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Epílogo:
La guerra desde la caída de Saddam
Yolando
Regis
Estados Unidos tenía una meta política muy específica
cuando se dispuso a invadir a Irak: un “cambio de gobierno”.
Aparte de quitar a Saddam Hussein, quería imponer un gobierno
neocolonial viable. Tras la invasión, la ocupación
se convirtió en una guerra de otro tipo. El pueblo iraquí
ha impedido que Estados Unidos logre su meta.
El presidente Bush proclamó el fin de los “principales
combates” en Irak el 1º de mayo de 2003. Pura fantasía.
El plan se basó en una ilusión. Para desmentir al
general Shinseki (según el cual harían falta cientos
de miles de soldados para ocupar a Irak), el secretario de Defensa
Paul Wolfowitz le dijo al congreso: “Estoy muy seguro de que
nos recibirán como libertadores, y eso nos ayudará
a reducir la necesidad de enviar más personal”.
El plan original del Pentágono preveía una reducción
de soldados a 50.000 para fines de 2003. Cuando en diciembre de
ese año se veía que eso no era realista, un nuevo
plan programó las reducciones en 2004. Sin embargo, a principios
de 2005, no tuvieron alternativa salvo incrementar sus fuerzas a
150.000. “El plan A, o sea, lo que se hizo en el terreno,
fracasó, y el plan B, o sea, los ajustes desde el final de
los ‘principales combates’, tampoco ha funcionado hasta
ahora”, explicó un asesor norteamericano al ministro
de Defensa iraquí1.
Unos de los primeros combates de la resistencia comenzaron en Faluya
el 1º de mayo de 2003, cuando jóvenes lanzaron granadas a
un recinto ocupado por los soldados yanquis que habían disparado
dos veces contra un grupo de manifestantes. Ya en abril de 2004,
Faluya era escenario de una batalla importante. Miles de yanquis
no lograron tomar la ciudad por asalto. Ese mismo mes se dio una
revuelta liderada por Moqtada al-Sadr en al-Nayaf. Por primera vez
desde la invasión, los yanquis tuvieron que combatir cuerpo
a cuerpo en estas dos ciudades y en los barrios pobres de Bagdad.
Los ataques a los ocupantes sumaron 90 al día.
Seis meses más tarde, volvieron a asaltar a Faluya, y esta
vez lograron tomarla, no tanto por su capacidad de combate de casa
en casa, sino por su capacidad de bombardear hasta que no quedase
íntegro ningún edificio. En cierto sentido pudieron
combatir a su manera en Faluya, porque lograron cercarla durante
un largo tiempo, concentrar tropas y armamento y tomar la iniciativa.
Arrasaron la ciudad, un baluarte de los rebeldes, pero posiblemente
los comandantes yanquis no lograron el enfrentamiento decisivo que
buscaban. Un comandante declaró que la destrucción
de Faluya había “roto la columna vertebral de la insurgencia”,
pero otro lo refutó un mes después. La iniciativa
que tuvo Estados Unidos en la ciudad quedó anulada en las
semanas siguientes cuando los guerrilleros lanzaron un gran ataque
inesperado y exitoso en la ciudad de Mosul, la tercera ciudad del
país con dos millones de habitantes, que se había
declarado pacificada pocas semanas antes. La guerrilla libró
una ofensiva general en el “triángulo sunita”,
cuyos límites son Samara en el norte, Ramadi y la capital
en el oeste y los pueblos al sur de Bagdad en las carreteras que
van a al-Nayaf y Kerbala.
El precio que pagó Estados Unidos por el asalto contra Faluya
fue casi tan alto como el de la invasión: 71 soldados muertos
y casi 500 heridos con gravedad suficiente para requerir su evacuación2.
Las bajas indican que pocos soldados iraquíes combatieron
al lado de los yanquis en Faluya. En Mosul, ante los primeros disparos,
muchos policías iraquíes e incluso su comandante se
unieron a la resistencia, y muchos más se fueron a casa.
Sólo se quedó en su puesto el 20%. A fines de diciembre
una bomba voló un comedor de la base yanqui de Mosul, con
el saldo de 22 bajas y 58 heridos. Las autoridades norteamericanas
determinaron que el éxito del ataque se debió al apoyo
amplio y bien organizado para la guerrilla entre la Guardia Nacional
Iraquí en la base. Tambaleaba el sueño yanqui de una
“iraquización” de la ocupación, lo que
podría ser la mayor baja de la guerra en este período.
En diciembre de 2004, los militares yanquis dejaron de dar cifras
acerca de los ataques a sus fuerzas. Un conocido experto militar
y antiguo funcionario del Pentágono, Anthony Cordesman, sostiene
que hay “de 1.600 a 3.000 incidentes e intentos de ataque
al mes”3.
“Aumenta la ferocidad con que los dos bandos libran los combates”,
dijo un antiguo analista de la Agencia de Inteligencia de Defensa.
“No sólo aumentan los incidentes, sino que la guerra
está cambiando de carácter”4. Pocas semanas
después del ataque a la base de Mosul, otro incidente sacudió
la confianza de los ocupantes. Una bomba a la orilla de la carretera
hizo añicos un vehículo de combate Bradley, que es
una de las máquinas de guerra terrestre más avanzadas
de los estadounidenses. Es un monstruo fuertemente blindado que
pesa casi 25 toneladas sin carga. Mordieron el polvo siete soldados.
El ataque se dio en Bagdad.
Hasta ahora, las acciones de la guerrilla se han limitado a emboscadas
de convoyes y patrullas y ataques con proyectiles a las bases de
los yanquis. Éstos dicen que las explosiones, sobre todo
bombas, junto con morteros y artillería (y no el fuego de
armas) causan el 80% de las bajas, y que eso prueba la eficacia
de la armadura corporal contra las balas e ilustra el carácter
de los combates, en que la excepción son las intensas batallas
entre los ocupantes y la resistencia. Las emboscadas se han extendido
y son más frecuentes y poderosas. Los soldados yanquis tienen
limitadas posibilidades para salir de las bases (e ir al aeropuerto
capitalino, que se considera uno de los caminos más peligrosos
del país). No pueden concentrar sus fuerzas como quisieran
y tienen dificultades para distribuir los suministros.
La vulnerabilidad de Estados Unidos se manifiesta dramáticamente
en su dependencia de la logística, tema que se trata en el
artículo acompañante (“La caída del gobierno
de Saddam y las lecciones para el futuro”, p. 28). Muchas
carreteras que conectan la capital con las ciudades cercanas se
han convertido en trampas mortales. Aunque no se han divulgado cifras
exactas, parece que un gran porcentaje de las bajas yanquis son
de los convoyes militares (muchas veces blindados), y no de ataques
a bases o patrullas. En al menos un incidente conocido, unos soldados
desobedecieron órdenes de conducir los vehículos en
una misión. No tienen blindaje muchos camiones y tres tercios
de los Humvee (los vehículos tipo jeep que son el componente
principal de los transportes y patrullas), porque la doctrina militar
estadounidense contemplaba que esos carros y camiones se usasen
en la retaguardia, en zonas relativamente seguras bajo su control.
Cuando lo criticaron por la escasez de vehículos blindados,
Donald Rumsfeld contestó: “Vamos a la guerra con el
ejército que tenemos, no el que quisiéramos”.
Pero, cuando Rumsfeld y compañía fueron a la guerra,
estaban convencidos de que tenían lo que necesitaban para
ganar, pero se toparon con combates con guerrillas que tenían
el apoyo de una muy gran parte de la población y los ataques
ocurrían en cualquier lugar donde había iraquíes.
Estados Unidos se ha encontrado en una posición en que tiene
algunos puntos en común con la descripción de Mao
de “atraer al enemigo para que penetre profundamente”:
está cercado por el pueblo y tiene que combatir en líneas
interiores y defender los caminos de los que depende fuertemente
su fuerza militar. Como la guerra no tiene líneas del frente,
no hay retaguardia en que los yanquis pueden establecer bases de
logística y otra infraestructura. Los ataques a los convoyes
son un problema tan serio que la fuerza aérea tiene que trasladar
la comida, agua, repuestos y material médico, y hasta los
camiones y otros vehículos. “Nuestra meta ahora es
quitar los camiones de las rutas más peligrosas donde tenemos
más problemas”, dijo un general yanqui a unos reporteros
en diciembre5. Los comandantes ya reconocen que el transporte por
carretera que asegura el apoyo vital al combate de alta tecnología
es un punto de gran vulnerabilidad.
Esta situación tiene relación con otro punto importante
que se remarca en el artículo acompañante: cómo
la doctrina de Estados Unidos usa la riqueza material y la fuerza
tecnológica para minimizar el número de soldados que
se requiere en el campo de batalla. La meta política de reconfigurar
el mundo se basa, al menos hasta ahora, en poder hacerlo con una
fuerza relativamente pequeña pero con mucho armamento, que
no requiere de muchos soldados ocupados en Irak. Tal es la orientación
del plan de Rumsfeld: ganar la guerra “económica”
y rápidamente con un reducido número de soldados,
no obstante el gran costo monetario y humano. Algunos militares
y políticos de alto nivel están convencidos que eso
ha sido el principal error. El antiguo asesor de Seguridad Nacional
y uno de los críticos de más peso al plan de guerra
de Bush y Rumsfeld en las altas esferas de Estados Unidos, Zbigniew
Brezinsky, habla de “una desproporción masiva entre
objetivos, que no son realistas, y medios, que son limitados”.
En otras palabras, no hay esperanzas de ganar sin medio millón
de tropas. “El problema, a mi parecer, es cómo evitar
el fracaso”, porque debido a sus objetivos generales, Estados
Unidos no puede enviar tantos soldados a Irak6.
Pero la pandilla de Bush tiene más unidad que nunca en torno
a la doctrina de Rumsfeld y está más resuelta que
nunca a ejecutar el plan en Irak. En declaraciones públicas,
Bush ha remachado su apoyo a Rumsfeld. Para dar fin al debate en
la clase dominante, se dice que Rumsfeld convocó a una reunión
con los jefes del Estado Mayor de las fuerzas armadas poco después
de las elecciones de 2004 y les dijo que Estados Unidos está
comprometido a quedarse en Irak. Bush y Rumsfeld también
se preparan para la posibilidad de una guerra más amplia.
El periodista Seymour Hersh informa que los equipos de las Fuerzas
Especiales ya hacen trabajo de “reconocimiento negro”
en Irán: eligen blancos para posibles ataques aéreos
a la infraestructura militar, al igual que hicieron contra Saddam7.
Eso no significa que en estos momentos Estados Unidos vaya a invadir
a Irán, ni que sea necesariamente el próximo blanco
de una lista de países ya escogidos. Parece que los imperialistas
cifran sus esperanzas en que tumbe a la República Islámica
de Irán algo menos que una invasión, por ejemplo masivos
ataques aéreos para destruir la infraestructura militar mediante
un ataque israelí respaldado por Estados Unidos o un ataque
directo de la fuerza aérea yanqui, o una combinación
de ambas opciones. Unos peces gordos reaccionarios sostienen que
si bien Estados Unidos tiene mucho que hacer en Irak, a largo plazo
no podrá estabilizar al gobierno iraquí sin tener
a Irán bajo un control más directo. Cualesquiera que
sean las opciones de Estados Unidos, no queda descartada una invasión
en el futuro. Una vez que se desencadene una acción militar,
no serán previsibles las consecuencias, y puede que Estados
Unidos se enrede más de nuevo. Su extrema ambición
en la región y en el mundo es un posible punto de vulnerabilidad
muy volátil para el imperio estadounidense.
Últimamente, se habla poco de la “coalición”
de Estados Unidos, ya que Holanda, Hungría, la República
Checa y Ucrania están retirando sus soldados o preparando
su retirada. Polonia, que antes Washington describió con
orgullo como un símbolo proestadounidense de la “nueva
Europa”, ha reducido sus fuerzas en un tercio y no ha hecho
compromisos más allá de los próximos meses.
Por eso, Inglaterra tuvo que enviar más tropas, un compromiso
mayor a una guerra que ya se ha desacreditado más que nunca
en el frente interno tras las recientes denuncias de torturas de
presos iraquíes. Ni Italia (el principal aliado angloyanqui)
ni ningún otro país participa en las operaciones de
combate. En Japón, Corea del Sur y los países que
han enviado contingentes simbólicos de soldados, la ciudadanía
se opone tanto a la guerra que a propósito no mandan esas
tropas al combate y en términos militares, es probable que
sean un riesgo. La posibilidad de que la guerra provoque descontento
en los países que se han aliado con Bush es otra vulnerabilidad
cuyo potencial apenas se ha vislumbrado en la calle.
Los soldados estadounidenses son otro potencial punto débil
enorme para quienes los enviaron a combatir en esta guerra injusta.
Rebasa el ámbito de este artículo analizar a fondo
la desmoralización y resistencia de los soldados estadounidenses.
Ha empezado a caer el número de reclutas, que no es lo usual
en tiempos de guerra. Un 40% de los soldados yanquis en Irak no
son soldados profesionales sino miembros de la Guardia Nacional
o de la reserva del ejército. En los últimos meses
de 2004 el número de reclutas para estas unidades cayó
un 30%, y en ellas se da un ambiente muy desolador. En pasajes de
un memorando interno al Pentágono, el comandante de la reserva
del ejercito describió sus tropas como una fuerza “rota”8.
Miles de soldados han desertado; en algunos casos han hecho muy
pública su oposición a la guerra. El grupo Veteranos
de Irak Contra la Guerra participó en las protestas neoyorquinas
durante la Convención Republicana en septiembre de 2004.
Las torturas en Abu Ghraib y otros campos de concentración
estadounidenses representan los ejemplos visuales más contundentes
de lo que hace Estados Unidos en Irak. La sistemática tortura
también revela en qué medida los ocupantes no cuentan
con la cooperación de la población. Sobre todo, no
logran conseguir inteligencia militar sobre sus enemigos. Cordesman
dice que la “notable ausencia de información”
sobre la resistencia iraquí es un importante problema que
tienen los estadounidenses. De otro lado, la resistencia logra penetrar
dondequiera que haya iraquíes, incluso, temen los altos comandantes
yanquis, en las altas esferas del gobierno títere y de la
Guardia Nacional iraquí.
Si bien a algunos defensores de la guerra les gusta imaginar una
ocupación sin tortura, eso es imposible porque la tortura
es esencial para imponer la voluntad de los ocupantes sobre una
población no dispuesta. Durante el sitio de Faluya Estados
Unidos dijo que no sabía lo que pasaba en la ciudad porque
no tenía fuentes de inteligencia ahí. Eso encierra
mucha hipocresía, ya que el ejército yanqui impidió
que entraran a la ciudad la Media Luna Roja, periodistas sin escolta
(sobre todo árabes) y cualquiera que pudiera informar sobre
lo que se hacía a la población. Pero afirmar que en
una ciudad de cientos de miles de habitantes no tenían ningún
espía durante meses nos dice muchísimo sobre la naturaleza
de esta guerra y sobre los puntos fuertes y débiles de los
dos bandos trabados en combate. Varios periodistas han señalado
que la policía títere no se atreve a salir a la calle
sin pasamontañas, pero los guerrilleros andan con la cara
descubierta con morteros y otras armas al hombro y montan emboscadas
en calles muy transitadas.
El punto de vista político medio de la población iraquí
ha cambiado en los últimos 20 meses, gracias a la manera
en que Estados Unidos ha pisoteado a Irak y a la población
en plan de someter a una resistencia que empezó pequeña
y que aún no tiene grandes fuerzas armadas (la resistencia
tiene decenas de miles de miembros, según algunos cálculos
reaccionarios, que no forman un ejército unido). La actitud
de esperar a ver qué hará Estados Unidos, que sostenía
parte de la población (debido en gran parte al carácter
reaccionario del gobierno de Saddam), se ha desvanecido, al menos
en las zonas no kurdas. Incluso la mayoría de aquellos que
se muestran neutrales hacia la resistencia odian a los yanquis9.
El problema es cómo gobernar a Irak: qué clase de
coalición de nuevas y viejas fuerzas de las clases dominantes
puede dar pie a un gobierno títere estable con suficientes
fuerzas armadas propias como para permitir que la mayoría
de los soldados yanquis emprenda otras aventuras. Las dudas y vacilaciones
del gobierno de Bush sobre quién colocar en el Poder y los
reñidos debates entre diferentes ideólogos imperialistas
indican que no hay buenas opciones. Al principio, Estados Unidos
esperaba mantener al gobierno relativamente intacto y sumiso después
de la caída de Saddam. Luego, por temor a deslealtades, disolvió
el ejército iraquí y anunció un programa de
“des-baazización”. Finalmente, se puso a reconstruir
el ejército de Saddam con los antiguos oficiales... y tal
y como temían, estas fuerzas han mostrado lealtades contradictorias.
La resistencia ha combatido de manera mucho mejor que el ejército
de Saddam. Estados Unidos ha ido despejando la ilusión de
que los iraquíes obtendrían dignidad nacional y un
país sin guerra. En la resistencia, han ido aprendiendo cómo
combatir contra enemigos de esta calaña. La guerra ha enseñado
mucho sobre la naturaleza contradictoria del poderío armado
imperialista y sobre las desventajas reales y crecientes de los
ocupantes.
Pero también ha mostrado las debilidades de la resistencia.
La resistencia comprende una amplia gama de fuerzas de clase: ex-baazistas,
fundamentalistas islámicos, nacionalistas progresistas iraquíes,
algunos líderes feudales tradicionales, etc. No podemos hacer
un análisis a fondo de estas fuerzas y su papel y peso relativo
en la resistencia. Una debilidad decisiva es la ausencia de una
auténtica fuerza proletaria guiada por el marxismo-leninismo-maoísmo
con un papel importante en la resistencia. El carácter de
la guerra y de las tácticas de la resistencia son producto
de su dirección no proletaria. El secuestro de trabajadores
humanitarios progresistas (por ejemplo las dos italianas) o la decapitación
de los obreros nepaleses de construcción va en contra de
los intereses del pueblo iraquí y sobre todo perjudica sus
posibilidades de ganarse el apoyo y solidaridad de las masas de
todos los países. En contraste, veamos la conocida práctica
de Mao de tratar bien a los soldados enemigos presos, que aplica
el Partido Comunista de Nepal (Maoísta) en la guerra popular.
Una política correcta así lleva a aislar más
al enemigo y a desintegrar sus fuerzas.
Para oponerse a la invasión, el gobierno de Saddam llamó
a un patriotismo vago y débil con palabras que escondían
el capitulacionismo a los imperialistas en los hechos, o en el mejor
de los casos una incapacidad de combatir con eficacia contra ellos,
tal y como muestra el primer artículo (p. 28), y a los sentimientos
religiosos que, pese a los orígenes laicos del partido Baaz,
se movilizaron por primera vez en la guerra del Golfo de 1991 cuando
el gobierno añadió el lema “allahu ajbar”
(“Dios es grande”) a la bandera iraquí, y que
luego cobraron peso. Hoy, estos sentimientos tienen fuerza en la
resistencia.
La guerra ha enseñado que la religión no unificará
al pueblo contra Estados Unidos sino que lo dividirá (sunitas
contra chiítas, musulmanes contra cristianos, creyentes contra
comunistas y otros ateos, etc.).
La campaña yanqui de desacreditar a la resistencia, que la
tacha de un movimiento sunita contra la mayoría chiíta,
no puede explicar el nivel y ámbito de los combates. Cuando
las “elecciones” se acercaron en enero (celebradas,
organizadas y reglamentadas a órdenes de Estados Unidos),
cuatro de las 18 provincias estaban en gran medida fuera de control.
Estas provincias (Bagdad y la región al oeste y norte del
capital, salvo el Kurdistán) representan del 40 al 50% de
la población, aunque en estas zonas se suelen concentrar
los combates en los barrios sunitas. En enero, se renovaron los
ataques contra las fuerzas británicas en Basora y en otras
zonas chiítas, y aunque el sur está más tranquilo
que el norte, ha presenciado una intensa rebelión bajo al-Sadr,
cuyas demandas quedan sin resolver. El problema de unificar una
población dividida por diferencias de religión o nacionalidad
es uno de los principales retos de la resistencia. Las fuerzas religiosas
no han liberado a las mujeres para participar en esta gran batalla
sino que las han encadenado. Esta concepción del mundo no
puede dirigir la guerra hacia la victoria. Los líderes islámicos
son representantes de las relaciones atrasadas y opresivas, de las
relaciones semifeudales, patriarcales y de clan que contribuyeron
a su vulnerabilidad a la dominación imperialista en primer
lugar.
En cuanto al patriotismo, la guerra ha dividido al país en
dos bandos: los sinvergüenzas chupamedias de los yanquis y
los que tienen algo de dignidad nacional. Pero el patriotismo no
basta. El nacionalismo iraquí siempre se ha asociado con
la opresión de los kurdos y no puede despejar la confusión
e integrar a los combatientes kurdos al campo de batalla contra
Estados Unidos. Ni puede desplegar plenamente una de las armas potencialmente
más poderosas de la resistencia: que para los pueblos de
todo el Medio Oriente la guerra contra Estados Unidos en Irak es
su propia lucha, al igual que Irak y Palestina son dos frentes de
la misma guerra. Es probable que en toda la región, incluido
el Irán no árabe, se dé una revuelta a causa
de la campaña yanqui de someter más directamente a
la región. Como la región entera es un importante
eje de las contradicciones en el mundo de hoy, se vinculan el futuro
del pueblo iraquí y el de los pueblos del planeta entero.
En muchos países esta naciente conciencia se ha manifestado
en las calles y ya ha afectado, de una manera muy inicial, el escenario
político en que Estados Unidos está librando la guerra
y los soldados estadounidenses, conózcanlo o no, van a matar
y morir bajo las órdenes de sus peores enemigos.
“Ustedes combaten a su manera y nosotros combatimos a la nuestra”.
Esta famosa instrucción de Mao Tsetung concentra el hecho
de que la estrategia y las tácticas aplicadas en una guerra
concentran las metas por las cuales se libra. Del lado del pueblo,
no hay atajos ni armas mágicas. Combatir “a nuestra
manera” quiere decir apoyarse en las masas y movilizarlas
para luchar conscientemente por sus propios intereses. Quiere decir
adoptar la estrategia y las tácticas que reflejan y expresan
el hecho de que la lucha armada revolucionaria sirve a los intereses
de la gran mayoría de la humanidad: de emanciparse y avanzar
a una sociedad sin clases. Las metas estratégicas determinan
los medios con que se logren. La justeza de la causa y el enorme
entusiasmo de las masas y su creatividad y capacidad para el sacrificio
cuando capten los intereses objetivos de su clase, constituyen la
base política y material con que una guerra revolucionaria
aísle al enemigo en los frentes político y militar
y con que las masas perseveren y prevalezcan por medio de una lucha
prolongada en que es posible desgastar a un enemigo poderoso, y
por fin vencerlo, en un período relativamente largo.
Como se ha visto en la primera fase de la guerra en Irak, por su
reaccionario carácter de clase el gobierno de Saddam no fue
capaz de aplicar tales métodos y en los hechos se les opuso.
Cuando ese gobierno estuvo en el Poder, era imposible para el pueblo
iraquí vencer la invasión y ocupación imperialista.
Desde entonces, la resistencia iraquí ha progresado de manera
impresionante, pero aún no tiene una dirección correcta.
Un informe confidencial redactado en diciembre de 2004 por el jefe
saliente de la CIA en Bagdad declara que mantener el actual nivel
de la guerra es la mejor alternativa a que puede aspirar Estados
Unidos, pero no es la única alternativa. Incluso los funcionarios
estadounidenses más mentirosos ya no se atreven a decir que
el fin de la guerra está a la vista. Las imperialistas optimistas
del entorno de Bush hablan de cuatro años; otros de diez
o veinte.
Ver así atascado al opresor #1 y aspirante a emperador del
mundo ha sido motivo de alegría y un antídoto a las
ideas pesimistas sobre lo que es posible lograr en la lucha contra
el imperialismo hoy. Pero la resistencia aún no ha expulsado
a Estados Unidos ni le ha asestado golpes decisivos, así
que continúa el horror. El tiempo que continúe dependerá
de una combinación, que todavía no se puede prever,
de lo que pasa en Irak y de lo que pasa en el mundo. El artículo
acompañante (p. 28) describe cómo la estrategia militar
de Saddam no aprovechó la fuerza potencial que se podría
haber utilizado en una verdadera guerra de resistencia contra la
invasión. Se debe aplicar esa lección en la resistencia
de hoy contra la ocupación: el análisis político,
las metas y la concepción del mundo que dirigen determinarán
si el pueblo luchará con una mano atada a la espalda, o si
la lucha será un paso hacia la liberación.
Notas
1. Coronel jubilado del ejército yanqui Raoul Alcala, citado
en el Washington Post, 2 diciembre 2004.
2. Aunque la armadura corporal y los medios con que dar los mejores
servicios médicos a los soldados heridos han reducido en
una importante medida el número de muertos estadounidenses
y han generado cifras desiguales de muertes en combate, estos factores
han generado un número muy elevado de soldados yanquis con
graves heridas, como un alto porcentaje con amputaciones. En términos
militares, todos esos casos constituyen bajas.
3. Anthony H. Cordesman del Centro para Estudios Estratégicos
e Internacionales, International Herald Tribune, 28 diciembre
2004. Cordesman escribió The Iraqi War: Strategy, Tactics
and Military Lessons, un balance militar importante de la primera
parte de la guerra. En diciembre de 2004, en muchos casos Estados
Unidos dejó de informar en qué ciudad habían
muerto sus soldados. Por ejemplo, se informa de bajas en la provincia
de Al-Anbar y no en qué ciudades, por lo que no puede informarse
del nivel de los combates que continúen en Faluya.
4. Jeffrey White, ahora del Instituto de Política sobre el
Cercano Oriente de Washington, Washington Post, 2 diciembre
2004.
5. International Herald Tribune, 15 diciembre 2004. En
el artículo, unos oficiales militares dicen que al mes cien
soldados resultan muertos o heridos en emboscadas a convoyes.
6. Al Jazira, 27 diciembre 2004.
7. Ver “The Coming Wars”, The New Yorker, 24
enero 2005. “Próximamente tendremos la campaña
iraní. Hemos declarado la guerra, y los malos, dondequiera
que estén, son el enemigo”, dijo un “antiguo
agente de inteligencia de alto nivel”. Un hecho incontrovertible
que parece confirmar las afirmaciones de Hersh es que cuanto más
coopere la Republica Islámica de Irán con los inspectores
de armas de la ONU, más Estados Unidos se muestra abiertamente
belicoso hacia ese gobierno. ¿Les suena? De otro lado, eso
no quiere decir necesariamente que Estados Unidos esté preparando
una invasión terrestre de gran envergadura. Un funcionario
de la Agencia Internacional de Energía Atómica de
la ONU, citado por Hersh, dice: “Los neoconservadores [los
bushianos como Rumsfeld, Wolfowitz y sus ayudantes] dicen que negociar
es un mal paso… que lo único que entienden los iraníes
es la presión y que hay que darles una paliza”. Hersh
sostiene que Estados Unidos busca un acuerdo con Irán pero
que considera que la fuerza es “un elemento vital de las negociaciones”.
Especula que algunas divulgaciones sobre los preparativos yanquis
(como la información que ha recibido) son parte de una campaña
para presionar a la República Islámica de Irán.
También dice que Estados Unidos elabora planes de contingencia
para una invasión terrestre a Irán desde Irak, Afganistán
y sus bases en Asia central.
8. Teniente general James Helmly, citado por la BBC, 6 enero 2005.
9. Una fuente de las opiniones de las masas iraquíes: www.dahrjamailiraq.com/weblog/.
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