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Romper las Cadenas
¡Desencadenar
la Furia de la Mujer como una Fuerza Poderosa para la Revolución!
Una vez más, el desarrollo de la Guerra Popular en Nepal está
demostrando lo que ya se ha demostrado en el Perú y en otros
movimientos revolucionarios: el formidable desencadenamiento del potencial
revolucionario de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución.
En estos dos países, las masas de mujeres pobres, especialmente
de los campesinos pobres, los cuales en ambas sociedades constituyen
la principal fuerza revolucionaria dirigida por el proletariado, han
asombrado a muchos observadores por su masiva efusión de apoyo
a la causa revolucionaria. Ejemplo tras ejemplo demuestra que los
oprimidos de ayer se están convirtiendo en los sepultureros
de los reaccionarios y en constructores del futuro a medida que las
mujeres se unan a la revolución en todas las esferas de actividad,
participando en las unidades guerrilleras o como dirigentas de las
organizaciones de masas y miembros y dirigentas del propio partido
de vanguardia.
Sin duda, este despertar de la mujer es un gran logro de la lucha
revolucionaria proletaria. Tanto la cantidad y calidad de la participación
de la mujer son muchísimo mayores en la revolución
proletaria que en otros movimientos revolucionarios y populares.
En el mundo actual todas las clases y fuerzas políticas
tratan de movilizar a la mujer tras sus banderas. Esta es otra expresión
de la observación de Lenin de que en nuestra época
nada es posible sin las masas. Y realmente, la participación
de la mujeres en todos los movimientos populares y democráticos
es un rasgo sobresaliente de las décadas recientes.
Por ejemplo, en Sri Lanka, los Tigres de Liberación de la
Patria Tamil (TLPT) han logrado activar a un gran número
de mujeres, las cuales han peleado con extraordinario valor contra
el régimen reaccionario ahí. En Vietnam, Eritrea y
Palestina, las mujeres han jugado un fuerte papel en los movimientos
de liberación nacional. Todo ello ilustra lo señalado
por Marx: “Cualquiera que conozca algo de historia sabe que
los grandes cambios sociales son imposibles sin el fermento femenino”.
Pero persiste una diferencia, la que es fundamental, entre el tipo
de participación de las mujeres que impulsan los TLPT o las
organizaciones de resistencia palestina, y el que podemos encontrar
en las luchas revolucionarias dirigidas por un partido proletario
guiado por la ideología del proletariado. La diferencia esencial
es si el propio movimiento es capaz de ir más allá
del marco de la democracia burguesa, si sólo busca la implantación
de un sistema capitalista basado en el “libre y equitativo”
intercambio de mercancías, y en especial de la mercancía
más importante, la propia fuerza de trabajo, o si el movimiento
contiene en su seno las semillas de una sociedad que ponga fin al
trabajo como mercancía y supere las propias diferencias de
clase.
Los comunistas revolucionarios no ven en las mujeres simplemente
más soldados para el ejército popular o una extensa
reserva de mano de obra. Para los comunistas, la participación
de las mujeres tiene mucho que ver con qué tipo de revolución
realizan. Federico Engels, en su famosa obra El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado, demostró que
la opresión de la mujer surgió con la división
de la sociedad primitiva en clases y que la plena emancipación
de la mujer es parte integral del objetivo de construir una sociedad
comunista sin diferencias de clase.
El centro de las tempestades de la revolución proletaria
mundial, en las cinco décadas desde la II Guerra Mundial,
ha estado en los países oprimidos de Asia, Africa y América
Latina. Esto significa que, en la mayoría de los países,
la revolución necesariamente pasará primero por una
etapa de nueva democracia, antes de avanzar hacia la revolución
socialista.
Tal como sabemos, la revolución de nueva democracia es en
sí democrático burguesa, pues su objetivo inmediato
es el derrocamiento del imperialismo, y el feudalismo y el capital
nacional ligados a éste, más que la destrucción
de las relaciones burguesas. Al mismo tiempo, la revolución
de nueva democracia, dirigida por el proletariado, desbroza el camino
para una segunda etapa, socialista, una vez realizadas las tareas
democrático burguesas básicas.
Igualmente, la participación de la mujer en la revolución
democrática debe examinarse bajo esta óptica.
MUJER Y DEMOCRACIA
Hace tiempo que ya ha quedado establecido que los comunistas luchan
por todos los derechos democráticos. Y la igualdad de la
mujer es uno de esos derechos democráticos importantes. Pero
los comunistas también subrayan que la democracia no ha resuelto
ni puede resolver los problemas de desigualdad y opresión.
Además, incluso la democracia de la república “más
libre” siempre se limita y subordina a la libertad burguesa
más importante: la libertad de explotar la fuerza de trabajo
para obtener ganancias. Mientras que la sociedad siga dividida en
clases, las mujeres continuarán con la enorme responsabilidad
del cuidado de los niños y el trabajo doméstico. Mientras
que persista la división social entre hombres y mujeres,
inevitablemente continuará la desigualdad entre hombres y
mujeres y la subordinación al hombre en muchas formas.
Hemos visto que incluso en los países democrático-burgueses
Estados Unidos, Francia o Inglaterra, no se ha logrado la igualdad
de la mujer. Un rápido examen de los parlamentos, las listas
de jefes de Estado o los consejos de administración de empresas
de estos países, demuestra que son los hombres los que definitivamente
dominan. Pese a la tendencia general a aprobar por ley la igualdad
de salarios, es un hecho reconocido que los salarios de las mujeres
son considerablemente inferiores a los de los hombres pese a tener
niveles similares de formación y experiencia.
Además, hasta en los países imperialistas, existe
una marcada tendencia a que entre los muy pobres exista un cada
vez mayor porcentaje de mujeres. El capitalismo de finales del siglo
XX continúa con su sistema de “dos niveles” en
el que a un considerable porcentaje de la población se le
hunde en espantosas condiciones de miseria. En muchos casos esto
significa familias encabezadas por madres solteras; que las mujeres
tienen que trabajar en empleos mal pagados o de plano se quedan
fuera del mercado de trabajo y encadenadas totalmente al aburrido
trabajo doméstico, mientras que tienen que hacer frente a
la tarea de sacar adelante a sus hijos en condiciones desesperadas.
Algunos sociólogos occidentales han formulado el término
“feminización de la pobreza” para describir este
fenómeno.
Pero la opresión de la mujer no respeta las diferencias
de clase; en otras palabras, en la sociedad de clases las mujeres
son generalmente oprimidas, dando lugar a resistencia y a importantes
movimientos entre las mujeres de distintas clases y estratos sociales
tanto en los países imperialistas como en los oprimidos.
Por todo el mundo, las mujeres se enfrentan a variantes del patriarcado
y chovinismo machista, y a las ideas y prácticas retrógradas
que las acompañan, raramente censuradas y frecuentemente
preservadas por las instituciones y leyes social demócrata-burguesas.
Las mujeres rebeldes que rechazan el papel que la sociedad burguesa
les ha asignado constituyen un flujo importante de la resistencia
de masas contra las clases dominantes de estos países. Por
tanto, la lucha contra la opresión de la mujer hace entrar
en juego una nueva y poderosa fuerza que la vanguardia del proletariado
necesita aprender a dirigir como parte de la lucha general por la
revolución.
LOS PAISES OPRIMIDOS
En los países oprimidos las mujeres también se encuentran
entre las mayores víctimas de la intensificación de
la explotación que se puede observar por todo el mundo. En
muchos países, las condiciones mismas de empobrecimiento
están generando nuevos ciclos de industrialización:
el capital imperialista, atraído como imán, invierte
en aquellos países donde puede aprovechar las penurias de
las masas para sacar ganancias. En Indonesia, China, Bangladesh
y Zaire, los regímenes reaccionarios compiten en una espantosa
subasta, ofreciendo a los imperialistas precios aún más
bajos para contratar nueva sangre en sus fábricas y maquiladoras.
Y en país tras país, las mujeres están ingresando
en masa en ese nuevo ejército de proletarios.
La propia China, cuyos gobernantes capitalistas han impulsado el
proceso de desarrollo capitalista tal vez más extremo, desenfrenado
y radical visto en el mundo, ha entregado a millones de mujeres
jóvenes y niñas de las aldeas literalmente como “forraje”
a la vasta “zona de libre comercio” próxima a
Hong Kong. En Bangladesh, nuevas legiones de proletarios, principalmente
mujeres, han emergido en las últimas dos décadas como
fuerza de trabajo en la industria de la confección, ascendiendo
a más de un millón de personas.
En los países oprimidos, la mujer es una particularmente
clara víctima del atraso del feudalismo, que ha sido mantenido
e incorporado al “mundo moderno”. En las industrias
de tapetes de Irán, India y otros países, el imperialismo
moderno ha encontrado una beneficiosa relación recíproca
utilizando formas tradicionales de opresión, encadenando
a mujeres y niños a los telares en su propio hogar, a fin
de producir para el mercado mundial. Por eso, en parte, se puede
describir con mayor precisión a muchos países de Asia,
Africa y América Latina como “semifeudales”.
Existe, por tanto, una sólida base material para la rebelión
de la mujer. Pero el interés de la mujer en la lucha revolucionaria
no puede explicarse únicamente por su explotación
directa a manos de las clases reaccionarias en su calidad de obreras
o campesinas, ni se puede reducir a ella. Además, las masas
de mujeres trabajadoras cuentan con el peso que impone la dominación
masculina y las asfixiantes instituciones y prácticas sociales
y religiosas, que también recaen sobre las mujeres de las
capas más privilegiadas.
Miles de años de cadenas de tradición pesan sobre
la mujer en incontables formas. En Afganistán, los gobernantes
islámicos han regresado a la práctica medieval de
encerrar literalmente a la mujer en casa y controlar cada uno de
sus movimientos, como un ejemplo de lo que ha llegado a llamarse
“apartheid de género”, un caso extremo de las
formas feudales de opresión de la mujer que tanto prevalecen
en varios países del mundo, junto a montones de supersticiones
religiosas. La tiranía y control absolutos sobre la mujer
por parte de los miembros masculinos de la familia, junto a las
prácticas reaccionarias tejidas en la estructura de la sociedad,
son aún un rasgo muy importante de la vida de un gigantesco
sector de mujeres del planeta. Por citar algunos ejemplos: el odiado
chador, la ablación femenina [mutilación del
clítoris] y la esterilización forzada, los matrimonios
arreglados entre niñas y niños y la “propiedad”
del marido sobre los hijos, el chantaje de la dote, las palizas
a esposas y compañeras, el “derecho” de los hombres
al divorcio y al adulterio, cada uno de los cuales es penable por
proscripción o muerte para millones de mujeres.... Pero estas
condiciones de opresión también generan nuevas oleadas
de resistencia.
Además de éstas y otras “tradiciones”
feudales o semifeudales, las mujeres en los países oprimidos
sufren junto a las mujeres de los países “avanzados”
otras formas “modernas” de degradación: el acoso
sexual constante de distinto tipo, pornografía, prostitución
y múltiples formas de violencia, incluyendo violación
y abuso físico. En muchos casos coexisten o se entremezclan
formas de opresión feudales y modernas, manteniendo a las
mujeres en una posición de inferioridad. (No se debe olvidar
que hasta algunas formas de las más retrógradas expresiones
ideológicas de subordinación de la mujer, también
existen en los países llamados “avanzados”, como
demuestra el crecimiento del oscurantismo religioso en los Estados
Unidos, donde los cristianos fundamentalistas se oponen al derecho
al aborto y exigen el regreso a los valores tradicionales reaccionarios
en el hogar y en general.)
Por tanto, la participación de la mujer en la lucha revolucionaria
es un instrumento para golpear todo el entramado de la opresión
de la mujer (es decir, las relaciones sociales que se han desarrollado
desde el surgimiento de las propias clases), y no sólo al
capitalista o al terrateniente más próximo, o al Estado
que representa a dicho enemigo de clase.
DIFERENTES POSICIONES DE CLASE
Ya sea en Occidente o en los países oprimidos, la mujer
no puede considerarse un factor accesorio o “marginal”
en la lucha de clases. Cada vez está más claro, que
están muy concentradas en el mero centro del proceso de opresión
y explotación. Y el corolario inevitable de todo ello es
que la mujer estará cada día más en el centro
de la oposición al sistema del imperialismo y la reacción.
El enemigo de clase ha comprendido muy claramente el potencial
revolucionario de la mujer y ha dado pasos significativos no sólo
para aplastarlo sino también para canalizarlo de modo que
preserve y proteja el sistema imperialista mundial. Por ejemplo,
los imperialistas, que apoyan a los reaccionarios más funestos
y bárbaros, ahora derraman lágrimas de cocodrilo por
la situación de la mujer. Emprenden guerras para preservar
a los jeques del Golfo (y su derecho a restaurar sus harenes, como
en Kuwait después de la Guerra del Golfo) y apoyan a regímenes
como el de El Salvador, cuyos escuadrones de la muerte violaron
tumultuariamente y asesinaron a monjas católicas en 1980
(recién salió a la luz que este hecho fue conocido
por altos funcionarios yanquis), y a los talibanes de Afganistán,
mientras que dirigen sus legiones de ONG (las llamadas organizaciones
no gubernamentales) para emprender proyectos entre mujeres, incluyendo
mujeres pobres y del campo de los países del tercer mundo.
Por muy loable que sea la motivación de algunos de los cooperantes
en tales proyectos, estos programas encajan dentro de un plan general
de los propios imperialistas para desviar el descontento de las
mujeres de la lucha revolucionaria hacia programas e ilusiones reformistas
de una mayor igualdad para ellas. Pero el hecho de que los imperialistas
hayan hecho que las ONG dedicaran tanto trabajo a estas capas recalca
una vez más lo importante que es que luchemos por ganarse
a las mujeres.
Una gran diferencia entre la posición revolucionaria proletaria
sobre la cuestión de la mujer y la de los demócratas
burgueses más radicales, es la de si se desata conscientemente
este torrente de rebelión o si se busca restringirlo constantemente
y estrechar el ámbito de la rebelión de la mujer,
verla como un valioso ariete que golpee al enemigo o tener miedo
de sus anhelos revolucionarios de una sociedad completamente diferente.
¿Cuántas veces hemos oído a los revolucionarios
nacionalistas y demócrata-burgueses afirmar que plantear
la cuestión de la mujer es “divisivo” para la
lucha? Pero, esto es sólo verdad si el objetivo de la “lucha”
es crear toda una estructura nacional con explotadores y explotados,
chovinismo masculino, patriarcado y múltiples prácticas
e ideas reaccionarias. Y este miedo de ir “demasiado lejos”
inevitablemente limita cuán profunda y eficazmente las mujeres
participarán inclusive en aquellas actividades revolucionarias
que son “toleradas”.
Por el contrario, los revolucionarios proletarios saludan y alientan
la rebelión de la mujer. Para los revolucionarios proletarios,
las contradicciones que surgen como consecuencia de la participación
activa de la mujer (es decir, la oposición del hombre) son
un rasgo necesario del movimiento revolucionario. Su tratamiento
correcto a través de la educación, la crítica
y la autocrítica, y el impulso de lucha consciente, incluyendo
la rebelión de la mujer, contra las ideas y prácticas
retrógradas en el movimiento revolucionario, puede conducir
al avance de todo el movimiento, tanto de los hombres como de las
mujeres. La contradicción entre hombres y mujeres no desaparecerá
a voluntad ni con su absorción en la “lucha”
general tal y como las fuerzas burguesas y los defensores del chovinismo
masculino quisieran. Una posición tal sólo ahogaría
la participación de la mujer y tarde o temprano su resistencia
seguiría un camino menos favorable para la revolución.
Algunas feministas y otras personas han criticado a los comunistas
por tener un “motivo oculto” en su deseo de integrar
a la mujer en la lucha revolucionaria. Los comunistas revolucionarios
reconocen el vasto potencial que existe en las mujeres, especialmente
las pobres. Su furia es verdaderamente una fuerza poderosa para
la revolución, que debe desencadenarse como parte de desencadenar
a todas las masas contra el sistema reaccionario. El “motivo
oculto” del que nos declaramos culpables es que los comunistas
reconocemos que, hoy, la plena participación de la mujer
en el movimiento revolucionario es un elemento muy importante que
permitirá que el movimiento actual, donde ya ha alcanzado
la etapa de guerra popular como en el Perú o en Nepal o donde
la lucha omnímoda por el Poder está aún en
una fase de preparación, llegue a ser el movimiento del mañana,
la revolución socialista, que destruirá paso a paso
todas las viejas relaciones de propiedad y las ideas e instituciones
basadas en ellas, incluida, como importante elemento, la opresión
de la mujer.
EL SOCIALISMO EN CHINA
Al analizar la revolución de nueva democracia, una etapa
necesaria por la que debe atravesar la revolución proletaria
en los países oprimidos que componen el grueso de la población
del mundo, Mao Tsetung hizo hincapié en la existencia de
“elementos socialistas”. De hecho, él insistió
en que la existencia de estos elementos era uno de los rasgos fundamentales
que hacían esta revolución una de nueva democracia,
no de vieja democracia, lo que la convertía en parte de la
revolución socialista proletaria mundial.
La propia China ilustra muy claramente los “dos caminos”
que se abren a la mujer. Tras completar la revolución de
nueva democracia en 1949, el proletariado emprendió la revolución
socialista, desarrollando repetidas batallas contra los restos de
la vieja sociedad y combatiendo los repetidos esfuerzos de aquellos
que dentro del Partido querían detener la revolución
y construir una sociedad capitalista. A través de esas décadas
de construir el socialismo, se dieron enormes pasos para movilizar
a la mujer en todos los aspectos de la lucha, a combatir las viejas
prácticas e ideas y a crear lo nuevo. Durante la Revolución
Cultural este proceso alcanzó su momento más álgido
cuando centenares de millones de personas participaron en una batalla
de vida o muerte para seguir haciendo avanzar la revolución
hacia el comunismo. Es bien conocido que en este movimiento participó
la mujer como nunca antes, y lo mismo ocurrió en todos los
sectores de la población: los intelectuales revolucionarios
que constituyeron el movimiento de los Guardias Rojos, los obreros
y los campesinos. Esto se reflejó en el propio Partido, incluso
en el nivel más alto donde la Camarada Chiang Ching jugó
un papel histórico como una de las y los principales dirigentes
del cuartel general revolucionario en el Partido Comunista de China.
Y en el importante campo de batalla contra las viejas ideas, se
crearon, bajo la dirección de ella, poderosas obras que fijaron
normas nuevas para reflejar la imagen y misión del proletariado
en la esfera del arte y la cultura. Un rasgo sobresaliente de estas
obras fue la representación de heroínas revolucionarias
llenas de fuerza.
Como sabemos, la Revolución Cultural fue derrotada como
consecuencia del reaccionario golpe de Estado de Deng Xiao-ping
y Jua Kuo-feng. Los golpistas tacharon a la propia Chiang Ching
de principal villano por su incansable lucha a favor del proletariado
y la línea proletaria revolucionaria de Mao Tsetung y la
acusaron de usar su poder para su propia ambición personal.
Pero durante su juicio en 1980, defendió valerosamente la
bandera roja, se declaró culpable únicamente del crimen
de hacer la revolución, y volteó la tortilla en el
tribunal juzgando a sus acusadores, Deng y Jua.
LO VIEJO CONTRA LO NUEVO
¿Y cuál es la situación de la mujer en la
actual China donde se ha restaurado el capitalismo? Por supuesto
que algunas mujeres, al igual que algunos hombres, se han beneficiado
del saqueo de la anterior propiedad colectiva del pueblo o de la
nueva libertad para explotar a los obreros y masas trabajadoras.
Pero, para la mayoría de las mujeres, la restauración
del capitalismo ha significado una nueva esclavitud, no sólo
económica sino también física y social, en
las garras de la dominación masculina, ya sea en la zona
de libre comercio de Cantón, en las aldeas que se han convertido
nuevamente en un lugar de horror y miseria para la gran mayoría
de los campesinos, o en las modernas ciudades de la nueva China
capitalista. Por todo el país, las antiguas formas de opresión
de la mujer están reapareciendo como un mal. Las ideas feudales
y de Confucio sobre la inferioridad de la mujer han resurgido con
furia. La prostitución, que fue erradicada en la China de
Mao, es ahora el pan de todos los días en una sociedad donde
la mano de obra se ha convertido nuevamente en una mercancía
de compraventa y donde “enriquecerse es glorioso”, según
presumen con tanto descaro los gobernantes chinos. El infanticidio
femenino está tan extendido que su cruda realidad se refleja
hasta en las estadísticas demográficas. China se ha
convertido nuevamente en un infierno para la mayoría de las
mujeres.
Así pues, podemos ver que para las masas de mujeres como
para la sociedad en su conjunto, el problema de la “vieja
democracia” contra la “nueva democracia” no es
cosa de poca monta. Está íntimamente ligada a si la
característica común de todas las sociedades de clases
previas, explotación y con ella la opresión de la
mujer, continuará o si, por el contrario, podrá embarcarse
en el largo y difícil camino de crear unas relaciones completamente
distintas entre hombres y mujeres. Hoy en Nepal, al igual que en
el Perú y otros países donde hay luchas revolucionarias,
abundan noticias del surgimiento de nuevas combatientas y dirigentas
de entre las mujeres más oprimidas, aquellas que ayer eran
despreciadas y ridiculizadas y que hoy se han puesto a la altura
para convertirse en heroínas revolucionarias. Mujeres así
nunca estarán satisfechas con una revolución que avance
sólo un trecho, y darán un poderoso ejemplo poniendo
a prueba el movimiento revolucionario y sus objetivos.
Teniendo en la mira el futuro y las actuales necesidades del movimiento,
los revolucionarios proletarios luchan con todas sus fuerzas para
que se cumpla la consigna “¡Desencadenar la furia de
la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!”.
Como en toda gran empresa revolucionaria, la vanguardia proletaria
aprenderá en el transcurso de ese proceso, obteniendo nuevas
y ricas experiencias y superando nuevos problemas. Como Mao afirmara
en 1927 en su “Informe sobre una investigación del
movimiento campesino en Junán”, es imposible corregir
un error sin sobrepasar los “límites justos”
(t. 1, p. 24). Esto tiene mucha vigencia en la situación
actual en que la causa de la revolución exige que millones
de mujeres rompan las cadenas, incluidas la tradición y la
supremacía masculina, que traban su iniciativa revolucionaria.
La correcta y enérgica aplicación del Marxismo-Leninismo-Maoísmo
sobre esta cuestión por cualquier partido y organización
comunista convertirá a muchas mujeres en dirigentas y combatientas
revolucionarias. Guiados por el Marxismo-Leninismo-Maoísmo,
la posición y la práctica del Movimiento Revolucionario
Internacionalista, y los partidos y organizaciones que lo conforman,
han abierto las puertas de par en par a dicho fenómeno. Pero
no podemos quedarnos satisfechos con lo conseguido, pues hay mucho
más por hacer para movilizar plenamente a las mujeres en
la lucha revolucionaria. Los avances de hoy son sólo el inicio,
son simplemente el primer acto de una gran obra que sin duda asombrará
a los escépticos a medida que las mujeres se alcen y desaten
su furia para destruir lo que está podrido en este mundo
y comiencen a construir el nuevo, ladrillo a ladrillo.
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