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La
caída del gobierno de Saddam y
las lecciones para el futuro
J. F.
Se puede dividir la guerra contra Irak en dos fases aproximadas:
primero, la invasión yanqui y la guerra contra el gobierno
de Saddam Hussein, que terminó con la derrota del ejército
iraquí y la declaración triunfal de Bush el 1º de
mayo de 2003 y, segundo, la guerra de guerrillas contra la ocupación,
que estalló en Faluya ese mismo día y que ha venido
cobrando fuerza desde entonces. El primer artículo (p. 28)
analiza a fondo la primera fase antes de desarrollarse la guerrilla.
El epílogo (p. 58), escrito en enero de 2005, aplica las
lecciones esbozadas en el primer artículo a los sucesos posteriores.
– UMQG
Para casi todo mundo estaba claro que derribar al gobierno de Saddam
Hussein, capturar a Bagdad y establecer el control sobre el resto
de Irak sería una empresa de mucho mayor alcance y dificultad
de lo que fue en Afganistán. Aunque las fuerzas armadas iraquíes
se quedaron muy debilitadas tras la guerra con la coalición
encabezada por Estados Unidos en 1991 y tras la posterior década
de sanciones económicas, aún tenían de 280
mil a 350 mil soldados, con miles de tanques y piezas de artillería,
miles de granadas propulsadas por cohetes, misiles antitanque y
morteros ligeros. El nivel de armamento, entrenamiento, organización
y experiencia (por ejemplo de la guerra contra Irán que duró
casi una década y poco después la guerra contra Estados
Unidos) superaba muchas veces al de los talibanes.
Por otra parte, los imperialistas yanquis estaban muy seguros de
que lograrían una victoria relativamente rápida, porque
ya llevaban años librando una guerra “de baja intensidad”
contra Irak (una campaña de más de una década
para debilitar y de ser posible acelerar el derrocamiento del gobierno).
Entre los principales elementos de esa campaña estuvo el
embargo económico. La ONU tomó el control de las exportaciones
petroleras y de los fondos de su venta. A Irak se le prohibió,
con algunas excepciones, importar nuevo armamento o refacciones
para sus sistemas de armamento pesado (artillería, tanques,
aeronaves, etc.). Eso ocasionó un severo debilitamiento de
su poderío militar. Las restricciones a la importación
de alimentos y medicinas provocaron un declive general del bienestar
y salud pública, lo que disminuyó su capacidad de
combate1. Bajo el pretexto de inspecciones de armas, Estados Unidos
realizó extensas operaciones de espionaje y acumuló
información detallada sobre los sistemas de comunicaciones
y la ubicación de instalaciones militares vitales. Estados
Unidos, con Gran Bretaña, llevó a cabo una campaña
de bombardeo contra Irak, supuestamente para proteger sus aeronaves
que vigilaban las “zonas de exclusión” en el
norte y sur de Irak. Los bombardeos tuvieron el objeto principal
de mermar y destruir las defensas antiaéreas de Irak2.
La campaña alcanzó su punto más alto en octubre
de 1998 cuando el congreso yanqui aprobó el Acta de Liberación
de Irak y el presidente Clinton anunció la política
oficial de buscar un cambio de gobierno en Irak. El 18 de diciembre
de 1998 Estados Unidos lanzó la “Operación Zorro
del Desierto”, un ensayo general para la guerra de 2003: creó
una “crisis de inspecciones”, declarando falsamente
que Irak no estaba cooperando con los inspectores de la ONU. Éstos
se retiraron de Irak, y Clinton ordenó un ataque militar
con 415 misiles crucero sobre blancos iraquíes (en toda la
guerra del golfo Pérsico de 1991 se lanzaron 325) y más
de 600 bombas con teledirección láser. Estados Unidos
esperaba en vano que el ataque provocara un golpe de Estado contra
Saddam. Pero se debilitó más la capacidad militar
iraquí.
A la Operación Zorro del Desierto le siguió la campaña
de bombardeos de 1999. Ésta alcanzó tal intensidad
que en agosto de 1999 el Pentágono anunció que las
fuerzas aéreas angloyanquis habían lanzado más
de 1.100 misiles contra 359 blancos en Irak, o sea, tres veces la
cantidad lanzada durante la Tormenta del Desierto de 1991. Durante
los preparativos para la invasión de marzo de 2003, se aumentaron
los bombardeos, sobre todo para trastornar y destruir la capacidad
de mando y control iraquí (por ejemplo los cuarteles generales
militares y las redes de comunicaciones).
Esa larga década de “ablandamiento” militar combinada
con las sanciones económicas dieron los resultados deseados:
cuando las fuerzas encabezadas por Estados Unidos invadieron a Irak
en marzo de 2003, las fuerzas armadas iraquíes tenían
armamento anticuado en un estado deplorable de mantenimiento, con
defensas antiaéreas severamente dañadas y un sistema
de comunicaciones en gran parte inservible. La salud de los soldados
(y de la población en general) estaba mucho peor que la de
las fuerzas invasoras.
En términos convencionales, la contienda no pudo haber sido
más desigual. Un bando contaba con la más poderosa
máquina militar del mundo, respaldada por la mayor economía
avanzada. Las fuerzas bajo Estados Unidos tuvieron superioridad
aérea y bases alrededor del Golfo, Medio Oriente, Turquía
y el mar Índico desde las cuales lanzaron ataques y bombardeos
que estuvieron fuera del alcance de contraataques iraquíes.
El otro bando, Irak, era un país semifeudal y semicolonial
cuya población, base industrial relativamente pequeña
y fuerzas militares habían padecido una década de
sanciones económicas y ataques militares.
Debido a su reaccionario carácter antipopular, el gobierno
de Saddam, que hasta 1990 había servido fielmente a sus amos
imperialistas, no pudo movilizar el único elemento que hubiera
importado: las masas populares. Por el aislamiento del gobierno
de Saddam y por las fuerzas armadas y economía muy debilitadas,
Estados Unidos tuvo buenas posibilidades de triunfar con relativa
rapidez sobre Bagdad. Por todo eso, los imperialistas yanquis demostraron
su acostumbrada arrogancia cínica: nombró la violación
que iba a tener lugar en Irak “Operación Libertad Iraquí”3.
Los estrategas militares yanquis buscaban librar una guerra relámpago:
tomar Bagdad, derrocar el gobierno y acabar con la resistencia organizada
de las fuerzas armadas iraquíes. Tal como en la mayoría
de sus guerras de conquista colonial, la clase dominante yanqui
buscaba una victoria rápida con mínimas pérdidas
y sacrificios para sus soldados (y su población) y que la
oposición política a sus acciones (en el frente interno
y en el mundo) no tuviera tiempo de desarrollarse y extenderse.
Estas necesidades condicionaron muchos importantes aspectos de las
tácticas y estrategia yanquis.
La estrategia de los imperialistas yanquis tiene que tomar en cuenta
que, como cualquier ejército imperialista, en el suyo hay
contradicciones. La más importante es que la mayoría
de sus soldados viene del proletariado. En tales guerras la mayoría
de los soldados objetivamente están actuando contra sus propios
intereses de clase, incluso en el caso de que por una combinación
de chovinismo imperialista, mentiras y coacción, se ofrezcan
de “voluntarios”. Así, cuando aumenten las bajas
y la prolongación de su servicio en un territorio hostil
dé lugar a mayores penurias, es de esperarse que caiga la
moral. La combinación de esos factores con el descubrimiento
político de los verdaderos propósitos de una agresión
imperialista socavará más su disposición de
hacer sacrificios y de combatir. En tales circunstancias es posible
que la oposición y resistencia a una aventura militar imperialista
particular e incluso al imperialismo en general, como sucedió
en Vietnam, surja al interior de las propias fuerzas armadas imperialistas.
Hoy, tal espectro sigue acosando a la clase dominante yanqui y a
los altos generales.
Así que aunque con su armamento de alta tecnología
y bombardeos masivos Estados Unidos y otros imperialistas no son
capaces de reconocerlo plenamente, la famosa instrucción
de Mao sobre la relación de la gente con las armas en la
guerra encierra una verdad: “Las armas son un factor importante
en la guerra, pero no el decisivo. El factor decisivo es la gente,
y no las cosas. La correlación de fuerzas la determinan no
sólo la potencia militar y económica, sino también
los recursos humanos y el apoyo popular. La potencia militar y económica
la maneja la gente” (Mao Tsetung, “Sobre la guerra prolongada”,
Obras escogidas, t. 2, p. 146). A causa de esta verdad,
todos los ejércitos imperialistas buscan una victoria rápida.
Cuando no la pueden obtener, una de sus mayores debilidades estratégicas
(la contradicción entre los reaccionarios propósitos,
intereses y métodos imperialistas y la realidad de que “la
potencia militar y económica la maneja la gente”) puede
incidir y generar las condiciones para la derrota.
En el plan de ataque original, los yanquis iban a atacar en dos
frentes (en el norte por Turquía y la región del norte
de Irak bajo control kurdo y en el sur por Kuwait) y converger en
Bagdad por ambos flancos. Querían obligar a los iraquíes
a dividir sus fuerzas al norte y al sur de la capital y debilitar
ambos frentes. El plan sufrió un serio revés cuando,
debido a la resistencia popular en Turquía al ataque contra
Irak, el parlamento no dio su aval para el desplazamiento de tropas
yanquis por su territorio. En Estados Unidos, eso originó
importantes debates al interior de los círculos de poder
y sobre todo entre los líderes políticos y militares.
Como tenían una división entera inmovilizada cerca
de la costa turca, algunos altos generales quisieron más
tiempo para trasladarla (con otras tropas) hacia el Golfo antes
de comenzar el ataque. En contraposición, los líderes
políticos yanquis ordenaron comenzar el ataque sin dilación.
Este debate y su resolución dejan ver la interconexión
entre la guerra y la política. En el proceso de planeación,
los líderes políticos pidieron asignar el menor número
posible de tropas. Los mandos militares, muy conocedores de las
incertidumbres de la guerra y de la doctrina de aplicar una fuerza
abrumadora, pidieron una y otra vez más soldados de los que
los líderes políticos estaban dispuestos a aprobar.
Se calentó tanto el debate que cuando el jefe del estado
mayor del ejército, el general Shinseki, públicamente
pidió más tropas de las que el gobierno estaba dispuesto
a enviar, se anunció su reemplazo un año antes de
su retiro previsto. Quedó desacreditado y perdió autoridad.
El deseo de usar tan pocas tropas como fuera posible y aceptar los
riesgos militares lo dictaron consideraciones políticas.
Los imperialistas tienen la gran necesidad política de mantener
el apoyo popular para sus guerras de agresión. Al inicio
de tales guerras la promesa de una victoria rápida y relativamente
fácil es un importante mecanismo para lograr este propósito.
En la estrategia general que aplican los imperialistas yanquis,
la conquista de Irak fue sólo un paso en una serie de las
agresiones militares que se proponen para rehacer el mundo
de acuerdo a sus intereses y para consolidar su hegemonía.
Si en ese momento hubiesen admitido que el necesario número
de tropas para concretar sus planes en Irak era tan alto como muchos
generales decían, hubiesen tenido que posponer el ataque
al menos unos meses y poner la aventura en riesgo, y se hubiese
socavado la promesa de una victoria rápida y fácil.
Por eso tuvieron una gran necesidad de buscar la manera de aplicar
los planes con el menor número posible de tropas, la cual
(debido a su posición de clase) es un importante factor que
les impide comprender con el materialismo el mundo en general y
los asuntos militares en particular. Por eso, pueden cometer errores
estratégicos o fatales4. Nadie puede asegurar si en ese momento
(o ahora) los estrategas yanquis creían poder conquistar
y pacificar a Irak con la cantidad de tropas que predijeron. Muy
probablemente tuvieron y tienen grandes diferencias de opinión
al respecto. Lo importante es que decidieron proceder y dar prioridad
a sus objetivos y necesidades políticos en los asuntos militares.
La decisión de lanzar la guerra sin demora abarcó
tres factores: 1) Los que tomaron la decisión estaban seguros
de que el debilitado ejército iraquí no sería
un problema para la aplastante fuerza que desplegarían. 2)
Urgía tener los soldados listos y lanzar el ataque antes
de marzo, cuando el bárbaro calor del verano iraquí
complique el combate. 3) El movimiento internacional contra la inminente
invasión crecía a un ritmo que agarró desprevenidos
a casi todos los observadores y por eso a diario aumentaba el costo
político de la guerra. Con las diferencias entre Estados
Unidos y Francia, Rusia y Alemania y las maniobras diplomáticas
de los últimos tres países para retardar, si no impedir,
el comienzo de la guerra, Estados Unidos tuvo que cortocircuitar
la oposición lanzando la invasión, y tuvo una gran
necesidad de detener a los inspectores de la ONU, que entonces buscaban
en Irak las “armas de destrucción masiva” de
Saddam. Los inspectores no hallaban nada en lo que Estados Unidos
identificó “con certeza” como sitios de tales
armas. La clase dominante yanqui sabía muy bien que esas
armas muy probablemente no existían y que si se permitiera
continuar con las inspecciones varios meses más, la casus
belli (el pretexto de las “armas de destrucción
masiva” con que supuestamente justificarían la guerra)
podría quedarse al desnudo.
Para llevar a cabo sus planes, Estados Unidos y los aliados unieron
una fuerza de poderío y magnitud impresionantes. Al inicio,
en la región del Golfo y otras regiones alrededor de Irak
las fuerzas encabezadas por Estados Unidos contaban con más
de 270 mil elementos, con más de 1.300 vehículos blindados
(tanques y portatropas blindados), cientos de piezas de artillería
y lanzadores de cohetes (motorizados y de remolque), cientos de
helicópteros (como 150 helicópteros de ataque Apache
AH-64), más de mil cazas avanzados (desde portaaviones y
bases terrestres, con bombarderos estratégicos que despegaban
de pistas en el mar Índico, Inglaterra y Estados Unidos),
seis grupos de batalla con portaaviones y docenas de buques de guerra
más armados con 2.100 misiles cruceros Tomahawk capaces de
transportar ojivas convencionales y nucleares (de las cuales hubo
al menos unos cientos en el escenario de operaciones). Las fuerzas
se apoyaron en una red aérea y satelital multinivel de espionaje,
navegación y comunicaciones con diversas clases de aeronaves
tripuladas (AWACS, U2, RC-135, EP-3E, JSTARS, etc.), aeronaves no
tripuladas (Hunter, Global Hawk y Predator) y cien satélites
(militares, GPS o sistema de posicionamiento global, climatológicos,
comerciales, etc.). En el momento álgido, la campaña
movilizó a 467 mil elementos militares yanquis en todo el
mundo, o sea, el 30% de todo el personal militar en servicio activo.
Como muestran las cifras, es mentira que en la “nueva guerra”
las fuerzas ligeras y altamente móviles serían el
elemento central de las futuras guerras (al menos en el caso de
Irak). En esta guerra el plan era lanzar un masivo ataque blindado
y aéreo con las divisiones más pesadas en existencia
en el mundo. Estados Unidos también lanzó una extensa
operación de guerra psicológica. Sus agentes en el
sur de Irak establecieron emisoras de radio y televisión
e imprimieron millones de volantes que afirmaban que tras la derrota
del gobierno de Saddam, el pueblo iraquí quedaría
libre y que propagaban la mentira de que los ocupantes serían
sus “libertadores”.
Como ya no era viable el traslado de la IV División de Infantería
por Turquía para atacar desde el norte y ante la enorme presión
de tiempo de lanzar el ataque antes del fin de marzo, las fuerzas
armadas yanquis tuvieron que modificar el plan. Lanzaron el principal
ataque terrestre desde Kuwait en el sur hacia el norte y Bagdad,
con dos fuerzas principales la una paralela a la otra. Al este la
I Fuerza Expedicionaria de Infantería de Marina [FEIM] (con
una división británica) se movilizó hacia Bagdad
desde el sureste por la ruta que va principalmente entre los ríos
Tigris y Éufrates (cruzó hacia el este del Tigris
al acercarse a Bagdad) y al oeste el V Cuerpo del ejército
se acercó a Bagdad desde el suroeste por la ruta que va principalmente
hacia el oeste del Éufrates y por el paso Kerbala.
Como se dijo, la necesidad de lograr una rápida victoria
con un mínimo de bajas yanquis se reflejó en el plan
de ataque. El plan era lanzar un ataque de choque cuya velocidad
y potencia de fuego abrumarían a los iraquíes, destruiría
las grandes concentraciones de soldados con ataques aéreos,
artillería de largo alcance y blindados, y así impediría
todo contraataque significativo. Como la rapidez era lo esencial,
se evitaría lo más posible el combate urbano y los
grandes centros poblacionales. Al mismo tiempo, sobre la ruta planeada
combatirían y aniquilarían a las fuerzas iraquíes
que se negaran a rendirse. El objetivo principal era avanzar al
norte y cercar y capturar a Bagdad. El gobierno yanqui estaba muy
convencido de que al dedicarse a capturar Bagdad podría causar
la caída del gobierno, y que eso acabaría rápidamente
con toda resistencia militar de importancia. También esperaban
que el gobierno iraquí pudiera colapsarse antes, como resultado
de una “decapitación” (el asesinato de los líderes
del gobierno) o de la conmoción misma de la invasión
acompañada de las inclinaciones capitulacionistas que están
ampliamente extendidas en los gobierno compradores5.
Aunado a ese eje principal de ataque, el primer objetivo de los
invasores fue capturar los campos petrolíferos del sur. Junto
con eso, las fuerzas británicas se encargaron de capturar
el puerto de Umm Qasr y Basora, la segunda ciudad del país,
que está en la vía fluvial de Satt al-Arab, no lejos
del Golfo, de la frontera con Irán y de los campos petrolíferos
del sur. Se desplazaron muchos elementos de las Fuerzas de Operaciones
Especiales (FOE: Boinas Verdes, Navy Seals, etc.) al oeste de Bagdad
en la zona que se extiende hasta la frontera con Jordania, y se
encargaron de capturar objetivos claves de esa región (principalmente
pistas aéreas, etc.). También buscaron mantener a
las fuerzas iraquíes lejos de la principal línea de
ataque.
Al norte, aunque se tuvo que cancelar el ataque a Bagdad desde esa
dirección, Estados Unidos introdujo una gran cantidad de
las FOE para dirigir a los soldados de los partidos Democrático
del Kurdistán y de los Trabajadores del Kurdistán,
los dos partidos políticos kurdos principales, los cuales
estuvieron colaborando con los imperialistas. Se les unieron mil
elementos de la 173a Brigada Aerotransportada desde las bases en
Europa, que saltaron con paracaídas en el norte de Irak.
Irónicamente, es más probable que el verdadero objetivo
de esta acción fuera Turquía que Irak. Turquía
reclama grandes zonas del norte de Irak, como la ciudad de Mosul
y los campos petrolíferos al norte de Kirkuk. Desplegar
así esta brigada fue una clara señal a Turquía
de que bajo el pretexto de la guerra no debería ocupar las
zonas kurdas de Irak. Estados Unidos esperaba usar las fuerzas kurdas
para sus propios fines. Una invasión turca hubiera provocado
fuertes combates entre Turquía y los kurdos iraquíes
y la amenaza de un colapso de la alianza de Estados Unidos con estas
fuerzas. También hubiera creado fuertes contradicciones con
los elementos compradores de Irak con los cuales los yanquis buscaban
aliarse. Sin duda, los comandantes yanquis esperaban que esta cacareada
acción mantuviera ocupados a más soldados iraquíes
en el norte y les impidiera unirse a la defensa de Bagdad. Después,
el ejército yanqui estimó que cuando la guerra comenzó,
aproximadamente el 40% de las fuerzas regulares de Irak estaban
apostadas en el frente al norte de Bagdad.
Como se dijo, Estados Unidos estimó la fuerza iraquí
en 280 mil a 350 mil soldados organizados en 17 divisiones, no más
que un tercio de la fuerza numérica que Irak tuvo al comienzo
de la guerra del Golfo de 1991. Se decía que aproximadamente
2.200 tanques de todos tipos, 2.400 portatropas blindados y 4.000
piezas de artillería estaban en el arsenal iraquí.
Se consideraba que mucho de este equipo era obsoleto o en pobre
estado de mantenimiento.
En contraste con 1991, y contra las expectativas de muchas personas,
no montaron antes de la invasión terrestre una discreta campaña
de bombardeos aéreos de varias semanas… por dos razones:
Primero, Estados Unidos decidió tratar de eliminar a la resistencia
iraquí lanzando un ataque sorpresa de misiles cruceros y
bombas con el fin de matar a Saddam Hussein y otros altos líderes
del gobierno en 50 lugares separados (todos los cuales fallaron)6.
Como lanzaron el ataque el 20 de marzo, tuvieron que poner en marcha
otras partes del ataque terrestre, sobre todo la captura de los
campos petrolíferos del sur, los cuales por obvias razones
consideraban un objetivo estratégico clave. Segundo, ya habían
estado llevando a cabo una campaña de bombardeos aéreos
durante los anteriores diez años. Así, había
poca necesidad de repetir el patrón de lo que sucedió
en 1991. Ya habían ocasionado los necesarios daños.
Una ventaja particular con que Estados Unidos contaba era el control
absoluto del espacio aéreo. Podría desplegar sin restricciones
su enorme aparato de reconocimiento aéreo para rastrear a
las grandes concentraciones de soldados iraquíes que pudieran
confrontar a sus fuerzas de vanguardia, y podría tener la
oportunidad de debilitarlos seriamente, si no destruirlos, con ataques
aéreos y artillería de largo alcance antes de que
sus soldados tuvieran que combatirlos directamente en tierra. Por
la manera en que Estados Unidos y otros ejércitos imperialistas
combaten, este “multiplicador de fuerza”7, como lo llaman,
es una ventaja crucial.
En el contexto general de la libertad y la necesidad, Estados Unidos
decidió que era suficientemente viable lo que llamó
un “despliegue que avanza”: iniciar la ofensiva antes
de que se movilizaran completamente las fuerzas secundarias (que
asegurarían las líneas de comunicación y la
retaguardia). Este plan suscitó cierto debate antes de que
la guerra se iniciara, pero al menos en este caso funcionó.
Como veremos, el mayor riesgo no era el número de soldados
necesarios para derrocar el gobierno, sino lo que se necesitaría
para consolidar el control sobre el país una vez tomada la
capital.
El ataque: A 19 días de Bagdad
El 20 de marzo de 2004, a las 5:34 a. m., hora de Bagdad, las fuerzas
angloyanquis intentaron asesinar a Saddam Hussein y a otros altos
miembros del gobierno con los mencionados ataques de misiles y bombardeos.
Poco después, la coalición al mando de Estados Unidos
comenzó las operaciones terrestres de gran escala.
El plan de “decapitación” fracasó y la
noche del 21-22 de marzo se llevaron a cabo más ataques aéreos.
Esa noche, el número de misiles cruceros lanzados desde el
mar y tierra fue tres veces mayor al de toda la guerra del Golfo
de 1991. En comparación con la “Tormenta del Desierto”
(la guerra del Golfo de 1991) en que en 43 días soltaron
283 misiles cruceros Tomahawk, en la “Operación Libertad
Iraquí” soltaron mil Tomahawk y miles de bombas inteligentes
en los primeros 15 días. En toda la campaña, Estados
Unidos y los aliados efectuaron unas 41 mil misiones aéreas,
de las cuales 20 mil fueron ataques. Lanzaron unos 20 mil proyectiles
teledirigidos, casi el 70% de todas las bombas lanzadas. En contraste,
únicamente el 7% de todas las bombas lanzadas en 1991 eran
teledirigidas.
El día 5, los invasores alcanzaron Nasiriyya, una ciudad
de 500 mil habitantes a un tercio de los 500 km de distancia entre
la frontera de Kuwait y Bagdad. El día 10, en al-Nayaf y
Kerbala se concentraban los yanquis que avanzaban por la ruta occidental
y se preparaban para atacar la última importante línea
de defensa iraquí antes de Bagdad. Al este, la I Fuerza Expedicionaria
de Infantería de Marina avanzaba, pero aún no había
avanzado tanto hacia el norte. En este momento, Estados Unidos reportaba
sólo 28 muertos, 16 de ellos en acción, y 107 heridos.
El día 15, elementos de la III División de Infantería
(III DI, una parte del V Cuerpo del ejército) avanzaban por
el paso Kerbala y atacaban el aeropuerto de Bagdad. Para el día
20, la batalla contra las fuerzas yanquis que habían atacado
a Bagdad desde el sur y el suroeste se había trasladado al
centro de la capital, mientras que en el este de la ciudad la I
División de la Marina (una parte de la I FEIM que atacaba
desde el sureste y el este) cruzó el río Diyala y
capturó la Base Aérea Rasheed en el este de la capital.
Al día siguiente, 9 de abril, unidades de la I División
de la Marina, cruzando Bagdad desde el este, se unieron a la III
DI, con posiciones en el centro. Ese día los yanquis derribaron
una estatua de Saddam Hussein en un montaje para la televisión
que se transmitió en todo el mundo para convencer la opinión
pública mundial de que los yanquis recibían una bienvenida
como “libertadores”. Para el día 26, 14 de abril,
Saddam había huido de Bagdad, y el gobierno y el ejército
se habían colapsado, y las fuerzas al mando de Estados Unidos
habían consolidado en su mayor parte el control sobre Bagdad
y la mayor parte de Tikrit, el último gran bastión
de la resistencia organizada de las fuerzas armadas iraquíes.
En 19 días, los invasores capturaron Bagdad y tras 26 días
alcanzaron el objetivo principal de derribar el gobierno y acabar
con toda resistencia organizada del ejército iraquí
(de fuerzas regulares como irregulares). No todo sucedió
conforme al plan (más al respecto en adelante), pero en tres
y media semanas lograron avanzar más de 500 km y derrotar
sobre la marcha al ejército iraquí. Estados Unidos
dice que en la operación tuvo 109 muertos en acción
y 545 heridos (de los cuales 119 regresaron en servicio en 72 horas).
Se calcula que el ejército iraquí tuvo entre 10 mil
y 20 mil bajas, con tal vez el doble de heridos. Además,
una resuelta defensa de Bagdad, la cual había prometido Saddam
y la cual mucha gente esperaba, no se materializó. Todo eso
suscita varias preguntas: ¿por qué el ejército
iraquí cayó tan rápidamente? ¿evidenció
la derrota relativamente rápida del gobierno de Saddam que
algo de verdad había en las declaraciones de los imperialistas
yanquis de que su armamento de alta tecnología había
cambiado la naturaleza de la guerra? ¿se han vuelto los imperialistas,
en particular los yanquis, tan fuertes que nada puede derrotarlos?
¿si no es así, qué se necesita para derrotarlos?
Por qué y cómo Estados Unidos ganó
tan rápidamente y a tan bajo costo inicial
“‘La guerra es la continuación de la política’.
En este sentido, la guerra es política, y es en sí
misma una acción política. . . Pero la guerra tiene
sus peculiaridades; en este sentido, no equivale a la política
en general. ‘La guerra es la continuación de la política
por otros medios’. . . Por consiguiente, se puede decir que
la política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto
que la guerra es política con derramamiento de sangre”
(Mao Tsetung, “Sobre la guerra prolongada”, Obras
escogidas, tomo 2, p. 156-157).
Para tener un conocimiento fundamental de la guerra contra Irak,
de su desarrollo y de su desenlace, es necesario partir de un análisis
de la política de la cual es una continuación. En
el caso de los imperialistas yanquis (y los otros imperialistas
aliados) es una guerra de conquista colonial, o sea, una guerra
reaccionaria que es un elemento clave de una ofensiva preparada
con anticipación para reorganizar el Medio Oriente, la región
del Golfo y Asia central (el “Gran Medio Oriente” en
sus propias palabras) firmemente bajo el control del imperialismo
yanqui. Este proyecto es un elemento central de la cruzada del imperialismo
yanqui por la hegemonía mundial que quiere aprovechar la
oportunidad histórica tras el hundimiento de la Unión
Soviética socialimperialista (un país antes socialista
que se volvió capitalista) y su bloque y cimentar por décadas
su actual posición como potencia imperialista dominante en
el mundo. La estrategia y tácticas que aplicaron los imperialistas
en esta guerra son una continuación de esa política.
La dependencia de la masiva potencia de fuego y la enorme cantidad
de bajas civiles, la necesidad de enormes cantidades de pertrechos
y armas de alta tecnología, la urgencia de una victoria rápida
y las descaradas mentiras sobre los motivos y objetivos son manifestaciones
de esa política, de su posición de clase y de los
intereses y objetivos que se desprenden de eso.
En el caso de los iraquíes, la lucha contra la invasión
era y es una justa lucha contra la agresión y dominación
imperialistas. El más fuerte impedimento a su lucha fue el
gobierno de Saddam y el carácter comprador del mismo. “Comprador”
se refiere a los representantes de los intereses de los explotadores
y opresores reaccionarios que sirven y dependen del capital extranjero
(del imperialismo) para mantenerse en el Poder, aunque tengan conflictos
con uno que otro gobierno imperialista en un momento dado. Como
ilustró la guerra, muchas veces tales gobiernos no pueden
movilizar y no movilizarán a las masas populares a librar
una resuelta lucha contra la agresión imperialista, y nunca
se apoyan en el sentimiento combativo consciente de las masas populares
como fuerza básica. Estos gobiernos representan los intereses
de una pequeña minoría que oprime y explota a las
grandes mayorías en aras de sus propios intereses y aquellos
de los imperialistas de los cuales dependen económicamente.
No pueden movilizar ni armar a las grandes masas a combatir a la
dominación y agresión de los imperialistas sin poner
en peligro su propio control sobre la población. Para librar
una justa guerra contra un poderoso enemigo reaccionario es crucial
movilizar a las amplias masas a combatir en pos de sus propios intereses.
Como dijo Mao: “El más rico manantial de fuerza para
sostener la guerra está en las masas populares” (obra
citada, p. 193).
En sus territorios, los imperialistas buscan movilizar a las masas
y sus propios soldados, con mentiras y propaganda sobre “armas
de destrucción masiva”, “el derecho internacional”
y la “liberación” de Irak. Y aplican extremadamente
grandes dosis de chovinismo imperialista, sobre todo en Estados
Unidos. De un lado, las clases dominantes europeas advierten contra
el “antiamericanismo” y el “peligro” de
decir que Estados Unidos es “imperialista”; del otro
lado, la clase dominante estadounidense y sus propagandistas declaran
abiertamente que su país debe dominar al mundo y que ya es
hora de aplicar una política exterior “imperialista”
(si bien no usan la palabra “imperialista” en el sentido
leninista) y que la “benigna” hegemonía mundial
de Estados Unidos es la mejor y única manera de “civilizar”
y “democratizar” al mundo.
Saddam esperaba que con maniobras diplomáticas y políticas
y una alianza con Rusia y los imperialistas de Europa occidental,
sobre todo Francia y Alemania, pudiera retrasar y a la larga impedir
la invasión, pues sabía que no había armas
de destrucción masiva8. En su estrategia, tuvo que bravuconear
sobre la enorme cantidad de muertos que causaría a los invasores
y el espectro de un levantamiento político en el Medio Oriente
y otras partes del mundo (hablaba de convertir a Bagdad en otro
“Stalingrado”). No obstante, en los meses antes
de la invasión no se materializó ninguna movilización
en gran escala de la población ni preparativos generales
para librar una guerra prolongada de resistencia en Irak. Se
movilizaron las fuerzas armadas, se tomaron algunas medidas defensivas
y se pusieron en alerta las milicias del partido Baaz y del “Fedaiyin
Saddam” (fuerzas irregulares conformadas de partidarios del
gobierno), pero no se integraron enérgicamente a las grandes
masas en los preparativos para los combates ni en los mismos combates.
En retrospectiva, es obvio que Saddam y el gobierno no tuvieron
ninguna visión ni plan para vencer una invasión y
ocupación. Su estrategia general partía de maniobras
diplomáticas para impedir los ataques.
El carácter fundamental de clase de cada estructura de Estado
(tanto si sirve a los intereses de una minoría de explotadores
o a los intereses de la mayoría en su lucha contra los cimientos
y los efectos de la sociedad de clases) tiene un impacto decisivo
en la naturaleza y estructura de sus fuerzas armadas. Las fuerzas
armadas del gobierno comprador de Saddam se dedicaban principalmente
a suprimir a las masas y defender las aspiraciones regionales del
gobierno en el contexto de la dominación general de relaciones
del poder imperialista y bajo la misma. Por necesidad, estas relaciones
políticas y sociales se reflejaban en las relaciones entre
los oficiales y los soldados en las fuerzas armadas iraquíes
mismas y tuvieron un efecto importante en la moral y el espíritu
de combate de los soldados rasos. Por eso, fue inevitable que el
carácter reaccionario del gobierno y su larga historia de
crímenes contra el pueblo debilitaran la capacidad de las
fuerzas armadas para llevar a cabo el necesario combate para resistir
la inminente invasión.
A pesar de esta debilidad fundamental, en muchas instancias los
soldados iraquíes lucharon con determinación y valentía
contra los invasores encabezados por Estados Unidos. Pero, aparte
del hecho de que las grandes masas nunca fueron movilizadas para
apoyarlos en la batalla, los soldados iraquíes tenían
oficiales quienes en su mayoría eran incompetentes y frecuentemente
cobardes. En un gobierno comprador, el cuerpo de oficiales no sólo
es leal a las clases dominantes, sino que está constituido
por personas (sobre todo en la alta jerarquía) que tienen
vínculos políticos muy cercanos y frecuentemente vínculos
familiares con el gobierno mismo. Su conocimiento de asuntos militares
es secundario9 y en la mayoría de los casos no tienen la
capacidad ni deseo de librar una lucha de vida o muerte bajo condiciones
difíciles. Estas desventajas en una guerra con un enemigo
que tiene mayor poder económico y militar son extremadamente
difíciles, si no imposibles, de superar.
“No cabe duda que el desenlace de una guerra está determinado
principalmente por las condiciones militares, políticas,
económicas y naturales en que se encuentra cada una de las
dos partes beligerantes. Pero no sólo por ellas; está
determinado también por la capacidad subjetiva de las partes
beligerantes para dirigir la guerra. Un jefe militar no puede pretender
ganar la guerra traspasando los límites impuestos por las
condiciones materiales, pero sí puede y debe esforzarse por
vencer dentro de tales límites. El escenario de la acción
de un jefe militar está construido sobre las condiciones
materiales objetivas, pero en este escenario puede dirigir la representación
de muchos dramas vivos, marciales, grandiosos y llenos de sonido
y color” (Mao Tsetung, “Problemas estratégicos
de la guerra revolucionaria de China”, Obras escogidas,
t. 1, pp. 205-206).
En términos de tecnología, armas avanzadas, fuerza
militar y poder económico, Estados Unidos y los aliados eran
claramente superiores a Irak. ¿Significa eso que Irak estaba
condenado a perder la guerra, que no había lugar al “escenario
de la acción” para “esforzarse por vencer”?
Y en un sentido más amplio, ¿significa eso que un
país pequeño como Irak nunca puede vencer a un oponente
poderoso como Estados Unidos? A pesar del éxito inicial de
la coalición liderada por Estados Unidos en Irak, la respuesta
a ambas preguntas es muy claramente que no. Un análisis detenido
de la invasión de Irak y las secuelas ayuda a ilustrar esto.
La dependencia de Estados Unidos del armamento avanzado
y de un enorme
aparato de logística: una espada de dos filos
Un punto fuerte importante de Estados Unidos es su inmensa cantidad
de armamento pesado y moderno: armadura, artillería, misiles,
cohetes, aeronaves, vigilancia satelital, comunicaciones, radar,
etc. Todo eso constituye una tremenda potencia de fuego y capacidad
de matar a una distancia segura: la capacidad de concentrar el fuego
con precisión sobre objetivos a grandes distancias y fuera
del alcance del oponente. Ésta es una expresión del
hecho de que, como Mao señalaba, mientras que estratégicamente
el imperialismo y todos los reaccionarios son “tigres de papel”,
tácticamente son “tigres de verdad que pueden devorar
a la gente”.
El ejército yanqui tiene fama de decir que la guerra se trata
principalmente de la logística: que la clave principal para
ganar es abrumar al enemigo con tanta potencia de fuego que las
fuerzas opuestas queden aplastadas. Esa noción refleja la
posición material de Estados Unidos (su tremenda fuerza tecnológica
e industrial) y la posición de clase y la concepción
del mundo de sus gobernantes y oficiales (de que el armamento, y
no a las personas, es lo decisivo). No es de extrañar que
el concepto “los aficionados se dedican a la táctica,
mientras que los profesionales se dedican a la logística”
sea una creencia ampliamente sostenida entre los oficiales yanquis.
Ninguna fuerza armada puede existir o funcionar sin tomar en cuenta
la logística, pero el ejército yanqui históricamente
ha abordado este asunto de manera casi perversa. Por ejemplo, un
estudio estimó que en Vietnam las fuerzas yanquis usaron
de 30 mil a 50 mil balas de rifle y ametralladora por cada combatiente
de liberación que decían haber matado. Y como sus
declaraciones sobre el número de bajas que lograron causar
eran notoriamente exageradas, ¡la cantidad de balas usadas
fue probablemente mucho mayor! En 2004 el ejército yanqui
dijo que necesitaría de 1.5 a 1.7 mil millones de
balas de rifle. Eso excede de manera importante la capacidad de
producción actual de las fábricas del gobierno, por
lo que se necesitan grandes compras a otros productores e incluso
a otros países, siendo Israel el mayor proveedor en el extranjero.
Por su dependencia del armamento avanzado y potencia de fuego masiva,
el ejército imperialista yanqui depende de un sistema de
apoyo logístico de dimensiones semejantes. Es necesario mantener
y reparar todo el armamento avanzado y equipo. Cuando está
en guerra, el ejército estadounidense consume enormes cantidades
de pertrechos de todo tipo. Por ejemplo, cuando se preparaba el
ataque a Irak, los encargados estadounidenses de planificar la guerra
“estimaron una demanda diaria de combustible de 2 millones
de galones [7.57 millones de litros] hasta el día 14, cuando
previeron que las necesidades excederían esa cantidad”
(On Point). Durante los 26 días de “Operación
Libertad Iraquí” (OLI), el V Cuerpo yanqui transportó
y consumió 54 millones de galones (204 millones de litros)
de combustible para vehículos terrestres y aeronaves, 4.859
toneladas de municiones, 26.6 millones de botellas de agua y 14.7
millones de MRE (comidas listas para comer, o raciones de campo
del ejército).
Veamos un ejemplo histórico: durante los cuatro años
de la I Guerra Mundial los aliados usaron 40 millones de galones
de combustible, lo que llevó a Winston Churchill a comentar
que se ganó la guerra “a base de un mar de petróleo”.
En la II Guerra Mundial, las fuerzas estadounidenses en Europa nunca
consumieron más de 800.000 galones por día. En Irak,
para abastecer de combustible a sus tanques, otros vehículos
y helicópteros, las fuerzas yanquis tuvieron que establecer
una red de estaciones de reabastecimiento a lo largo de su línea
de marcha hacia Bagdad. La I Fuerza Expedicionaria de la Infantería
de Marina desplegó un oleoducto portátil de 240 km
hacia el norte desde la frontera con Kuwait. Esta obra de logística
era tan enorme que, según On Point, se inició
la planeación sistemática desde el otoño de
2001.
Obviamente los cientos de km de las líneas de aprovisionamiento
principalmente no protegidas de las que dependían las fuerzas
yanquis eran extremamente vulnerables. No había muchas opciones
de líneas de marcha hacia el norte, hacia Bagdad, sobre todo
dado el tamaño y peso de los vehículos blindados,
el armamento pesado y los camiones de abastecimiento yanquis. Las
carreteras principales en dirección norte-sur claramente
fueron de importancia estratégica. No obstante, las fuerzas
iraquíes no prepararon ningún plan sistemático
para aprovechar esta debilidad.
Los comandantes yanquis reportaron “persistentes” ataques
a lo largo de sus líneas de comunicación; y en un
famoso incidente la 507a Compañía de Mantenimiento
tomó un camino equivocado y tuvo fuertes bajas (el incidente
en que la soldado Jessica Lynch fue herida y capturada). Aunque
estos ataques causaron algunas dificultades temporales para las
fuerzas yanquis, en su mayoría eran relativamente ineficaces
(por ejemplo, causaron pocas bajas) y es un hecho que no se aprovechó
esta debilidad hasta donde hubiera sido posible10. Por ejemplo,
no se destruyó casi ninguno de los principales puentes de
autopista entre Kuwait y Bagdad (y ninguno en Bagdad) en plan de
demorar el avance yanqui. Se colocaron explosivos en algunos puentes,
pero en su mayoría nunca se detonaron. En algunos pocos casos,
los explosivos estallaron, pero no fueron suficientes para causar
daños de importancia. En la mayoría de los casos,
no hubo planes de demolición en absoluto. Así, se
muestra que no había ningún plan consciente ni disposición
de detener la invasión por parte de los líderes iraquíes11.
Estados Unidos predijo que la mayoría o todos esos puentes
serían destruidos, y por eso trasladó gran parte de
su equipo de puentes portátiles hacia la región del
Golfo antes de la invasión. Así es que sólo
derribar los puentes principales no habría impedido que los
invasores cruzaran los ríos y las gargantas. Pero se habría
demorado significativamente el avance y se habría dificultado
el aprovisionamiento a gran escala ya que los puentes portátiles
son menos capaces de soportar cargas pesadas en comparación
con los puentes normales. De mayor importancia, los retrasos causados
de haber destruido esos puentes habrían dado a las fuerzas
defensoras un tiempo muy valioso para preparar defensas, para reorganizarse
y colocarse en una posición para atacar y hostigar toda la
línea de avance yanqui y especialmente las líneas
de comunicaciones, que a diario se extendían más y
se volvían más vulnerables.
Los iraquíes ignoraron otro importante principio de Mao:
de “atraer al enemigo para que penetre profundamente”.
Mao señaló que con respecto a la defensa de las bases
de apoyo, y más tarde China en su totalidad, no tiene sentido
tratar de detener a un enemigo poderoso en la frontera. Es preferible
atraerlo para que penetrara más profundamente en el territorio
liberado donde estaría rodeado por las masas, obligado a
depender de largas líneas de comunicación y a defenderlas,
y donde el enemigo estaría en una posición en que
sus flancos y retaguardia serían vulnerables. Un principio
similar podría haberse adoptado en Irak. En vez de eso, aunque
hubo algunos ataques a la retaguardia y las líneas de comunicación,
principalmente las fuerzas iraquíes trataron de combatir
directamente a las columnas yanquis. O sea, estaban condenados al
fracaso. On Point cita a un general yanqui: “No previmos
que iban a salir de las ciudades y exponerse a los vehículos
y formaciones blindados sin una protección similar”.
Agrega: “Era más sorprendente que estas fuerzas irregulares
eligieron salir de las relativamente seguras zonas urbanas para
luchar contra las fuerzas blindadas de la coalición en el
campo abierto... Era aún más sorprendente que los
paramilitares eligieron atacar en oleadas a la vanguardia de las
fuerzas blindadas en lugar de esperar a los convoys de logística
sin blindaje. A causa de que las fuerzas paramilitares básicamente
no estaban entrenadas, sus tácticas (si bien valientes) fueron
suicidas porque literalmente corrieron y manejaron hacia la muerte”.
En la estrategia, un elemento importante de una resistencia eficaz
es atacar las líneas de abastecimiento de los invasores imperialistas,
sobre todo en una situación en que la resistencia libra una
justa lucha, conoce el territorio y en general cuenta con el apoyo
de la población. Cuanto más profundamente penetren
los invasores al territorio que atacan, más largas son las
líneas de abastecimiento y comunicaciones y en general cuanto
más difícil es defenderlas. Un ejemplo es la Unión
Soviética en la II Guerra Mundial: el ejército alemán
llegó a las puertas de Moscú y al centro de Stalingrado
y tenía líneas de abastecimiento de más de
1.200 km. El territorio ocupado era de miles de km2. En esa vasta
región, cientos de miles soldados soviéticos libraron
una guerra de resistencia, destruyeron los convoys de abastecimiento,
ferrocarriles y puentes y atacaron y hostigaron a los alemanes a
cada paso. Eso fue un importante elemento que cambió el curso
de la guerra, de modo que los soviéticos pudieran pasar de
la defensiva estratégica a la ofensiva y expulsar a los alemanes.
Como ocurrieron pocos combates de esta clase durante la invasión
de Irak, se debilitó mucho la resistencia.
Los autores de On Point dejan eso aún más
de manifiesto: aunque Estados Unidos trasladó enormes cantidades
de combustible, balas de diversos calibres, otros pertrechos y agua
a Irak en apoyo a los invasores, en toda la operación
no tuvo que entregar casi nada de refacciones a las fuerzas
en el campo de batalla. En lugar de eso, las unidades yanquis quitaron
piezas a su propio equipo y al equipo iraquí abandonado o
capturado y hasta compraron piezas a los iraquíes12. Muchos
comandantes de las unidades reportaban que, por la falta de refacciones
y las dificultades para darle mantenimiento a los vehículos
pesados, artillería y otro equipo, en una o dos semanas hubieran
tenido que reducir o suspender las operaciones ofensivas.
La falta de preparación, entrenamiento y mando y
la descomposición
del ejército iraquí
Por supuesto, esto no significa que no hubieran podido sobreponerse
a este problema con tiempo. Pero si las fuerzas iraquíes
hubieran podido aprovechar mejor esta debilidad estadounidense,
el efecto en la dinámica militar y política general
podría haber tenido un impacto importante sobre el desenlace
general. Una significativa disminución del ritmo de los invasores
habría dado una oportunidad importante a las fuerzas iraquíes
para reagruparse, reabastecerse, etc.
La desigualdad entre las fuerzas encabezadas por Estados Unidos
y las fuerzas defensoras iraquíes tenía numerosas
facetas. Además de las desventajas ya tratadas, las fuerzas
iraquíes estaban tan mal entrenadas que en gran medida era
un ejército que no podía dar en el blanco. Desafortunadamente,
el ejemplo que sigue demuestra que decir eso no es exagerar.
En el año antes de empezar la guerra, grandes sectores del
ejército iraquí habían tenido poca práctica
de tiro al blanco, y en algunos casos no lo habían tenido.
El estudio del Colegio de Guerra, Tumbar a Saddam: Irak y la
transformación militar norteamericana, señala:
“La mayoría de los soldados iraquíes no había
disparado balas durante el año anterior a la guerra; algunos
no habían disparado sus armas nunca. La II División
del Ejército Regular Iraquí, por ejemplo, no había
entrenado con balas en los doce meses anteriores a la guerra. La
III División llevó a cabo una sola práctica
en que cada soldado disparó cuatro balas. Ninguno de los
soldados del III Batallón de la XI División había
disparado un arma en el último año. Incluso la división
de la Guardia Republicana de Bagdad llevó a cabo una sola
práctica en el año anterior a la guerra, con solamente
diez balas por soldado. En contraste, una típica unidad de
infantería estadounidense puede disparar 2.500 balas o más
por soldado en un año normal, y para las unidades que se
preparan para entrar en combate esa cifra sería mucho más
alta. El típico soldado de infantería estadounidense
podría haber tenido más de 250 veces las prácticas
de tiro que los mejores iraquíes”.
Esta falta de experiencia de tiro al blanco13 tuvo un efecto desastroso
en las posibilidades de los defensores iraquíes de infligir
daños a las fuerzas invasores. El estudio del Colegio de
la Guerra continúa:
“Contra la III Brigada de la III División de Infantería
en Bagdad, los paramilitares iraquíes dieron en menos del
10% de los blancos con granadas propulsadas por proyectiles disparadas
a distancias menores de 500 metros. En el “Objetivo Montgomery”14
al oeste de Bagdad, un batallón de élite de tanques
de la Guardia Republicana disparó por lo menos 16 proyectiles
del cañón principal de un T-72 a una distancia de
800 a mil metros a blancos del tamaño de un tanque con plena
exposición lateral, sin dar en ningún blanco, lo que
es una distancia de quemarropa para armas de este calibre... Los
combatientes norteamericanos y británicos han hablado de
resultados similares en todo el teatro de guerra y con todos los
tipos de armas iraquíes usadas en la OLI”.
Por lo general, los informes parecen confirmar que las fuerzas regulares
del ejército iraquí estaban mal equipadas y entrenadas
y tenían la moral muy baja. La cohesión de las unidades
de las fuerzas iraquíes solía deshacerse rápidamente
cuando el ataque dirigido por Estados Unidos llegó con plena
fuerza. Ataques aéreos sostenidos o acertados solían
tener como resultado la deserción de gran número de
los soldados, los cuales opusieron poca o ninguna resistencia al
avance de las fuerzas invasoras terrestres. En muchos casos, si
no la mayoría, primero los comandantes desertaron y dejaron
a los soldados rasos sin mandos. El frente norte iraquí colapsó
como resultado de los bombardeos aéreos prolongados y las
deserciones de los oficiales. Aunque las fuerzas imperialistas no
montaron ningún ataque importante por tierra, se vio en la
televisión que miles y miles de soldados iraquíes
se deshacían de sus uniformes y armas y se dirigían
a pie hacia Bagdad o al sur.
Estados Unidos y los aliados han hecho presos a miles de iraquíes
y no las decenas de miles que esperaron antes de comenzar la invasión.
Del bando iraquí, ha habido de 20 a 40 mil heridos y muertos.
No es posible contabilizar el resto de los 280 mil a 350 mil soldados
que componían las fuerzas regulares iraquíes antes
de la guerra sino concluir que... se fueron a casa. La mayoría
de los informes sugiere que el grueso de los combates lo llevaron
las fuerzas irregulares (la milicia del partido Baaz y el Fedaiyin
Saddam). Según los resúmenes estadounidenses, estas
fuerzas lucharon con tenacidad y coraje, pero estaban mal equipadas,
entrenadas y dirigidas. El estudio del Colegio de Guerra contiene
las descripciones siguientes:
“La motivación a combatir, aunque muy débil
en el Ejército Regular Iraquí y en algunas unidades
de la Guardia Republicana, era más fuerte en otras áreas,
sobre todo en los combatientes paramilitares en las ciudades iraquíes.
La motivación de los combatientes paramilitares era casi
suicida en 2003. En Nasiriyya, Samawah, Basora, al-Nayaf, Bagdad
y otros lugares, los paramilitares iraquíes ejecutaron asaltos
frontales contra vehículos blindados norteamericanos con
vehículos deportivos civiles, camionetas, minivans y bicicletas.
En Samawah, unos vehículos deportivos iraquíes se
embistieron contra vehículos blindados norteamericanos. Cuando
la primera ola de estos kamikazes cayó, otros les siguieron”.
Y: “Una buena parte de los combates en espacios reducidos
de la OLI fueron ataques de paramilitares iraquíes con vehículos
civiles no blindados contra vehículos blindados de la coalición
en las afueras de ciudades. Típicamente eran ataques frontales,
plenamente expuestos; no se coordinaron visiblemente con fuego de
contención, no usaron el terreno para cubrirse, ni emplearon
humo ni otras sustancias para ocultarse. Por lo general, atacaban
a unidades fuertemente blindados de la coalición; los paramilitares
iraquíes parecen haber atacado sistemáticamente los
tanques y vehículos de combate de la infantería de
la coalición y no los elementos de logística o de
mando que tenían menos blindaje”15.
Estas descripciones ya de por sí son bastante penosas, pero
la falta absoluta de preparación sistemática para
una guerra que el mundo entero vio acercarse durante la mayor parte
de un año se demostró aún más por la
ausencia (de parte de los mandos iraquíes) de preparativos
para librar una guerra urbana (o, como dice el ejército yanqui,
operaciones militares en terreno urbano). Una de las cosas que más
temían los imperialistas yanquis cuando lanzaron la invasión
era la posibilidad de tener que realizar prolongadas operaciones
de combate en zonas urbanas. En sus prácticas anteriores
a la guerra, habían concluido que el combate urbano prolongado
en que tendrían que bajarse de sus vehículos blindados
para atacar a los defensores atrincherados a fin de desalojar edificios
les supondría por lo menos una baja propia por cada
defensor muerto. Temían que este tipo de combate prolongado
en Bagdad y otras ciudades de Irak podría suponerles miles
de muertos y heridos de sus propias fuerzas16.
Una cosa que se consigue obligando a las fuerzas imperialistas a
participar en el combate urbano (o a combatir en espacios reducidos
en general) es impedir que usen armas a una distancia segura. En
reducidos espacios no pueden usar fácilmente artillería,
apoyo aéreo, misiles, etc. Cuando se les obliga a meterse
en situaciones donde pierden estas ventajas, la moral y espíritu
de combate de las tropas yanquis y de otros imperialistas pueden
caer rápidamente. Por ejemplo, cuando una unidad yanqui tuvo
que pasar una noche de emboscadas y combates en espacios reducidos
de camino a Bagdad, el comandante (según On Point)
dijo que “todos se habían traumatizado”. En las
palabras de teniente coronel Terry Ferrel: “Somos dueños
de la noche, pero nos entrenamos a serlo usando armas a una distancia
segura. El entrenamiento ordinario no prepara a una tripulación
de un tanque para una situación en que unos tipos se acercan
sigilosamente al lado del tanque, y nosotros tenemos pistolas Beretta
de 9 mm o nos preparamos para sacar un AK”.
Por las razones ya dadas, eso se dio poco en Irak en 2003. Pero
pudiera haber ocurrido, y el curso de la guerra e incluso su desenlace
pudieran haber sido dramáticamente diferentes si, por ejemplo,
las fuerzas encabezadas por Estados Unidos se hubieran quedado atascadas
en un Bagdad y otras ciudades grandes bajo sitio, con muchas bajas
y con sus líneas de abastecimiento atacadas repetida y eficazmente
por guerrillas.
En un escenario en que una resuelta resistencia inspiraba protestas
contra la invasión en el Medio Oriente y en el mundo, en
especial en Estados Unidos, el costo militar y político de
continuar la campaña hubiera subido notablemente. El desenlace
de tal cadena de acontecimientos pudiera haber sido muy distinto
a lo que ocurrió. El carácter corrupto y reaccionario
del gobierno de Saddam impidió fuertemente semejante posibilidad,
y en ese vacío no había ninguna vanguardia revolucionaria
organizada capaz de asumir y dar la dirección política,
organizativa y militar que hacía falta para tener un desenlace
radicalmente diferente. Pero un gobierno no revolucionario pero
más cohesionado y consecuente quizá pudiera haber
hecho algunas cosas para prolongar el conflicto. Los observadores
imperialistas más astutos captan esa posibilidad. El estudio
del Colegio de Guerra hace la siguiente observación sobre
lo que podría haber sido la evolución del conflicto
si las fuerzas iraquíes hubieran estado mejor preparados
y dirigidos:
“El desenlace fácilmente podría haber sido un
empate prolongado, con las fuerzas de la coalición bajo sitio
estático a través de Irak, agobiadas por la resistencia
contra sus líneas de comunicación muy largas ante
constantes bajas a causa de las acciones de la guerrilla contra
las patrullas y los cuarteles, incluso sin un asalto contra el centro
de una ciudad... eso podría haber producido una guerra muy
larga”.
Prolongar el conflicto para poder neutralizar al máximo posible
la fuerza de un ejército imperialista, agudizar y utilizar
sus contradicciones internas y abrir espacios y tiempo para movilizar
la fuerza de un ejército verdaderamente antiimperalista o
revolucionaria y la resistencia de las masas es un factor importante
para vencer la clase de agresión imperialista representada
por la “Operación Libertad Iraquí”. El
Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar hizo el siguiente
resumen después del colapso de la defensa de Bagdad:
“El gobierno iraquí fue incapaz de utilizar estos factores
favorables para librar el tipo de combate que hubiera puesto un
palo en las ruedas al carruaje de guerra yanqui y hubiera unido
al pueblo de la región y del mundo en su defensa. Las fuerzas
armadas iraquíes eran dependientes de la venta de petróleo
y de la compra de armas a los imperialistas. Los 12 años
de sanciones impuestas por los imperialistas dejaron la economía
del país en ruinas y al pueblo empobrecido y agotado. Pero,
el gobierno iraquí tuvo una falla fundamental que aseguró
su fracaso final. Era un gobierno reaccionario que había
gobernado a los pueblos de Irak con puño de hierro. La única
posibilidad de derrotar a Estados Unidos era mediante una larga
guerra popular, una guerra que movilizara a toda la población
y se apoyara en ésta, y que aplicara una estrategia y tácticas
que pudieran neutralizar las ventajas de Estados Unidos. Desde tal
perspectiva, la importancia de la batalla por Bagdad no era que
ésta decidiera el desenlace de la guerra. Se trataba de cómo
la batalla ahí, que las fuerzas iraquíes no podían
evitar aun cuando no constituyera el terreno más favorable
para la guerra popular, prepararía el terreno para una lucha
prolongada del pueblo por todo el país contra los invasores
y desencadenaría aún más apoyo de los pueblos
en todos los países, sobre todo en los países vecinos
en el Medio Oriente. Dado este contexto, aun cuando la ciudad fuera
a caer, una férrea y heroica resistencia hubiera hecho posible
continuar la guerra. Eso fue lo que esperaban los pueblos de todo
el mundo, pero una vez más Saddam Hussein frustró
esas esperanzas”17.
Notas
1. Los efectos del bloqueo económico sobre la población
civil fueron tan devastadores que Dennis Halliday, que encabezó
el programa en Irak de la ONU, dimitió como protesta en 1998,
llamándoles “genocidio”. La directora ejecutiva
de UNICEF, Carole Bellamy, dio una rueda de prensa en 1999 para
anunciar la publicación de un informe titulado “Análisis
de la situación de las mujeres y niños en Irak”.
El informe cuenta detalladamente que estas sanciones económicas
contribuyeron a las “muertes en exceso” de más
de 500 mil niños iraquíes menores de cinco años.
2. Ha sido ampliamente documentado que de mediados a fines de los
años 1990 Irak había destruido todas las llamadas
armas de destrucción masiva y desmantelado los programas
diseñados para producir tales armas. Las inspecciones de
armas hechas por la ONU lo confirmaron. Como resultado del seguimiento
iraquí de los requerimientos de desarme de la ONU, Francia,
China y Rusia estaban dispuestas a levantar las sanciones económicas.
Sin embargo, Estados Unidos no lo permitió. Esto ha sido
una parte integral de los planes yanquis a largo plazo para efectuar
un “cambio de gobierno” en Irak (léase: instalar
un gobierno sumiso y favorable a Estados Unidos, hacerse del control
del petróleo de Irak y convertir a Irak en una base estadounidense
para reorganizar el Medio Oriente).
3. On Point, un estudio de la “Operación Libertad
Iraquí” (OLI) encomendado por el comando del ejército
yanqui y escrito por oficiales, declara abiertamente que la década
de ataques y sanciones contra Irak no era sino un período
preparativo para la guerra abierta contra Irak: “Si bien las
operaciones de combate empezaron el 17 de marzo de 2003, se iniciaron
los preparativos para la Operación Libertad Iraquí
el 1° de marzo de 1991, el día después de terminar
la primera guerra del Golfo. En el contexto más amplio, la
OLI representa el más reciente capítulo de la actividad
de Estados Unidos en el teatro del Medio Oriente y el suroeste de
Asia. La seguridad nacional norteamericana está vinculada
directamente a la estabilidad y prosperidad de la región.
Como tal, Estados Unidos ha estado aplicando los elementos del poder
nacional (diplomacia, información, acción militar
y economía) para lograr esta meta escurridiza. De las sanciones
e inspecciones internacionales a la protección de los kurdos
y musulmanes y las respuestas a las violaciones iraquíes
de las zonas de exclusión, el ejército ha sido un
elemento central de la política estadounidense hacia Irak
desde el fin de Tormenta del Desierto”. En casi toda la década
del 90 el ejército estadounidense gastó cientos de
millones de dólares en nuevas bases y otra infraestructura
y colocó miles de toneladas de armas y pertrechos en el Golfo,
en preparación para la “Operación Libertad Iraquí”.
4. Después de todo, durante años los imperialistas
yanquis pensaron que podían ganar la guerra en Vietnam. Creyeron
que si aplicaban cada vez más potencia de fuego, con una
campaña de terror y asesinatos contra las fuerzas de resistencia,
podrían llevarse la victoria en el frente militar. Calcularon
mal la capacidad de las masas, en el sur como en el norte de Vietnam,
de aguantar las duras condiciones necesarias para librar una lucha
prolongada. Calcularon mal hasta qué punto quedarían
expuestos y aislados políticamente ante la opinión
pública del mundo y en su propio territorio (y, habría
que añadir, en sus propias fuerzas armadas en el terreno).
5. On Point declara: “Los planificadores pensaron
que sería posible que la combinación de los efectos
de los misiles Tomahawk, ataques aéreos, ataques terrestres
y fuertes operaciones de inteligencia volviera insignificante al
gobierno o causara su colapso muy temprano en la lucha; en efecto,
como un globo cuando se pincha”.
6. No solamente fracasaron los 50 ataques, pero el búnker
donde supuestamente se quedaba Saddam esa noche ni siquiera existía.
Aunque no lograron asesinar a ningún dirigente iraquí,
los ataques dejaron docenas de civiles muertos.
7. Los militares imperialistas generalmente usan el término
“multiplicador de fuerza” en referencia a las armas,
inteligencia y sistemas de comunicaciones que dan a sus fuerzas
una potencia de fuego o fuerza de ataque más allá
de lo que representaría solamente su fuerza numérica.
8. Unos comentaristas imperialistas, sobre todo de los países
invasores, dijeron que la negativa de Saddam a cooperar con las
inspecciones de la ONU era prueba contundente de que él tenía
algo que ocultar. Los hechos indican algo muy distinto. Después
de quedarse al desnudo a mediados de los años 1990 por haber
ocultado armas, Irak destruyó todas las armas y fábricas
de armas que violaban las resoluciones de la ONU. Scott Ritter,
sobre todo, y otros inspectores documentaron bien este hecho antes
de la guerra. Ritter fue oficial de la Infantería de Marina
yanqui en la guerra del Golfo de 1991. Ritter y otros dieron a conocer
que Estados Unidos usaba las inspecciones para espiar a Irak (p.
e., para instalar ilegalmente avanzado equipo de interceptación
de llamadas) y que usó la información recabada para
identificar blancos y hacer planes de ataque a Irak. Saddam sabía
que Estados Unidos jamás accedería a decir que su
gobierno observaba las resoluciones de la ONU ni a levantar las
sanciones mientras siguiera en el Poder. Las futuras inspecciones
serían un vehículo para recabar inteligencia para
la inminente invasión. No obstante, en los meses antes de
la invasión y bajo las enormes presiones internacionales,
Irak aceptó permitir de nuevo a los inspectores en el país
y les dio un acceso casi ilimitado. La estrategia de Saddam, de
depender de los rivales del imperialismo yanqui como contrapeso
a una invasión, en el contexto de la correlación de
poder en el mundo tras la caída de la Unión Soviética,
no era sino agarrar clavos ardiendo, si bien por su posición
de clase eso era la única opción que él pensaba
que tenía.
9. Esto contrasta marcadamente con un ejército imperialista
en que el nivel de profesionalismo en el cuerpo de oficiales en
la mayoría de los casos es mucho más alto. Dada la
matriz de relaciones imperialistas y todo lo que encierran, tales
como los medios avanzados de producción y la capacidad de
sobornar a importantes sectores de la población, las bases
materiales y sociales del gobierno de un país imperialista
son mucho más fuertes y amplias que en un país oprimido
y dominado por el imperialismo y un gobierno comprador. Por eso,
los imperialistas pueden ampliar las filas del cuerpo de oficiales
y usar criterios más objetivos para seleccionar a los altos
comandantes de sus fuerzas armadas. Queda entendido que el principal
criterio sigue siendo su lealtad política.
10. No obstante, a medida que los invasores yanquis se acercaban
a Bagdad y se alargaban las líneas de abastecimiento, aumentó
el nivel de los ataques contra las mismas líneas. Por tanto,
los comandantes yanquis desplegaron elementos de las 82 y 101 Divisiones
Aerotransportadas que hasta ese momento habían estado en
una reserva estratégica y las mandaron proteger las líneas
de abastecimiento. En cosa de días del despliegue, el nivel
de los ataques cayó de manera importante y dejó de
ser un problema de peso.
11. Un estudio de la “OLI” del Instituto de Estudios
Estratégicos del Colegio de Guerra del ejército yanqui,
Tumbar a Saddam: Irak y la transformación militar norteamericana,
dice: “El avance de la coalición tenía como
premisa la capacidad de usar diversos puentes importantes sobre
el río Éufrates. En la guerra, los pueblos alrededor
de estos puentes eran importantes campos de batalla, pues al parecer
los iraquíes reconocían su importancia y luchaban
por defenderlos. Pero pocos puentes tenían explosivos colocados
y muchos menos quedaron destruidos. En Nasiriyya, los iraquíes
combatieron una semana por una ciudad cuya importancia militar se
basaba en sus puentes pero no hicieron ningún plan para destruirlos”.
12. “El teatro no tuvo tanta suerte en materia de refacciones.
Los generales Christianson, Kratzer y Stultz aceptan que el sistema
de distribución de refacciones nunca funcionó, pese
a esfuerzos heroicos. Más que suficientes piezas llegaron
al teatro y se procesaron debidamente, pero durante los combates
los destinatarios necesitados no recibieron casi nada. En el frente,
los soldados quitaron piezas al equipo descompuesto o lo remolcaron
cuando no podían componerlo. Por eso, mientras que avanzaban
al norte hacia la capital con suficiente combustible, agua y comida,
comenzó a caer su capacidad de darle suficiente mantenimiento
al equipo. Afortunadamente, los principales combates terminaron
antes de que las fallas de la distribución de refacciones
afectaran las operaciones de manera importante” (On Point).
13. No se puede esperar que se usen las grandes cantidades de balas
para el entrenamiento que usan los ejércitos yanquis y de
otros países imperialistas. No obstante, es tanto necesario
como posible llevar a cabo tal entrenamiento con más economía
y los recursos disponibles y usar otros métodos que permitan
reemplazar a algunas cantidades de balas y al mismo tiempo mejorar
la puntería.
14. El plan de batalla yanqui planteó lograr diversos objetivos
predeterminados en el camino a tomar y controlar a Bagdad. El plan
de ataque del V Cuerpo abarcó 13 objetivos desde la frontera
con Kuwait hasta el norte de la capital. “Objetivo Montgomery”,
el penúltimo objetivo, estaba al oeste de la capital. On
Point da esta descripción del combate: “4 de abril
de 2003. Un batallón iraquí completo de tanques T-72
de la división Hammurabi de la Guardia Republicana, con el
apoyo directo de un batallón de artillería, estaba
atrincherado en la cima de un arcén a la orilla de la carretera
10... lo que creaba un recodo de ataque natural en la ruta de aproximación
de la carretera 10... a mil metros de las posiciones iraquíes
más cercanas. . . Los canales de riego a la orilla impedían
el desplazamiento fácil fuera de la carretera, canalizaban
cualquier ataque frontal y facilitaban que la mayoría de
los defensores concentraran los ataques a la carretera desde el
flanco. A las 15 horas del 4 de abril, la Tropa A (“Apache”)
de la 3-7 Caballería estadounidense avanzó directamente
al recodo, en formación de columna, por la ruta de aproximación
por la carretera 10. . .
“Los norteamericanos divisaron a los iraquíes cuando
abrían fuego. Vieron al menos 16 proyectiles de 125 mm disparados
del cañón principal de un T-72. Ninguno dio en el
blanco. Respondieron al fuego y aniquilaron a la mayor parte del
batallón en menos de diez minutos. En ese momento, la Tropa
Apache retrocedió y las aeronaves y artillería estadounidenses
bombardearon la posición para neutralizar la infantería
iraquí y destruir la artillería de apoyo...
“Si los iraquíes tuvieran planes de librar una batalla
según sus propios términos, tal debería haber
sido el momento indicado. Tenían una ventaja numérica
de casi dos a uno en vehículos blindados y de casi tres a
uno en tanques. Habían preparado posiciones defensivas de
su propia elección, en un terreno muy ventajoso, y los atacamos
frontalmente sin un apoyo aéreo extenso de donde que ellos
esperaban, pues avanzamos directamente hacia el recodo de la muerte
que habían preparado. Pero no lograron infligir bajas antes
de perder el batallón completo y toda la artillería
de apoyo ante el avance de una sola tropa de la caballería
estadounidense”.
15. En general, si bien es cierto que se escriben los balances de
las batallas yanquis desde el punto de vista de un ejército
imperialista, y que a veces sirven descaradamente sus propios fines,
los informes escritos después de los hechos a menudo contienen
importantes observaciones y conclusiones. Además, está
el principio de conocer al enemigo y conocerse a sí mismo,
y por ende es importante conocer su punto de vista y método.
Por la velocidad con que tomaron Bagdad y las pocas bajas de los
invasores, la mayor parte de lo resumido es probablemente verdad
o al menos contiene mucha verdad. Por último, hasta ahora
el que escribe este artículo no conoce de balances posguerra
escritos por aquellos que participaron en la resistencia a la invasión.
Éstos serían muy útiles para arrojar más
luz sobre el tema.
16. El estudio del Colegio de Guerra presta mucha atención
a este tema. Si bien parte de la perspectiva de la burguesía
e ignora casi completamente o niega el papel de las amplias masas
en la lucha contra la agresión e invasión de los imperialistas,
hace unas importantes observaciones y revela mucho sobre cómo
la burguesía ve este tema en general. Por eso, a continuación
lo citamos extensamente:
“Quizá la debilidad más seria de los iraquíes
es que sistemáticamente desaprovecharon el potencial militar
del terreno urbano. Las ciudades constituyen una fuente natural
de protección y ocultamiento, canalizan los ataques, favorecen
la construcción de barreras, presentan los problemas difíciles
de cómo llevar combates en espacios reducidos y evitar daños
colaterales y hacen que sea mucho más difícil desplegar
con eficacia las armas de precisión a una distancia segura.
. .
“Pero la Guardia Republicana y el Ejército Regular
Iraquí evitaron sistemáticamente a las ciudades, y
se movilizaron en las zonas rurales y las afueras de las ciudades.
Al parecer, a propósito el alto mando iraquí les negó
acceso a los principales centros urbanos. . .
“La gran mayoría de los verdaderos combates urbanos
de la OLI se dieron contra paramilitares irregulares con armas ligeras,
que combatieron principalmente a la ofensiva táctica: salieron
al campo abierto contra los blindados de la coalición. No
tuvieron armas pesadas ni la protección blindada de las grandes
formaciones mecanizadas iraquíes y desaprovecharon el potencial
táctico del terreno urbano porque tomaron la ofensiva mediante
ataques frontales sin preparación en posiciones muy expuestas.
“Las unidades más convencionales de la Guardia Republicana
Especial (GRE) usaron unas armas pesadas, sobre todo en la capital,
pero éstas representaban una minúscula fracción
de lo que las fuerzas armadas iraquíes tenían a su
disposición. Hasta la GRE no las aprovechó con eficacia
en el terreno urbano. La GRE preparó casi todas sus posiciones
al aire libre, típicamente en escondites de poca profundidad
cavadas a la orilla de los caminos o en emplazamientos con sacos
de arena en azoteas o cruces. Muchas veces estacionaron sus tanques
en medio de cruces muy amplios sin tratar de protegerse u ocultarse.
Casi no hicieron los preparativos en el interior de los edificios
que son la norma de la tradición militar occidental, tales
como barricadas interiores, paredes reforzadas, construcciones con
troneras o aberturas o telarañas de alambres. Casi no colocaron
obstáculos, barreras ni campos de minas en el campo de batalla.
. .
“Debido a sus debilidades, los iraquíes quedaron muy
vulnerables a las ventajas tecnológicas y de entrenamiento
de la coalición. Por ejemplo, como el Ejército Regular,
la Guardia Republicana y la Guardia Republicana Especial no aprovecharon
el complejo terreno para fines de protección y ocultamiento,
se expusieron a todo el peso de los ataques de precisión
que lanzó la coalición a una distancia segura... Ante
tal embate, en cosa de minutos pueden morir cientos de soldados
debido a la falta de medios de protección y ocultamiento;
a causa de esta vulnerabilidad la coalición pudo aniquilar
a formaciones enteras a distancias seguras y amenazar a muchos iraquíes
con una suerte semejante si no depusieran las armas.
“No obstante, si bien las armas de precisión son sumamente
mortíferas contra blancos expuestos, no tienen tantas ventajas
ante enemigos que aprovechan el terreno para fines de protección
y ocultamiento... De mayor importancia, un defensor urbano experimentado
no se hubiera rendido tan fácilmente ante un ataque total
tal como ocurrió en Bagdad y Basora. Los iraquíes
de 2003 estuvieron expuestos y por lo tanto, muchas veces fue fácil
eliminarlos en lugares abiertos, hasta en el centro de la ciudad,
sin que fuera necesario bajarse de los blindados. En contraste,
un defensor que explotara el potencial natural del terreno urbano
permaneciendo oculto a fin de disparar desde edificios, que preparara
éstos como lugar de máxima protección y ocultamiento,
usara barreras y obstáculos para canalizar los ataques hacia
emboscadas preparadas y se escapara por rutas de retirada ocultas
y luego volviera a combatir a unas cuadras de distancia, hubiera
sido un blanco mucho más difícil. En la historia,
ha sido imposible destruir a tales defensores urbanos sin apoyar
a la vanguardia blindada con una infantería que pueda entrar
a edificios y limpiarlos, matar a defensores ocultos y controlar
el interior de los edificios e impedir que los reocupen los defensores...
A menos que queden aniquilados esos defensores antes de entrar al
combate los vehículos blindados, es más fácil
que los defensores ocultos o los que no se ven penetren el blindaje
menos grueso del toldo, parte trasera y flancos de los vehículos.
Juntos, una infantería experimentada y unos blindados de
apoyo pueden limpiar el terreno urbano, pero no pueden hacerlo fácilmente
si el defensor aprovecha al máximo ese terreno: típicamente
hasta con atacantes experimentados y hasta con apoyo blindado, ha
sido muy costoso entrar a pie a limpiar edificios contra defensores
experimentados. Las recientes prácticas del Cuerpo de la
Marina dan a entender que ante defensores urbanos experimentados,
ni los atacantes bien entrenados obtendrán una relación
de bajas de uno a uno. Con tal relación, un combate contra
muchos miles de defensores urbanos iraquíes hubiera dejado
miles de bajas de la coalición y un desenlace mucho más
costoso de la OLI, incluso con las ventajas tecnológicas
de los tanques Abrams y Challenger”.
17. Ver SNUMQG, 14 abril 2003. Una importante conclusión
del estudio del Colegio de Guerra es que sería muy difícil
que Estados Unidos repitiera lo ocurrido en Irak:
“Pero como son necesarias grandes disparidades de tecnología
y de experiencia, el mismo equipo y experiencia de la coalición
probablemente no hubieran dado resultados semejantes contra un oponente
más experimentado. Por ejemplo, para destruir una fuerza
experimentada del tamaño de las fuerzas armadas de Saddam,
pudiera haber sido necesario tener más soldados de los cuales
la coalición tenía en 2003, y el costo pudiera haber
sido mucho más alto.
“Por eso, las fuerzas armadas experimentadas pueden sobrevivir
un ataque de precisión a una distancia segura y obligarnos
a participar en combates en espacios reducidos que no nos favorecen,
y por eso, tales combates, incluso con la tecnología moderna,
en lo fundamental son peligrosos y requieren muchos soldados cuando
se libren contra oponentes experimentados. Para sobrevivir un ataque
de precisión lanzado a una distancia segura y librar combates
en espacios reducidos con éxito, es necesario tener mucha
experiencia y entrenamiento en tácticas y una capacidad de
aprovechar complejos terrenos para protegerse y ocultarse. En 2003,
los iraquíes casi no hicieron nada de eso. Su pésimo
entrenamiento y mando generó una combinación de errores,
posiciones de combate mal preparadas, pésima puntería
y premisas equivocadas que a todos los niveles los dejaron expuestos
a la tecnología de la coalición. Por tanto, una fuerza
relativamente pequeña de la coalición pudo imponerse
en una campaña corta y relativamente económica, pero
sería una equivocación esperar un desenlace similar
contra un oponente mejor preparado”.
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