UN MUNDO QUE GANAR
 

Sacar a la Luz los Años de Stalin


Stalin's Industrial Revolution: Politics and Workers, 1928-1932

Hiroaki Kuromiya

(Cambridge University Press, 1990)


The Best Sons of the Fatherland: Workers in the Vanguard of Soviet Collectivization

Lynne Viola

(Oxford University Press, 1987)


B.W.

En los últimos años, los gobernantes actuales de la ex Unión Soviética han repudiado abiertamente todo el período de socialismo en la URSS y han adoptado formas políticas y económicas abiertamente capitalistas para su gobierno en varias repúblicas. Una parte importante de esta evolución ha sido reescribir la historia para justificar y promover estos cambios, convencer a los oprimidos de ahí y del mundo de que el socialismo fracasó, y de que no tienen ninguna alternativa ante el capitalismo. Ahora retratan la época del tsarismo como una edad de oro cuyo gran potencial se echó a perder debido a la “aberración” de la Revolución Bolchevique que llevó a los que hoy se llaman los “días oscuros” del gobierno de Stalin.

Estos acontecimientos subrayan la importancia de una nueva tendencia de los historiadores occidentales conocida en círculos académicos como “revisionistas”, no porque “revisen” al marxismo-leninismo sino porque revisan las historias del “totalitarismo” de la URSS las cuales han predominado por mucho tiempo en el Oeste1. Por un lado, las historias del totalitarismo pintan a la URSS bajo Lenin y sobre todo bajo Stalin como objeto de la férrea voluntad de un solo déspota, y a las masas como simplemente víctimas sumisas; por el otro, los “revisionistas” señalan el papel de las diferentes fuerzas de clase en la URSS en el período socialista, incluyendo varios logros de los revolucionarios. Uno de estos autores, H. Kuromiya, describe esta tendencia: “Estas obras [revisionistas] presentan a la revolución no simplemente como una revolución desde arriba sino como una que en cierta medida fue impulsada y apoyada `desde abajo'. Los historiadores occidentales han dado por sentado tan a ciegas que Stalin intimidaba y aterrorizaba a toda la población, que en la mayoría de los casos se les ha escapado el tema del apoyo popular”. Estos historiadores no se dicen revolucionarios, y no lo son. Como da a entender Kuromiya, no ven el Estado como la dictadura de una clase u otra, sino como una arena donde diversas clases ejercen variados niveles de influencia. Ni su meta es analizar cómo se puede reemplazar la sociedad capitalista; más bien, procuran ser fieles a un punto de vista estático de la sociedad, como un conjunto de intereses sociales distintos y a veces conflictivos. Consideran que este modelo corresponde más a la verdad que el de la dominante escuela totalitaria de historiadores. Pero a pesar de su punto de vista fundamentalmente erróneo, esta escuela de historiadores ha hecho un análisis fresco de muchos sucesos cruciales en la construcción del socialismo en la URSS. Esta reseña tratará dos textos recientes.


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The Best Sons of the Fatherland, de L. Viola [Los mejores hijos de la patria: Obreros en la vanguardia de la colectivización soviética], es la historia de una campaña convocada por el Partido Bolchevique en 1929 para enviar 25.000 obreros al campo como fuerza proletaria de choque en la lucha para colectivizar la agricultura. Viola hace una breve apreciación de la situación económica prevaleciente en la URSS de esa época y muestra que para aquellos que participaron en la campaña (en particular los obreros políticamente activos de las plazas fuertes históricas de la Revolución de Octubre), la colectivización era indispensable para continuar la revolución. “Los 25.000”, como llegaron a llamarse, conscientemente asumieron su tarea de llevarle los conocimientos y conciencia avanzados del proletariado a las masas campesinas que vivían en las condiciones atrasadas del campo, unirse con los campesinos revolucionarios y dirigir su lucha para construir el socialismo y crear un mundo completamente nuevo.

Se lanzó la campaña después de una gran crisis que golpeó a la URSS en 1927-28 cuando, a pesar de una buena cosecha, cayó dramáticamente la cantidad de grano enviada a las ciudades. Al mismo tiempo, crecía rápidamente la población urbana. Y, como la revolución en otros países de Europa no acudía en su ayuda, como lo anticipaban la mayoría de los bolcheviques, resurgió la amenaza de guerra. Aunque unos líderes del Partido Comunista [PCUS] abandonaron la revolución y buscaron hacer las paces con el viejo orden, la parte dominante, dirigida por Stalin, decidió seguir adelante y construir el socialismo, elevar el poderío económico y militar soviético y asegurar el suministro de grano al Ejército Rojo en caso de guerra.

La campaña nació a causa de la frustración del centro del Partido en su trabajo inicial para llevar la revolución al campo apoyándose en los funcionarios rurales existentes.

Aunque los 25.000 contaban con el apoyo del centro del Partido, con frecuencia la situación local era difícil. En 1926 había aproximadamente un bolchevique por cada 400 habitantes rurales; la mayoría eran nuevos militantes quienes ingresaron durante el período de la Nueva Política Económica (NEP) y, quienes, además de su falta de experiencia y temple políticos, en muchos casos también eran campesinos más acomodados cuyo verdadero motivo para ingresar al Partido era conservar su posición privilegiada en el poblado.

El llamamiento a los obreros avanzados para enviar 25.000 de sus compañeros al campo, para lo cual al principio se concebía como una campaña de uno o dos años, fue parte de una campaña para pasar por alto a los líderes del oficialismo rural conservador y movilizar a la base social proletaria del partido. La elección de los obreros fue producto de una campaña de masas en las fábricas, con muchos voluntarios más que la cantidad requerida. Las fábricas patrocinaban a los obreros y los ayudaban con apoyo material y moral. De los directores de las fábricas, quienes en su totalidad eran militantes del Partido Comunista, sólo unos cuantos apoyaban la campaña, y muchos se oponían. Ellos también estaban ante el reto de impulsar la industrialización rápidamente, como parte del Primer Plan Quinquenal y, según Viola, no querían perder ni sus mejores obreros y activistas ni tener que torear un gran campaña política y sus “distracciones”. Muchos dijeron abiertamente que las cuotas que se exigían a los trabajadores eran muy altas; otros adoptaron tácticas diferentes y enviaron jóvenes sin experiencia, sin dedicación política, para llevar a cabo esta tarea complicada y peligrosa. Algunos artículos de prensa declaraban que los obreros podrían tener una recepción hostil, cosa que no hacía nada para alentar su participación.

Dirigidas por Stalin, las fuerzas del Partido Bolchevique se movilizaron desde la base para superar esta resistencia, a fin de llevar a cabo la campaña y, luego, perseverar en su apoyo a los obreros en el campo. Los obreros participantes no se movían por interés personal: las condiciones en el campo eran aún peores que en las ciudades. Los participantes vivieron un descenso inmediato y dramático de sus ingresos y en sus condiciones generales de vida, incluyendo comida, actividad cultural, etc. Participaron por otras razones: en su mayoría eran ex combatientes de la guerra civil contra la burguesía y los ejércitos imperialistas intervencionistas, y activistas políticos en los años desde entonces. Estaban dedicados a los ideales del marxismo-leninismo y al Partido Comunista. Viola da el ejemplo de un obrero de Rostov, F.Z. Drozd, quien declaró a sus compañeros de la fábrica que era su deber luchar por la colectivización de manera semejante a como había servido en la guerra civil: “Soy un viejo partidario. En ese entonces, sin siquiera pensarlo dos veces, hice a un lado mi familia y fui a defender al partido y al Poder soviético. Ahora, cuando la consigna es `colectivizar en un 100% el norte del Cáucaso en un año y medio', yo, con satisfacción, voy al campo para de nuevo cumplir con mi deber ante el partido y el Poder soviético”.

Viola señala la frustración de muchos obreros en el período de la NEP, o sea la retirada temporal a comienzos y mediados de los años 20 convocada por Lenin en respuesta a la destrucción de la intervención imperialista contra el recién nacido Poder revolucionario. La NEP propició cierto resurgimiento del capitalismo en las ciudades y en especial en el campo, donde los bolcheviques todavía no tenían suficiente fuerza para revolucionar la sociedad y la economía. Con la colectivización, los obreros renovaron la ofensiva y revigorizaron la revolución llevándola al campesinado, en especial a los campesinos pobres. Los obreros veteranos de sesenta años o más, voluntarios, recordaban cómo lucharon en los frentes de la guerra civil e inspiraban a los obreros más jóvenes a tomar sus posiciones en las líneas del frente. Los obreros conocedores del campo también apoyaron la campaña; uno declaró: “Soy del campesinado. Por mucho tiempo, no sólo tuve que vivir la vida del campesino sino que también me afectaron todas las supersticiones que se inculcaban a todo nuestro campesinado prerrevolucionario. Vi que la única manera de liberar al campesinado de su pobreza era participar en la granja colectiva”.

Los voluntarios se consideraban una ayuda necesaria a las fuerzas débiles del Partido en las zonas rurales, indispensables para asegurar que se llevara a cabo la colectivización y que las fuerzas burguesas del campo no suspendieran suministros ni estrangularan las ciudades, y la revolución en sí. Pero se consideraban más que una mera fuerza material para asegurar el cumplimiento de la política del partido. También se consideraban defensores de la cultura y de la conciencia proletarias, en franca lucha contra el analfabetismo, la embriaguez, la falta de disciplina y en general portadores de la noticia de la revolución soviética a zonas hasta ahora sin tocar. Aunque con el tiempo muchos regresaron a las ciudades, un buen número se estableció entre el campesinado.

Los obreros participaron a pesar de las penurias materiales, la hostilidad y el peligro del enemigo kulak [campesinos acomodados]: hubo muchos asesinatos, cientos de golpizas, arrestos y purgas del partido por parte de los comités rurales del partido controlados por la élite rural y sus compinches. Muchos pasaron hambre y casi todos vivieron en condiciones mucho más duras que las que dejaron atrás en las ciudades. Pero la mayoría perseveró y llevó a cabo la colectivización, encontrando aliados en los pueblos, en general entre los campesinos más pobres, maestros y jóvenes.

En parte debido al trabajo de estos revolucionarios proletarios abnegados, por primera vez en la historia de la humanidad los trabajadores mismos le arrebataron las tierras a los terratenientes quienes las habían controlado por innumerables generaciones. Fue una victoria verdaderamente trascendental que le infundió esperanzas a millones de obreros y campesinos de todo el mundo y destapó la descarada capitulación de líderes del partido soviético como Trotsky y Bujarin quienes proclamaban la imposibilidad de la victoria. Es verdad, como Mao analizó más tarde, que hubo errores serios en esta campaña, y cuando los revisionistas tomaron el Poder en los años 50, convirtieron las granjas colectivas y estatales en fábricas de opresión y degradación. Mao analizó que aunque esta colectivización en la URSS fue una gran victoria, había exprimido excesivamente a los campesinos y era parte de una política de exagerado énfasis en la industria pesada en detrimento de la agricultura y la industria ligera. No obstante, tales errores de Stalin y de los revolucionarios soviéticos no anulan el hecho de que éste era un primer gran paso precursor y parte de la base sobre la cual Mao y los camaradas chinos aprendieron a avanzar hacia lo mejor y lo más alto.

Stalin's Industrial Revolution, de Hiroaki Kuromiya [La revolución industrial de Stalin: Política y obreros, 1928-1932], es una obra de historia económica, no muy accesible, que se centra en el Primer Plan Quinquenal de la URSS, de 1928 a 1932, y en particular en el papel de los obreros en la industrialización. Kuromiya hace un análisis corto de las condiciones objetivas que existían en el momento de terminar la NEP y de lanzar las campañas de industrialización y colectivización. Se incrementaban las tensiones internacionales y los líderes soviéticos se preocupaban cada vez más por la posibilidad de una nueva intervención imperialista. La citada crisis del grano de 1926-27 representó un fuerte reto a la línea de Stalin y a aquellos que estaban determinados a seguir adelante y construir el socialismo en la URSS. Estos factores dieron lugar a una crisis de confianza en el régimen revolucionario.

Kuromiya no pretende hacer un resumen general del período del Primer Plan Quinquenal; limita el libro a una descripción del papel de los obreros en la industrialización. Así, su descripción es bienvenida después de aguantar las toneladas de basura de la escuela “totalitaria” de historiadores la cual se centra casi exclusivamente en la supresión de los intelectuales reaccionarios y de los kulaks. Kuromiya describe en términos vívidos que las políticas de Stalin contaban con un importante apoyo popular y que éstas correspondían a las frustraciones profundamente sentidas que la NEP había dejado en amplios sectores de la sociedad soviética, y en particular en los proletarios jóvenes. Mao, al analizar este período desde el punto de vista de la aguda lucha de clases en la sociedad soviética, resumió la urgencia y necesidad de esta campaña.

Pero, ¿en quién se apoyó el partido para llevar a cabo la campaña? Los revolucionarios nunca habían enfrentado tal problema antes y los propios avances de la revolución ahora planteaban nuevos problemas: muchos obreros veteranos de las fábricas ahora percibían salarios más altos, y tenían trabajos calificados y cierto prestigio como líderes de los obreros. Casi todos los administradores de las fábricas eran también militantes de alto nivel del Partido Comunista. ¿Podrían dirigir los movimientos de masas necesarios para construir el socialismo?

Se lanzaron grandes proyectos industriales que emplearon a cientos de miles de jóvenes desempleados de las ciudades y migrantes jóvenes del campo. En la vanguardia de estos gigantescos proyectos de construcción socialista estaban los movimientos de choque, a menudo inspirados por los jóvenes. Pero, todo esto no constituía una política tan clara como tal vez piensen los revolucionarios de hoy: los movimientos de choque traían normas de producción constantemente crecientes y a menudo eso chocaba con la renuencia de ciertos sectores de obreros, en especial de los obreros mayores, más altamente calificados, e incluso muchos veteranos de la revolución y de la guerra civil.

Algunos líderes del PCUS tenían que estar en la vanguardia de este movimiento, pero la mayoría de los jóvenes en las fábricas eran recién llegados del campo y no tenían experiencia en la lucha de clases y la vida industrial, y los obreros en quienes el partido se apoyaba los veían con recelo. Por ejemplo, un líder del partido dijo: “Para ellos [los obreros jóvenes del campo], la fábrica no es ni propiedad de la clase obrera que la clase obrera le arrebató a los capitalistas, ni la creación del proletariado construida por el Poder soviético, sino un lugar en que pueden ganar algo extra para fortalecer sus propias granjas”.

Pero la dirección del partido confiaba muchísimo en estos jóvenes, en especial en los de la clase obrera. Stalin llamó a la juventud del Komsomol “a ponerse en las líneas del frente” del movimiento de industrialización. Y lo hicieron. Un ingeniero norteamericano en la URSS, quien no tenía simpatías con el régimen soviético, escribió en su diario de ese entonces: “El observador de hoy puede pasar por alto fácilmente... el genuino repunte de esperanzas mesiánicas y autosacrificio revolucionario... y la bienvenida liberación de la inactividad psicológica de la NEP, con sus metas poco dramáticas y sus comodidades pequeño burguesas.... Este sentir se manifestaba fuertemente en una parte de la primera generación posrrevolucionaria, en especial en muchos hijos e hijas de campesinos y obreros fabriles previamente empobrecidos”. Para ellos, el objetivo del nuevo desafío “no era meramente promover sus propias carreras sino crear una sociedad nueva, nunca vista antes, en que la injusticia y las inequidades sociales heredadas desaparecerían en una hermandad del proletariado y, con el tiempo, de todo el pueblo”.

Con los movimientos de choque y las sesiones de planificación de los obreros, los cuadros del partido salieron de sus oficinas a movilizar a los obreros para superar las metas fijadas por el centro. Los gerentes, si bien en su gran mayoría militantes del partido, con frecuencia se oponían, pues los movimientos de masas inevitablemente les plantearon nuevos desafíos: cuando los obreros insistieron en duplicar la producción, ¿dónde obtener las materias primas adicionales y cómo pagarlas? ¿Y qué del papel de los sindicatos, que supuestamente debían defender las condiciones de los obreros? Muchos gerentes se quejaban con vehemencia acerca del tiempo perdido debido a las constantes reuniones de los obreros: un promedio de media hora al día.

Según Kuromiya, el renovado repunte de entusiasmo revolucionario en la URSS trajo un crecimiento de tendencias igualitarias. Los obreros formaron equipos de ayuda mutua y otras formas de trabajo colectivo, por ejemplo, durante cierto tiempo, un “sistema de brigadas” en que grandes grupos con diversas categorías de calificación se juntaron y combinaron su trabajo y sueldos, que luego dividieron en partes iguales. Por un tiempo, se redujeron las diferencias salariales en toda la sociedad y en muchas fábricas los obreros calificados percibían lo mismo que los no calificados. Kuromiya señala que este fenómeno “era incomprensible desde el punto de vista del mercado”, pues se daba en medio de escaseces dramáticas de mano de obra calificada. Y dice: las “tendencias a igualar los salarios tenían un dejo heroico de luchar contra la espontaneidad del mercado”. Una fuente de apoyo a estas políticas de igualar salarios, según Kuromiya, era la idea de Stalin de que tal igualitarismo protegería al núcleo de la clase obrera de las influencias de la aristocracia obrera.

No obstante, las tendencias igualitarias dieron lugar a nuevos problemas. Muchos obreros calificados simplemente se trasladaron a las fábricas donde el movimiento revolucionario de los obreros no era tan pujante y por ende el igualitarismo era más débil, para que pudieran exigir mayores salarios y mejores condiciones de trabajo. Todo esto trastornaba bastante la producción. En fin, la dirección del partido concluyó que era imposible sostener el “sistema de brigadas”.

Al resumir la construcción socialista en la URSS, Mao Tsetung señaló que con el paso del tiempo, Stalin tendía a apoyarse menos y menos en las masas. Kuromiya no es un marxista. Su análisis ciertamente no retoma la experiencia de la Gran Revolución Cultural Proletaria en que los revolucionarios chinos lograron rectificar muchos errores de los revolucionarios soviéticos. Pero los detalles que el autor da acerca de lo que los líderes y masas soviéticos hicieron en los hechos y por qué, apoyan el análisis de Mao. Por ejemplo, Kuromiya describe la política de mando único (o dirección unipersonal) de las fábricas.

Sin duda, al desencadenar las campañas de industrialización y colectivización, Stalin estaba consciente y preparado para combatir poderosos intereses burocráticos en la sociedad. Por ejemplo, denunciaba ferozmente a los gerentes y a otros quienes se oponían a las iniciativas de planificación de los obreros y del movimiento de choque, en particular al método de competencia socialista: “La competencia socialista es una manifestación de una práctica de autocrítica revolucionaria de las masas, producto de la iniciativa creadora de millones de obreros.... El peligro burocrático se manifiesta concretamente, sobre todo, en que entraba la energía, la iniciativa y la actividad independiente de los obreros, oculta las enormes reservas latentes en las profundidades de nuestro sistema, en lo hondo de la clase obrera y el campesinado, y bloquea el uso de estos recursos en la lucha contra nuestros enemigos de clase. El objetivo de la competencia socialista es romper esas trabas burocráticas, allanar mucho el camino para el despliegue de la energía y la iniciativa creadora de los obreros, sacar a la luz las enormes reservas latentes en las profundidades de nuestro sistema y arrojarlas sobre la balanza en la lucha contra nuestros enemigos de clase de dentro y de fuera de nuestro país”.

Pero si bien Stalin dirigía al pueblo soviético sobre terreno desconocido, al transformar la economía del país de una manera sin precedente en la historia, se apoyaba cada vez más en métodos que contradecían la causa por la que luchaba. Un caso importante era la política de mando único. Parece que Stalin consideró que esta política era una parte inherente al incremento de la centralización, cosa que consideró esencial para industrializar y colectivizar rápidamente a fin de poner a la Unión Soviética en pie de guerra. Supuestamente, la centralización contrarrestaría el caos que inevitablemente surgiría en este proceso.

Pero el método de mando único, que separó a los obreros de la administración de las fábricas, no era la única solución posible para tal problema. Es verdad que el PCUS trató de contrarrestar el mando único con un sistema de “control obrero”, que tenía suficiente vigor como para provocar frecuentes gritos de protesta de los administradores, a menudo porque los obreros trastornaban la producción con “sesiones de asalto” en que elevaron las metas de producción, etc. Kuromiya reúne evidencias de que había protestas inmediatas y extendidas de los obreros por la adopción del mando único. Mao Tsetung decía que esta política era un error y sostenía que “debe haber una diferencia básica entre los principios que rigen las empresas socialistas y las capitalistas”. Durante la Revolución Cultural, los chinos formaron comités revolucionarios, que eran combinaciones de representantes elegidos “desde abajo”: a veces representantes del partido, del ejército y de las masas; a veces de los ancianos, personas de mediana edad y jóvenes; y sobre todo, “rojos y expertos”, en que ser rojo era el factor determinante. Tales combinaciones hicieron uso de varias experiencias para guiar las fábricas, escuelas y otras instituciones; también combatieron la división de trabajo heredada de la sociedad de clases y movilizaron el entusiasmo de las masas.

El apoyo de Stalin al mando único formó parte de una tendencia —que crecía en las filas de la dirección soviética— a no apoyarse tanto en las masas, tendencia que después dio resultados adversos graves. Incluso, en los grandes momentos del Primer Plan Quinquenal y de la campaña de colectivización, estas tendencias ya se expresaban; Kuromiya describe la adopción del mando único, a pesar de la resistencia de muchos obreros, y también el aumento del trabajo a destajo, incentivos materiales y otras políticas semejantes.

Además, el renovado movimiento de los obreros en el Primer Plan Quinquenal, aunque con un espíritu y logros auténticamente revolucionarios, tuvo limitaciones, incluso desde el comienzo, debido a un énfasis muy marcado en la producción. Millones de obreros, por ejemplo, ingresaron a la administración fabril y al personal científico y técnico de la nueva sociedad. Todo esto asombró a muchos observadores de entonces, pero la manera en que se llevó a cabo no golpeó tan profundamente como posible a las raíces de la tradicional división de trabajo en la sociedad. Por ello, aunque se puede decir que para esta generación, los obreros subieron al escenario en casi todas las esferas de la sociedad, lo hicieron principalmente dejando la clase obrera; o sea, subiendo la escalera social del trabajo. La idea de que se podía superar la división de trabajo promoviendo a más y más obreros a puestos de administración, científicos, etc., iba de la mano con la idea cada vez más pronunciada de Stalin de que la construcción del socialismo quería decir desarrollar las fuerzas productivas. El reto más gigantesco de eliminar paso a paso las raíces de la división social de trabajo característica de la sociedad de clases movilizando a las masas para tomar y transformar la superestructura tenía que esperar a Mao Tsetung y la Revolución Cultural. En ella, por ejemplo, el partido llamaba a los jóvenes instruidos a ir al campo a donde no sólo llevaban sus conocimientos librescos a los campesinos, sino de más importancia, aprendían de los campesinos cosas como qué conocimientos se requerían, para quién y para hacer qué.

Al alejarse de la dominante escuela “totalitaria” de historiadores, Kuromiya sostiene que continuaron luchas importantes en la cúpula del PCUS buena parte de los años 30 y que no estaba del todo garantizado el éxito de lo que llama “el grupo de Stalin”. Señala la fuerza de los oponentes de Stalin quienes se reunieron primero alrededor de Trotsky y luego de Bujarin a mediados y fines de los años 20, por ejemplo en los sindicatos y otras instituciones importantes, y toma en serio la posibilidad de que hasta se preparaban a comienzos de los años 30 para aprovechar todo retroceso mayor del “grupo de Stalin” para tomar el Poder. K.B. Radek, por ejemplo, quien era un miembro del Politburo, declaró respecto a la industrialización: “Si no se detuviera esta ofensiva general, `acabaría como la marcha a Varsovia'” (refiriéndose a una campaña en que participó Stalin durante la guerra civil revolucionaria en la que el Ejército Rojo sufrió una derrota seria). Otros pensaban que el fracaso de la política de Stalin y el ascenso de la Derecha eran virtualmente “un hecho concluido”. Según Kuromiya, había amplio apoyo a estas líneas derechistas en toda la jerarquía del partido. Por ejemplo, en una reunión de “obreros de choque en el frente financiero” en 1932, se manifestó un importante apoyo abierto a la propuesta a favor de restaurar el criterio de ganancias a una posición determinante en los asuntos financieros del Estado soviético, ¡y supuestamente estos obreros eran los políticamente avanzados!

Kuromiya resume el período del Primer Plan Quinquenal con la observación de que, al subestimar fuertemente el verdadero papel de la ideología y de la política en los planes y programas del PCUS, los historiadores occidentales tienden a exagerar el carácter monolítico de la sociedad soviética: “Stalin, lejos de movilizar a todo el país, hasta lo dividió. A diferencia de Witte [un reformador de la pre I Guerra Mundial], quien meramente soñaba con una autocracia fuerte que no tuviera que apoyarse en ninguna clase en particular sino que se basara en todas las clases, Stalin pretendía deliberadamente el apoyo de grupos políticos específicos, los comunistas, los komsomoles y los obreros industriales, oponiéndolos al declarado enemigo de clase”.

Una generación posterior de revolucionarios dirigida por Mao Tsetung, si bien defendía las contribuciones de Stalin, hizo críticas fuertes a la línea que guiaba a estas dos grandes campañas2. No obstante, el pueblo soviético hizo enormes logros en la construcción del socialismo. Los innumerables observadores como Anna Louise Strong, Maurice Hindus, los Durant, el Dr. Norman Bethune y otros quienes viajaron a lo largo y ancho de la URSS en este período, registraron muchísimas historias de los milagros hechos por los obreros y los campesinos anteriormente pisoteados de la Rusia atrasada, en libros que hoy están agotados. Mientras que las potencias imperialistas avanzadas de Alemania, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos se hundían en la Gran Depresión, con millones de personas sin techo y mendigos hambrientos en las calles de los países más ricos de la tierra, en la región anteriormente atrasada de la URSS se daba el desarrollo económico más rápido del siglo XX y se derribaba la vieja forma de vivir. Las masas chinas dirigidas por Mao avanzaron más en el camino al comunismo de lo que Stalin y las masas soviéticas lograron, en gran parte corrigiendo sus errores; en verdad, lograron este progreso únicamente parándose sobre los hombros de esas generaciones de masas soviéticas quienes verdaderamente se embarcaron en la construcción de un mundo sobre bases nuevas.


Notas

1. En el capítulo 6 de Democracy: Can't We Do Better Than That? [Democracia: ¿Es lo mejor que podemos lograr?] (Chicago: Banner Press, 1986), Bob Avakian, Presidente del PCR, EU, analiza la teoría del “Estado totalitario” y la manera en que los teóricos occidentales, y en especial los teóricos socialdemócratas, la han usado como “una de las armas principales del arsenal ideológico del imperialismo occidental en su conflicto con el bloque soviético” tras la II Guerra Mundial. Jamás ha existido en absoluto el “Estado totalitario”. Avakian descuartiza las premisas principales de esta teoría: que el “Estado totalitario” se basa en un terror total, que su meta es la dominación del mundo, que busca controlar toda esfera de la vida, etc., y muestra las muchas formas en que esta teoría ha servido al imperialismo. Esta tesis oculta, en especial, la división de la sociedad en clases y el papel que el Estado juega como órgano de gobierno de una clase.

2. En particular, Mao critica a Stalin por su énfasis unilateral en la industrialización y la modernización; analiza con profundidad este punto en La construcción del socialismo en la URSS y China (Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires, 1976). Una síntesis breve de la posición maoísta se halla en la Declaración del Movimiento Revolucionario Internacionalista.