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Sacar a la
Luz los Años de Stalin
Stalin's Industrial Revolution: Politics and Workers, 1928-1932
Hiroaki Kuromiya
(Cambridge University Press, 1990)
The Best Sons of the Fatherland: Workers in the Vanguard of Soviet
Collectivization
Lynne Viola
(Oxford University Press, 1987)
B.W.
En
los últimos años, los gobernantes actuales de la ex
Unión Soviética han repudiado abiertamente todo el período
de socialismo en la URSS y han adoptado formas políticas y
económicas abiertamente capitalistas para su gobierno en varias
repúblicas. Una parte importante de esta evolución ha
sido reescribir la historia para justificar y promover estos cambios,
convencer a los oprimidos de ahí y del mundo de que el socialismo
fracasó, y de que no tienen ninguna alternativa ante el capitalismo.
Ahora retratan la época del tsarismo como una edad de oro cuyo
gran potencial se echó a perder debido a la “aberración”
de la Revolución Bolchevique que llevó a los que hoy
se llaman los “días oscuros” del gobierno de Stalin.
Estos
acontecimientos subrayan la importancia de una nueva tendencia de
los historiadores occidentales conocida en círculos académicos
como “revisionistas”, no porque “revisen”
al marxismo-leninismo sino porque revisan las historias del “totalitarismo”
de la URSS las cuales han predominado por mucho tiempo en el Oeste1.
Por un lado, las historias del totalitarismo pintan a la URSS bajo
Lenin y sobre todo bajo Stalin como objeto de la férrea voluntad
de un solo déspota, y a las masas como simplemente víctimas
sumisas; por el otro, los “revisionistas” señalan
el papel de las diferentes fuerzas de clase en la URSS en el período
socialista, incluyendo varios logros de los revolucionarios. Uno
de estos autores, H. Kuromiya, describe esta tendencia: “Estas
obras [revisionistas] presentan a la revolución no simplemente
como una revolución desde arriba sino como una que en cierta
medida fue impulsada y apoyada `desde abajo'. Los historiadores
occidentales han dado por sentado tan a ciegas que Stalin intimidaba
y aterrorizaba a toda la población, que en la mayoría
de los casos se les ha escapado el tema del apoyo popular”.
Estos historiadores no se dicen revolucionarios, y no lo son. Como
da a entender Kuromiya, no ven el Estado como la dictadura de una
clase u otra, sino como una arena donde diversas clases ejercen
variados niveles de influencia. Ni su meta es analizar cómo
se puede reemplazar la sociedad capitalista; más bien, procuran
ser fieles a un punto de vista estático de la sociedad, como
un conjunto de intereses sociales distintos y a veces conflictivos.
Consideran que este modelo corresponde más a la verdad que
el de la dominante escuela totalitaria de historiadores. Pero a
pesar de su punto de vista fundamentalmente erróneo, esta
escuela de historiadores ha hecho un análisis fresco de muchos
sucesos cruciales en la construcción del socialismo en la
URSS. Esta reseña tratará dos textos recientes.
*****
The
Best Sons of the Fatherland, de L. Viola [Los mejores hijos
de la patria: Obreros en la vanguardia de la colectivización
soviética], es la historia de una campaña convocada
por el Partido Bolchevique en 1929 para enviar 25.000 obreros al
campo como fuerza proletaria de choque en la lucha para colectivizar
la agricultura. Viola hace una breve apreciación de la situación
económica prevaleciente en la URSS de esa época y
muestra que para aquellos que participaron en la campaña
(en particular los obreros políticamente activos de las plazas
fuertes históricas de la Revolución de Octubre), la
colectivización era indispensable para continuar la revolución.
“Los 25.000”, como llegaron a llamarse, conscientemente
asumieron su tarea de llevarle los conocimientos y conciencia avanzados
del proletariado a las masas campesinas que vivían en las
condiciones atrasadas del campo, unirse con los campesinos revolucionarios
y dirigir su lucha para construir el socialismo y crear un mundo
completamente nuevo.
Se
lanzó la campaña después de una gran crisis
que golpeó a la URSS en 1927-28 cuando, a pesar de una buena
cosecha, cayó dramáticamente la cantidad de grano
enviada a las ciudades. Al mismo tiempo, crecía rápidamente
la población urbana. Y, como la revolución en otros
países de Europa no acudía en su ayuda, como lo anticipaban
la mayoría de los bolcheviques, resurgió la amenaza
de guerra. Aunque unos líderes del Partido Comunista [PCUS]
abandonaron la revolución y buscaron hacer las paces con
el viejo orden, la parte dominante, dirigida por Stalin, decidió
seguir adelante y construir el socialismo, elevar el poderío
económico y militar soviético y asegurar el suministro
de grano al Ejército Rojo en caso de guerra.
La
campaña nació a causa de la frustración del
centro del Partido en su trabajo inicial para llevar la revolución
al campo apoyándose en los funcionarios rurales existentes.
Aunque
los 25.000 contaban con el apoyo del centro del Partido, con frecuencia
la situación local era difícil. En 1926 había
aproximadamente un bolchevique por cada 400 habitantes rurales;
la mayoría eran nuevos militantes quienes ingresaron durante
el período de la Nueva Política Económica (NEP)
y, quienes, además de su falta de experiencia y temple políticos,
en muchos casos también eran campesinos más acomodados
cuyo verdadero motivo para ingresar al Partido era conservar su
posición privilegiada en el poblado.
El
llamamiento a los obreros avanzados para enviar 25.000 de sus compañeros
al campo, para lo cual al principio se concebía como una
campaña de uno o dos años, fue parte de una campaña
para pasar por alto a los líderes del oficialismo rural conservador
y movilizar a la base social proletaria del partido. La elección
de los obreros fue producto de una campaña de masas en las
fábricas, con muchos voluntarios más que la cantidad
requerida. Las fábricas patrocinaban a los obreros y los
ayudaban con apoyo material y moral. De los directores de las fábricas,
quienes en su totalidad eran militantes del Partido Comunista, sólo
unos cuantos apoyaban la campaña, y muchos se oponían.
Ellos también estaban ante el reto de impulsar la industrialización
rápidamente, como parte del Primer Plan Quinquenal y, según
Viola, no querían perder ni sus mejores obreros y activistas
ni tener que torear un gran campaña política y sus
“distracciones”. Muchos dijeron abiertamente que las
cuotas que se exigían a los trabajadores eran muy altas;
otros adoptaron tácticas diferentes y enviaron jóvenes
sin experiencia, sin dedicación política, para llevar
a cabo esta tarea complicada y peligrosa. Algunos artículos
de prensa declaraban que los obreros podrían tener una recepción
hostil, cosa que no hacía nada para alentar su participación.
Dirigidas
por Stalin, las fuerzas del Partido Bolchevique se movilizaron desde
la base para superar esta resistencia, a fin de llevar a cabo la
campaña y, luego, perseverar en su apoyo a los obreros en
el campo. Los obreros participantes no se movían por interés
personal: las condiciones en el campo eran aún peores que
en las ciudades. Los participantes vivieron un descenso inmediato
y dramático de sus ingresos y en sus condiciones generales
de vida, incluyendo comida, actividad cultural, etc. Participaron
por otras razones: en su mayoría eran ex combatientes de
la guerra civil contra la burguesía y los ejércitos
imperialistas intervencionistas, y activistas políticos en
los años desde entonces. Estaban dedicados a los ideales
del marxismo-leninismo y al Partido Comunista. Viola da el ejemplo
de un obrero de Rostov, F.Z. Drozd, quien declaró a sus compañeros
de la fábrica que era su deber luchar por la colectivización
de manera semejante a como había servido en la guerra civil:
“Soy un viejo partidario. En ese entonces, sin siquiera pensarlo
dos veces, hice a un lado mi familia y fui a defender al partido
y al Poder soviético. Ahora, cuando la consigna es `colectivizar
en un 100% el norte del Cáucaso en un año y medio',
yo, con satisfacción, voy al campo para de nuevo cumplir
con mi deber ante el partido y el Poder soviético”.
Viola
señala la frustración de muchos obreros en el período
de la NEP, o sea la retirada temporal a comienzos y mediados de
los años 20 convocada por Lenin en respuesta a la destrucción
de la intervención imperialista contra el recién nacido
Poder revolucionario. La NEP propició cierto resurgimiento
del capitalismo en las ciudades y en especial en el campo, donde
los bolcheviques todavía no tenían suficiente fuerza
para revolucionar la sociedad y la economía. Con la colectivización,
los obreros renovaron la ofensiva y revigorizaron la revolución
llevándola al campesinado, en especial a los campesinos pobres.
Los obreros veteranos de sesenta años o más, voluntarios,
recordaban cómo lucharon en los frentes de la guerra civil
e inspiraban a los obreros más jóvenes a tomar sus
posiciones en las líneas del frente. Los obreros conocedores
del campo también apoyaron la campaña; uno declaró:
“Soy del campesinado. Por mucho tiempo, no sólo tuve
que vivir la vida del campesino sino que también me afectaron
todas las supersticiones que se inculcaban a todo nuestro campesinado
prerrevolucionario. Vi que la única manera de liberar al
campesinado de su pobreza era participar en la granja colectiva”.
Los
voluntarios se consideraban una ayuda necesaria a las fuerzas débiles
del Partido en las zonas rurales, indispensables para asegurar que
se llevara a cabo la colectivización y que las fuerzas burguesas
del campo no suspendieran suministros ni estrangularan las ciudades,
y la revolución en sí. Pero se consideraban más
que una mera fuerza material para asegurar el cumplimiento de la
política del partido. También se consideraban defensores
de la cultura y de la conciencia proletarias, en franca lucha contra
el analfabetismo, la embriaguez, la falta de disciplina y en general
portadores de la noticia de la revolución soviética
a zonas hasta ahora sin tocar. Aunque con el tiempo muchos regresaron
a las ciudades, un buen número se estableció entre
el campesinado.
Los
obreros participaron a pesar de las penurias materiales, la hostilidad
y el peligro del enemigo kulak [campesinos acomodados]: hubo muchos
asesinatos, cientos de golpizas, arrestos y purgas del partido por
parte de los comités rurales del partido controlados por
la élite rural y sus compinches. Muchos pasaron hambre y
casi todos vivieron en condiciones mucho más duras que las
que dejaron atrás en las ciudades. Pero la mayoría
perseveró y llevó a cabo la colectivización,
encontrando aliados en los pueblos, en general entre los campesinos
más pobres, maestros y jóvenes.
En
parte debido al trabajo de estos revolucionarios proletarios abnegados,
por primera vez en la historia de la humanidad los trabajadores
mismos le arrebataron las tierras a los terratenientes quienes las
habían controlado por innumerables generaciones. Fue una
victoria verdaderamente trascendental que le infundió esperanzas
a millones de obreros y campesinos de todo el mundo y destapó
la descarada capitulación de líderes del partido soviético
como Trotsky y Bujarin quienes proclamaban la imposibilidad de la
victoria. Es verdad, como Mao analizó más tarde, que
hubo errores serios en esta campaña, y cuando los revisionistas
tomaron el Poder en los años 50, convirtieron las granjas
colectivas y estatales en fábricas de opresión y degradación.
Mao analizó que aunque esta colectivización en la
URSS fue una gran victoria, había exprimido excesivamente
a los campesinos y era parte de una política de exagerado
énfasis en la industria pesada en detrimento de la agricultura
y la industria ligera. No obstante, tales errores de Stalin y de
los revolucionarios soviéticos no anulan el hecho de que
éste era un primer gran paso precursor y parte de la base
sobre la cual Mao y los camaradas chinos aprendieron a avanzar hacia
lo mejor y lo más alto.
Stalin's
Industrial Revolution, de Hiroaki Kuromiya [La revolución
industrial de Stalin: Política y obreros, 1928-1932], es
una obra de historia económica, no muy accesible, que se
centra en el Primer Plan Quinquenal de la URSS, de 1928 a 1932,
y en particular en el papel de los obreros en la industrialización.
Kuromiya hace un análisis corto de las condiciones objetivas
que existían en el momento de terminar la NEP y de lanzar
las campañas de industrialización y colectivización.
Se incrementaban las tensiones internacionales y los líderes
soviéticos se preocupaban cada vez más por la posibilidad
de una nueva intervención imperialista. La citada crisis
del grano de 1926-27 representó un fuerte reto a la línea
de Stalin y a aquellos que estaban determinados a seguir adelante
y construir el socialismo en la URSS. Estos factores dieron lugar
a una crisis de confianza en el régimen revolucionario.
Kuromiya
no pretende hacer un resumen general del período del Primer
Plan Quinquenal; limita el libro a una descripción del papel
de los obreros en la industrialización. Así, su descripción
es bienvenida después de aguantar las toneladas de basura
de la escuela “totalitaria” de historiadores la cual
se centra casi exclusivamente en la supresión de los intelectuales
reaccionarios y de los kulaks. Kuromiya describe en términos
vívidos que las políticas de Stalin contaban con un
importante apoyo popular y que éstas correspondían
a las frustraciones profundamente sentidas que la NEP había
dejado en amplios sectores de la sociedad soviética, y en
particular en los proletarios jóvenes. Mao, al analizar este
período desde el punto de vista de la aguda lucha de clases
en la sociedad soviética, resumió la urgencia y necesidad
de esta campaña.
Pero,
¿en quién se apoyó el partido para llevar a
cabo la campaña? Los revolucionarios nunca habían
enfrentado tal problema antes y los propios avances de la revolución
ahora planteaban nuevos problemas: muchos obreros veteranos de las
fábricas ahora percibían salarios más altos,
y tenían trabajos calificados y cierto prestigio como líderes
de los obreros. Casi todos los administradores de las fábricas
eran también militantes de alto nivel del Partido Comunista.
¿Podrían dirigir los movimientos de masas necesarios
para construir el socialismo?
Se
lanzaron grandes proyectos industriales que emplearon a cientos
de miles de jóvenes desempleados de las ciudades y migrantes
jóvenes del campo. En la vanguardia de estos gigantescos
proyectos de construcción socialista estaban los movimientos
de choque, a menudo inspirados por los jóvenes. Pero, todo
esto no constituía una política tan clara como tal
vez piensen los revolucionarios de hoy: los movimientos de choque
traían normas de producción constantemente crecientes
y a menudo eso chocaba con la renuencia de ciertos sectores de obreros,
en especial de los obreros mayores, más altamente calificados,
e incluso muchos veteranos de la revolución y de la guerra
civil.
Algunos
líderes del PCUS tenían que estar en la vanguardia
de este movimiento, pero la mayoría de los jóvenes
en las fábricas eran recién llegados del campo y no
tenían experiencia en la lucha de clases y la vida industrial,
y los obreros en quienes el partido se apoyaba los veían
con recelo. Por ejemplo, un líder del partido dijo: “Para
ellos [los obreros jóvenes del campo], la fábrica
no es ni propiedad de la clase obrera que la clase obrera le arrebató
a los capitalistas, ni la creación del proletariado construida
por el Poder soviético, sino un lugar en que pueden ganar
algo extra para fortalecer sus propias granjas”.
Pero
la dirección del partido confiaba muchísimo en estos
jóvenes, en especial en los de la clase obrera. Stalin llamó
a la juventud del Komsomol “a ponerse en las líneas
del frente” del movimiento de industrialización. Y
lo hicieron. Un ingeniero norteamericano en la URSS, quien no tenía
simpatías con el régimen soviético, escribió
en su diario de ese entonces: “El observador de hoy puede
pasar por alto fácilmente... el genuino repunte de esperanzas
mesiánicas y autosacrificio revolucionario... y la bienvenida
liberación de la inactividad psicológica de la NEP,
con sus metas poco dramáticas y sus comodidades pequeño
burguesas.... Este sentir se manifestaba fuertemente en una parte
de la primera generación posrrevolucionaria, en especial
en muchos hijos e hijas de campesinos y obreros fabriles previamente
empobrecidos”. Para ellos, el objetivo del nuevo desafío
“no era meramente promover sus propias carreras sino crear
una sociedad nueva, nunca vista antes, en que la injusticia y las
inequidades sociales heredadas desaparecerían en una hermandad
del proletariado y, con el tiempo, de todo el pueblo”.
Con
los movimientos de choque y las sesiones de planificación
de los obreros, los cuadros del partido salieron de sus oficinas
a movilizar a los obreros para superar las metas fijadas por el
centro. Los gerentes, si bien en su gran mayoría militantes
del partido, con frecuencia se oponían, pues los movimientos
de masas inevitablemente les plantearon nuevos desafíos:
cuando los obreros insistieron en duplicar la producción,
¿dónde obtener las materias primas adicionales y cómo
pagarlas? ¿Y qué del papel de los sindicatos, que
supuestamente debían defender las condiciones de los obreros?
Muchos gerentes se quejaban con vehemencia acerca del tiempo perdido
debido a las constantes reuniones de los obreros: un promedio de
media hora al día.
Según
Kuromiya, el renovado repunte de entusiasmo revolucionario en la
URSS trajo un crecimiento de tendencias igualitarias. Los obreros
formaron equipos de ayuda mutua y otras formas de trabajo colectivo,
por ejemplo, durante cierto tiempo, un “sistema de brigadas”
en que grandes grupos con diversas categorías de calificación
se juntaron y combinaron su trabajo y sueldos, que luego dividieron
en partes iguales. Por un tiempo, se redujeron las diferencias salariales
en toda la sociedad y en muchas fábricas los obreros calificados
percibían lo mismo que los no calificados. Kuromiya señala
que este fenómeno “era incomprensible desde el punto
de vista del mercado”, pues se daba en medio de escaseces
dramáticas de mano de obra calificada. Y dice: las “tendencias
a igualar los salarios tenían un dejo heroico de luchar contra
la espontaneidad del mercado”. Una fuente de apoyo a estas
políticas de igualar salarios, según Kuromiya, era
la idea de Stalin de que tal igualitarismo protegería al
núcleo de la clase obrera de las influencias de la aristocracia
obrera.
No
obstante, las tendencias igualitarias dieron lugar a nuevos problemas.
Muchos obreros calificados simplemente se trasladaron a las fábricas
donde el movimiento revolucionario de los obreros no era tan pujante
y por ende el igualitarismo era más débil, para que
pudieran exigir mayores salarios y mejores condiciones de trabajo.
Todo esto trastornaba bastante la producción. En fin, la
dirección del partido concluyó que era imposible sostener
el “sistema de brigadas”.
Al
resumir la construcción socialista en la URSS, Mao Tsetung
señaló que con el paso del tiempo, Stalin tendía
a apoyarse menos y menos en las masas. Kuromiya no es un marxista.
Su análisis ciertamente no retoma la experiencia de la Gran
Revolución Cultural Proletaria en que los revolucionarios
chinos lograron rectificar muchos errores de los revolucionarios
soviéticos. Pero los detalles que el autor da acerca de lo
que los líderes y masas soviéticos hicieron en los
hechos y por qué, apoyan el análisis de Mao. Por ejemplo,
Kuromiya describe la política de mando único (o dirección
unipersonal) de las fábricas.
Sin
duda, al desencadenar las campañas de industrialización
y colectivización, Stalin estaba consciente y preparado para
combatir poderosos intereses burocráticos en la sociedad.
Por ejemplo, denunciaba ferozmente a los gerentes y a otros quienes
se oponían a las iniciativas de planificación de los
obreros y del movimiento de choque, en particular al método
de competencia socialista: “La competencia socialista es una
manifestación de una práctica de autocrítica
revolucionaria de las masas, producto de la iniciativa creadora
de millones de obreros.... El peligro burocrático se manifiesta
concretamente, sobre todo, en que entraba la energía, la
iniciativa y la actividad independiente de los obreros, oculta las
enormes reservas latentes en las profundidades de nuestro sistema,
en lo hondo de la clase obrera y el campesinado, y bloquea el uso
de estos recursos en la lucha contra nuestros enemigos de clase.
El objetivo de la competencia socialista es romper esas trabas burocráticas,
allanar mucho el camino para el despliegue de la energía
y la iniciativa creadora de los obreros, sacar a la luz las enormes
reservas latentes en las profundidades de nuestro sistema y arrojarlas
sobre la balanza en la lucha contra nuestros enemigos de clase de
dentro y de fuera de nuestro país”.
Pero
si bien Stalin dirigía al pueblo soviético sobre terreno
desconocido, al transformar la economía del país de
una manera sin precedente en la historia, se apoyaba cada vez más
en métodos que contradecían la causa por la que luchaba.
Un caso importante era la política de mando único.
Parece que Stalin consideró que esta política era
una parte inherente al incremento de la centralización, cosa
que consideró esencial para industrializar y colectivizar
rápidamente a fin de poner a la Unión Soviética
en pie de guerra. Supuestamente, la centralización contrarrestaría
el caos que inevitablemente surgiría en este proceso.
Pero
el método de mando único, que separó a los
obreros de la administración de las fábricas, no era
la única solución posible para tal problema. Es verdad
que el PCUS trató de contrarrestar el mando único
con un sistema de “control obrero”, que tenía
suficiente vigor como para provocar frecuentes gritos de protesta
de los administradores, a menudo porque los obreros trastornaban
la producción con “sesiones de asalto” en que
elevaron las metas de producción, etc. Kuromiya reúne
evidencias de que había protestas inmediatas y extendidas
de los obreros por la adopción del mando único. Mao
Tsetung decía que esta política era un error y sostenía
que “debe haber una diferencia básica entre los principios
que rigen las empresas socialistas y las capitalistas”. Durante
la Revolución Cultural, los chinos formaron comités
revolucionarios, que eran combinaciones de representantes elegidos
“desde abajo”: a veces representantes del partido, del
ejército y de las masas; a veces de los ancianos, personas
de mediana edad y jóvenes; y sobre todo, “rojos y expertos”,
en que ser rojo era el factor determinante. Tales combinaciones
hicieron uso de varias experiencias para guiar las fábricas,
escuelas y otras instituciones; también combatieron la división
de trabajo heredada de la sociedad de clases y movilizaron el entusiasmo
de las masas.
El
apoyo de Stalin al mando único formó parte de una
tendencia —que crecía en las filas de la dirección
soviética— a no apoyarse tanto en las masas, tendencia
que después dio resultados adversos graves. Incluso, en los
grandes momentos del Primer Plan Quinquenal y de la campaña
de colectivización, estas tendencias ya se expresaban; Kuromiya
describe la adopción del mando único, a pesar de la
resistencia de muchos obreros, y también el aumento del trabajo
a destajo, incentivos materiales y otras políticas semejantes.
Además,
el renovado movimiento de los obreros en el Primer Plan Quinquenal,
aunque con un espíritu y logros auténticamente revolucionarios,
tuvo limitaciones, incluso desde el comienzo, debido a un énfasis
muy marcado en la producción. Millones de obreros, por ejemplo,
ingresaron a la administración fabril y al personal científico
y técnico de la nueva sociedad. Todo esto asombró
a muchos observadores de entonces, pero la manera en que se llevó
a cabo no golpeó tan profundamente como posible a las raíces
de la tradicional división de trabajo en la sociedad. Por
ello, aunque se puede decir que para esta generación, los
obreros subieron al escenario en casi todas las esferas de la sociedad,
lo hicieron principalmente dejando la clase obrera; o sea,
subiendo la escalera social del trabajo. La idea de que se podía
superar la división de trabajo promoviendo a más y
más obreros a puestos de administración, científicos,
etc., iba de la mano con la idea cada vez más pronunciada
de Stalin de que la construcción del socialismo quería
decir desarrollar las fuerzas productivas. El reto más gigantesco
de eliminar paso a paso las raíces de la división
social de trabajo característica de la sociedad de clases
movilizando a las masas para tomar y transformar la superestructura
tenía que esperar a Mao Tsetung y la Revolución Cultural.
En ella, por ejemplo, el partido llamaba a los jóvenes instruidos
a ir al campo a donde no sólo llevaban sus conocimientos
librescos a los campesinos, sino de más importancia, aprendían
de los campesinos cosas como qué conocimientos se requerían,
para quién y para hacer qué.
Al
alejarse de la dominante escuela “totalitaria” de historiadores,
Kuromiya sostiene que continuaron luchas importantes en la cúpula
del PCUS buena parte de los años 30 y que no estaba del todo
garantizado el éxito de lo que llama “el grupo de Stalin”.
Señala la fuerza de los oponentes de Stalin quienes se reunieron
primero alrededor de Trotsky y luego de Bujarin a mediados y fines
de los años 20, por ejemplo en los sindicatos y otras instituciones
importantes, y toma en serio la posibilidad de que hasta se preparaban
a comienzos de los años 30 para aprovechar todo retroceso
mayor del “grupo de Stalin” para tomar el Poder. K.B.
Radek, por ejemplo, quien era un miembro del Politburo, declaró
respecto a la industrialización: “Si no se detuviera
esta ofensiva general, `acabaría como la marcha a Varsovia'”
(refiriéndose a una campaña en que participó
Stalin durante la guerra civil revolucionaria en la que el Ejército
Rojo sufrió una derrota seria). Otros pensaban que el fracaso
de la política de Stalin y el ascenso de la Derecha eran
virtualmente “un hecho concluido”. Según Kuromiya,
había amplio apoyo a estas líneas derechistas en toda
la jerarquía del partido. Por ejemplo, en una reunión
de “obreros de choque en el frente financiero” en 1932,
se manifestó un importante apoyo abierto a la propuesta a
favor de restaurar el criterio de ganancias a una posición
determinante en los asuntos financieros del Estado soviético,
¡y supuestamente estos obreros eran los políticamente
avanzados!
Kuromiya
resume el período del Primer Plan Quinquenal con la observación
de que, al subestimar fuertemente el verdadero papel de la ideología
y de la política en los planes y programas del PCUS, los
historiadores occidentales tienden a exagerar el carácter
monolítico de la sociedad soviética: “Stalin,
lejos de movilizar a todo el país, hasta lo dividió.
A diferencia de Witte [un reformador de la pre I Guerra Mundial],
quien meramente soñaba con una autocracia fuerte que no tuviera
que apoyarse en ninguna clase en particular sino que se basara en
todas las clases, Stalin pretendía deliberadamente el apoyo
de grupos políticos específicos, los comunistas, los
komsomoles y los obreros industriales, oponiéndolos al declarado
enemigo de clase”.
Una
generación posterior de revolucionarios dirigida por Mao
Tsetung, si bien defendía las contribuciones de Stalin, hizo
críticas fuertes a la línea que guiaba a estas dos
grandes campañas2. No obstante, el pueblo soviético
hizo enormes logros en la construcción del socialismo. Los
innumerables observadores como Anna Louise Strong, Maurice Hindus,
los Durant, el Dr. Norman Bethune y otros quienes viajaron a lo
largo y ancho de la URSS en este período, registraron muchísimas
historias de los milagros hechos por los obreros y los campesinos
anteriormente pisoteados de la Rusia atrasada, en libros que hoy
están agotados. Mientras que las potencias imperialistas
avanzadas de Alemania, Gran Bretaña, Francia y los Estados
Unidos se hundían en la Gran Depresión, con millones
de personas sin techo y mendigos hambrientos en las calles de los
países más ricos de la tierra, en la región
anteriormente atrasada de la URSS se daba el desarrollo económico
más rápido del siglo XX y se derribaba la vieja forma
de vivir. Las masas chinas dirigidas por Mao avanzaron más
en el camino al comunismo de lo que Stalin y las masas soviéticas
lograron, en gran parte corrigiendo sus errores; en verdad, lograron
este progreso únicamente parándose sobre los hombros
de esas generaciones de masas soviéticas quienes verdaderamente
se embarcaron en la construcción de un mundo sobre bases
nuevas.
Notas
1.
En el capítulo 6 de Democracy: Can't We Do Better Than
That? [Democracia: ¿Es lo mejor que podemos lograr?]
(Chicago: Banner Press, 1986), Bob Avakian, Presidente del PCR,
EU, analiza la teoría del “Estado totalitario”
y la manera en que los teóricos occidentales, y en especial
los teóricos socialdemócratas, la han usado como “una
de las armas principales del arsenal ideológico del imperialismo
occidental en su conflicto con el bloque soviético”
tras la II Guerra Mundial. Jamás ha existido en absoluto
el “Estado totalitario”. Avakian descuartiza las premisas
principales de esta teoría: que el “Estado totalitario”
se basa en un terror total, que su meta es la dominación
del mundo, que busca controlar toda esfera de la vida, etc., y muestra
las muchas formas en que esta teoría ha servido al imperialismo.
Esta tesis oculta, en especial, la división de la sociedad
en clases y el papel que el Estado juega como órgano de gobierno
de una clase.
2.
En particular, Mao critica a Stalin por su énfasis unilateral
en la industrialización y la modernización; analiza
con profundidad este punto en La construcción del socialismo
en la URSS y China (Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires,
1976). Una síntesis breve de la posición maoísta
se halla en la Declaración del Movimiento Revolucionario
Internacionalista.
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