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Despejar
las Tinieblas en Afganistán
M. N. Cham
Como resultado
de una importante ofensiva militar en agosto de 1998, los talibanes
expulsaron a las fuerzas de la Alianza del Norte de importantes zonas
del país hasta entonces bajo su control. Aunque esto cambió
el balance de fuerzas de forma dramática, la situación
está lejos de haberse resuelto. Poco después, los imperialistas
yanquis lanzaron un ataque aéreo sobre el campamento del disidente
saudita Osama Bin Laden en Khost (Afganistán), presentándolo
como una represalia por las explosiones en las embajadas yanquis en
Africa oriental. Sin embargo, éste era un ejemplo de intentar
imponer disciplina entre sus huestes, dado que los Estados Unidos
[EU], y la CIA en particular, habían supervisado el ascenso
de Bin Laden como uno de los principales reclutadores de talibanes
en la guerra de resistencia de Afganistán contra los socialimperialistas
soviéticos. Este artículo fue escrito antes de estos
acontecimientos pero permite aclarar muchos aspectos de la situación
política actual en Afganistán. — UMQG
Para la mayoría de nosotros, la palabra Afganistán
es sinónimo de guerra. Incluso para aquellos que nacieron
antes que el estruendo de las bombas ahogara los demás sonidos,
el baño de sangre de los últimos veinte años
ha proyectado una sombra abominable sobre los recuerdos del pasado.
En 1979, dando un paso mortal con el fin de reforzar a sus lacayos
frente a la creciente oposición, los socialimperialistas
soviéticos invadieron Afganistán. En ausencia de un
partido revolucionario capaz de unir al pueblo en una guerra popular
contra el imperialismo y el feudalismo, la resistencia de las masas
fue principalmente organizada bajo la dirección de fuerzas
feudales y burguesas. Estas fuerzas no estaban dispuestas y eran
incapaces de desatar todo el potencial de las masas en una guerra
que tendría como blanco no sólo el ejército
invasor, sino también las viejas relaciones de opresión
que pesan fuertemente sobre las masas. Por el contrario, pidieron
apoyo al imperialismo yanqui y a los Estados reaccionarios de la
región, y se convirtieron en instrumentos de la rivalidad
entre imperialistas.
La URSS finalmente tuvo que salir en 1989, dejando atrás
un gobierno minado por fracciones, que a la vez fue derribado en
1992. La toma de Kabul por una alianza de fuerzas islámicas
no fue más que un nuevo alineamiento de tropas en el sangriento
campo de batalla de Afganistán. Las fuerzas que conformaron
el gobierno posterior pronto se entregaron a luchas internas y en
1996 fueron también derribadas por los recién creados
talibanes, un grupo apoyado por EU; pero esto estaba lejos de ser
el punto final del conflicto entre los reaccionarios señores
de la guerra.
Cada vez que una zona es capturada por uno de estos ejércitos
se producen violaciones, asesinatos en masa y ejecuciones. Los habitantes
de ciudades enteras han sido expulsados. Las mujeres han sido excluidas
de todos los aspectos de la vida social. El país está
saturado de minas, la mayor parte de su infraestructura está
destruida, y los alimentos y servicios de salud y sociales son escasos.
La guerra ha asolado Afganistán durante casi veinte años.
Aproximadamente el 10% de los 18 millones de habitantes con que
contaba el país han muerto, y son muchos más los mutilados.
Un tercio de la población de Afganistán vive en el
exilio.
Para muchos, un cambio revolucionario en la presente situación
de Afganistán parece imposible. Pero como todos los fenómenos,
Afganistán es una unidad de contrarios, y donde existe opresión,
existe también la posibilidad de un verdadero cambio revolucionario.
Distintos Estados reaccionarios de la región, como Irán,
Pakistán y Arabia Saudita, han patrocinado a uno u otro de
los partidos islámicos combatientes. Los imperialistas de
EU, Europa occidental y Rusia ha apuntalado y armado a los elementos
más reaccionarios de Afganistán como palancas en su
afán de ganancias y poder. La rivalidad entre imperialistas,
los conflictos regionales y las contradicciones entre los señores
de la guerra han creado una situación tal que en los últimos
años ninguna fuerza ha sido capaz de ejercer un dominio efectivo.
Necesitan a las masas como carne de cañón para su
interminable guerra. Pero los intereses de la gran mayoría
de la población están en completa contraposición
con la estructura semifeudal y semicolonial que estas fuerzas defienden,
y los numerosos años de guerra bajo su dominio han puesto
al descubierto aún más la verdadera naturaleza de
los señores de la guerra y sus amos, y por ello, les cuesta
cada día más trabajo movilizar a las masas para combatir
a su lado. Además, en Afganistán existe una vanguardia,
el Partido Comunista de Afganistán (PCA), un partido participante
en el Movimiento Revolucionario Internacionalista (MRI), basado
en el Marxismo-Leninismo-Maoísmo (MLM). Este factor crucial
puede catalizar las explosivas contradicciones en la sociedad y
desatar y dirigir el proceso de cambio revolucionario.
ALGUNOS ANTECEDENTES
Afganistán es un país semifeudal y semicolonial en
el cual, antes de la guerra antisoviética, el 85% de la población
vivía y trabajaba en el campo.
La historia moderna de Afganistán comienza con la colonización
británica en el siglo XIX. Después de dos guerras
anglo-afganas, los británicos establecieron un Estado centralizado
para actuar como amortiguador entre el imperio ruso y la India británica.
Este Estado centralizado de carácter feudal y colonial se
estableció por medio de la brutal represión de numerosas
rebeliones y la subyugación de distintos clanes y grupos
étnicos; huelga decir que no existió intento alguno
por cambiar la estructura feudal del país.
No fue hasta obtener la independencia de Inglaterra, proclamada
en 1919 por el rey Amanullah Khan, que las puertas de Afganistán
se abrieron al capital extranjero, y se dieran tibios intentos de
poner en marcha reformas que afectaran al feudalismo. Esto provocó
el rechazo de los británicos, quienes apoyaron a la oposición
feudal que expulsó a Amanullah Khan en 1929.
A finales de los años 50, debilitado el control británico
después de la II Guerra Mundial, el gobierno de Afganistán
desarrolló estrechos lazos con los nuevos gobernantes capitalistas
que habían derrocado el socialismo en la Unión Soviética
en 1956. La burguesía burocrática compradora, con
la ayuda de capital soviético, se fortaleció, al tiempo
que se mantenían lazos con Occidente. Afganistán fue
nuevamente considerado un Estado amortiguador, esta vez entre la
URSS y los Estados de la región bajo patrocinio de EU (la
alianza CENTO). Las inversiones extranjeras eran escasas, y el Estado
continuó siendo una burocracia centralizada nominal incorporando
distintas autoridades feudales regionales.
En 1978 los revisionistas del Partido Democrático Popular
(PDP), que representaba al capital burocrático comprador
pro soviético, se apoderaron del Poder a través de
un golpe de Estado, centrado en las ciudades. El PDP estaba integrado
por dos facciones, Parcham (bandera) y Khalq (pueblo), y gobernó
el país en nombre de los ocupantes soviéticos1.
Bajo el gobierno pro soviético, miles de integrantes de las
fuerzas democráticas y revolucionarias fueron encarcelados
y asesinados, la tortura se convirtió en un hecho común
y helicópteros soviéticos artillados emprendieron
por todo el campo misiones de cerco y aniquilamiento al estilo de
EU en Vietnam.
Afganistán es un tapiz colorido de nacionalidades y minorías
nacionales. Los pashtos son la minoría más grande,
con cerca del 40% de la población; la mayoría vive
en las regiones sur y occidental. Los tajiks son otra minoría
importante, y entre las minorías nacionales más pequeñas
se encuentran los uzbecos, hazaras, turcomanos, beluchistanos, nuristanos
y otros grupos menores. La mayor parte de los grupos étnicos
tienen lazos de cultura y lengua fuera del país. El idioma
más extensamente hablado es dari, o tajik (distintos nombres
para un mismo idioma que se habla también en Irán,
conocido ahí como persa).
Los pashtos han sido, históricamente, la nacionalidad dominante.
La formación del Estado centralizado bajo dominio británico
supuso un fuerte ascenso del chovinismo. Esto ha sido una constante
fuente de contradicción con los no pashtos, quienes constituyen
la mayoría de la población. No sólo se entregó
a los pashtos gran parte de sus tierras de pastoreo y de cultivo
que pertenecían a las tribus y clanes no pashtos, sino que
muchos hombres y mujeres hazaras fueron convertidos en esclavos.
(La esclavitud fue formalmente abolida tras la independencia.) La
“afganización” del país (en Afganistán,
al referirse a los pashtos, se les llamaba afganos) quedó
simbolizada con el cambio del nombre del país por Afganistán
y el de otras denominaciones geográficas por nombres pashtos.
En la mayor parte de la reciente historia del país, los pashtos
han ejercido un virtual monopolio en las altas esferas del Estado,
incluido el ejército2.
Al mismo tiempo, lejos de estar unidas, las clases dominantes de
los pashtos se encuentran divididas en clanes. Las contradicciones
entre estos clanes han continuado siendo una fuente de choques entre
los distintos partidos islámicos pashtos durante y después
de la ocupación soviética.
La religión dominante en el país es el islam. La
rama sunita del islam es la más extensamente practicada,
por ejemplo por pashtos, tajiks y uzbecos. Cerca del 20% de la población,
incluidas las zonas hazaras, siguen la rama chiíta del islam.
También se practican distintas ramas surgidas tanto de la
religión chiíta como de la sunita, por ejemplo la
ismailita, y existen también pequeñas minorías
de sijs e hindúes.
EL ASCENSO AL PODER DE LA ALIANZA ISLAMICA
Después de que los soviéticos se retiraran de Afganistán
en febrero de 1989, se llevaron a cabo multitud de reuniones entre
diversos señores de la guerra, funcionarios gubernamentales
de Arabia Saudita, Irán y Pakistán, y miembros de
los servicios secretos de los países imperialistas. Todo
ellos querían llegar a una solución que mejor representase
sus intereses. El gobierno pro soviético de Najibullah, que
duró de 1987 a abril de 1992, carecía de una sólida
base, y su ejército no llegó a poder consolidar el
Poder a nivel nacional. Los frentes de la oposición controlaban
importantes zonas del campo, pero sus ejércitos estaban divididos
por clanes y nacionalidades y carecían de un mando centralizado.
Como los mujaidines pro yanquis3 no lograron ocupar
y afianzarse en las ciudades más importantes tras la retirada
de los soviéticos, no tuvieron suficiente fuerza para tomar
el Poder. Bajo la supervisión de los gobiernos de la región,
se estableció una coalición de algunas fuerzas islámicas,
y en 1992, en colaboración con fuerzas partidarias del anterior
régimen soviético y del actual ruso, derribaron a
Najibullah. Fue ésta una toma del Poder relativamente no
violenta, a la que estas fueras denominan “revolución
islámica”.
El gobierno resultante fue una coalición de fuerzas que
representaba y defendía el sistema semifeudal y semicolonial.
La toma del Poder estuvo acompañada por una campaña
de terror contra las masas, especialmente las mujeres, a fin de
subyugarlas. El gobierno apeló a la ayuda extranjera y exigió
que la tierra fuera devuelta a los grandes terratenientes. Además,
esta coalición no sólo no representaba a todos los
ejércitos existentes, sino que incluso no fue capaz de mediar
en sus propias diferencias internas. Desde el comienzo las distintas
facciones iniciaron nuevos choques armados, cambiando las alianzas,
con objeto de obtener un mayor reparto de Poder. Kabul y sus zonas
limítrofes, que en lo fundamental no habían sufrido
los efectos de la ocupación soviética, se convirtieron
ahora en el principal campo de batalla.
Los principales protagonistas en ese momento incluían a
las fuerzas pro yanquis de Ekhvani; a Abdul Rashid Dastom del Movimiento
Islámico Nacional (MIN), una potente milicia de uzbecos4
creada por los soviéticos; Burhanuddin Rabbani de la Yemaah
Islámica y su comandante Ahmed Shah Massoud de Shora-e Nezar,
un grupo tajik de la clase feudal-compradora ligado a Francia, Rusia
e Irán5; y el pro iraní Hizb-e Wahdat-e,
un grupo fundamentalista chiíta con base en la región
de Hazara6.
En aquellos momentos el gobierno estaba dirigido por Rabbani (presidente)
y Massoud (ministro de Defensa) y consistía fundamentalmente
de fuerzas tajiks y otras de nacionalidad no pashto. El principal
peón de EU y Pakistán, Hikmatyar, fue incapaz de ejercer
el Poder en el seno de esta alianza. Las contradicciones entre los
señores de la guerra fueron extremadamente difíciles
de resolver, y ninguno contaba con la fuerza militar suficiente
para tomar y detentar el Poder a nivel nacional.
Afganistán está situado, al norte, entre las repúblicas
de Asia central que obtuvieron su independencia nominal después
del colapso del bloque soviético, y al sur entre Pakistán
y el Océano Indico. Los imperialistas y los Estados reaccionarios
de la región querían desarrollar nuevos lazos políticos
y comerciales en esta zona, y ello obligaba a una solución
para concluir la guerra.
Los talibanes (estudiantes de religión) aparecieron en el
escenario político de Afganistán poco después
de que una delegación paquistaní de alto nivel viajase
a Turkmenistán para negociar un acuerdo comercial entre ambos
países, pasando por Afganistán. Apoyados por Pakistán,
los talibanes emergieron con la consigna de asegurar el tráfico
en las carreteras y combatir la piratería. Alzaron la bandera
de la anticorrupción, las escuelas religiosas se vaciaron
al tiempo que los “estudiantes” se unían a la
lucha, y en poco tiempo la artillería talibán descargaba
sus baterías a las puertas de Kabul y acababa ocupándola
en septiembre de 1996. Los talibanes tienen sus raíces en
las fuerzas musulmanas fundamentalistas pro yanquis, pertenecen
a los musulmanes wahabi (una rama sunita) y representan el chovinismo
pashto7.
El rápido avance de los talibanes se debió en parte
a la cooperación o deserción de varios frentes mujaidines
y al hecho de que se les unieran sectores del ejército y
la burocracia del anterior régimen, muchos de ellos pashtos.
Finalmente, su avance fue paralizado en las regiones del norte de
Afganistán tras feroces combates contra una alianza de grupos
anteriormente enfrentados en lucha, la Alianza del Norte, integrada
por la Yemaah-Shora, el MIN y el Hizb-e Wahdat-e. En la actual alineación
de fuerzas, el imperialismo yanqui envía apoyo económico
y militar a los talibanes a través de Pakistán y Arabia
Saudita. (Hasta soldados paquistaníes han sido arrestados
por combatir junto a los talibanes, y militares paquistaníes
de alta graduación ayudan igualmente a los talibanes). Un
eje formado por Rusia, Francia, junto a Irán, la India y
las repúblicas asiáticas de la antigua URSS, apoyan
a la Alianza del Norte. Los rusos les suministran armas y, ahora,
oficiales rusos, que conocieron muy bien al país durante
la ocupación, han regresado como asesores militares de la
Alianza del Norte. Las zonas de influencia de las diferentes fuerzas
reaccionarias se han consolidado más o menos según
cada nacionalidad, y los talibanes se apoyan principalmente en los
pashtos y en regiones del oeste y sur (cerca de los dos tercios
del país). Hasta mediados de 1998, los componentes de la
Alianza del Norte controlaban zonas significativas habitadas por
tajiks, uzbecos y hazaras en el norte.
En 1996, una conferencia del Instituto de la Paz de EU sobre el
futuro de Afganistán, señalaba que “obedece
a los intereses de las potencias vecinas, y de las compañías
petrolíferas que operan en la región [que contemplan
Afganistán como vía de paso para sus oleoductos]8,
ayudar a Afganistán a sobrevivir como país”.
En la misma conferencia, Ashraf Ghani, del Banco Mundial, sugirió
que lo que “Afganistán necesita es un gobierno interino
de tecnócratas que puedan actuar como autoridad central para
impedir el colapso del país”. Es posible que los imperialistas
no vean con agrado esta división de facto del país
ni la continuación de la guerra, pero las rivalidades entre
imperialistas, y las contradicciones entre los ejércitos
feudal-compradores que los propios imperialistas han alentado, y
los intereses en conflicto de los Estados reaccionarios de la región,
son las principales causas de la continuación del conflicto.
Esto ha creado una situación en que ninguna fuerza o alianza
hasta ahora ha sido capaz de establecer un régimen estable,
lo que bien podría agregarse al desorden de toda la región.
EL ISLAM: UN GARROTE CONTRA EL PUEBLO
Durante años, el islam fue apuntalado y utilizado como bandera
para movilizar a las masas contra la Unión Soviética.
El islam ya contaba con sólidas raíces entre las masas
y era la ideología que había más a mano en
torno a la cual organizarse. Además, algunos intentos iniciales
del PDP sobre reforma agraria, que apuntaban a reforzar a la burguesía
compradora y la dependencia del socialimperialismo, habían
empujado hacia la oposición a los señores de la guerra
y a la jerarquía religiosa, quienes mantenían lazos
históricos con el mundo occidental. Al presentar a los imperialistas
soviéticos como “comunistas”, y, en consecuencia,
a la lucha antiimperialista del pueblo de Afganistán como
un combate entre el “comunismo” y los “soldados
de Alá”, se fortalecieron los sentimientos religiosos
retrógrados de las masas y se fomentó la autoridad
de los elementos feudales y el clero. Esto se realizó con
el apoyo incondicional de los imperialistas occidentales, que financiaron
la propaganda religiosa y armaron a los mujaidines como instrumento
en su rivalidad con los socialimperialistas soviéticos. Así,
la financiación de EU a estas fuerzas se inició en
1980 con 30 millones de dólares y ascendió a 630 millones
de dólares en 1987, cifra que se mantuvo hasta 1989.
Pero la vida bajo el dominio religioso, tanto en el exilio en Irán
como en los campamentos de refugiados en Pakistán (controlados
en su mayoría por fuerzas islámicas), al igual que
en zonas en el país bajo el mando de los mujaidines, ha dejado
su huella. Durante años las mujeres han sido encerradas en
los campamentos e incluso en sus tiendas, para que aquellos hombres
que no conocen no las vean. Cualquiera que no siguiera estrictamente
los ritos religiosos era severamente castigado bajo la acusación
de ser “comunista” y “espía soviético”.
Se asesinaba a personas (la mayoría de las veces con balas
yanquis) por el hecho de tener una revista occidental, beber Coca
Cola y otros “crímenes” parecidos. El sectarismo
imperante en los frentes controlados por los mujaidines hacía
difícil que la juventud de las ciudades se uniera a la resistencia
antisoviética, y la mayoría tenía que abandonar
el país. Aquellos que marcharon a Irán creyendo la
propaganda iraní de que el islam no tiene fronteras, se convirtieron
ahí en objetivos del sistemático chovinismo contra
los afganistanes. Fueron igualmente testigos del infierno en que
los gobernantes islámicos han sumido al pueblo iraní.
Muchos han marchado de Irán abandonando igualmente sus creencias
religiosas.
Al mismo tiempo, incluso durante la guerra de resistencia antisoviética,
distintas fuerzas islámicas han combatido entre sí.
Este baño de sangre emprendido bajo las banderas del islam
no ha escapado a los ojos de las masas. Cuando los ejércitos
de los señores de la guerra islámicos entraron en
las ciudades, después de la retirada soviética, continuaron
saqueando las tiendas y robando al pueblo, desmantelando las fábricas,
dejando a las masas de las ciudades sin ninguna fuente de ingresos
y con el sabor amargo de los “preceptos divinos”.
A todo esto hay que sumar las prácticas puristas fundamentalistas
de muchos seguidores del islam, especialmente los talibanes, que
están llevando las prácticas religiosas mucho más
lejos de las costumbres tradicionales de las masas. La fe del pueblo
en la religión y en la jerarquía religiosa se está
resquebrajando. Muchos que aún practican el islam se han
vuelto en contra del clero y están hartos de la propaganda
religiosa. La situación es tal que (según fuentes
del Partido Comunista de Afganistán), en muchos frentes uzbecos
y hazaras, los no practicantes no ven ya la necesidad de seguir
pretendiendo. Este es un importante cambio en un clima donde hasta
hace pocos años tal audacia podía costar la propia
vida. Como los reaccionarios tienen más y más dificultades
para movilizar a las masas bajo la bandera del islam, se quejan
abiertamente de que el islam se está “contaminando”
y, por supuesto, se echan la culpa de ello entre sí.
La religión, al igual que otras creencias y tradiciones
retrógradas, no puede ser eliminada de la noche a la mañana.
Esto exige una larga lucha a través de la movilización
de las masas populares para derrocar al feudalismo y al imperialismo,
tanto en la base como en la superestructura, y avanzar hacia el
socialismo y el comunismo. Pero el ejército socialimperialista
soviético invasor agitó la bandera del falso comunismo
y el falso internacionalismo, confundiendo al pueblo y reforzando
de hecho al islam, al que cedió la bandera “nacional”.
La práctica de los partidos islámicos, sin embargo,
ha contribuido a quebrantar las ilusiones del pueblo, haciendo el
terreno más favorable para que los maoístas desenmascaren
las falsedades religiosas y la naturaleza de clase represiva de
la teocracia y movilicen a las masas para una guerra popular contra
los gobernantes islámicos y sus amos imperialistas.
EL PROBLEMA NACIONAL
Durante la ocupación soviética, el movimiento espontáneo
de masas, particularmente en las zonas rurales, fue una parte importante
de la resistencia. En ausencia de una fuerza revolucionaria fuerte,
estas luchas adoptaron una forma étnica y tribal y condujeron
a una situación donde los elementos reaccionarios de cada
región (y nacionalidad) tomaron el control de la lucha en
esa zona. Según el documento del PCA Principios Básicos,
“la lucha en este período contra los ocupantes afectó
seriamente a todas las contradicciones internas y las contradicciones
internas del país no se manifestaron de manera significativa....
“Durante la guerra la principal palanca del poder político
permaneció en manos de los pashtos, pero al mismo tiempo
importantes regiones habitadas por las nacionalidades oprimidas
cayeron en manos de fuerzas locales, acabando con el poder directo
de la clase dominante pashto”.
La burguesía compradora y los feudales pashtos, que ya habían
perdido el control exclusivo antes de 1992 y casi perdieron el Poder
después de la caída de Najibullah, encontraron en
los talibanes a sus representantes. Las violaciones y los asesinatos
acompañaron su toma de Kabul; por donde pasaban desataban
una desbocada furia chovinista contra las masas no pashtos. Desafortunadamente,
atizando el chovinismo entre los pashtos, han logrado movilizar
a una parte de las masas contra sus hermanas y hermanos de otras
nacionalidades. Estas atrocidades han provocado el surgimiento de
un fuerte sentimiento antipashto y el nacionalismo entre otras nacionalidades,
y los señores de la guerra de la Alianza del Norte, que habían
perdido bastante credibilidad entre el pueblo, ahora retoman estos
sentimientos para reclutar a las masas y salvar su barco en proceso
de hundimiento. Estas fuerzas, que nunca han perdido la ocasión
de vender su país y su pueblo a otras Estados imperialistas
y reaccionarios, reivindican ahora desvergonzadamente la causa nacional.
Su lucha “nacional”, sin embargo, no es sino una lucha
por el Poder con los señores de la guerra islámicos,
y va dirigida principalmente contra las masas del pueblo pashto.
Ninguna de las dos facciones enfrentadas quiere unir al pueblo
contra el imperialismo; ambas están luchando en defensa de
los intereses de diferentes países reaccionarios e imperialistas.
Han escupido descaradamente sobre la heroica lucha del pueblo contra
los invasores soviéticos y están trabajando estrechamente
con los asesores militares rusos o con las facciones del viejo Estado.
El antiimperialismo de estos traidores nacionales se limita a la
entusiasta condena por los talibanes a la interferencia de Rusia,
Francia e Irán, mientras la Alianza del Norte es firme defensora
de la causa contra EU, Pakistán y Arabia Saudita. Lo único
que han hecho es embarcar a las masas en una guerra fratricida en
pos de los intereses de sus amos.
Algunos intelectuales laicos se han alineado con partidos islámicos
que luchan por el Poder. Los de origen pashto justifican su unidad
con los talibanes afirmando que son los únicos capaces de
acabar la guerra y establecer un gobierno central que una el país.
Otros, incluidos algunos intelectuales demócratas laicos
de la nacionalidad hazara, llaman al pueblo a agruparse en torno
a la bandera de distintos reaccionarios islámicos de la Alianza
del Norte, so pretexto de la “unidad nacional” y la
“lucha antitalibán”.
Esta es la misma línea que causó tanto daño
a la lucha contra la ocupación soviética. El falso
comunismo de la URSS no sólo dejó la bandera nacional
en manos de las fuerzas islámicas sino que sentó la
base para que el oportunismo de derecha anidase en muchas llamadas
fuerzas izquierdistas e intelectuales. Mucha gente consciente de
la verdadera naturaleza de la URSS no fue en contra del viento anticomunista.
Por el contrario, pretextando luchar primero contra el ejército
extranjero, ocultaron cuidadosamente sus verdaderos puntos de vista
y tomaron la bandera de “Allah Akhbar” (“Alá
es grande”). Así, en vez de luchar por trazar el camino
para la verdadera liberación, ayudaron a los partidos islámicos
a fortalecer las ideas retrógradas y, en última instancia,
sirvieron al feudalismo y al imperialismo.
La actual situación plantea nuevos retos a los maoístas,
los cuales, al golpear las raíces de la opresión nacional,
están desenmascarando el reaccionario nacionalismo de los
partidos islámicos y sentando las bases para el único
camino para poner fin a esta opresión. El PCA sostiene que
la lucha contra la opresión nacional (interna) debe basarse
en la unidad de las masas trabajadoras de todas las nacionalidades
contra el imperialismo y la reacción, junto con el derecho
de cada nacionalidad a la autodeterminación. Y señala
que “el chovinismo nacional es en realidad la ideología
la clase dominante de la nación dominante y no de todas las
clases de esa nación. Obviamente, este chovinismo afecta
a la pequeña burguesía, al campesinado e incluso al
proletariado, pero principalmente a la burguesía nacional.
Por tanto, las clases reaccionarias de esta nación utilizan
estas clases como instrumentos y base social para oprimir a otras
nacionalidades. Pero el chovinismo nacional y la opresión
de otras nacionalidades no corresponden a los intereses históricos
de las masas, y se convertirán en un medio para perpetuar
el control de las clases dominantes sobre ellas” [Llama
Eterna, órgano central del PCA, #16].
La lucha nacional en un país oprimido como Afganistán
es, antes que nada, una lucha contra el imperialismo y el feudalismo.
Sin esta orientación básica, la lucha de las nacionalidades
oprimidas acentuará las diferencias en detrimento de la unidad
básica del pueblo y las diferentes nacionalidades; el proletariado
y los campesinos de una nacionalidad, en vez de buscar la unidad
entre sus hermanas y hermanos de clase de otras nacionalidades,
se unirían por el contrario con la burguesía nacional
(e incluso con las clases feudal y compradora) y acabarían
bajo su dirección. Así, la lucha contra el feudalismo
y el imperialismo deja de ser un objetivo y no se pondrá
fin a la opresión nacional. Pero si el centro de la lucha,
tal y como señalan los camaradas del PCA, “es el de
la unidad de intereses de las masas trabajadoras de todas las nacionalidades,
las clases dominantes serán aisladas”, las masas trabajadoras
de la nacionalidad dominante se convertirán en una fuerza
en el combate contra el chovinismo nacional, y se podrá forjar
una fuerte unidad capaz de barrer de manera eficaz la opresión
nacional.
MUJERES Y RESISTENCIA DETRAS DEL VELO
El ascenso de los talibanes estuvo acompañado de salvajes
ataques contra las mujeres. Las mujeres son obligadas a llevar velos
negros que las cubren de pies a cabeza; se les prohíbe trabajar
o ir a la escuela; no pueden andar por la calle, ir a una tienda
o acudir a un hospital si no van acompañadas de un hombre
mahram (marido, hermano o padre), e incluso se les prohíbe
entrar en los baños públicos. Las mujeres son compradas
y vendidas, tomadas como botín de guerra, violadas y asesinadas.
Durante la ocupación soviética, los partidos islámicos
hasta impidieron a las mujeres tomar parte en la guerra contra el
ejército que invadía su tierra, bombardeaba sus casas
y asesinaba a sus familias. Sin embargo los talibanes no son los
únicos; las otras camarillas imponen sobre las mujeres otras
medidas en distinto grado, todas ellas muy brutales, con el argumento,
en ciertos casos, de que son parte de las tradiciones de Afganistán
y que, por tanto, el pueblo está acostumbrado a ellas.
Las mujeres de Afganistán se han opuesto enérgicamente
a estas doctrinas opresivas y seudoprotectoras. El resentimiento
acumulado durante años de subyugación a la dominación
masculina impuesta por las relaciones semifeudales ha comenzado
a hacerse notar. Durante el ataque de los talibanes contra Mazar
i-Sharif (entonces bajo control de la Alianza de Norte), las mujeres
empuñaron las armas para combatirlos; en algunos casos, mujeres
han atacado a los talibanes con cuchillos de cocina. Las protestas
de las mujeres afganistanas en el exilio han llegado hasta la prensa
paquistaní. Ha habido mujeres que han muerto luchando por
mantener abiertos los baños públicos, y se han organizado
escuelas clandestinas para educar a las mujeres.
Además, la guerra ha arrojado a las mujeres a la fuerza
de trabajo a fin de mantenerse ellas mismas y a sus familias tras
la pérdida de padres o esposos. Estas mujeres, que trabajaban
principalmente en las industrias y servicios de Kabul, han probado
lo que es la independencia económica y tienen un odio ardiente
a los talibanes, quienes prohíben que ellas trabajen.
Es importante señalar que sin una orientación revolucionaria
contra las verdaderas causas de su opresión, la lucha de
las mujeres puede quedar reducida a una lucha antitalibán
por parte de las restantes fuerzas reaccionarias, algunas de las
cuales fingen favorecer un tratamiento menos severo de las mujeres.
Sólo bajo la dirección proletaria se puede movilizar
plenamente a las mujeres para erradicar las fuentes de su opresión.
El PCA piensa que sin una active participación de las mujeres
en la lucha contra el imperialismo y la reacción, es inconcebible
la victoria de la revolución de nueva democracia, la construcción
socialista y el comunismo. Además, la revolución de
nueva democracia debe desencadenar la furia de las mujeres como
una fuerza poderosa para la revolución y asestar golpes mortales
a la estructura patriarcal. La contradicción entre hombres
y mujeres “es distinta de las contradicciones de clase y de
nacionalidad y exige distintos métodos para resolverse. Pero
su existencia es un rasgo importante de la estructura semifeudal
y semicolonial de Afganistán. La opresión de las mujeres
no debe, de modo alguno, ser considerada cuestión secundaria.
No sólo reprime los derechos sociales e individuales de la
mitad de la sociedad, sino que las relaciones inhumanas asociadas
con esta opresión... actúan como un factor decisivo
para preservar y fortalecer las relaciones semifeudales y semicoloniales
dominantes” (Principios Básicos, PCA).
La línea y la práctica del PCA sobre esta cuestión
comienzan a tener impacto: sectores de mujeres están asumiendo
la lucha de manera más consciente.
INMIGRANTES Y REFUGIADOS
En el período más álgido de la guerra durante
los años 80, una cifra estimada de 3.5 millones de refugiados
afganistanes vivió en Pakistán y otros 2 millones
en Irán, mientras que miles más huyeron a la India
y a Occidente. Además, se estima que entre 2 y 3 millones
de personas fueron desplazadas como consecuencia de la guerra. Tras
la retirada soviética y la caída del gobierno de Najibullah,
se inició el regreso de los refugiados. Pero, la continuación
de la guerra ha creado más desplazamientos internos, y durante
los combates en torno a Kabul, fueron muchos los que abandonaron
la ciudad por otras zonas. Actualmente, se estima que aún
permanecen un millón de refugiados en Pakistán, y
otro millón y medio en Irán.
Aunque los refugiados pertenecen a todos los estratos de la sociedad,
la mayoría provienen de las zonas rurales y durante la guerra
de resistencia algunos regresaban para trabajar la tierra durante
las épocas de siembra y cosecha.
La mayoría de los que se trasladaron a Pakistán vivían
en los campamentos controlados por los mujaidines, a través
de los cuales se canalizaba el grueso de la ayuda de la ONU, y estaban
sujetos a estrictas normas islámico-feudales. Estos campamentos
estaban aislados de la sociedad paquistaní y no fue hasta
más tarde que los inmigrantes afganistanes pudieron trabajar.
Ahora son muchos los que trabajan en las minas de carbón
del Beluchistán paquistaní.
Un gran número de estos inmigrantes afganistanes ha vivido
en Irán, ya sea en campamentos o trabajando. Los campamentos
de la República Islámica de Irán son notorios
por el maltrato a los refugiados afganistanes, y centenares de personas
han sido masacradas ahí. En Pakistán ha habido varias
protestas contra la situación en estos campamentos, incluida
una en la que participaron miles de inmigrantes, cosa que subraya
la repulsa por las condiciones inhumanas desarrolladas por los gobernantes
iraníes.
Quienes trabajan en Irán no han gozado de una vida mejor.
Trabajan principalmente en varias ciudades como obreros eventuales
o fijos en las fábricas de ladrillos, construcción,
sector servicios y agricultura. Se les prohíbe trabajar en
la industria alimentaria, como por ejemplo en las panaderías,
porque se les considera sucios. Sus salarios, si es que llegan a
cobrarlos, son bajos, y la paga muchas veces les es confiscada por
los Pasdarán (un cuerpo de las fuerzas armadas iraníes)
cuando cruzan las fronteras para regresar a sus hogares. La República
Islámica de Irán vomita propaganda reaccionaria en
su contra, y ha creado un cierto chovinismo contra los afganistanes
entre los iraníes.
Los crímenes de la República Islámica de Irán
contra los refugiados no han quedado impunes. En los últimos
años numerosos inmigrantes han participado en Irán
en las revueltas de las masas contra el Estado. Con frecuencia,
regresan con una renovada hostilidad hacia el islam, y algunos elementos
más avanzados se atreven a denunciarlo abiertamente.
LOS MAOISTAS
La formación de la Organización de la Juventud Progresista
(OJP) en 1964 anunció los albores del movimiento marxista-leninista-maoísta
en Afganistán. La OJP libró una activa lucha contra
el revisionismo jruschovita, el socialimperialismo y el parlamentarismo,
sosteniendo que el poder político nace del fusil. La revista
democrática publicada por la OJP, Llama Eterna, tuvo
tal difusión entre las masas que aún hoy a las autenticas
fuerzas revolucionarias y democráticas se les conoce como
los “llameantes” (sholei en dari). La crisis
que prevaleció en el movimiento comunista internacional como
resultado del contrarrevolucionario golpe de Estado en China en
1976, también afectó al joven movimiento comunista
de Afganistán, que en esos momentos estaba perdiendo a muchos
cuadros y líderes en los campos de ejecución y mazmorras
del reaccionario Estado prosoviético. Entre ellos se encontraba
Aktam Yari, fundador de este movimiento.
Los comunistas, sin embargo, no fueron fáciles de erradicar.
De forma individual y a través de varios grupos, continuaron
jugando un papel importante en la guerra de resistencia antisoviética.
La lucha política para forjar una línea proletaria
correcta continuó bajo el fuego de los bombardeos soviéticos
y la represión islámica, y a mediados de los años
80 se formó la Célula Revolucionaria de Comunistas
Afganistanes (CRCA). En 1990 la CRCA se unió a la Unión
de Marxista-Leninistas de Afganistán para formar la Organización
de Comunistas Revolucionarios de Afganistán, que a su vez
fundó el Partido Comunista de Afganistán en 1991.
El Comité de Agitación y Propaganda del Marxismo-Leninismo-Pensamiento
Mao Tsetung (CAP) se unió al Partido poco después
de su constitución. La formación del MRI en 1984 jugó,
desde un comienzo, un papel importante para aclarar las cuestiones
de línea en el movimiento afganistano.
El documento del PCA Principios Básicos declara:
“La ideología que guía el pensamiento y la acción
del Partido Comunista de Afganistán es el Marxismo-Leninismo-Maoísmo....
“El programa del PCA en la actual etapa de la revolución
en este país es la victoria de la revolución de nueva
democracia y el establecimiento de la dictadura democrática
popular. La realización de los objetivos políticos,
económicos y culturales de la revolución de nueva
democracia en Afganistán es la condición previa necesaria
para la transición a la revolución socialista en el
país y la marcha hacia el comunismo.
“La estrategia del PCA para la toma del poder político
es el inicio y avance de la guerra popular, una guerra prolongada
basada en la inmensa mayoría del pueblo, especialmente el
campesinado, bajo la dirección del proletariado a través
de su partido de vanguardia. Hasta el inicio de la guerra popular,
todas las luchas del Partido servirán a su preparación,
y una vez iniciada la guerra popular, todas las formas de lucha
y la fuerza combativa del Partido servirán a su avance y
victoria”. El PCA considera que su tarea más importante
en estos momentos en relación con el inicio es la construcción
y fortalecimiento del Partido.
Aún continúa el proceso de integrar en el Partido
a aquellos “llameantes” que siguen siendo fieles a la
causa de la revolución, o de organizarlos como aliados en
un frente único, aunque el PCA subraya la importancia de
organizar a nuevas fuerzas revolucionarias que asuman el MLM como
la única ideología liberadora. Además de luchar
por fortalecer el Partido, el PCA ha estado haciendo trabajo preparatorio
para un frente único: “Está claro que [un frente
único revolucionario] se basa en la alianza obrero-campesina,
y su formación será básicamente posible tras
el inicio de la guerra popular y el establecimiento de bases revolucionarias.
Pero esto no significa, en modo alguno, que en la actual etapa de
lucha no debamos esforzarnos por establecer un frente revolucionario
del pueblo o alianzas temporales y permanentes con fuerzas e individuos
revolucionarios democrático-nacionales y aspirantes a la
libertad frente al dominio teocrático de la reacción”
[Llama Eterna, #18].
DOS CLASES DE GUERRA
El PCA sostiene que “la revolución de nueva democracia
es una revolución democrática no sólo porque
se trata de una revolución antifeudal sino también
porque es una lucha antisocialimperialista, antiimperialista y antichovinista.
`La tierra para quien la trabaja' es la consigna central de esta
revolución y el campesinado se beneficiará de la victoria
de esta revolución más que ninguna otra capa y clase”.
La fuerza dirigente de esta revolución es el proletariado.
La pequeña burguesía será un aliado fuerte
y la burguesía nacional un aliado vacilante. Los objetivos
de la revolución de nueva democracia son: “derrocar
a las clases compradoras burguesas y feudales y establecer el poder
democrático de las amplias masas de todas las nacionalidades
del país...; derrocar la dominación imperialista y
lograr la independencia...; destruir el chovinismo nacional... y
reconocer el derecho a la autodeterminación de todas las
nacionalidades; acabar con el chovinismo machista y establecer la
igualdad entre el hombre y la mujer...” (Principios Básicos,
PCA).
Los pocos intentos realizados hasta ahora para mitigar el feudalismo,
ya sea después de la independencia o durante los primeros
años del régimen prosoviético, no se han emprendido
con el objetivo de liberar a los campesinos del yugo del feudalismo,
sino por el contrario para fortalecer el capitalismo burocrático,
la burguesía compradora y la dominación imperialista.
Por tanto los campesinos no fueron armados ni política ni
militarmente para derrocar al feudalismo y al imperialismo. De este
modo, ante la oposición de fuertes bastiones feudales, estos
gobiernos o han sido derrocados (como fue el caso de Amanullah Khan)
o acabaron conciliando con los feudales (como ocurrió con
el PDP). Los campesinos sin tierra que habían puesto sus
esperanzas en dichas reformas, se encontraron más tarde solos
y desarmados ante las bandas armadas feudales. Contrariamente a
los partidarios islámicos del feudalismo que prometen una
vida mejor en el cielo (o cuyo cielo conlleva todos los vestigios
de su pervertida imaginación), la guerra popular que los
maoístas están preparando movilizará a las
masas para preparar y ejercer su propio poder desde el comienzo.
“Sólo después de destruir las fuerzas armadas
de los contrarrevolucionarios, se puede derrocar el dominio político
de la reacción, y sólo después del derrocamiento
de su dominio político se puede establecer el poder político
de las masas. Este proceso es tan prolongado como el de la guerra
popular y se desarrolla a través del mismo. Comienza en pequeñas
zonas aisladas, se consolida y disemina, y después de la
toma del poder político a nivel nacional por el Partido Comunista
y sus aliados políticos, se extiende al país entero”
(Principios Básicos, PCA).
El cansancio por la guerra es un serio problema para los auténticos
comunistas. Una razón para el rápido avance de los
talibanes fue que se presentaron como una fuerza capaz de acabar
con las guerras; pero la realidad pronto hizo añicos esa
ilusión cuando los talibanes se unieron a los muchos ejércitos
de los señores de la guerra que vagaban por Afganistán.
Los acontecimientos desde la “revolución islámica”
de 1992 son testimonio de que, como señala el PCA, el dominio
teocrático en Afganistán se caracteriza por guerras
reaccionarias entre grupos islámicos. Y, por tanto, hasta
ahora las facciones en conflicto y sus amos extranjeros han tenido
grandes dificultades para avanzar hacia un acuerdo de paz definitivo
y exitoso entre los reaccionarios. Cualquier acuerdo sería
esencialmente inestable y pronto podría convertirse en otra
causante de un baño de sangre.
Además, aunque alguno de estos ejércitos fuera
capaz de traer la paz, ésta no sería una paz para
las masas sino la paz de los cementerios: las mujeres condenadas
a trabajos forzados tras los muros de sus hogares; los obreros y
campesinos que trabajan como esclavos bajo abrumadoras condiciones
sólo para llenar las panzas de un puñado de sacerdotes
y señores feudales; y todo ello mientras que sus hijos mueren
de desnutrición, la gasolina fluye por ductos subterráneos,
y el opio y la heroína aumentan las riquezas de reaccionarios
e imperialistas.
El pueblo de Afganistán ha luchado heroicamente contra un
ejército imperialista y ha aceptado muchos sacrificios, pero
no ha obtenido nada a cambio. Sólo más imperialismo
y feudalismo. El pueblo de Afganistán sabe lo que es la guerra,
pero nunca ha tenido ocasión de saborear los frutos de sus
sacrificios, nunca ha sentido la libertad que le permita romper
las cadenas de la tradición. Sólo una auténtica
guerra popular bajo la dirección del partido de vanguardia
MLM puede sentar las bases para que pueda haber una salida a esta
situación, porque está vinculada, por primera vez,
a un programa y lucha liberadores que introduzcan nuevas relaciones,
donde las masas ejerzan el poder político, y se ponga fin
de una vez y para siempre al sofocante peso del semifeudalismo.
En el campo de batalla llamado Afganistán, todas las fuerzas
reaccionarias hacen uso de la palabra por medio de los fusiles,
pero el pueblo no dispone aún de su propio ejército.
Hasta que se inicie una guerra así, la voz de los revolucionarios
será débil. “Esto, en modo alguno, significa
que no valoremos otras formas de lucha a su nivel actual, porque
es a través del avance exitoso y de principios de estas luchas
que podremos concluir con esta etapa preparatoria inicial de nuestro
trabajo”, declara el PCA. En verdad, tal y como la experiencia
de los comunistas entre las mujeres y los jóvenes proletarios
ha demostrado, para que los maoístas puedan despejar las
tinieblas y reunir las fuerzas necesarias para iniciar la guerra
popular, es crucial movilizar con audacia a las masas en torno a
un programa revolucionario y dirigir la lucha política contra
el dominio de la reacción.
NOTAS
1. Khalq adoptó una política de cambios económicos
rápidos a favor del sector de la burguesía compradora
y aceleró la dependencia en la Unión Soviética.
Parcham abogaba por una política más conciliadora
hacia el feudalismo. Durante los primeros años después
del golpe de Estado, Khalq encabezó el gobierno pero su política
suscitó una importante oposición. Por tanto, los soviéticos
optaron por Parcham a través de un golpe de Estado en que
murieron importantes dirigentes de Khalq. Después, se enmendó
la reforma agraria y se restauraron los privilegios de los cabecillas
del clero y las tribus. (El artículo “Comunistas afganos
denuncian las patrañas soviéticas”, UMQG
1987/9, contiene más información sobre los títeres
soviéticos.)
2. En dari, la palabra “afgano” se refiere a una persona
de la nacionalidad pashto. Por tanto, el PCA usa el término
“afganistanes”, en lugar de “afganos”, para
referirse al pueblo de todas las nacionalidades de Afganistán.
3. Tras el golpe de Estado del PDP de 1978, EU organizó
a las fuerzas feudales y la jerarquía religiosa en grupos
armados. Después de la invasión soviética,
estos grupos trasladaron sus cuarteles generales a Peshawar (Pakistán).
La mayor parte de la ayuda financiera y militar paquistaní-saudita
a la resistencia se canalizó por medio de estas fuerzas denominadas
Ekhvanis (hermanos musulmanes) o mujaidines. Entre éstos
se encuentra Hizb-e Islami, encabezado por el archirreaccionario
Hikmatyar, que una vez fue un combatiente de “libertad”
favorito de EU, quien recibía armas y dinero, e instrucciones
con carácter regular del ISI (servicio secreto paquistaní)
durante la ocupación soviética. Desde su derrota a
manos de los talibanes en 1995, Hizb ha quedado reducido
a una fuerza relativamente insignificante.
4. Este grupo lo criaron los socialimperialistas soviéticos
y durante años les sirvió lealmente para cometer sus
numerosos crímenes. Las Milicias del Norte, como a veces
se llaman, se formaron como fuerza alternativa para que, si el gobierno
de turno no podía mantener las posiciones tras la retirada
soviética, se pudiera confiar en ellos para defender los
intereses soviéticos. Y de hecho, cuando el gobierno se vio
seriamente amenazado, la mayoría de los líderes apoyaron
a esta formación y se unieron a ella. El cabecilla de este
grupo hoy es el general Dastom y su base está en la región
de Mazar i-Sharif. La mayoría de las industrias y las reservas
de gas natural del país están en las zonas bajo el
control del MIN.
5. Shora-e Nezar es una organización político-militar
y, en realidad, parte de la Yemaah Islámica. Los lazos de
la Yemaah con los imperialistas occidentales se remontan a mediados
de los años 70. Durante la guerra antisoviética, recibieron
sustancial ayuda de Pakistán. Más tarde, forjaron
lazos con Irán. Shora coordina a los cabecillas de la Yemaah
y está lidereada por Ahmed Shah Massoud, quien dirige un
potente ejército en la región nororiental de Afganistán,
con su cuartel general en Panjshir. Se dice que comenzó a
formar su ejército ya en 1975. Massoud, que pocos años
después de la invasión soviética firmó
una tregua con las tropas invasoras, siempre había mantenido
relaciones ambiguas con el ejército soviético. En
1990-1991, recibió una importante ayuda de EU, junto a otros
jefes de la Yemaah. Mantiene estrechos lazos con Francia. La zona
bajo su control tiene numerosos recursos en piedras preciosas (esmeraldas
y lapislázuli) e incluye la región de cultivo de opio
de Badakhstán, dos fuentes seguras de ingresos para este
grupo.
6. Hizb-e Wahdat-e Islami, encabezado por Karim Khalili, es un
partido fundamentalista chiíta, una combinación de
diversas fuerzas en la región hazara a las que Irán
unificó en 1988. Durante años, incluso durante la
ocupación, combatieron en guerras civiles internas en esa
región, provocando daños y víctimas en la población.
Las camarillas que forman este partido las dirigen principalmente
terratenientes y sacerdotes islámicos.
7. Los talibanes tienen sus raíces en el Harekat Enghelab
Islami (Movimiento de la Revolución Islámica), el
primer grupo Ekhvani (“Hermanos Musulmanes”) formado
en 1979, bajo la dirección del ISI (servicio secreto paquistaní),
la SAVAK (policía política iraní bajo el Cha)
y la supervisión general de la CIA yanqui. Harekat, formado
principalmente por mullahs y estudiantes religiosos, siguió
operando en las regiones del sur durante la guerra antisoviética.
Al mismo tiempo, las escuelas religiosas (financiadas por los Estados
clientelares de EU en la región) estaban creciendo como hongos
en Pakistán, atrayendo a la oleada de jóvenes afganistanes
que ahí buscaron refugio. El núcleo de los talibanes,
incluido su representante principal, Mullah Mohammed Omar Akhundzadeh,
han formado parte del núcleo de “estudiantes”
de Harekat, y la columna vertebral del grupo se apoya en los mullahs
y estudiantes de las escuelas religiosas y en Harekat, junto a sectores
del ejército y la burocracia del anterior régimen.
Tras la caída de Najibullah, Mullah Omar fue asignado por
el ISI y la CIA a una misión “antidroga”, creándose
entonces los talibanes. Siguiendo la misma rama del islam que Arabia
Saudita, los talibanes dividen a la población, de un lado,
en una élite de mullahs y estudiantes, y de otro, el resto
de la población, a la que ellos consideran “un rebaño
ignorante que necesita un pastor”. Un gran número de
generales, oficiales y agentes de los servicios secretos del régimen
títere prosoviético, que antes pertenecieron a la
facción Khalq del PDP, ahora combaten activamente junto a
los talibanes.
8. Las compañías petrolíferas son una base
importante de las atrocidades cometidas en el Afganistán
de hoy. Se estima que en los próximos 15 años, la
región del Caspio se convertirá en la segunda fuente
del mundo de petróleo y gas, después del Medio Oriente.
Los países productores de petróleo, junto a las corporaciones
como Exxon, Chevron, British Petroleum y UNOCAL, han invertido fuertes
cantidades en el desarrollo energético de la región
y quieren aumentar y extender la red exportadora existente. Pero
el desarrollo de rutas alternativas suscita problemas que son más
estratégicos que financieros. La opción de aumentar
la actual red de oleoductos a través de Rusia significaría
un control ruso. La política yanqui hacia Irán y los
problemas estratégicos de concentrar la mayor parte del flujo
de la energía mundial (generada por el petróleo) a
través de una región caliente como es Medio Oriente
(y la zona del Golfo) son factores en contra de la construcción
de oleoductos a través de Irán. Así, la compañía
petrolera yanqui UNOCAL, una explotadora importante del petróleo
de Asia central, decidió construir un oleoducto a través
de Afganistán occidental. Se negoció esta ruta con
los talibanes en 1995, incluso antes de que éstos ocuparan
Kabul, durante una vista a los campamentos talibanes por el anterior
ministro del Interior paquistaní y el embajador yanqui en
Pakistán. Los intereses económicos en Afganistán
no se limitan al petróleo. Afganistán es el mayor
productor de opio del mundo, con una producción de aproximadamente
2.800 toneladas al año, equivalente a la del “triángulo
de oro” del sudeste asiático. Los talibanes tomaron
el control de estas zonas cuando pasaron a Afganistán, y
ahora cada año extraen millones de dólares en impuestos
sobre la exportación de la droga.
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