poder en el campo en México
o el Perú y utilizar los últimos computadores y los programas de Microsoft
para contabilizar y organizar su infame botín.
Mao Tsetung analizó la sociedad china sobre la base de la descripción
de Marx y Engels del capitalismo y de las enseñanzas de Lenin sobre el
imperialismo. Mostró cómo la penetración del imperialismo en China había
llevado a lo que él describió como “semifeudalismo”. La introducción de
las relaciones capitalistas había transformado la vieja sociedad feudal
sustancialmente pero no por completo, y ésta seguía siendo blanco de la
revolución, junto con la clase capitalista burocrática del país y la dominación
imperialista.
Mao aprehendió el planteamiento esencial en el Manifiesto
de que “los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario
contra el régimen social y político existente”. Él mostró cómo en las
condiciones concretas de China esto significaba que la clase obrera podía
y debía organizar a todo el pueblo, y especialmente al vasto campesinado
de China, para llevar a cabo una revolución democrática con el fin de
barrer estos blancos. Si bien tal revolución sería burguesa en que no
busca inmediatamente abolir el capitalismo, debía ser una revolución democrático‑burguesa
de nuevo tipo. Esto significaba que la debía dirigir el proletariado como
parte de la revolución proletaria mundial en general. Abriría la puerta
a la revolución socialista. Esto es exactamente lo que Mao hizo. La guerra
prolongada que Mao condujo a librar a las masas chinas difundió el mensaje
del Manifiesto por todas las naciones oprimidas.
Hoy se habla mucho sobre “globalización”. En efecto en poco más
de una década los imperialistas han desencadenado otra andanada en la
expansión e intensificación de su sistema mundial de explotación. Exigen
que todas las naciones se arrodillen ante su dios de la libertad de inversión.
El FMI dicta la política social a los gobernantes de los países oprimidos
seguramente de la misma manera que las antiguas potencias coloniales lo
hacían a sus gobernadores y virreyes. Cuando el sistema imperialista lo
exige tiene que cambiar hasta la misma dieta de la gente en todo el mundo,
la Coca Cola tiene que reemplazar al agua de coco. Pero, como vemos hoy
en Indonesia, los campesinos tienen que volver a comer la corteza de los
árboles como lo habían hecho sus abuelos en las hambrunas de una época
anterior. En un mundo en el que muchas enfermedades se dejan sin tratar,
los imperialistas están agitando el estandarte de la “propiedad intelectual”
para asegurarse de que no se produzca ninguna vacuna sin que los grandes
monopolios obtengan sus ganancias. Y no sólo dominan al mundo con leyes
y reglas en aras de sus propios intereses. No dudan en recurrir al abierto
terror, enviando a sus tropas y bombarderos como lo han hecho en Panamá,
Somalia, Afganistán, Irak y muchos otros lugares nada más en la última
década.
Aunque están surgiendo constantemente nuevas características, en
los hechos este nuevo mundo de globalización es solamente el mismo viejo
mundo de capitalismo e imperialismo que el marxismo‑leninismo‑maoísmo
ya ha analizado y condenado. La globalización tampoco ha cambiado el análisis
básico que hizo Mao de la compenetración del imperialismo, el feudalismo
y el capitalismo burocrático. Sin duda el sello del capitalismo mundial
se ha grabado más profundamente en la carne de las naciones oprimidas.
Pero el imperialismo de ninguna manera ha erradicado las características
remanentes de las anteriores formas de explotación, no capitalistas; si
bien se trasforman o eliminan algunas de estas formas, se refuerzan otras.
La globalización no ha eliminado la división entre países oprimidos y
países opresores, la ha hecho mucho más notoria. Ni la globalización eliminó
la necesidad de la Revolución de Nueva Democracia que Mao explicó; ha
vuelto tanto más necesaria esa revolución para liberar a las naciones
oprimidas. La globalización no ha eliminado las bases para la Guerra Popular;
ha hecho que el lanzamiento de tales guerras sea una tarea sumamente urgente.
IV. ¿QUE HA MUERTO Y QUE NO?
Al comienzo de esta década la Unión Soviética y el bloque del Este
se derrumbaron por completo. Pero ¿qué se derrumbó? No la auténtica sociedad
socialista, que Jruschov había enterrado hacía décadas. El monstruo militar
de la era de Brézhnev no tenía nada que ver con el socialismo. Era, como
lo llamó Mao, una potencia socialimperialista, una potencia imperialista
impulsada por las mismas leyes de cualquier otra mientras que se ocultaba
bajo la más fina capa de pintura roja. ¿Cómo puede lamentar el proletariado
del mundo el derrumbe de uno de sus más grandes enemigos? El desastroso
final de los falsos comunistas del bloque soviético ayuda a aclarar qué
es el comunismo y qué no. Con la desbandada de aquellos que desde hacía
tiempo habían convertido en una burla la meta de Marx y Engels de la sociedad
sin clases, existe allí la base para que el mensaje del Manifiesto
resuene aún más fuertemente e inspire a una nueva generación de revolucionarios
proletarios.
Pero no puede haber duda de que los enemigos de clase continuarán
utilizando el derrumbe de la URSS para ridiculizar y declarar muerta nuestra
auténtica ideología comunista. La ideología del marxismo‑leninismo‑maoísmo
triunfará, pero sólo librando una fiera y prolongada batalla contra sus
enemigos en la esfera de las ideas así como en la práctica.
Se ha vuelto de moda en los años 90 prodigar insulto tras insulto
contra nuestra ideología revolucionaria y calumniar a los grandes líderes
que nuestra clase ha dado. Como Marx y Engels lo plantearon en el Manifiesto,
“las ideas dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las
ideas de la clase dominante”. En todos lados donde llegan sus ondas de
televisión, las masas son bombardeadas con la idea de que la codicia y
la avaricia son las más elevadas virtudes humanas. Subestiman cínicamente
toda idea de que las masas colectiva y voluntariamente se cambien a sí
mismas y cambien el mundo. Así que ¿por qué sorprenderse de que muchos
diferentes tipos de personas repitan como loros la palabrería capitalista
contra los comunistas? Esta gente, incluyendo ex revolucionarios, se consideran
muy brillantes, aunque con frecuencia sólo están vomitando los vilipendios
de una clase dominante que tiene todo que perder en una revolución comunista.
La burguesía chilla que nuestra ideología está “pasada de moda” cuando,
de hecho, ellos son unos don nadies ideológicos comparados con gigantes
proletarios como Marx y Engels. Hoy el nivel a que ha descendido la burguesía
en la estrechez ideológica, el oscurantismo y el egoísmo no conoce límites.
Aunque en el pasado la burguesía tuvo que combatir a la Iglesia, hoy ha
descubierto el “alma” en el feto. ¡Y nos tachan a nosotros de pasados
de moda!
Las masas seguirán luchando, no pueden hacer otra cosa. Las mismas
condiciones del imperialismo, el funcionamiento del capitalismo mismo,
obligan al proletariado a combatir a la burguesía, exigen que las naciones
oprimidas opongan resistencia al imperialismo, y llevan a las mismas potencias
capitalistas a intensificar sus rivalidades, con toda la miseria inmediata
y el peligro a largo plazo que este conflicto conlleva para la sociedad
humana.
La lucha de clases no puede abolirse sin abolir la explotación
de clases que da lugar a ella. No se trata de si el proletariado y las
masas lucharán, sino ¿con qué programa, con qué ideología y con qué liderato?
La historia ha mostrado una y otra vez que sin el liderato del
marxismo‑leninismo‑maoísmo, las luchas del proletariado y
el pueblo o fracasarán o acabarán pervertidas en un mero instrumento para
dejar que un conjunto de explotadores reemplace a los viejos. Lisa y llanamente:
o los auténticos comunistas logran dirigir al pueblo a librar la guerra
popular como parte de la batalla mundial para eliminar al imperialismo
y la reacción, o los obreros, campesinos y otras masas revolucionarias
seguirán falsas banderas, y sus sacrificios y sufrimiento no les llevarán
a la emancipación.
Nada más veamos a Vietnam, donde el pueblo libró una de las más
heroicas luchas de la historia. Debido a que el liderato de la lucha en
Vietnam perdió, o nunca realmente tuvo, la cabal perspectiva revolucionaria
del Manifiesto, la revolución acabó en un lamento. No sólo que
ese país no avanzó en la dirección de la sociedad sin clases, sino que
incluso se minó el gran logro de la guerra, la derrota del imperialismo
yanqui, porque el liderato ha tenido que humillarse ante los mismos yanquis.
¡Incluso tuvieron que pagar indemnizaciones a los criminales de guerra
imperialistas por el “privilegio” de un puesto en el “nuevo orden mundial”
imperialista!
En última instancia, o la burguesía o el proletariado dominará
el planeta. O el sistema imperialista mundial prevalecerá haciendo uso
de todo tipo de reacción y atraso, o el sistema socialista será establecido
en todos los países y los pueblos del mundo juntos avanzarán hacia la
futura sociedad comunista sin clases. La victoria de la revolución proletaria
en países específicos debe verse en este contexto.
Los países socialistas que construyamos deben ser escalones para
el avance hacia el comunismo, bases de apoyo para el avance de las luchas
populares en todas partes. El enemigo imperialista entiende esto bastante
bien, y no hay duda de que en el futuro, como lo hizo en el pasado, invadirá,
hostigará y tratará de matar de hambre a cualquier régimen socialista
auténtico. La clase obrera y los oprimidos tienen que tomar el Poder cuandoquiera
y dondequiera que sea posible, y esto será más probablemente en un país
o en un grupo de países en un momento. Pero nuestra visión y nuestro programa
nunca se detendrán en la frontera de un solo país. Podemos y debemos “conquistar
el mundo”, o tarde o temprano perderemos todo.
Desde la misma publicación del Manifiesto Comunista Marx
y Engels vieron la lucha de la clase obrera como una lucha internacional,
y se esforzaron por construir la organización internacional del proletariado.
Para Marx y Engels la necesaria lucha de cada proletariado contra su “propia”
burguesía era sólo la forma, mientras que la esencia era una lucha internacional
contra todo el modo de producción capitalista. Marx y Engels consideraron
que el reconocimiento del carácter internacional de la lucha y de la meta
final del comunismo mundial constituían el principal deslinde con otros
movimientos políticos que actúan a nombre de la clase obrera.
Con este espíritu, Marx y Engels jugaron un papel dirigente en
la Liga de los Comunistas, que agrupó a las nacientes organizaciones obreras
de Europa. Posteriormente, luego de la muerte de Marx, Engels iba a ser
una figura clave en la II Internacional. Tras la victoria de la Revolución
de Octubre en Rusia, Lenin, quien nunca perdió de vista su perspectiva
internacionalista ni la meta comunista, dirigió la organización de la
Tercera Internacional o Internacional Comunista, que difundió magistralmente
el comunismo a todos los rincones del planeta. Fue el centro práctico
de la lucha proletaria mundial; organizó y dirigió, por ejemplo, a las
Brigadas Internacionales, obreros de todo el mundo que viajaron a España
a combatir al lado de sus hermanos y hermanas de clase contra el fascista
régimen de Franco.
Hoy es cada vez más sentida la necesidad de una nueva Internacional
Comunista. Tiene que haber un centro político que agrupe a todos los auténticos
comunistas del mundo, basado en la ideología revolucionaria del marxismo‑leninismo‑maoísmo,
capaz de unir y concentrar la fuerza de nuestra clase a nivel internacional,
permitiendo que las experiencias y luchas de los obreros y oprimidos en
un país se conviertan en propiedad común de los revolucionarios de todo
el mundo. Contra un enemigo internacional y organizado, necesitamos nada
menos que la organización internacional del movimiento comunista. La clara
e inequívoca visión internacionalista del Manifiesto tiene que
ser una vez más el principio guía para todas las fuerzas comunistas del
mundo.
El Movimiento Revolucionario Internacionalista, MRI, fue formado
en 1984 y se impuso la tarea de ayudar a formar tal Internacional. Al
comienzo era sólo un relativo puñado opuesto no sólo al enemigo imperialista
sino también a las principales corrientes que se decían “comunistas”,
como son los revisionistas de la antigua URSS y del bloque del Este; los
nuevos usurpadores que tomaron el Poder en China tras la muerte de Mao
en 1976 y derrocaron su legado; y otras tendencias tales como aquellas
que seguían a Enver Hoxha de Albania, quien aprovechó la derrota en China
para lanzar un ataque frontal contra el maoísmo.
Hoy, casi quince años después, podemos ver que las fuerzas auténticamente
maoístas han avanzado. La Guerra Popular en el Perú, que estaba apenas
en su infancia cuando se formó el MRI, creció al punto en que la posibilidad
de que tomara el Poder en todo el país era un gran temor no sólo para
los círculos gobernantes de ese país sino también para sus amos yanquis.
Aunque la posterior captura del líder de la revolución peruana, el Presidente
Gonzalo, llevó a un “recodo en el camino” de la lucha, los camaradas del
Partido Comunista del Perú han continuado la batalla, no sólo contra las
reaccionarias clases dominantes sino también contra aquellos que anteriormente
estaban en las filas revolucionarias y que ahora exigían que se parara
la guerra y se llegara a un acuerdo con el enemigo.
En 1996, se abrió un glorioso capítulo cuando el Partido Comunista
de Nepal (Maoísta) lanzó una Guerra Popular, que se ha ido extendiendo
rápidamente por todo el país y ahora involucra a amplios sectores del
pueblo en la lucha contra la vieja sociedad. En Turquía y Bangladesh,
los camaradas se están esforzando por elevar a un nuevo nivel la lucha
armada revolucionaria iniciada por Ibrahim Kaypakkaya (fundador del TKP
ML) y Sihar Sikdar (fundador del PBSP). También en otros países los partidos
y organizaciones participantes en el MRI están preparándose para iniciar
la Guerra Popular de acuerdo con las condiciones y el camino correspondientes
para países específicos.
Fuera de las filas del MRI hay otras fuerzas maoístas que también
han estado avanzando en el camino revolucionario. En las Filipinas, la
Guerra Popular comenzada hace una generación, ha tomado nueva vida y dinamismo
luego de la campaña de rectificación lanzada por el liderato del Partido
para restaurar y revitalizar la visión y el programa marxista‑leninista‑maoístas
bajo los cuales se fundó el Partido. En la India, varias organizaciones
maoístas continúan enarbolando el estandarte revolucionario de Naxalbari
librando la lucha armada revolucionaria.
De este modo, si bien puede decirse que las fuerzas maoístas aún
son débiles en comparación con el enemigo imperialista, también puede
decirse que las fuerzas maoístas están creciendo no sólo en fuerzas sino
también en su concepción y en su unidad. ¿Y dónde están nuestros oponentes
ahora? ¿Dónde están los revisionistas prosoviéticos, los seguidores de
la línea de China de capitulación y restauración del capitalismo? ¿Dónde
están los proalbaneses detractores de Mao? Es una buena medida de su éxito
el que los auténticos seguidores del Manifiesto, que no se basan
en nada más que en las masas y en la justeza de su línea ideológica y
política, han podido resistir e incluso crecer ante la tormenta anticomunista
mientras que los revisionistas que tenían Estados e incluso imperios a
su disposición se han derrumbado.
Pero esto no significa que la lucha ideológica contra el falso
marxismo, o revisionismo, haya acabado. El oportunismo existirá mientras
que exista en el mundo su base de clase. Y la lucha por la línea de la
revolución proletaria, del marxismo‑leninismo‑maoísmo, es
una constante lucha de vida o muerte para todo el movimiento comunista
internacional. La Internacional Comunista de nuevo tipo por la que estamos
luchando se construirá no evitando disputas entre marxismo y revisionismo,
sino sobre la base de una clara y decisiva victoria del marxismo‑leninismo‑maoísmo
sobre todos sus enemigos, abiertos o disfrazados.
Aunque la lucha por esta nueva Internacional sin duda será prolongada,
compleja y difícil, este proceso ya ha comenzado.
En este año del 150º aniversario del Manifiesto Comunista
debemos reafirmar nuestro compromiso de apuntar a nada menos que a un
mundo completamente nuevo, sin explotación. Permítasenos finalizar con
la viva conclusión del Manifiesto:
Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos.
Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando
por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes
tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada
que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que
ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!
Campaña Mundial de Fondos
De Todos los Rincones del Mundo
Una parte de esta campaña
es que el MRI está haciendo un llamamiento a gente de muchos sectores
sociales en todos los países, a dar medio día de salario. Aunque esto
no corrige los grandes desequilibrios entre los países, va en esa dirección
y representa un sacrificio para todos, sin importar en qué lado de los
tentáculos del imperialismo nacieron.
¡Juntar Fondos para el MRI!
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