UN MUNDO QUE GANAR
 

Despejar las Tinieblas en Afganistán

M. N. Cham

Como resultado de una importante ofensiva militar en agosto de 1998, los talibanes expulsaron a las fuerzas de la Alianza del Norte de importantes zonas del país hasta entonces bajo su control. Aunque esto cambió el balance de fuerzas de forma dramática, la situación está lejos de haberse resuelto. Poco después, los imperialistas yanquis lanzaron un ataque aéreo sobre el campamento del disidente saudita Osama Bin Laden en Khost (Afganistán), presentándolo como una represalia por las explosiones en las embajadas yanquis en Africa oriental. Sin embargo, éste era un ejemplo de intentar imponer disciplina entre sus huestes, dado que los Estados Unidos [EU], y la CIA en particular, habían supervisado el ascenso de Bin Laden como uno de los principales reclutadores de talibanes en la guerra de resistencia de Afganistán contra los socialimperialistas soviéticos. Este artículo fue escrito antes de estos acontecimientos pero permite aclarar muchos aspectos de la situación política actual en Afganistán. — UMQG

Para la mayoría de nosotros, la palabra Afganistán es sinónimo de guerra. Incluso para aquellos que nacieron antes que el estruendo de las bombas ahogara los demás sonidos, el baño de sangre de los últimos veinte años ha proyectado una sombra abominable sobre los recuerdos del pasado. En 1979, dando un paso mortal con el fin de reforzar a sus lacayos frente a la creciente oposición, los socialimperialistas soviéticos invadieron Afganistán. En ausencia de un partido revolucionario capaz de unir al pueblo en una guerra popular contra el imperialismo y el feudalismo, la resistencia de las masas fue principalmente organizada bajo la dirección de fuerzas feudales y burguesas. Estas fuerzas no estaban dispuestas y eran incapaces de desatar todo el potencial de las masas en una guerra que tendría como blanco no sólo el ejército invasor, sino también las viejas relaciones de opresión que pesan fuertemente sobre las masas. Por el contrario, pidieron apoyo al imperialismo yanqui y a los Estados reaccionarios de la región, y se convirtieron en instrumentos de la rivalidad entre imperialistas.

La URSS finalmente tuvo que salir en 1989, dejando atrás un gobierno minado por fracciones, que a la vez fue derribado en 1992. La toma de Kabul por una alianza de fuerzas islámicas no fue más que un nuevo alineamiento de tropas en el sangriento campo de batalla de Afganistán. Las fuerzas que conformaron el gobierno posterior pronto se entregaron a luchas internas y en 1996 fueron también derribadas por los recién creados talibanes, un grupo apoyado por EU; pero esto estaba lejos de ser el punto final del conflicto entre los reaccionarios señores de la guerra.

Cada vez que una zona es capturada por uno de estos ejércitos se producen violaciones, asesinatos en masa y ejecuciones. Los habitantes de ciudades enteras han sido expulsados. Las mujeres han sido excluidas de todos los aspectos de la vida social. El país está saturado de minas, la mayor parte de su infraestructura está destruida, y los alimentos y servicios de salud y sociales son escasos. La guerra ha asolado Afganistán durante casi veinte años. Aproximadamente el 10% de los 18 millones de habitantes con que contaba el país han muerto, y son muchos más los mutilados. Un tercio de la población de Afganistán vive en el exilio.

Para muchos, un cambio revolucionario en la presente situación de Afganistán parece imposible. Pero como todos los fenómenos, Afganistán es una unidad de contrarios, y donde existe opresión, existe también la posibilidad de un verdadero cambio revolucionario. Distintos Estados reaccionarios de la región, como Irán, Pakistán y Arabia Saudita, han patrocinado a uno u otro de los partidos islámicos combatientes. Los imperialistas de EU, Europa occidental y Rusia ha apuntalado y armado a los elementos más reaccionarios de Afganistán como palancas en su afán de ganancias y poder. La rivalidad entre imperialistas, los conflictos regionales y las contradicciones entre los señores de la guerra han creado una situación tal que en los últimos años ninguna fuerza ha sido capaz de ejercer un dominio efectivo. Necesitan a las masas como carne de cañón para su interminable guerra. Pero los intereses de la gran mayoría de la población están en completa contraposición con la estructura semifeudal y semicolonial que estas fuerzas defienden, y los numerosos años de guerra bajo su dominio han puesto al descubierto aún más la verdadera naturaleza de los señores de la guerra y sus amos, y por ello, les cuesta cada día más trabajo movilizar a las masas para combatir a su lado. Además, en Afganistán existe una vanguardia, el Partido Comunista de Afganistán (PCA), un partido participante en el Movimiento Revolucionario Internacionalista (MRI), basado en el Marxismo-Leninismo-Maoísmo (MLM). Este factor crucial puede catalizar las explosivas contradicciones en la sociedad y desatar y dirigir el proceso de cambio revolucionario.


ALGUNOS ANTECEDENTES

Afganistán es un país semifeudal y semicolonial en el cual, antes de la guerra antisoviética, el 85% de la población vivía y trabajaba en el campo.

La historia moderna de Afganistán comienza con la colonización británica en el siglo XIX. Después de dos guerras anglo-afganas, los británicos establecieron un Estado centralizado para actuar como amortiguador entre el imperio ruso y la India británica. Este Estado centralizado de carácter feudal y colonial se estableció por medio de la brutal represión de numerosas rebeliones y la subyugación de distintos clanes y grupos étnicos; huelga decir que no existió intento alguno por cambiar la estructura feudal del país.

No fue hasta obtener la independencia de Inglaterra, proclamada en 1919 por el rey Amanullah Khan, que las puertas de Afganistán se abrieron al capital extranjero, y se dieran tibios intentos de poner en marcha reformas que afectaran al feudalismo. Esto provocó el rechazo de los británicos, quienes apoyaron a la oposición feudal que expulsó a Amanullah Khan en 1929.

A finales de los años 50, debilitado el control británico después de la II Guerra Mundial, el gobierno de Afganistán desarrolló estrechos lazos con los nuevos gobernantes capitalistas que habían derrocado el socialismo en la Unión Soviética en 1956. La burguesía burocrática compradora, con la ayuda de capital soviético, se fortaleció, al tiempo que se mantenían lazos con Occidente. Afganistán fue nuevamente considerado un Estado amortiguador, esta vez entre la URSS y los Estados de la región bajo patrocinio de EU (la alianza CENTO). Las inversiones extranjeras eran escasas, y el Estado continuó siendo una burocracia centralizada nominal incorporando distintas autoridades feudales regionales.

En 1978 los revisionistas del Partido Democrático Popular (PDP), que representaba al capital burocrático comprador pro soviético, se apoderaron del Poder a través de un golpe de Estado, centrado en las ciudades. El PDP estaba integrado por dos facciones, Parcham (bandera) y Khalq (pueblo), y gobernó el país en nombre de los ocupantes soviéticos1. Bajo el gobierno pro soviético, miles de integrantes de las fuerzas democráticas y revolucionarias fueron encarcelados y asesinados, la tortura se convirtió en un hecho común y helicópteros soviéticos artillados emprendieron por todo el campo misiones de cerco y aniquilamiento al estilo de EU en Vietnam.

Afganistán es un tapiz colorido de nacionalidades y minorías nacionales. Los pashtos son la minoría más grande, con cerca del 40% de la población; la mayoría vive en las regiones sur y occidental. Los tajiks son otra minoría importante, y entre las minorías nacionales más pequeñas se encuentran los uzbecos, hazaras, turcomanos, beluchistanos, nuristanos y otros grupos menores. La mayor parte de los grupos étnicos tienen lazos de cultura y lengua fuera del país. El idioma más extensamente hablado es dari, o tajik (distintos nombres para un mismo idioma que se habla también en Irán, conocido ahí como persa).

Los pashtos han sido, históricamente, la nacionalidad dominante. La formación del Estado centralizado bajo dominio británico supuso un fuerte ascenso del chovinismo. Esto ha sido una constante fuente de contradicción con los no pashtos, quienes constituyen la mayoría de la población. No sólo se entregó a los pashtos gran parte de sus tierras de pastoreo y de cultivo que pertenecían a las tribus y clanes no pashtos, sino que muchos hombres y mujeres hazaras fueron convertidos en esclavos. (La esclavitud fue formalmente abolida tras la independencia.) La “afganización” del país (en Afganistán, al referirse a los pashtos, se les llamaba afganos) quedó simbolizada con el cambio del nombre del país por Afganistán y el de otras denominaciones geográficas por nombres pashtos. En la mayor parte de la reciente historia del país, los pashtos han ejercido un virtual monopolio en las altas esferas del Estado, incluido el ejército2.

Al mismo tiempo, lejos de estar unidas, las clases dominantes de los pashtos se encuentran divididas en clanes. Las contradicciones entre estos clanes han continuado siendo una fuente de choques entre los distintos partidos islámicos pashtos durante y después de la ocupación soviética.

La religión dominante en el país es el islam. La rama sunita del islam es la más extensamente practicada, por ejemplo por pashtos, tajiks y uzbecos. Cerca del 20% de la población, incluidas las zonas hazaras, siguen la rama chiíta del islam. También se practican distintas ramas surgidas tanto de la religión chiíta como de la sunita, por ejemplo la ismailita, y existen también pequeñas minorías de sijs e hindúes.


EL ASCENSO AL PODER DE LA ALIANZA ISLAMICA

Después de que los soviéticos se retiraran de Afganistán en febrero de 1989, se llevaron a cabo multitud de reuniones entre diversos señores de la guerra, funcionarios gubernamentales de Arabia Saudita, Irán y Pakistán, y miembros de los servicios secretos de los países imperialistas. Todo ellos querían llegar a una solución que mejor representase sus intereses. El gobierno pro soviético de Najibullah, que duró de 1987 a abril de 1992, carecía de una sólida base, y su ejército no llegó a poder consolidar el Poder a nivel nacional. Los frentes de la oposición controlaban importantes zonas del campo, pero sus ejércitos estaban divididos por clanes y nacionalidades y carecían de un mando centralizado.

Como los mujaidines pro yanquis3 no lograron ocupar y afianzarse en las ciudades más importantes tras la retirada de los soviéticos, no tuvieron suficiente fuerza para tomar el Poder. Bajo la supervisión de los gobiernos de la región, se estableció una coalición de algunas fuerzas islámicas, y en 1992, en colaboración con fuerzas partidarias del anterior régimen soviético y del actual ruso, derribaron a Najibullah. Fue ésta una toma del Poder relativamente no violenta, a la que estas fueras denominan “revolución islámica”.

El gobierno resultante fue una coalición de fuerzas que representaba y defendía el sistema semifeudal y semicolonial. La toma del Poder estuvo acompañada por una campaña de terror contra las masas, especialmente las mujeres, a fin de subyugarlas. El gobierno apeló a la ayuda extranjera y exigió que la tierra fuera devuelta a los grandes terratenientes. Además, esta coalición no sólo no representaba a todos los ejércitos existentes, sino que incluso no fue capaz de mediar en sus propias diferencias internas. Desde el comienzo las distintas facciones iniciaron nuevos choques armados, cambiando las alianzas, con objeto de obtener un mayor reparto de Poder. Kabul y sus zonas limítrofes, que en lo fundamental no habían sufrido los efectos de la ocupación soviética, se convirtieron ahora en el principal campo de batalla.

Los principales protagonistas en ese momento incluían a las fuerzas pro yanquis de Ekhvani; a Abdul Rashid Dastom del Movimiento Islámico Nacional (MIN), una potente milicia de uzbecos4 creada por los soviéticos; Burhanuddin Rabbani de la Yemaah Islámica y su comandante Ahmed Shah Massoud de Shora-e Nezar, un grupo tajik de la clase feudal-compradora ligado a Francia, Rusia e Irán5; y el pro iraní Hizb-e Wahdat-e, un grupo fundamentalista chiíta con base en la región de Hazara6.

En aquellos momentos el gobierno estaba dirigido por Rabbani (presidente) y Massoud (ministro de Defensa) y consistía fundamentalmente de fuerzas tajiks y otras de nacionalidad no pashto. El principal peón de EU y Pakistán, Hikmatyar, fue incapaz de ejercer el Poder en el seno de esta alianza. Las contradicciones entre los señores de la guerra fueron extremadamente difíciles de resolver, y ninguno contaba con la fuerza militar suficiente para tomar y detentar el Poder a nivel nacional.

Afganistán está situado, al norte, entre las repúblicas de Asia central que obtuvieron su independencia nominal después del colapso del bloque soviético, y al sur entre Pakistán y el Océano Indico. Los imperialistas y los Estados reaccionarios de la región querían desarrollar nuevos lazos políticos y comerciales en esta zona, y ello obligaba a una solución para concluir la guerra.

Los talibanes (estudiantes de religión) aparecieron en el escenario político de Afganistán poco después de que una delegación paquistaní de alto nivel viajase a Turkmenistán para negociar un acuerdo comercial entre ambos países, pasando por Afganistán. Apoyados por Pakistán, los talibanes emergieron con la consigna de asegurar el tráfico en las carreteras y combatir la piratería. Alzaron la bandera de la anticorrupción, las escuelas religiosas se vaciaron al tiempo que los “estudiantes” se unían a la lucha, y en poco tiempo la artillería talibán descargaba sus baterías a las puertas de Kabul y acababa ocupándola en septiembre de 1996. Los talibanes tienen sus raíces en las fuerzas musulmanas fundamentalistas pro yanquis, pertenecen a los musulmanes wahabi (una rama sunita) y representan el chovinismo pashto7.

El rápido avance de los talibanes se debió en parte a la cooperación o deserción de varios frentes mujaidines y al hecho de que se les unieran sectores del ejército y la burocracia del anterior régimen, muchos de ellos pashtos. Finalmente, su avance fue paralizado en las regiones del norte de Afganistán tras feroces combates contra una alianza de grupos anteriormente enfrentados en lucha, la Alianza del Norte, integrada por la Yemaah-Shora, el MIN y el Hizb-e Wahdat-e. En la actual alineación de fuerzas, el imperialismo yanqui envía apoyo económico y militar a los talibanes a través de Pakistán y Arabia Saudita. (Hasta soldados paquistaníes han sido arrestados por combatir junto a los talibanes, y militares paquistaníes de alta graduación ayudan igualmente a los talibanes). Un eje formado por Rusia, Francia, junto a Irán, la India y las repúblicas asiáticas de la antigua URSS, apoyan a la Alianza del Norte. Los rusos les suministran armas y, ahora, oficiales rusos, que conocieron muy bien al país durante la ocupación, han regresado como asesores militares de la Alianza del Norte. Las zonas de influencia de las diferentes fuerzas reaccionarias se han consolidado más o menos según cada nacionalidad, y los talibanes se apoyan principalmente en los pashtos y en regiones del oeste y sur (cerca de los dos tercios del país). Hasta mediados de 1998, los componentes de la Alianza del Norte controlaban zonas significativas habitadas por tajiks, uzbecos y hazaras en el norte.

En 1996, una conferencia del Instituto de la Paz de EU sobre el futuro de Afganistán, señalaba que “obedece a los intereses de las potencias vecinas, y de las compañías petrolíferas que operan en la región [que contemplan Afganistán como vía de paso para sus oleoductos]8, ayudar a Afganistán a sobrevivir como país”. En la misma conferencia, Ashraf Ghani, del Banco Mundial, sugirió que lo que “Afganistán necesita es un gobierno interino de tecnócratas que puedan actuar como autoridad central para impedir el colapso del país”. Es posible que los imperialistas no vean con agrado esta división de facto del país ni la continuación de la guerra, pero las rivalidades entre imperialistas, y las contradicciones entre los ejércitos feudal-compradores que los propios imperialistas han alentado, y los intereses en conflicto de los Estados reaccionarios de la región, son las principales causas de la continuación del conflicto. Esto ha creado una situación en que ninguna fuerza o alianza hasta ahora ha sido capaz de establecer un régimen estable, lo que bien podría agregarse al desorden de toda la región.


EL ISLAM: UN GARROTE CONTRA EL PUEBLO

Durante años, el islam fue apuntalado y utilizado como bandera para movilizar a las masas contra la Unión Soviética. El islam ya contaba con sólidas raíces entre las masas y era la ideología que había más a mano en torno a la cual organizarse. Además, algunos intentos iniciales del PDP sobre reforma agraria, que apuntaban a reforzar a la burguesía compradora y la dependencia del socialimperialismo, habían empujado hacia la oposición a los señores de la guerra y a la jerarquía religiosa, quienes mantenían lazos históricos con el mundo occidental. Al presentar a los imperialistas soviéticos como “comunistas”, y, en consecuencia, a la lucha antiimperialista del pueblo de Afganistán como un combate entre el “comunismo” y los “soldados de Alá”, se fortalecieron los sentimientos religiosos retrógrados de las masas y se fomentó la autoridad de los elementos feudales y el clero. Esto se realizó con el apoyo incondicional de los imperialistas occidentales, que financiaron la propaganda religiosa y armaron a los mujaidines como instrumento en su rivalidad con los socialimperialistas soviéticos. Así, la financiación de EU a estas fuerzas se inició en 1980 con 30 millones de dólares y ascendió a 630 millones de dólares en 1987, cifra que se mantuvo hasta 1989.

Pero la vida bajo el dominio religioso, tanto en el exilio en Irán como en los campamentos de refugiados en Pakistán (controlados en su mayoría por fuerzas islámicas), al igual que en zonas en el país bajo el mando de los mujaidines, ha dejado su huella. Durante años las mujeres han sido encerradas en los campamentos e incluso en sus tiendas, para que aquellos hombres que no conocen no las vean. Cualquiera que no siguiera estrictamente los ritos religiosos era severamente castigado bajo la acusación de ser “comunista” y “espía soviético”. Se asesinaba a personas (la mayoría de las veces con balas yanquis) por el hecho de tener una revista occidental, beber Coca Cola y otros “crímenes” parecidos. El sectarismo imperante en los frentes controlados por los mujaidines hacía difícil que la juventud de las ciudades se uniera a la resistencia antisoviética, y la mayoría tenía que abandonar el país. Aquellos que marcharon a Irán creyendo la propaganda iraní de que el islam no tiene fronteras, se convirtieron ahí en objetivos del sistemático chovinismo contra los afganistanes. Fueron igualmente testigos del infierno en que los gobernantes islámicos han sumido al pueblo iraní. Muchos han marchado de Irán abandonando igualmente sus creencias religiosas.

Al mismo tiempo, incluso durante la guerra de resistencia antisoviética, distintas fuerzas islámicas han combatido entre sí. Este baño de sangre emprendido bajo las banderas del islam no ha escapado a los ojos de las masas. Cuando los ejércitos de los señores de la guerra islámicos entraron en las ciudades, después de la retirada soviética, continuaron saqueando las tiendas y robando al pueblo, desmantelando las fábricas, dejando a las masas de las ciudades sin ninguna fuente de ingresos y con el sabor amargo de los “preceptos divinos”.

A todo esto hay que sumar las prácticas puristas fundamentalistas de muchos seguidores del islam, especialmente los talibanes, que están llevando las prácticas religiosas mucho más lejos de las costumbres tradicionales de las masas. La fe del pueblo en la religión y en la jerarquía religiosa se está resquebrajando. Muchos que aún practican el islam se han vuelto en contra del clero y están hartos de la propaganda religiosa. La situación es tal que (según fuentes del Partido Comunista de Afganistán), en muchos frentes uzbecos y hazaras, los no practicantes no ven ya la necesidad de seguir pretendiendo. Este es un importante cambio en un clima donde hasta hace pocos años tal audacia podía costar la propia vida. Como los reaccionarios tienen más y más dificultades para movilizar a las masas bajo la bandera del islam, se quejan abiertamente de que el islam se está “contaminando” y, por supuesto, se echan la culpa de ello entre sí.

La religión, al igual que otras creencias y tradiciones retrógradas, no puede ser eliminada de la noche a la mañana. Esto exige una larga lucha a través de la movilización de las masas populares para derrocar al feudalismo y al imperialismo, tanto en la base como en la superestructura, y avanzar hacia el socialismo y el comunismo. Pero el ejército socialimperialista soviético invasor agitó la bandera del falso comunismo y el falso internacionalismo, confundiendo al pueblo y reforzando de hecho al islam, al que cedió la bandera “nacional”. La práctica de los partidos islámicos, sin embargo, ha contribuido a quebrantar las ilusiones del pueblo, haciendo el terreno más favorable para que los maoístas desenmascaren las falsedades religiosas y la naturaleza de clase represiva de la teocracia y movilicen a las masas para una guerra popular contra los gobernantes islámicos y sus amos imperialistas.


EL PROBLEMA NACIONAL

Durante la ocupación soviética, el movimiento espontáneo de masas, particularmente en las zonas rurales, fue una parte importante de la resistencia. En ausencia de una fuerza revolucionaria fuerte, estas luchas adoptaron una forma étnica y tribal y condujeron a una situación donde los elementos reaccionarios de cada región (y nacionalidad) tomaron el control de la lucha en esa zona. Según el documento del PCA Principios Básicos, “la lucha en este período contra los ocupantes afectó seriamente a todas las contradicciones internas y las contradicciones internas del país no se manifestaron de manera significativa....

“Durante la guerra la principal palanca del poder político permaneció en manos de los pashtos, pero al mismo tiempo importantes regiones habitadas por las nacionalidades oprimidas cayeron en manos de fuerzas locales, acabando con el poder directo de la clase dominante pashto”.

La burguesía compradora y los feudales pashtos, que ya habían perdido el control exclusivo antes de 1992 y casi perdieron el Poder después de la caída de Najibullah, encontraron en los talibanes a sus representantes. Las violaciones y los asesinatos acompañaron su toma de Kabul; por donde pasaban desataban una desbocada furia chovinista contra las masas no pashtos. Desafortunadamente, atizando el chovinismo entre los pashtos, han logrado movilizar a una parte de las masas contra sus hermanas y hermanos de otras nacionalidades. Estas atrocidades han provocado el surgimiento de un fuerte sentimiento antipashto y el nacionalismo entre otras nacionalidades, y los señores de la guerra de la Alianza del Norte, que habían perdido bastante credibilidad entre el pueblo, ahora retoman estos sentimientos para reclutar a las masas y salvar su barco en proceso de hundimiento. Estas fuerzas, que nunca han perdido la ocasión de vender su país y su pueblo a otras Estados imperialistas y reaccionarios, reivindican ahora desvergonzadamente la causa nacional. Su lucha “nacional”, sin embargo, no es sino una lucha por el Poder con los señores de la guerra islámicos, y va dirigida principalmente contra las masas del pueblo pashto.

Ninguna de las dos facciones enfrentadas quiere unir al pueblo contra el imperialismo; ambas están luchando en defensa de los intereses de diferentes países reaccionarios e imperialistas. Han escupido descaradamente sobre la heroica lucha del pueblo contra los invasores soviéticos y están trabajando estrechamente con los asesores militares rusos o con las facciones del viejo Estado. El antiimperialismo de estos traidores nacionales se limita a la entusiasta condena por los talibanes a la interferencia de Rusia, Francia e Irán, mientras la Alianza del Norte es firme defensora de la causa contra EU, Pakistán y Arabia Saudita. Lo único que han hecho es embarcar a las masas en una guerra fratricida en pos de los intereses de sus amos.

Algunos intelectuales laicos se han alineado con partidos islámicos que luchan por el Poder. Los de origen pashto justifican su unidad con los talibanes afirmando que son los únicos capaces de acabar la guerra y establecer un gobierno central que una el país. Otros, incluidos algunos intelectuales demócratas laicos de la nacionalidad hazara, llaman al pueblo a agruparse en torno a la bandera de distintos reaccionarios islámicos de la Alianza del Norte, so pretexto de la “unidad nacional” y la “lucha antitalibán”.

Esta es la misma línea que causó tanto daño a la lucha contra la ocupación soviética. El falso comunismo de la URSS no sólo dejó la bandera nacional en manos de las fuerzas islámicas sino que sentó la base para que el oportunismo de derecha anidase en muchas llamadas fuerzas izquierdistas e intelectuales. Mucha gente consciente de la verdadera naturaleza de la URSS no fue en contra del viento anticomunista. Por el contrario, pretextando luchar primero contra el ejército extranjero, ocultaron cuidadosamente sus verdaderos puntos de vista y tomaron la bandera de “Allah Akhbar” (“Alá es grande”). Así, en vez de luchar por trazar el camino para la verdadera liberación, ayudaron a los partidos islámicos a fortalecer las ideas retrógradas y, en última instancia, sirvieron al feudalismo y al imperialismo.

La actual situación plantea nuevos retos a los maoístas, los cuales, al golpear las raíces de la opresión nacional, están desenmascarando el reaccionario nacionalismo de los partidos islámicos y sentando las bases para el único camino para poner fin a esta opresión. El PCA sostiene que la lucha contra la opresión nacional (interna) debe basarse en la unidad de las masas trabajadoras de todas las nacionalidades contra el imperialismo y la reacción, junto con el derecho de cada nacionalidad a la autodeterminación. Y señala que “el chovinismo nacional es en realidad la ideología la clase dominante de la nación dominante y no de todas las clases de esa nación. Obviamente, este chovinismo afecta a la pequeña burguesía, al campesinado e incluso al proletariado, pero principalmente a la burguesía nacional. Por tanto, las clases reaccionarias de esta nación utilizan estas clases como instrumentos y base social para oprimir a otras nacionalidades. Pero el chovinismo nacional y la opresión de otras nacionalidades no corresponden a los intereses históricos de las masas, y se convertirán en un medio para perpetuar el control de las clases dominantes sobre ellas” [Llama Eterna, órgano central del PCA, #16].

La lucha nacional en un país oprimido como Afganistán es, antes que nada, una lucha contra el imperialismo y el feudalismo. Sin esta orientación básica, la lucha de las nacionalidades oprimidas acentuará las diferencias en detrimento de la unidad básica del pueblo y las diferentes nacionalidades; el proletariado y los campesinos de una nacionalidad, en vez de buscar la unidad entre sus hermanas y hermanos de clase de otras nacionalidades, se unirían por el contrario con la burguesía nacional (e incluso con las clases feudal y compradora) y acabarían bajo su dirección. Así, la lucha contra el feudalismo y el imperialismo deja de ser un objetivo y no se pondrá fin a la opresión nacional. Pero si el centro de la lucha, tal y como señalan los camaradas del PCA, “es el de la unidad de intereses de las masas trabajadoras de todas las nacionalidades, las clases dominantes serán aisladas”, las masas trabajadoras de la nacionalidad dominante se convertirán en una fuerza en el combate contra el chovinismo nacional, y se podrá forjar una fuerte unidad capaz de barrer de manera eficaz la opresión nacional.


MUJERES Y RESISTENCIA DETRAS DEL VELO

El ascenso de los talibanes estuvo acompañado de salvajes ataques contra las mujeres. Las mujeres son obligadas a llevar velos negros que las cubren de pies a cabeza; se les prohíbe trabajar o ir a la escuela; no pueden andar por la calle, ir a una tienda o acudir a un hospital si no van acompañadas de un hombre mahram (marido, hermano o padre), e incluso se les prohíbe entrar en los baños públicos. Las mujeres son compradas y vendidas, tomadas como botín de guerra, violadas y asesinadas. Durante la ocupación soviética, los partidos islámicos hasta impidieron a las mujeres tomar parte en la guerra contra el ejército que invadía su tierra, bombardeaba sus casas y asesinaba a sus familias. Sin embargo los talibanes no son los únicos; las otras camarillas imponen sobre las mujeres otras medidas en distinto grado, todas ellas muy brutales, con el argumento, en ciertos casos, de que son parte de las tradiciones de Afganistán y que, por tanto, el pueblo está acostumbrado a ellas.

Las mujeres de Afganistán se han opuesto enérgicamente a estas doctrinas opresivas y seudoprotectoras. El resentimiento acumulado durante años de subyugación a la dominación masculina impuesta por las relaciones semifeudales ha comenzado a hacerse notar. Durante el ataque de los talibanes contra Mazar i-Sharif (entonces bajo control de la Alianza de Norte), las mujeres empuñaron las armas para combatirlos; en algunos casos, mujeres han atacado a los talibanes con cuchillos de cocina. Las protestas de las mujeres afganistanas en el exilio han llegado hasta la prensa paquistaní. Ha habido mujeres que han muerto luchando por mantener abiertos los baños públicos, y se han organizado escuelas clandestinas para educar a las mujeres.

Además, la guerra ha arrojado a las mujeres a la fuerza de trabajo a fin de mantenerse ellas mismas y a sus familias tras la pérdida de padres o esposos. Estas mujeres, que trabajaban principalmente en las industrias y servicios de Kabul, han probado lo que es la independencia económica y tienen un odio ardiente a los talibanes, quienes prohíben que ellas trabajen.

Es importante señalar que sin una orientación revolucionaria contra las verdaderas causas de su opresión, la lucha de las mujeres puede quedar reducida a una lucha antitalibán por parte de las restantes fuerzas reaccionarias, algunas de las cuales fingen favorecer un tratamiento menos severo de las mujeres. Sólo bajo la dirección proletaria se puede movilizar plenamente a las mujeres para erradicar las fuentes de su opresión.

El PCA piensa que sin una active participación de las mujeres en la lucha contra el imperialismo y la reacción, es inconcebible la victoria de la revolución de nueva democracia, la construcción socialista y el comunismo. Además, la revolución de nueva democracia debe desencadenar la furia de las mujeres como una fuerza poderosa para la revolución y asestar golpes mortales a la estructura patriarcal. La contradicción entre hombres y mujeres “es distinta de las contradicciones de clase y de nacionalidad y exige distintos métodos para resolverse. Pero su existencia es un rasgo importante de la estructura semifeudal y semicolonial de Afganistán. La opresión de las mujeres no debe, de modo alguno, ser considerada cuestión secundaria. No sólo reprime los derechos sociales e individuales de la mitad de la sociedad, sino que las relaciones inhumanas asociadas con esta opresión... actúan como un factor decisivo para preservar y fortalecer las relaciones semifeudales y semicoloniales dominantes” (Principios Básicos, PCA).

La línea y la práctica del PCA sobre esta cuestión comienzan a tener impacto: sectores de mujeres están asumiendo la lucha de manera más consciente.


INMIGRANTES Y REFUGIADOS

En el período más álgido de la guerra durante los años 80, una cifra estimada de 3.5 millones de refugiados afganistanes vivió en Pakistán y otros 2 millones en Irán, mientras que miles más huyeron a la India y a Occidente. Además, se estima que entre 2 y 3 millones de personas fueron desplazadas como consecuencia de la guerra. Tras la retirada soviética y la caída del gobierno de Najibullah, se inició el regreso de los refugiados. Pero, la continuación de la guerra ha creado más desplazamientos internos, y durante los combates en torno a Kabul, fueron muchos los que abandonaron la ciudad por otras zonas. Actualmente, se estima que aún permanecen un millón de refugiados en Pakistán, y otro millón y medio en Irán.

Aunque los refugiados pertenecen a todos los estratos de la sociedad, la mayoría provienen de las zonas rurales y durante la guerra de resistencia algunos regresaban para trabajar la tierra durante las épocas de siembra y cosecha.

La mayoría de los que se trasladaron a Pakistán vivían en los campamentos controlados por los mujaidines, a través de los cuales se canalizaba el grueso de la ayuda de la ONU, y estaban sujetos a estrictas normas islámico-feudales. Estos campamentos estaban aislados de la sociedad paquistaní y no fue hasta más tarde que los inmigrantes afganistanes pudieron trabajar. Ahora son muchos los que trabajan en las minas de carbón del Beluchistán paquistaní.

Un gran número de estos inmigrantes afganistanes ha vivido en Irán, ya sea en campamentos o trabajando. Los campamentos de la República Islámica de Irán son notorios por el maltrato a los refugiados afganistanes, y centenares de personas han sido masacradas ahí. En Pakistán ha habido varias protestas contra la situación en estos campamentos, incluida una en la que participaron miles de inmigrantes, cosa que subraya la repulsa por las condiciones inhumanas desarrolladas por los gobernantes iraníes.

Quienes trabajan en Irán no han gozado de una vida mejor. Trabajan principalmente en varias ciudades como obreros eventuales o fijos en las fábricas de ladrillos, construcción, sector servicios y agricultura. Se les prohíbe trabajar en la industria alimentaria, como por ejemplo en las panaderías, porque se les considera sucios. Sus salarios, si es que llegan a cobrarlos, son bajos, y la paga muchas veces les es confiscada por los Pasdarán (un cuerpo de las fuerzas armadas iraníes) cuando cruzan las fronteras para regresar a sus hogares. La República Islámica de Irán vomita propaganda reaccionaria en su contra, y ha creado un cierto chovinismo contra los afganistanes entre los iraníes.

Los crímenes de la República Islámica de Irán contra los refugiados no han quedado impunes. En los últimos años numerosos inmigrantes han participado en Irán en las revueltas de las masas contra el Estado. Con frecuencia, regresan con una renovada hostilidad hacia el islam, y algunos elementos más avanzados se atreven a denunciarlo abiertamente.

LOS MAOISTAS

La formación de la Organización de la Juventud Progresista (OJP) en 1964 anunció los albores del movimiento marxista-leninista-maoísta en Afganistán. La OJP libró una activa lucha contra el revisionismo jruschovita, el socialimperialismo y el parlamentarismo, sosteniendo que el poder político nace del fusil. La revista democrática publicada por la OJP, Llama Eterna, tuvo tal difusión entre las masas que aún hoy a las autenticas fuerzas revolucionarias y democráticas se les conoce como los “llameantes” (sholei en dari). La crisis que prevaleció en el movimiento comunista internacional como resultado del contrarrevolucionario golpe de Estado en China en 1976, también afectó al joven movimiento comunista de Afganistán, que en esos momentos estaba perdiendo a muchos cuadros y líderes en los campos de ejecución y mazmorras del reaccionario Estado prosoviético. Entre ellos se encontraba Aktam Yari, fundador de este movimiento.

Los comunistas, sin embargo, no fueron fáciles de erradicar. De forma individual y a través de varios grupos, continuaron jugando un papel importante en la guerra de resistencia antisoviética. La lucha política para forjar una línea proletaria correcta continuó bajo el fuego de los bombardeos soviéticos y la represión islámica, y a mediados de los años 80 se formó la Célula Revolucionaria de Comunistas Afganistanes (CRCA). En 1990 la CRCA se unió a la Unión de Marxista-Leninistas de Afganistán para formar la Organización de Comunistas Revolucionarios de Afganistán, que a su vez fundó el Partido Comunista de Afganistán en 1991. El Comité de Agitación y Propaganda del Marxismo-Leninismo-Pensamiento Mao Tsetung (CAP) se unió al Partido poco después de su constitución. La formación del MRI en 1984 jugó, desde un comienzo, un papel importante para aclarar las cuestiones de línea en el movimiento afganistano.

El documento del PCA Principios Básicos declara: “La ideología que guía el pensamiento y la acción del Partido Comunista de Afganistán es el Marxismo-Leninismo-Maoísmo....

“El programa del PCA en la actual etapa de la revolución en este país es la victoria de la revolución de nueva democracia y el establecimiento de la dictadura democrática popular. La realización de los objetivos políticos, económicos y culturales de la revolución de nueva democracia en Afganistán es la condición previa necesaria para la transición a la revolución socialista en el país y la marcha hacia el comunismo.

“La estrategia del PCA para la toma del poder político es el inicio y avance de la guerra popular, una guerra prolongada basada en la inmensa mayoría del pueblo, especialmente el campesinado, bajo la dirección del proletariado a través de su partido de vanguardia. Hasta el inicio de la guerra popular, todas las luchas del Partido servirán a su preparación, y una vez iniciada la guerra popular, todas las formas de lucha y la fuerza combativa del Partido servirán a su avance y victoria”. El PCA considera que su tarea más importante en estos momentos en relación con el inicio es la construcción y fortalecimiento del Partido.

Aún continúa el proceso de integrar en el Partido a aquellos “llameantes” que siguen siendo fieles a la causa de la revolución, o de organizarlos como aliados en un frente único, aunque el PCA subraya la importancia de organizar a nuevas fuerzas revolucionarias que asuman el MLM como la única ideología liberadora. Además de luchar por fortalecer el Partido, el PCA ha estado haciendo trabajo preparatorio para un frente único: “Está claro que [un frente único revolucionario] se basa en la alianza obrero-campesina, y su formación será básicamente posible tras el inicio de la guerra popular y el establecimiento de bases revolucionarias. Pero esto no significa, en modo alguno, que en la actual etapa de lucha no debamos esforzarnos por establecer un frente revolucionario del pueblo o alianzas temporales y permanentes con fuerzas e individuos revolucionarios democrático-nacionales y aspirantes a la libertad frente al dominio teocrático de la reacción” [Llama Eterna, #18].


DOS CLASES DE GUERRA

El PCA sostiene que “la revolución de nueva democracia es una revolución democrática no sólo porque se trata de una revolución antifeudal sino también porque es una lucha antisocialimperialista, antiimperialista y antichovinista. `La tierra para quien la trabaja' es la consigna central de esta revolución y el campesinado se beneficiará de la victoria de esta revolución más que ninguna otra capa y clase”. La fuerza dirigente de esta revolución es el proletariado. La pequeña burguesía será un aliado fuerte y la burguesía nacional un aliado vacilante. Los objetivos de la revolución de nueva democracia son: “derrocar a las clases compradoras burguesas y feudales y establecer el poder democrático de las amplias masas de todas las nacionalidades del país...; derrocar la dominación imperialista y lograr la independencia...; destruir el chovinismo nacional... y reconocer el derecho a la autodeterminación de todas las nacionalidades; acabar con el chovinismo machista y establecer la igualdad entre el hombre y la mujer...” (Principios Básicos, PCA).

Los pocos intentos realizados hasta ahora para mitigar el feudalismo, ya sea después de la independencia o durante los primeros años del régimen prosoviético, no se han emprendido con el objetivo de liberar a los campesinos del yugo del feudalismo, sino por el contrario para fortalecer el capitalismo burocrático, la burguesía compradora y la dominación imperialista. Por tanto los campesinos no fueron armados ni política ni militarmente para derrocar al feudalismo y al imperialismo. De este modo, ante la oposición de fuertes bastiones feudales, estos gobiernos o han sido derrocados (como fue el caso de Amanullah Khan) o acabaron conciliando con los feudales (como ocurrió con el PDP). Los campesinos sin tierra que habían puesto sus esperanzas en dichas reformas, se encontraron más tarde solos y desarmados ante las bandas armadas feudales. Contrariamente a los partidarios islámicos del feudalismo que prometen una vida mejor en el cielo (o cuyo cielo conlleva todos los vestigios de su pervertida imaginación), la guerra popular que los maoístas están preparando movilizará a las masas para preparar y ejercer su propio poder desde el comienzo. “Sólo después de destruir las fuerzas armadas de los contrarrevolucionarios, se puede derrocar el dominio político de la reacción, y sólo después del derrocamiento de su dominio político se puede establecer el poder político de las masas. Este proceso es tan prolongado como el de la guerra popular y se desarrolla a través del mismo. Comienza en pequeñas zonas aisladas, se consolida y disemina, y después de la toma del poder político a nivel nacional por el Partido Comunista y sus aliados políticos, se extiende al país entero” (Principios Básicos, PCA).

El cansancio por la guerra es un serio problema para los auténticos comunistas. Una razón para el rápido avance de los talibanes fue que se presentaron como una fuerza capaz de acabar con las guerras; pero la realidad pronto hizo añicos esa ilusión cuando los talibanes se unieron a los muchos ejércitos de los señores de la guerra que vagaban por Afganistán. Los acontecimientos desde la “revolución islámica” de 1992 son testimonio de que, como señala el PCA, el dominio teocrático en Afganistán se caracteriza por guerras reaccionarias entre grupos islámicos. Y, por tanto, hasta ahora las facciones en conflicto y sus amos extranjeros han tenido grandes dificultades para avanzar hacia un acuerdo de paz definitivo y exitoso entre los reaccionarios. Cualquier acuerdo sería esencialmente inestable y pronto podría convertirse en otra causante de un baño de sangre.

Además, aunque alguno de estos ejércitos fuera capaz de traer la paz, ésta no sería una paz para las masas sino la paz de los cementerios: las mujeres condenadas a trabajos forzados tras los muros de sus hogares; los obreros y campesinos que trabajan como esclavos bajo abrumadoras condiciones sólo para llenar las panzas de un puñado de sacerdotes y señores feudales; y todo ello mientras que sus hijos mueren de desnutrición, la gasolina fluye por ductos subterráneos, y el opio y la heroína aumentan las riquezas de reaccionarios e imperialistas.

El pueblo de Afganistán ha luchado heroicamente contra un ejército imperialista y ha aceptado muchos sacrificios, pero no ha obtenido nada a cambio. Sólo más imperialismo y feudalismo. El pueblo de Afganistán sabe lo que es la guerra, pero nunca ha tenido ocasión de saborear los frutos de sus sacrificios, nunca ha sentido la libertad que le permita romper las cadenas de la tradición. Sólo una auténtica guerra popular bajo la dirección del partido de vanguardia MLM puede sentar las bases para que pueda haber una salida a esta situación, porque está vinculada, por primera vez, a un programa y lucha liberadores que introduzcan nuevas relaciones, donde las masas ejerzan el poder político, y se ponga fin de una vez y para siempre al sofocante peso del semifeudalismo.

En el campo de batalla llamado Afganistán, todas las fuerzas reaccionarias hacen uso de la palabra por medio de los fusiles, pero el pueblo no dispone aún de su propio ejército. Hasta que se inicie una guerra así, la voz de los revolucionarios será débil. “Esto, en modo alguno, significa que no valoremos otras formas de lucha a su nivel actual, porque es a través del avance exitoso y de principios de estas luchas que podremos concluir con esta etapa preparatoria inicial de nuestro trabajo”, declara el PCA. En verdad, tal y como la experiencia de los comunistas entre las mujeres y los jóvenes proletarios ha demostrado, para que los maoístas puedan despejar las tinieblas y reunir las fuerzas necesarias para iniciar la guerra popular, es crucial movilizar con audacia a las masas en torno a un programa revolucionario y dirigir la lucha política contra el dominio de la reacción.


NOTAS

1. Khalq adoptó una política de cambios económicos rápidos a favor del sector de la burguesía compradora y aceleró la dependencia en la Unión Soviética. Parcham abogaba por una política más conciliadora hacia el feudalismo. Durante los primeros años después del golpe de Estado, Khalq encabezó el gobierno pero su política suscitó una importante oposición. Por tanto, los soviéticos optaron por Parcham a través de un golpe de Estado en que murieron importantes dirigentes de Khalq. Después, se enmendó la reforma agraria y se restauraron los privilegios de los cabecillas del clero y las tribus. (El artículo “Comunistas afganos denuncian las patrañas soviéticas”, UMQG 1987/9, contiene más información sobre los títeres soviéticos.)

2. En dari, la palabra “afgano” se refiere a una persona de la nacionalidad pashto. Por tanto, el PCA usa el término “afganistanes”, en lugar de “afganos”, para referirse al pueblo de todas las nacionalidades de Afganistán.

3. Tras el golpe de Estado del PDP de 1978, EU organizó a las fuerzas feudales y la jerarquía religiosa en grupos armados. Después de la invasión soviética, estos grupos trasladaron sus cuarteles generales a Peshawar (Pakistán). La mayor parte de la ayuda financiera y militar paquistaní-saudita a la resistencia se canalizó por medio de estas fuerzas denominadas Ekhvanis (hermanos musulmanes) o mujaidines. Entre éstos se encuentra Hizb-e Islami, encabezado por el archirreaccionario Hikmatyar, que una vez fue un combatiente de “libertad” favorito de EU, quien recibía armas y dinero, e instrucciones con carácter regular del ISI (servicio secreto paquistaní) durante la ocupación soviética. Desde su derrota a manos de los talibanes en 1995, Hizb ha quedado reducido a una fuerza relativamente insignificante.

4. Este grupo lo criaron los socialimperialistas soviéticos y durante años les sirvió lealmente para cometer sus numerosos crímenes. Las Milicias del Norte, como a veces se llaman, se formaron como fuerza alternativa para que, si el gobierno de turno no podía mantener las posiciones tras la retirada soviética, se pudiera confiar en ellos para defender los intereses soviéticos. Y de hecho, cuando el gobierno se vio seriamente amenazado, la mayoría de los líderes apoyaron a esta formación y se unieron a ella. El cabecilla de este grupo hoy es el general Dastom y su base está en la región de Mazar i-Sharif. La mayoría de las industrias y las reservas de gas natural del país están en las zonas bajo el control del MIN.

5. Shora-e Nezar es una organización político-militar y, en realidad, parte de la Yemaah Islámica. Los lazos de la Yemaah con los imperialistas occidentales se remontan a mediados de los años 70. Durante la guerra antisoviética, recibieron sustancial ayuda de Pakistán. Más tarde, forjaron lazos con Irán. Shora coordina a los cabecillas de la Yemaah y está lidereada por Ahmed Shah Massoud, quien dirige un potente ejército en la región nororiental de Afganistán, con su cuartel general en Panjshir. Se dice que comenzó a formar su ejército ya en 1975. Massoud, que pocos años después de la invasión soviética firmó una tregua con las tropas invasoras, siempre había mantenido relaciones ambiguas con el ejército soviético. En 1990-1991, recibió una importante ayuda de EU, junto a otros jefes de la Yemaah. Mantiene estrechos lazos con Francia. La zona bajo su control tiene numerosos recursos en piedras preciosas (esmeraldas y lapislázuli) e incluye la región de cultivo de opio de Badakhstán, dos fuentes seguras de ingresos para este grupo.

6. Hizb-e Wahdat-e Islami, encabezado por Karim Khalili, es un partido fundamentalista chiíta, una combinación de diversas fuerzas en la región hazara a las que Irán unificó en 1988. Durante años, incluso durante la ocupación, combatieron en guerras civiles internas en esa región, provocando daños y víctimas en la población. Las camarillas que forman este partido las dirigen principalmente terratenientes y sacerdotes islámicos.

7. Los talibanes tienen sus raíces en el Harekat Enghelab Islami (Movimiento de la Revolución Islámica), el primer grupo Ekhvani (“Hermanos Musulmanes”) formado en 1979, bajo la dirección del ISI (servicio secreto paquistaní), la SAVAK (policía política iraní bajo el Cha) y la supervisión general de la CIA yanqui. Harekat, formado principalmente por mullahs y estudiantes religiosos, siguió operando en las regiones del sur durante la guerra antisoviética. Al mismo tiempo, las escuelas religiosas (financiadas por los Estados clientelares de EU en la región) estaban creciendo como hongos en Pakistán, atrayendo a la oleada de jóvenes afganistanes que ahí buscaron refugio. El núcleo de los talibanes, incluido su representante principal, Mullah Mohammed Omar Akhundzadeh, han formado parte del núcleo de “estudiantes” de Harekat, y la columna vertebral del grupo se apoya en los mullahs y estudiantes de las escuelas religiosas y en Harekat, junto a sectores del ejército y la burocracia del anterior régimen. Tras la caída de Najibullah, Mullah Omar fue asignado por el ISI y la CIA a una misión “antidroga”, creándose entonces los talibanes. Siguiendo la misma rama del islam que Arabia Saudita, los talibanes dividen a la población, de un lado, en una élite de mullahs y estudiantes, y de otro, el resto de la población, a la que ellos consideran “un rebaño ignorante que necesita un pastor”. Un gran número de generales, oficiales y agentes de los servicios secretos del régimen títere prosoviético, que antes pertenecieron a la facción Khalq del PDP, ahora combaten activamente junto a los talibanes.

8. Las compañías petrolíferas son una base importante de las atrocidades cometidas en el Afganistán de hoy. Se estima que en los próximos 15 años, la región del Caspio se convertirá en la segunda fuente del mundo de petróleo y gas, después del Medio Oriente. Los países productores de petróleo, junto a las corporaciones como Exxon, Chevron, British Petroleum y UNOCAL, han invertido fuertes cantidades en el desarrollo energético de la región y quieren aumentar y extender la red exportadora existente. Pero el desarrollo de rutas alternativas suscita problemas que son más estratégicos que financieros. La opción de aumentar la actual red de oleoductos a través de Rusia significaría un control ruso. La política yanqui hacia Irán y los problemas estratégicos de concentrar la mayor parte del flujo de la energía mundial (generada por el petróleo) a través de una región caliente como es Medio Oriente (y la zona del Golfo) son factores en contra de la construcción de oleoductos a través de Irán. Así, la compañía petrolera yanqui UNOCAL, una explotadora importante del petróleo de Asia central, decidió construir un oleoducto a través de Afganistán occidental. Se negoció esta ruta con los talibanes en 1995, incluso antes de que éstos ocuparan Kabul, durante una vista a los campamentos talibanes por el anterior ministro del Interior paquistaní y el embajador yanqui en Pakistán. Los intereses económicos en Afganistán no se limitan al petróleo. Afganistán es el mayor productor de opio del mundo, con una producción de aproximadamente 2.800 toneladas al año, equivalente a la del “triángulo de oro” del sudeste asiático. Los talibanes tomaron el control de estas zonas cuando pasaron a Afganistán, y ahora cada año extraen millones de dólares en impuestos sobre la exportación de la droga.