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¡Furia
Popular Estremece a Indonesia!
Comunicado del Comité
del Movimiento Revolucionario Internacionalista
18 junio 1998
Tras una rebelión popular que sumió a casi todo el
archipiélago de Indonesia, cayó por fin el dictador
Suharto, títere de los Estados Unidos. Su reino de 32 años
empezó y terminó con represión sangrienta,
y su derrota ignominiosa la celebran los oprimidos del mundo.
Desde hace unos meses los imperialistas de Occidente y sus lacayos
tienen entre manos una profunda crisis económica en Asia
oriental. En Tailandia, Corea del Sur, Malasia e Indonesia, los
gobiernos compradores han impuesto medidas de austeridad exigidas
por el Fondo Monetario Internacional. El gobierno de Suharto, como
muchos otros, subió precios, recortó servicios y facilitó
el saqueo extranjero. Las monedas se desplomaron y el desempleo
se disparó, golpeando duro a las masas y hundiéndolas
más en la pobreza. Por su parte, las clases dominantes y
sus amos occidentales hacían maromas para mantener abierto
el chorro de riqueza.
Las masas de Indonesia se rebelaron y desafiaron a una de las fuerzas
represivas más feroces del mundo. Las fuerzas armadas, entrenadas
y armadas por los Estados Unidos y sus aliados imperialistas, quisieron
hacer lo que siempre han hecho: aplastarlas con la bota de hierro.
Pero esta vez fue en vano, y a los estudiantes se unieron jóvenes
de los tugurios y cientos de miles más. Con su monopolio
de la prensa, el gobierno soltó bravatas y trató de
dirigir la furia de las masas contra los comerciantes chinos para
escudar y proteger la sede del poder reaccionario. Pero las fuerzas
avanzadas de las masas no se dejaron engañar, movilizaron
a muchos más y apuntaron su ataque contra el clan de Suharto
y otros símbolos del dominio occidental.
Ante las olas de rebelión que barrían al país
entero, los imperialistas hacían cuanto podían para
distanciarse de Suharto, tal como lo hicieron el año pasado
con Mobutu en Zaire. La prensa de Occidente condenó el capitalismo
clientelar de Suharto, desenmascaró sus laberínticos
negocios familiares y lamentó el robo de miles de millones
de dólares al pueblo. Era algo que conocían bien,
pues los imperialistas lo pusieron en el Poder y lo respaldaron
hasta cuando pudieron. Suharto era un monstruo, al igual que Mobutu,
Duvalier de Haití y otros, pero era un monstruo del imperialismo.
Suharto tomó el Poder sobre los cadáveres de medio
millón de personas: comunistas y otros que se atrevían
a soñar con una Indonesia independiente del imperialismo
occidental y campesinos que ansiaban tierra. Pero los reprimieron
con una ferocidad y baño de sangre como pocas veces se ha
visto desde la II Guerra Mundial; cientos de miles más fueron
a dar a los calabozos. De eso, casi nada ha dicho la prensa reaccionaria.
De hecho, los Estados Unidos alabó la llegada de Suharto
al Poder y la revista liberal Time dijo que era “la
mejor noticia de Asia que ha tenido el Occidente en muchos años”.
Con el golpe de Estado de Suharto en 1965, los imperialistas y
reaccionarios procuraban frenar en la región el auge de luchas
de liberación nacional y revolución de entonces. En
Vietnam, los campesinos le estaban dando una buena paliza a la supuestamente
invencible maquinaria de guerra yanqui, y hogueras de rebelión
cobraban fuerza en Asia y otras partes del tercer mundo, apoyadas
por el bastión revolucionario de la China de Mao. Los imperialistas
necesitaban un lacayo servil en Indonesia, que es una importante
fuente de petróleo, es el cuarto país en población
del mundo y tiene la mayor población del mundo musulmán.
Los Estados Unidos y otras potencias imperialistas escogieron, entrenaron
y respaldaron con todo a su alcance a Suharto para desempeñar
ese papel.
El golpe de Estado aprovechó graves errores de los revolucionarios.
La dirección del Partido Comunista de Indonesia (PCI) tomó
una posición “intermedia” ante el gran debate
que rugía en el movimiento comunista internacional, entre
la línea revolucionaria de Mao Tsetung y la línea
revisionista de capitulación y traición predicada
por los soviéticos. El PCI negaba la enseñanza leninista
de que el Estado es la dictadura de una clase para reprimir a las
demás y decía que porque estaba de presidente Sukarno,
el gobierno tenía un “aspecto popular”. Si bien
fue el títere Suharto y sus secuaces quienes derramaron la
sangre de cientos de miles de personas, los revisionistas fueron
los que prepararon el terreno.
En vez de emprender el camino de la guerra popular, la dirección
del PCI le ató las manos al pueblo. El PCI, que parecía
un poderoso partido con cientos de miles de militantes, se derrumbó
y los obreros, campesinos revolucionarios y militantes revolucionarios
no lograron levantar una resistencia eficaz. Esa amarga lección
demuestra una vez más la certeza de las poderosas enseñanzas
de Mao Tsetung: “el Poder nace del fusil” y “sin
un ejército popular, nada tendrá el pueblo”.
La sangre todavía chorreaba de las manos de Suharto cuando
invadió y ocupó a Timor Oriental en 1975. Las tropas
indonesias han matado ahí a 200.000 personas, la tercera
parte de la población. Per cápita, es el mayor genocidio
desde el holocausto de la II Guerra Mundial. Hasta la fecha Indonesia
tiene 60.000 soldados, policías y soplones en Timor Oriental,
o sea, uno por cada 10 timorenses. Así y todo, los timorenses
siguen luchando valientemente y su lucha fue una parte integral
del alzamiento que tumbó a Suharto.
Hoy, los imperialistas y la clase dominante de Indonesia pugnan
con urgencia para desviar la furia popular y proteger el núcleo
de las instituciones reaccionarias, especialmente las fuerzas armadas.
Apenas unos meses atrás, pensaron que podían salvar
a Suharto un tiempecito más y lo siguieron apoyando. Los
Estados Unidos entrenó y armó a las tropas indonesias,
en especial a las odiadas Boínas Rojas del KOPASSUS. Tony
Blair y el gobierno de “Nuevo Laborismo” de Inglaterra
siguieron firmando contratos de ventas de armas y enviando suministros.
En la primavera las fuerzas armadas de Australia llevaron a cabo
maniobras militares conjuntas con las fuerzas armadas indonesias.
Así y todo, el auge de rebelión sacudió a Indonesia,
y los reaccionarios y sus padrinos imperialistas tuvieron que ceder
hasta que cayó el tirano.
Fue una gran victoria. Suharto fue, sin duda alguna, un gran explotador
y opresor del pueblo de Indonesia, aunque no el mayor. Su familia
se robó miles de millones de dólares, pero los imperialistas
mucho más. El entramado Suharto era simplemente la agencia
local de los extensos tentáculos del imperialismo, que penetran
en todo sector de la vida económica, chupando la riqueza
y trabajo del pueblo. Suharto y su familia eran solamente
los siervos que roban un puñado antes de que el amo se lleve
la recaudación completa. Tipos como Bill Gates, Camdessus
del FMI, Clinton, Blair, Chirac, Kohl, etc., son los que manejan
el sistema que ha mantenido a Indonesia en el atraso y la pobreza.
El “milagro” de su llamado tigre asiático mejoró
un tanto la situación de las clases media y alta, pero no
alivió la pobreza que agobia a las masas básicas.
Ahora, muchos de los que pensaron que la situación tomaba
un rumbo mejor, también se encuentran de golpe en la pobreza.
Los que ya eran pobres no saben cómo vivirán. Para
ver que eso se debe a un sistema mundial, basta con echar un vistazo
a los países vecinos, Malasia o Tailandia, donde millones
de personas ya padecen de las mismas medidas de austeridad que están
imponiendo en Indonesia. Sus gobernantes, como Suharto, son corruptos
tiranos de poca monta y, como él, son el fruto del sistema
histórico mundial llamado imperialismo.
Para transformar verdaderamente a Indonesia, hay que liberarla
del imperialismo y arrancar de raíz el semifeudalismo; romper
el dominio del imperialismo en las arterias económicas, que
le permite llenar las arcas de Occidente con las riquezas de Indonesia.
La única manera de tumbar del Poder a los gobiernos neo coloniales
respaldados por el imperialismo y sus fuerzas armadas es librando
una guerra revolucionaria. Esta tiene que apoyarse en el campesinado
y movilizarlo como fuerza principal por el camino de la Revolución
de Nueva Democracia que trazó Mao Tsetung. Mao demostró
que únicamente por medio de la guerra popular prolongada
es posible derrotar a los ejércitos supuestamente invencibles
de reaccionarios e imperialistas y que, una vez en el Poder, las
masas pueden construir una economía autosuficiente, apoyar
a los pueblos del mundo y ser faro de la revolución mundial.
Ese es el camino que seguía China hasta 1976. Hoy, la ciencia
de la revolución, sintetizada y elevada por Mao a un nuevo
nivel, al Marxismo-Leninismo-Maoísmo, ilumina el camino hacia
adelante para los oprimidos del mundo.
A menos que una guerra revolucionaria aplaste al viejo gobierno,
las fuerzas reaccionarias manejarán el Poder para aguantar
la tormenta, dar concesiones pasajeras a unos y reprimir salvajemente
a los demás. Millones de indonesios sueñan con la
revolución, y esperan que la caída de Suharto sea
sólo el preludio a mayores y profundos cambios. Pero para
que eso no quede en sueño, el pueblo necesita una dirección,
la dirección que sólo puede dar un partido de vanguardia
pertrechado con el Marxismo-Leninismo-Maoísmo. Si no existe
esa inquebrantable dirección de vanguardia, la clase dominante
volverá a imponer su autoridad sobre las masas oprimidas
y las mantendrá encadenadas.
Sólo días después de la caída de Suharto,
la camarilla reaccionaria encabezada por B.J. Habibie está
demostrando de qué lado está: protegió a los
secuaces de Suharto y no soltó de la cárcel a quienes
considera más peligrosos: muchos militantes y partidarios
del PCI que llevan presos más de 30 años, así
como a combatientes timorenses. Pero no deja de hacer promesas que
jamás se cumplirá.
Hace más de un siglo, al perfilarse una crisis en Europa,
Federico Engels dijo que las coronas pronto rodarán por docenas
por el suelo. La pregunta es: ¿quién las levantará?
Hoy, la corona de Suharto ha caído, no mucho después
de la de Mobutu. La pregunta de Engels es más apremiante
que nunca. El Movimiento Revolucionario Internacionalista saluda
al pueblo de Indonesia, cuyo ardor y desafío ante la mano
de hierro ha renovado los ánimos de todos los que luchan
contra el imperialismo y la reacción en el mundo entero.
Exhortamos a los elementos revolucionarios más avanzados
de Indonesia a que hagan un gran esfuerzo para agruparse en torno
al Marxismo-Leninismo-Maoísmo y vincularse con el MRI; exhortamos
también a las fuerzas maoístas de otros países
a que contribuyan a esa tarea. Las deudas de los reaccionarios de
Indonesia y de sus amos imperialistas son demasiado grandes y las
aspiraciones de las masas demasiado altas como para considerar algo
menos.
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