UN MUNDO QUE GANAR
 

La caída del gobierno de Saddam y
las lecciones para el futuro


J. F.

Se puede dividir la guerra contra Irak en dos fases aproximadas: primero, la invasión yanqui y la guerra contra el gobierno de Saddam Hussein, que terminó con la derrota del ejército iraquí y la declaración triunfal de Bush el 1º de mayo de 2003 y, segundo, la guerra de guerrillas contra la ocupación, que estalló en Faluya ese mismo día y que ha venido cobrando fuerza desde entonces. El primer artículo (p. 28) analiza a fondo la primera fase antes de desarrollarse la guerrilla. El epílogo (p. 58), escrito en enero de 2005, aplica las lecciones esbozadas en el primer artículo a los sucesos posteriores
. UMQG

Para casi todo mundo estaba claro que derribar al gobierno de Saddam Hussein, capturar a Bagdad y establecer el control sobre el resto de Irak sería una empresa de mucho mayor alcance y dificultad de lo que fue en Afganistán. Aunque las fuerzas armadas iraquíes se quedaron muy debilitadas tras la guerra con la coalición encabezada por Estados Unidos en 1991 y tras la posterior década de sanciones económicas, aún tenían de 280 mil a 350 mil soldados, con miles de tanques y piezas de artillería, miles de granadas propulsadas por cohetes, misiles antitanque y morteros ligeros. El nivel de armamento, entrenamiento, organización y experiencia (por ejemplo de la guerra contra Irán que duró casi una década y poco después la guerra contra Estados Unidos) superaba muchas veces al de los talibanes.

Por otra parte, los imperialistas yanquis estaban muy seguros de que lograrían una victoria relativamente rápida, porque ya llevaban años librando una guerra “de baja intensidad” contra Irak (una campaña de más de una década para debilitar y de ser posible acelerar el derrocamiento del gobierno). Entre los principales elementos de esa campaña estuvo el embargo económico. La ONU tomó el control de las exportaciones petroleras y de los fondos de su venta. A Irak se le prohibió, con algunas excepciones, importar nuevo armamento o refacciones para sus sistemas de armamento pesado (artillería, tanques, aeronaves, etc.). Eso ocasionó un severo debilitamiento de su poderío militar. Las restricciones a la importación de alimentos y medicinas provocaron un declive general del bienestar y salud pública, lo que disminuyó su capacidad de combate1. Bajo el pretexto de inspecciones de armas, Estados Unidos realizó extensas operaciones de espionaje y acumuló información detallada sobre los sistemas de comunicaciones y la ubicación de instalaciones militares vitales. Estados Unidos, con Gran Bretaña, llevó a cabo una campaña de bombardeo contra Irak, supuestamente para proteger sus aeronaves que vigilaban las “zonas de exclusión” en el norte y sur de Irak. Los bombardeos tuvieron el objeto principal de mermar y destruir las defensas antiaéreas de Irak2.

La campaña alcanzó su punto más alto en octubre de 1998 cuando el congreso yanqui aprobó el Acta de Liberación de Irak y el presidente Clinton anunció la política oficial de buscar un cambio de gobierno en Irak. El 18 de diciembre de 1998 Estados Unidos lanzó la “Operación Zorro del Desierto”, un ensayo general para la guerra de 2003: creó una “crisis de inspecciones”, declarando falsamente que Irak no estaba cooperando con los inspectores de la ONU. Éstos se retiraron de Irak, y Clinton ordenó un ataque militar con 415 misiles crucero sobre blancos iraquíes (en toda la guerra del golfo Pérsico de 1991 se lanzaron 325) y más de 600 bombas con teledirección láser. Estados Unidos esperaba en vano que el ataque provocara un golpe de Estado contra Saddam. Pero se debilitó más la capacidad militar iraquí.

A la Operación Zorro del Desierto le siguió la campaña de bombardeos de 1999. Ésta alcanzó tal intensidad que en agosto de 1999 el Pentágono anunció que las fuerzas aéreas angloyanquis habían lanzado más de 1.100 misiles contra 359 blancos en Irak, o sea, tres veces la cantidad lanzada durante la Tormenta del Desierto de 1991. Durante los preparativos para la invasión de marzo de 2003, se aumentaron los bombardeos, sobre todo para trastornar y destruir la capacidad de mando y control iraquí (por ejemplo los cuarteles generales militares y las redes de comunicaciones).

Esa larga década de “ablandamiento” militar combinada con las sanciones económicas dieron los resultados deseados: cuando las fuerzas encabezadas por Estados Unidos invadieron a Irak en marzo de 2003, las fuerzas armadas iraquíes tenían armamento anticuado en un estado deplorable de mantenimiento, con defensas antiaéreas severamente dañadas y un sistema de comunicaciones en gran parte inservible. La salud de los soldados (y de la población en general) estaba mucho peor que la de las fuerzas invasoras.

En términos convencionales, la contienda no pudo haber sido más desigual. Un bando contaba con la más poderosa máquina militar del mundo, respaldada por la mayor economía avanzada. Las fuerzas bajo Estados Unidos tuvieron superioridad aérea y bases alrededor del Golfo, Medio Oriente, Turquía y el mar Índico desde las cuales lanzaron ataques y bombardeos que estuvieron fuera del alcance de contraataques iraquíes. El otro bando, Irak, era un país semifeudal y semicolonial cuya población, base industrial relativamente pequeña y fuerzas militares habían padecido una década de sanciones económicas y ataques militares.

Debido a su reaccionario carácter antipopular, el gobierno de Saddam, que hasta 1990 había servido fielmente a sus amos imperialistas, no pudo movilizar el único elemento que hubiera importado: las masas populares. Por el aislamiento del gobierno de Saddam y por las fuerzas armadas y economía muy debilitadas, Estados Unidos tuvo buenas posibilidades de triunfar con relativa rapidez sobre Bagdad. Por todo eso, los imperialistas yanquis demostraron su acostumbrada arrogancia cínica: nombró la violación que iba a tener lugar en Irak “Operación Libertad Iraquí”3.

Los estrategas militares yanquis buscaban librar una guerra relámpago: tomar Bagdad, derrocar el gobierno y acabar con la resistencia organizada de las fuerzas armadas iraquíes. Tal como en la mayoría de sus guerras de conquista colonial, la clase dominante yanqui buscaba una victoria rápida con mínimas pérdidas y sacrificios para sus soldados (y su población) y que la oposición política a sus acciones (en el frente interno y en el mundo) no tuviera tiempo de desarrollarse y extenderse. Estas necesidades condicionaron muchos importantes aspectos de las tácticas y estrategia yanquis.

La estrategia de los imperialistas yanquis tiene que tomar en cuenta que, como cualquier ejército imperialista, en el suyo hay contradicciones. La más importante es que la mayoría de sus soldados viene del proletariado. En tales guerras la mayoría de los soldados objetivamente están actuando contra sus propios intereses de clase, incluso en el caso de que por una combinación de chovinismo imperialista, mentiras y coacción, se ofrezcan de “voluntarios”. Así, cuando aumenten las bajas y la prolongación de su servicio en un territorio hostil dé lugar a mayores penurias, es de esperarse que caiga la moral. La combinación de esos factores con el descubrimiento político de los verdaderos propósitos de una agresión imperialista socavará más su disposición de hacer sacrificios y de combatir. En tales circunstancias es posible que la oposición y resistencia a una aventura militar imperialista particular e incluso al imperialismo en general, como sucedió en Vietnam, surja al interior de las propias fuerzas armadas imperialistas. Hoy, tal espectro sigue acosando a la clase dominante yanqui y a los altos generales.

Así que aunque con su armamento de alta tecnología y bombardeos masivos Estados Unidos y otros imperialistas no son capaces de reconocerlo plenamente, la famosa instrucción de Mao sobre la relación de la gente con las armas en la guerra encierra una verdad: “Las armas son un factor importante en la guerra, pero no el decisivo. El factor decisivo es la gente, y no las cosas. La correlación de fuerzas la determinan no sólo la potencia militar y económica, sino también los recursos humanos y el apoyo popular. La potencia militar y económica la maneja la gente” (Mao Tsetung, “Sobre la guerra prolongada”, Obras escogidas, t. 2, p. 146). A causa de esta verdad, todos los ejércitos imperialistas buscan una victoria rápida. Cuando no la pueden obtener, una de sus mayores debilidades estratégicas (la contradicción entre los reaccionarios propósitos, intereses y métodos imperialistas y la realidad de que “la potencia militar y económica la maneja la gente”) puede incidir y generar las condiciones para la derrota.

En el plan de ataque original, los yanquis iban a atacar en dos frentes (en el norte por Turquía y la región del norte de Irak bajo control kurdo y en el sur por Kuwait) y converger en Bagdad por ambos flancos. Querían obligar a los iraquíes a dividir sus fuerzas al norte y al sur de la capital y debilitar ambos frentes. El plan sufrió un serio revés cuando, debido a la resistencia popular en Turquía al ataque contra Irak, el parlamento no dio su aval para el desplazamiento de tropas yanquis por su territorio. En Estados Unidos, eso originó importantes debates al interior de los círculos de poder y sobre todo entre los líderes políticos y militares. Como tenían una división entera inmovilizada cerca de la costa turca, algunos altos generales quisieron más tiempo para trasladarla (con otras tropas) hacia el Golfo antes de comenzar el ataque. En contraposición, los líderes políticos yanquis ordenaron comenzar el ataque sin dilación.

Este debate y su resolución dejan ver la interconexión entre la guerra y la política. En el proceso de planeación, los líderes políticos pidieron asignar el menor número posible de tropas. Los mandos militares, muy conocedores de las incertidumbres de la guerra y de la doctrina de aplicar una fuerza abrumadora, pidieron una y otra vez más soldados de los que los líderes políticos estaban dispuestos a aprobar. Se calentó tanto el debate que cuando el jefe del estado mayor del ejército, el general Shinseki, públicamente pidió más tropas de las que el gobierno estaba dispuesto a enviar, se anunció su reemplazo un año antes de su retiro previsto. Quedó desacreditado y perdió autoridad.

El deseo de usar tan pocas tropas como fuera posible y aceptar los riesgos militares lo dictaron consideraciones políticas. Los imperialistas tienen la gran necesidad política de mantener el apoyo popular para sus guerras de agresión. Al inicio de tales guerras la promesa de una victoria rápida y relativamente fácil es un importante mecanismo para lograr este propósito. En la estrategia general que aplican los imperialistas yanquis, la conquista de Irak fue sólo un paso en una serie de las agresiones militares que se proponen para rehacer el mundo de acuerdo a sus intereses y para consolidar su hegemonía. Si en ese momento hubiesen admitido que el necesario número de tropas para concretar sus planes en Irak era tan alto como muchos generales decían, hubiesen tenido que posponer el ataque al menos unos meses y poner la aventura en riesgo, y se hubiese socavado la promesa de una victoria rápida y fácil.

Por eso tuvieron una gran necesidad de buscar la manera de aplicar los planes con el menor número posible de tropas, la cual (debido a su posición de clase) es un importante factor que les impide comprender con el materialismo el mundo en general y los asuntos militares en particular. Por eso, pueden cometer errores estratégicos o fatales4. Nadie puede asegurar si en ese momento (o ahora) los estrategas yanquis creían poder conquistar y pacificar a Irak con la cantidad de tropas que predijeron. Muy probablemente tuvieron y tienen grandes diferencias de opinión al respecto. Lo importante es que decidieron proceder y dar prioridad a sus objetivos y necesidades políticos en los asuntos militares.

La decisión de lanzar la guerra sin demora abarcó tres factores: 1) Los que tomaron la decisión estaban seguros de que el debilitado ejército iraquí no sería un problema para la aplastante fuerza que desplegarían. 2) Urgía tener los soldados listos y lanzar el ataque antes de marzo, cuando el bárbaro calor del verano iraquí complique el combate. 3) El movimiento internacional contra la inminente invasión crecía a un ritmo que agarró desprevenidos a casi todos los observadores y por eso a diario aumentaba el costo político de la guerra. Con las diferencias entre Estados Unidos y Francia, Rusia y Alemania y las maniobras diplomáticas de los últimos tres países para retardar, si no impedir, el comienzo de la guerra, Estados Unidos tuvo que cortocircuitar la oposición lanzando la invasión, y tuvo una gran necesidad de detener a los inspectores de la ONU, que entonces buscaban en Irak las “armas de destrucción masiva” de Saddam. Los inspectores no hallaban nada en lo que Estados Unidos identificó “con certeza” como sitios de tales armas. La clase dominante yanqui sabía muy bien que esas armas muy probablemente no existían y que si se permitiera continuar con las inspecciones varios meses más, la casus belli (el pretexto de las “armas de destrucción masiva” con que supuestamente justificarían la guerra) podría quedarse al desnudo.

Para llevar a cabo sus planes, Estados Unidos y los aliados unieron una fuerza de poderío y magnitud impresionantes. Al inicio, en la región del Golfo y otras regiones alrededor de Irak las fuerzas encabezadas por Estados Unidos contaban con más de 270 mil elementos, con más de 1.300 vehículos blindados (tanques y portatropas blindados), cientos de piezas de artillería y lanzadores de cohetes (motorizados y de remolque), cientos de helicópteros (como 150 helicópteros de ataque Apache AH-64), más de mil cazas avanzados (desde portaaviones y bases terrestres, con bombarderos estratégicos que despegaban de pistas en el mar Índico, Inglaterra y Estados Unidos), seis grupos de batalla con portaaviones y docenas de buques de guerra más armados con 2.100 misiles cruceros Tomahawk capaces de transportar ojivas convencionales y nucleares (de las cuales hubo al menos unos cientos en el escenario de operaciones). Las fuerzas se apoyaron en una red aérea y satelital multinivel de espionaje, navegación y comunicaciones con diversas clases de aeronaves tripuladas (AWACS, U2, RC-135, EP-3E, JSTARS, etc.), aeronaves no tripuladas (Hunter, Global Hawk y Predator) y cien satélites (militares, GPS o sistema de posicionamiento global, climatológicos, comerciales, etc.). En el momento álgido, la campaña movilizó a 467 mil elementos militares yanquis en todo el mundo, o sea, el 30% de todo el personal militar en servicio activo.

Como muestran las cifras, es mentira que en la “nueva guerra” las fuerzas ligeras y altamente móviles serían el elemento central de las futuras guerras (al menos en el caso de Irak). En esta guerra el plan era lanzar un masivo ataque blindado y aéreo con las divisiones más pesadas en existencia en el mundo. Estados Unidos también lanzó una extensa operación de guerra psicológica. Sus agentes en el sur de Irak establecieron emisoras de radio y televisión e imprimieron millones de volantes que afirmaban que tras la derrota del gobierno de Saddam, el pueblo iraquí quedaría libre y que propagaban la mentira de que los ocupantes serían sus “libertadores”.

Como ya no era viable el traslado de la IV División de Infantería por Turquía para atacar desde el norte y ante la enorme presión de tiempo de lanzar el ataque antes del fin de marzo, las fuerzas armadas yanquis tuvieron que modificar el plan. Lanzaron el principal ataque terrestre desde Kuwait en el sur hacia el norte y Bagdad, con dos fuerzas principales la una paralela a la otra. Al este la I Fuerza Expedicionaria de Infantería de Marina [FEIM] (con una división británica) se movilizó hacia Bagdad desde el sureste por la ruta que va principalmente entre los ríos Tigris y Éufrates (cruzó hacia el este del Tigris al acercarse a Bagdad) y al oeste el V Cuerpo del ejército se acercó a Bagdad desde el suroeste por la ruta que va principalmente hacia el oeste del Éufrates y por el paso Kerbala.

Como se dijo, la necesidad de lograr una rápida victoria con un mínimo de bajas yanquis se reflejó en el plan de ataque. El plan era lanzar un ataque de choque cuya velocidad y potencia de fuego abrumarían a los iraquíes, destruiría las grandes concentraciones de soldados con ataques aéreos, artillería de largo alcance y blindados, y así impediría todo contraataque significativo. Como la rapidez era lo esencial, se evitaría lo más posible el combate urbano y los grandes centros poblacionales. Al mismo tiempo, sobre la ruta planeada combatirían y aniquilarían a las fuerzas iraquíes que se negaran a rendirse. El objetivo principal era avanzar al norte y cercar y capturar a Bagdad. El gobierno yanqui estaba muy convencido de que al dedicarse a capturar Bagdad podría causar la caída del gobierno, y que eso acabaría rápidamente con toda resistencia militar de importancia. También esperaban que el gobierno iraquí pudiera colapsarse antes, como resultado de una “decapitación” (el asesinato de los líderes del gobierno) o de la conmoción misma de la invasión acompañada de las inclinaciones capitulacionistas que están ampliamente extendidas en los gobierno compradores5.

Aunado a ese eje principal de ataque, el primer objetivo de los invasores fue capturar los campos petrolíferos del sur. Junto con eso, las fuerzas británicas se encargaron de capturar el puerto de Umm Qasr y Basora, la segunda ciudad del país, que está en la vía fluvial de Satt al-Arab, no lejos del Golfo, de la frontera con Irán y de los campos petrolíferos del sur. Se desplazaron muchos elementos de las Fuerzas de Operaciones Especiales (FOE: Boinas Verdes, Navy Seals, etc.) al oeste de Bagdad en la zona que se extiende hasta la frontera con Jordania, y se encargaron de capturar objetivos claves de esa región (principalmente pistas aéreas, etc.). También buscaron mantener a las fuerzas iraquíes lejos de la principal línea de ataque.

Al norte, aunque se tuvo que cancelar el ataque a Bagdad desde esa dirección, Estados Unidos introdujo una gran cantidad de las FOE para dirigir a los soldados de los partidos Democrático del Kurdistán y de los Trabajadores del Kurdistán, los dos partidos políticos kurdos principales, los cuales estuvieron colaborando con los imperialistas. Se les unieron mil elementos de la 173a Brigada Aerotransportada desde las bases en Europa, que saltaron con paracaídas en el norte de Irak. Irónicamente, es más probable que el verdadero objetivo de esta acción fuera Turquía que Irak. Turquía reclama grandes zonas del norte de Irak, como la ciudad de Mosul y los campos petrolíferos al norte de Kirkuk. Desplegar así esta brigada fue una clara señal a Turquía de que bajo el pretexto de la guerra no debería ocupar las zonas kurdas de Irak. Estados Unidos esperaba usar las fuerzas kurdas para sus propios fines. Una invasión turca hubiera provocado fuertes combates entre Turquía y los kurdos iraquíes y la amenaza de un colapso de la alianza de Estados Unidos con estas fuerzas. También hubiera creado fuertes contradicciones con los elementos compradores de Irak con los cuales los yanquis buscaban aliarse. Sin duda, los comandantes yanquis esperaban que esta cacareada acción mantuviera ocupados a más soldados iraquíes en el norte y les impidiera unirse a la defensa de Bagdad. Después, el ejército yanqui estimó que cuando la guerra comenzó, aproximadamente el 40% de las fuerzas regulares de Irak estaban apostadas en el frente al norte de Bagdad.

Como se dijo, Estados Unidos estimó la fuerza iraquí en 280 mil a 350 mil soldados organizados en 17 divisiones, no más que un tercio de la fuerza numérica que Irak tuvo al comienzo de la guerra del Golfo de 1991. Se decía que aproximadamente 2.200 tanques de todos tipos, 2.400 portatropas blindados y 4.000 piezas de artillería estaban en el arsenal iraquí. Se consideraba que mucho de este equipo era obsoleto o en pobre estado de mantenimiento.

En contraste con 1991, y contra las expectativas de muchas personas, no montaron antes de la invasión terrestre una discreta campaña de bombardeos aéreos de varias semanas… por dos razones: Primero, Estados Unidos decidió tratar de eliminar a la resistencia iraquí lanzando un ataque sorpresa de misiles cruceros y bombas con el fin de matar a Saddam Hussein y otros altos líderes del gobierno en 50 lugares separados (todos los cuales fallaron)6. Como lanzaron el ataque el 20 de marzo, tuvieron que poner en marcha otras partes del ataque terrestre, sobre todo la captura de los campos petrolíferos del sur, los cuales por obvias razones consideraban un objetivo estratégico clave. Segundo, ya habían estado llevando a cabo una campaña de bombardeos aéreos durante los anteriores diez años. Así, había poca necesidad de repetir el patrón de lo que sucedió en 1991. Ya habían ocasionado los necesarios daños.

Una ventaja particular con que Estados Unidos contaba era el control absoluto del espacio aéreo. Podría desplegar sin restricciones su enorme aparato de reconocimiento aéreo para rastrear a las grandes concentraciones de soldados iraquíes que pudieran confrontar a sus fuerzas de vanguardia, y podría tener la oportunidad de debilitarlos seriamente, si no destruirlos, con ataques aéreos y artillería de largo alcance antes de que sus soldados tuvieran que combatirlos directamente en tierra. Por la manera en que Estados Unidos y otros ejércitos imperialistas combaten, este “multiplicador de fuerza”7, como lo llaman, es una ventaja crucial.

En el contexto general de la libertad y la necesidad, Estados Unidos decidió que era suficientemente viable lo que llamó un “despliegue que avanza”: iniciar la ofensiva antes de que se movilizaran completamente las fuerzas secundarias (que asegurarían las líneas de comunicación y la retaguardia). Este plan suscitó cierto debate antes de que la guerra se iniciara, pero al menos en este caso funcionó. Como veremos, el mayor riesgo no era el número de soldados necesarios para derrocar el gobierno, sino lo que se necesitaría para consolidar el control sobre el país una vez tomada la capital.

El ataque: A 19 días de Bagdad

El 20 de marzo de 2004, a las 5:34 a. m., hora de Bagdad, las fuerzas angloyanquis intentaron asesinar a Saddam Hussein y a otros altos miembros del gobierno con los mencionados ataques de misiles y bombardeos. Poco después, la coalición al mando de Estados Unidos comenzó las operaciones terrestres de gran escala.

El plan de “decapitación” fracasó y la noche del 21-22 de marzo se llevaron a cabo más ataques aéreos. Esa noche, el número de misiles cruceros lanzados desde el mar y tierra fue tres veces mayor al de toda la guerra del Golfo de 1991. En comparación con la “Tormenta del Desierto” (la guerra del Golfo de 1991) en que en 43 días soltaron 283 misiles cruceros Tomahawk, en la “Operación Libertad Iraquí” soltaron mil Tomahawk y miles de bombas inteligentes en los primeros 15 días. En toda la campaña, Estados Unidos y los aliados efectuaron unas 41 mil misiones aéreas, de las cuales 20 mil fueron ataques. Lanzaron unos 20 mil proyectiles teledirigidos, casi el 70% de todas las bombas lanzadas. En contraste, únicamente el 7% de todas las bombas lanzadas en 1991 eran teledirigidas.

El día 5, los invasores alcanzaron Nasiriyya, una ciudad de 500 mil habitantes a un tercio de los 500 km de distancia entre la frontera de Kuwait y Bagdad. El día 10, en al-Nayaf y Kerbala se concentraban los yanquis que avanzaban por la ruta occidental y se preparaban para atacar la última importante línea de defensa iraquí antes de Bagdad. Al este, la I Fuerza Expedicionaria de Infantería de Marina avanzaba, pero aún no había avanzado tanto hacia el norte. En este momento, Estados Unidos reportaba sólo 28 muertos, 16 de ellos en acción, y 107 heridos. El día 15, elementos de la III División de Infantería (III DI, una parte del V Cuerpo del ejército) avanzaban por el paso Kerbala y atacaban el aeropuerto de Bagdad. Para el día 20, la batalla contra las fuerzas yanquis que habían atacado a Bagdad desde el sur y el suroeste se había trasladado al centro de la capital, mientras que en el este de la ciudad la I División de la Marina (una parte de la I FEIM que atacaba desde el sureste y el este) cruzó el río Diyala y capturó la Base Aérea Rasheed en el este de la capital. Al día siguiente, 9 de abril, unidades de la I División de la Marina, cruzando Bagdad desde el este, se unieron a la III DI, con posiciones en el centro. Ese día los yanquis derribaron una estatua de Saddam Hussein en un montaje para la televisión que se transmitió en todo el mundo para convencer la opinión pública mundial de que los yanquis recibían una bienvenida como “libertadores”. Para el día 26, 14 de abril, Saddam había huido de Bagdad, y el gobierno y el ejército se habían colapsado, y las fuerzas al mando de Estados Unidos habían consolidado en su mayor parte el control sobre Bagdad y la mayor parte de Tikrit, el último gran bastión de la resistencia organizada de las fuerzas armadas iraquíes.

En 19 días, los invasores capturaron Bagdad y tras 26 días alcanzaron el objetivo principal de derribar el gobierno y acabar con toda resistencia organizada del ejército iraquí (de fuerzas regulares como irregulares). No todo sucedió conforme al plan (más al respecto en adelante), pero en tres y media semanas lograron avanzar más de 500 km y derrotar sobre la marcha al ejército iraquí. Estados Unidos dice que en la operación tuvo 109 muertos en acción y 545 heridos (de los cuales 119 regresaron en servicio en 72 horas). Se calcula que el ejército iraquí tuvo entre 10 mil y 20 mil bajas, con tal vez el doble de heridos. Además, una resuelta defensa de Bagdad, la cual había prometido Saddam y la cual mucha gente esperaba, no se materializó. Todo eso suscita varias preguntas: ¿por qué el ejército iraquí cayó tan rápidamente? ¿evidenció la derrota relativamente rápida del gobierno de Saddam que algo de verdad había en las declaraciones de los imperialistas yanquis de que su armamento de alta tecnología había cambiado la naturaleza de la guerra? ¿se han vuelto los imperialistas, en particular los yanquis, tan fuertes que nada puede derrotarlos? ¿si no es así, qué se necesita para derrotarlos?

Por qué y cómo Estados Unidos ganó tan rápidamente y a tan bajo costo inicial

“‘La guerra es la continuación de la política’. En este sentido, la guerra es política, y es en sí misma una acción política. . . Pero la guerra tiene sus peculiaridades; en este sentido, no equivale a la política en general. ‘La guerra es la continuación de la política por otros medios’. . . Por consiguiente, se puede decir que la política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es política con derramamiento de sangre” (Mao Tsetung, “Sobre la guerra prolongada”, Obras escogidas, tomo 2, p. 156-157).

Para tener un conocimiento fundamental de la guerra contra Irak, de su desarrollo y de su desenlace, es necesario partir de un análisis de la política de la cual es una continuación. En el caso de los imperialistas yanquis (y los otros imperialistas aliados) es una guerra de conquista colonial, o sea, una guerra reaccionaria que es un elemento clave de una ofensiva preparada con anticipación para reorganizar el Medio Oriente, la región del Golfo y Asia central (el “Gran Medio Oriente” en sus propias palabras) firmemente bajo el control del imperialismo yanqui. Este proyecto es un elemento central de la cruzada del imperialismo yanqui por la hegemonía mundial que quiere aprovechar la oportunidad histórica tras el hundimiento de la Unión Soviética socialimperialista (un país antes socialista que se volvió capitalista) y su bloque y cimentar por décadas su actual posición como potencia imperialista dominante en el mundo. La estrategia y tácticas que aplicaron los imperialistas en esta guerra son una continuación de esa política. La dependencia de la masiva potencia de fuego y la enorme cantidad de bajas civiles, la necesidad de enormes cantidades de pertrechos y armas de alta tecnología, la urgencia de una victoria rápida y las descaradas mentiras sobre los motivos y objetivos son manifestaciones de esa política, de su posición de clase y de los intereses y objetivos que se desprenden de eso.

En el caso de los iraquíes, la lucha contra la invasión era y es una justa lucha contra la agresión y dominación imperialistas. El más fuerte impedimento a su lucha fue el gobierno de Saddam y el carácter comprador del mismo. “Comprador” se refiere a los representantes de los intereses de los explotadores y opresores reaccionarios que sirven y dependen del capital extranjero (del imperialismo) para mantenerse en el Poder, aunque tengan conflictos con uno que otro gobierno imperialista en un momento dado. Como ilustró la guerra, muchas veces tales gobiernos no pueden movilizar y no movilizarán a las masas populares a librar una resuelta lucha contra la agresión imperialista, y nunca se apoyan en el sentimiento combativo consciente de las masas populares como fuerza básica. Estos gobiernos representan los intereses de una pequeña minoría que oprime y explota a las grandes mayorías en aras de sus propios intereses y aquellos de los imperialistas de los cuales dependen económicamente. No pueden movilizar ni armar a las grandes masas a combatir a la dominación y agresión de los imperialistas sin poner en peligro su propio control sobre la población. Para librar una justa guerra contra un poderoso enemigo reaccionario es crucial movilizar a las amplias masas a combatir en pos de sus propios intereses. Como dijo Mao: “El más rico manantial de fuerza para sostener la guerra está en las masas populares” (obra citada, p. 193).

En sus territorios, los imperialistas buscan movilizar a las masas y sus propios soldados, con mentiras y propaganda sobre “armas de destrucción masiva”, “el derecho internacional” y la “liberación” de Irak. Y aplican extremadamente grandes dosis de chovinismo imperialista, sobre todo en Estados Unidos. De un lado, las clases dominantes europeas advierten contra el “antiamericanismo” y el “peligro” de decir que Estados Unidos es “imperialista”; del otro lado, la clase dominante estadounidense y sus propagandistas declaran abiertamente que su país debe dominar al mundo y que ya es hora de aplicar una política exterior “imperialista” (si bien no usan la palabra “imperialista” en el sentido leninista) y que la “benigna” hegemonía mundial de Estados Unidos es la mejor y única manera de “civilizar” y “democratizar” al mundo.

Saddam esperaba que con maniobras diplomáticas y políticas y una alianza con Rusia y los imperialistas de Europa occidental, sobre todo Francia y Alemania, pudiera retrasar y a la larga impedir la invasión, pues sabía que no había armas de destrucción masiva8. En su estrategia, tuvo que bravuconear sobre la enorme cantidad de muertos que causaría a los invasores y el espectro de un levantamiento político en el Medio Oriente y otras partes del mundo (hablaba de convertir a Bagdad en otro “Stalingrado”). No obstante, en los meses antes de la invasión no se materializó ninguna movilización en gran escala de la población ni preparativos generales para librar una guerra prolongada de resistencia en Irak. Se movilizaron las fuerzas armadas, se tomaron algunas medidas defensivas y se pusieron en alerta las milicias del partido Baaz y del “Fedaiyin Saddam” (fuerzas irregulares conformadas de partidarios del gobierno), pero no se integraron enérgicamente a las grandes masas en los preparativos para los combates ni en los mismos combates. En retrospectiva, es obvio que Saddam y el gobierno no tuvieron ninguna visión ni plan para vencer una invasión y ocupación. Su estrategia general partía de maniobras diplomáticas para impedir los ataques.

El carácter fundamental de clase de cada estructura de Estado (tanto si sirve a los intereses de una minoría de explotadores o a los intereses de la mayoría en su lucha contra los cimientos y los efectos de la sociedad de clases) tiene un impacto decisivo en la naturaleza y estructura de sus fuerzas armadas. Las fuerzas armadas del gobierno comprador de Saddam se dedicaban principalmente a suprimir a las masas y defender las aspiraciones regionales del gobierno en el contexto de la dominación general de relaciones del poder imperialista y bajo la misma. Por necesidad, estas relaciones políticas y sociales se reflejaban en las relaciones entre los oficiales y los soldados en las fuerzas armadas iraquíes mismas y tuvieron un efecto importante en la moral y el espíritu de combate de los soldados rasos. Por eso, fue inevitable que el carácter reaccionario del gobierno y su larga historia de crímenes contra el pueblo debilitaran la capacidad de las fuerzas armadas para llevar a cabo el necesario combate para resistir la inminente invasión.

A pesar de esta debilidad fundamental, en muchas instancias los soldados iraquíes lucharon con determinación y valentía contra los invasores encabezados por Estados Unidos. Pero, aparte del hecho de que las grandes masas nunca fueron movilizadas para apoyarlos en la batalla, los soldados iraquíes tenían oficiales quienes en su mayoría eran incompetentes y frecuentemente cobardes. En un gobierno comprador, el cuerpo de oficiales no sólo es leal a las clases dominantes, sino que está constituido por personas (sobre todo en la alta jerarquía) que tienen vínculos políticos muy cercanos y frecuentemente vínculos familiares con el gobierno mismo. Su conocimiento de asuntos militares es secundario9 y en la mayoría de los casos no tienen la capacidad ni deseo de librar una lucha de vida o muerte bajo condiciones difíciles. Estas desventajas en una guerra con un enemigo que tiene mayor poder económico y militar son extremadamente difíciles, si no imposibles, de superar.

“No cabe duda que el desenlace de una guerra está determinado principalmente por las condiciones militares, políticas, económicas y naturales en que se encuentra cada una de las dos partes beligerantes. Pero no sólo por ellas; está determinado también por la capacidad subjetiva de las partes beligerantes para dirigir la guerra. Un jefe militar no puede pretender ganar la guerra traspasando los límites impuestos por las condiciones materiales, pero sí puede y debe esforzarse por vencer dentro de tales límites. El escenario de la acción de un jefe militar está construido sobre las condiciones materiales objetivas, pero en este escenario puede dirigir la representación de muchos dramas vivos, marciales, grandiosos y llenos de sonido y color” (Mao Tsetung, “Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China”, Obras escogidas, t. 1, pp. 205-206).

En términos de tecnología, armas avanzadas, fuerza militar y poder económico, Estados Unidos y los aliados eran claramente superiores a Irak. ¿Significa eso que Irak estaba condenado a perder la guerra, que no había lugar al “escenario de la acción” para “esforzarse por vencer”? Y en un sentido más amplio, ¿significa eso que un país pequeño como Irak nunca puede vencer a un oponente poderoso como Estados Unidos? A pesar del éxito inicial de la coalición liderada por Estados Unidos en Irak, la respuesta a ambas preguntas es muy claramente que no. Un análisis detenido de la invasión de Irak y las secuelas ayuda a ilustrar esto.

La dependencia de Estados Unidos del armamento avanzado y de un enorme
aparato de logística: una espada de dos filos


Un punto fuerte importante de Estados Unidos es su inmensa cantidad de armamento pesado y moderno: armadura, artillería, misiles, cohetes, aeronaves, vigilancia satelital, comunicaciones, radar, etc. Todo eso constituye una tremenda potencia de fuego y capacidad de matar a una distancia segura: la capacidad de concentrar el fuego con precisión sobre objetivos a grandes distancias y fuera del alcance del oponente. Ésta es una expresión del hecho de que, como Mao señalaba, mientras que estratégicamente el imperialismo y todos los reaccionarios son “tigres de papel”, tácticamente son “tigres de verdad que pueden devorar a la gente”.

El ejército yanqui tiene fama de decir que la guerra se trata principalmente de la logística: que la clave principal para ganar es abrumar al enemigo con tanta potencia de fuego que las fuerzas opuestas queden aplastadas. Esa noción refleja la posición material de Estados Unidos (su tremenda fuerza tecnológica e industrial) y la posición de clase y la concepción del mundo de sus gobernantes y oficiales (de que el armamento, y no a las personas, es lo decisivo). No es de extrañar que el concepto “los aficionados se dedican a la táctica, mientras que los profesionales se dedican a la logística” sea una creencia ampliamente sostenida entre los oficiales yanquis.

Ninguna fuerza armada puede existir o funcionar sin tomar en cuenta la logística, pero el ejército yanqui históricamente ha abordado este asunto de manera casi perversa. Por ejemplo, un estudio estimó que en Vietnam las fuerzas yanquis usaron de 30 mil a 50 mil balas de rifle y ametralladora por cada combatiente de liberación que decían haber matado. Y como sus declaraciones sobre el número de bajas que lograron causar eran notoriamente exageradas, ¡la cantidad de balas usadas fue probablemente mucho mayor! En 2004 el ejército yanqui dijo que necesitaría de 1.5 a 1.7 mil millones de balas de rifle. Eso excede de manera importante la capacidad de producción actual de las fábricas del gobierno, por lo que se necesitan grandes compras a otros productores e incluso a otros países, siendo Israel el mayor proveedor en el extranjero.

Por su dependencia del armamento avanzado y potencia de fuego masiva, el ejército imperialista yanqui depende de un sistema de apoyo logístico de dimensiones semejantes. Es necesario mantener y reparar todo el armamento avanzado y equipo. Cuando está en guerra, el ejército estadounidense consume enormes cantidades de pertrechos de todo tipo. Por ejemplo, cuando se preparaba el ataque a Irak, los encargados estadounidenses de planificar la guerra “estimaron una demanda diaria de combustible de 2 millones de galones [7.57 millones de litros] hasta el día 14, cuando previeron que las necesidades excederían esa cantidad” (On Point). Durante los 26 días de “Operación Libertad Iraquí” (OLI), el V Cuerpo yanqui transportó y consumió 54 millones de galones (204 millones de litros) de combustible para vehículos terrestres y aeronaves, 4.859 toneladas de municiones, 26.6 millones de botellas de agua y 14.7 millones de MRE (comidas listas para comer, o raciones de campo del ejército).

Veamos un ejemplo histórico: durante los cuatro años de la I Guerra Mundial los aliados usaron 40 millones de galones de combustible, lo que llevó a Winston Churchill a comentar que se ganó la guerra “a base de un mar de petróleo”. En la II Guerra Mundial, las fuerzas estadounidenses en Europa nunca consumieron más de 800.000 galones por día. En Irak, para abastecer de combustible a sus tanques, otros vehículos y helicópteros, las fuerzas yanquis tuvieron que establecer una red de estaciones de reabastecimiento a lo largo de su línea de marcha hacia Bagdad. La I Fuerza Expedicionaria de la Infantería de Marina desplegó un oleoducto portátil de 240 km hacia el norte desde la frontera con Kuwait. Esta obra de logística era tan enorme que, según On Point, se inició la planeación sistemática desde el otoño de 2001.

Obviamente los cientos de km de las líneas de aprovisionamiento principalmente no protegidas de las que dependían las fuerzas yanquis eran extremamente vulnerables. No había muchas opciones de líneas de marcha hacia el norte, hacia Bagdad, sobre todo dado el tamaño y peso de los vehículos blindados, el armamento pesado y los camiones de abastecimiento yanquis. Las carreteras principales en dirección norte-sur claramente fueron de importancia estratégica. No obstante, las fuerzas iraquíes no prepararon ningún plan sistemático para aprovechar esta debilidad.

Los comandantes yanquis reportaron “persistentes” ataques a lo largo de sus líneas de comunicación; y en un famoso incidente la 507a Compañía de Mantenimiento tomó un camino equivocado y tuvo fuertes bajas (el incidente en que la soldado Jessica Lynch fue herida y capturada). Aunque estos ataques causaron algunas dificultades temporales para las fuerzas yanquis, en su mayoría eran relativamente ineficaces (por ejemplo, causaron pocas bajas) y es un hecho que no se aprovechó esta debilidad hasta donde hubiera sido posible10. Por ejemplo, no se destruyó casi ninguno de los principales puentes de autopista entre Kuwait y Bagdad (y ninguno en Bagdad) en plan de demorar el avance yanqui. Se colocaron explosivos en algunos puentes, pero en su mayoría nunca se detonaron. En algunos pocos casos, los explosivos estallaron, pero no fueron suficientes para causar daños de importancia. En la mayoría de los casos, no hubo planes de demolición en absoluto. Así, se muestra que no había ningún plan consciente ni disposición de detener la invasión por parte de los líderes iraquíes11.

Estados Unidos predijo que la mayoría o todos esos puentes serían destruidos, y por eso trasladó gran parte de su equipo de puentes portátiles hacia la región del Golfo antes de la invasión. Así es que sólo derribar los puentes principales no habría impedido que los invasores cruzaran los ríos y las gargantas. Pero se habría demorado significativamente el avance y se habría dificultado el aprovisionamiento a gran escala ya que los puentes portátiles son menos capaces de soportar cargas pesadas en comparación con los puentes normales. De mayor importancia, los retrasos causados de haber destruido esos puentes habrían dado a las fuerzas defensoras un tiempo muy valioso para preparar defensas, para reorganizarse y colocarse en una posición para atacar y hostigar toda la línea de avance yanqui y especialmente las líneas de comunicaciones, que a diario se extendían más y se volvían más vulnerables.

Los iraquíes ignoraron otro importante principio de Mao: de “atraer al enemigo para que penetre profundamente”. Mao señaló que con respecto a la defensa de las bases de apoyo, y más tarde China en su totalidad, no tiene sentido tratar de detener a un enemigo poderoso en la frontera. Es preferible atraerlo para que penetrara más profundamente en el territorio liberado donde estaría rodeado por las masas, obligado a depender de largas líneas de comunicación y a defenderlas, y donde el enemigo estaría en una posición en que sus flancos y retaguardia serían vulnerables. Un principio similar podría haberse adoptado en Irak. En vez de eso, aunque hubo algunos ataques a la retaguardia y las líneas de comunicación, principalmente las fuerzas iraquíes trataron de combatir directamente a las columnas yanquis. O sea, estaban condenados al fracaso. On Point cita a un general yanqui: “No previmos que iban a salir de las ciudades y exponerse a los vehículos y formaciones blindados sin una protección similar”. Agrega: “Era más sorprendente que estas fuerzas irregulares eligieron salir de las relativamente seguras zonas urbanas para luchar contra las fuerzas blindadas de la coalición en el campo abierto... Era aún más sorprendente que los paramilitares eligieron atacar en oleadas a la vanguardia de las fuerzas blindadas en lugar de esperar a los convoys de logística sin blindaje. A causa de que las fuerzas paramilitares básicamente no estaban entrenadas, sus tácticas (si bien valientes) fueron suicidas porque literalmente corrieron y manejaron hacia la muerte”.

En la estrategia, un elemento importante de una resistencia eficaz es atacar las líneas de abastecimiento de los invasores imperialistas, sobre todo en una situación en que la resistencia libra una justa lucha, conoce el territorio y en general cuenta con el apoyo de la población. Cuanto más profundamente penetren los invasores al territorio que atacan, más largas son las líneas de abastecimiento y comunicaciones y en general cuanto más difícil es defenderlas. Un ejemplo es la Unión Soviética en la II Guerra Mundial: el ejército alemán llegó a las puertas de Moscú y al centro de Stalingrado y tenía líneas de abastecimiento de más de 1.200 km. El territorio ocupado era de miles de km2. En esa vasta región, cientos de miles soldados soviéticos libraron una guerra de resistencia, destruyeron los convoys de abastecimiento, ferrocarriles y puentes y atacaron y hostigaron a los alemanes a cada paso. Eso fue un importante elemento que cambió el curso de la guerra, de modo que los soviéticos pudieran pasar de la defensiva estratégica a la ofensiva y expulsar a los alemanes. Como ocurrieron pocos combates de esta clase durante la invasión de Irak, se debilitó mucho la resistencia.

Los autores de On Point dejan eso aún más de manifiesto: aunque Estados Unidos trasladó enormes cantidades de combustible, balas de diversos calibres, otros pertrechos y agua a Irak en apoyo a los invasores, en toda la operación no tuvo que entregar casi nada de refacciones a las fuerzas en el campo de batalla. En lugar de eso, las unidades yanquis quitaron piezas a su propio equipo y al equipo iraquí abandonado o capturado y hasta compraron piezas a los iraquíes12. Muchos comandantes de las unidades reportaban que, por la falta de refacciones y las dificultades para darle mantenimiento a los vehículos pesados, artillería y otro equipo, en una o dos semanas hubieran tenido que reducir o suspender las operaciones ofensivas.

La falta de preparación, entrenamiento y mando y la descomposición
del ejército iraquí


Por supuesto, esto no significa que no hubieran podido sobreponerse a este problema con tiempo. Pero si las fuerzas iraquíes hubieran podido aprovechar mejor esta debilidad estadounidense, el efecto en la dinámica militar y política general podría haber tenido un impacto importante sobre el desenlace general. Una significativa disminución del ritmo de los invasores habría dado una oportunidad importante a las fuerzas iraquíes para reagruparse, reabastecerse, etc.

La desigualdad entre las fuerzas encabezadas por Estados Unidos y las fuerzas defensoras iraquíes tenía numerosas facetas. Además de las desventajas ya tratadas, las fuerzas iraquíes estaban tan mal entrenadas que en gran medida era un ejército que no podía dar en el blanco. Desafortunadamente, el ejemplo que sigue demuestra que decir eso no es exagerar.

En el año antes de empezar la guerra, grandes sectores del ejército iraquí habían tenido poca práctica de tiro al blanco, y en algunos casos no lo habían tenido. El estudio del Colegio de Guerra, Tumbar a Saddam: Irak y la transformación militar norteamericana, señala:

“La mayoría de los soldados iraquíes no había disparado balas durante el año anterior a la guerra; algunos no habían disparado sus armas nunca. La II División del Ejército Regular Iraquí, por ejemplo, no había entrenado con balas en los doce meses anteriores a la guerra. La III División llevó a cabo una sola práctica en que cada soldado disparó cuatro balas. Ninguno de los soldados del III Batallón de la XI División había disparado un arma en el último año. Incluso la división de la Guardia Republicana de Bagdad llevó a cabo una sola práctica en el año anterior a la guerra, con solamente diez balas por soldado. En contraste, una típica unidad de infantería estadounidense puede disparar 2.500 balas o más por soldado en un año normal, y para las unidades que se preparan para entrar en combate esa cifra sería mucho más alta. El típico soldado de infantería estadounidense podría haber tenido más de 250 veces las prácticas de tiro que los mejores iraquíes”.

Esta falta de experiencia de tiro al blanco13 tuvo un efecto desastroso en las posibilidades de los defensores iraquíes de infligir daños a las fuerzas invasores. El estudio del Colegio de la Guerra continúa:

“Contra la III Brigada de la III División de Infantería en Bagdad, los paramilitares iraquíes dieron en menos del 10% de los blancos con granadas propulsadas por proyectiles disparadas a distancias menores de 500 metros. En el “Objetivo Montgomery”14 al oeste de Bagdad, un batallón de élite de tanques de la Guardia Republicana disparó por lo menos 16 proyectiles del cañón principal de un T-72 a una distancia de 800 a mil metros a blancos del tamaño de un tanque con plena exposición lateral, sin dar en ningún blanco, lo que es una distancia de quemarropa para armas de este calibre... Los combatientes norteamericanos y británicos han hablado de resultados similares en todo el teatro de guerra y con todos los tipos de armas iraquíes usadas en la OLI”.

Por lo general, los informes parecen confirmar que las fuerzas regulares del ejército iraquí estaban mal equipadas y entrenadas y tenían la moral muy baja. La cohesión de las unidades de las fuerzas iraquíes solía deshacerse rápidamente cuando el ataque dirigido por Estados Unidos llegó con plena fuerza. Ataques aéreos sostenidos o acertados solían tener como resultado la deserción de gran número de los soldados, los cuales opusieron poca o ninguna resistencia al avance de las fuerzas invasoras terrestres. En muchos casos, si no la mayoría, primero los comandantes desertaron y dejaron a los soldados rasos sin mandos. El frente norte iraquí colapsó como resultado de los bombardeos aéreos prolongados y las deserciones de los oficiales. Aunque las fuerzas imperialistas no montaron ningún ataque importante por tierra, se vio en la televisión que miles y miles de soldados iraquíes se deshacían de sus uniformes y armas y se dirigían a pie hacia Bagdad o al sur.

Estados Unidos y los aliados han hecho presos a miles de iraquíes y no las decenas de miles que esperaron antes de comenzar la invasión. Del bando iraquí, ha habido de 20 a 40 mil heridos y muertos. No es posible contabilizar el resto de los 280 mil a 350 mil soldados que componían las fuerzas regulares iraquíes antes de la guerra sino concluir que... se fueron a casa. La mayoría de los informes sugiere que el grueso de los combates lo llevaron las fuerzas irregulares (la milicia del partido Baaz y el Fedaiyin Saddam). Según los resúmenes estadounidenses, estas fuerzas lucharon con tenacidad y coraje, pero estaban mal equipadas, entrenadas y dirigidas. El estudio del Colegio de Guerra contiene las descripciones siguientes:

“La motivación a combatir, aunque muy débil en el Ejército Regular Iraquí y en algunas unidades de la Guardia Republicana, era más fuerte en otras áreas, sobre todo en los combatientes paramilitares en las ciudades iraquíes. La motivación de los combatientes paramilitares era casi suicida en 2003. En Nasiriyya, Samawah, Basora, al-Nayaf, Bagdad y otros lugares, los paramilitares iraquíes ejecutaron asaltos frontales contra vehículos blindados norteamericanos con vehículos deportivos civiles, camionetas, minivans y bicicletas. En Samawah, unos vehículos deportivos iraquíes se embistieron contra vehículos blindados norteamericanos. Cuando la primera ola de estos kamikazes cayó, otros les siguieron”.

Y: “Una buena parte de los combates en espacios reducidos de la OLI fueron ataques de paramilitares iraquíes con vehículos civiles no blindados contra vehículos blindados de la coalición en las afueras de ciudades. Típicamente eran ataques frontales, plenamente expuestos; no se coordinaron visiblemente con fuego de contención, no usaron el terreno para cubrirse, ni emplearon humo ni otras sustancias para ocultarse. Por lo general, atacaban a unidades fuertemente blindados de la coalición; los paramilitares iraquíes parecen haber atacado sistemáticamente los tanques y vehículos de combate de la infantería de la coalición y no los elementos de logística o de mando que tenían menos blindaje”15.

Estas descripciones ya de por sí son bastante penosas, pero la falta absoluta de preparación sistemática para una guerra que el mundo entero vio acercarse durante la mayor parte de un año se demostró aún más por la ausencia (de parte de los mandos iraquíes) de preparativos para librar una guerra urbana (o, como dice el ejército yanqui, operaciones militares en terreno urbano). Una de las cosas que más temían los imperialistas yanquis cuando lanzaron la invasión era la posibilidad de tener que realizar prolongadas operaciones de combate en zonas urbanas. En sus prácticas anteriores a la guerra, habían concluido que el combate urbano prolongado en que tendrían que bajarse de sus vehículos blindados para atacar a los defensores atrincherados a fin de desalojar edificios les supondría por lo menos una baja propia por cada defensor muerto. Temían que este tipo de combate prolongado en Bagdad y otras ciudades de Irak podría suponerles miles de muertos y heridos de sus propias fuerzas16.

Una cosa que se consigue obligando a las fuerzas imperialistas a participar en el combate urbano (o a combatir en espacios reducidos en general) es impedir que usen armas a una distancia segura. En reducidos espacios no pueden usar fácilmente artillería, apoyo aéreo, misiles, etc. Cuando se les obliga a meterse en situaciones donde pierden estas ventajas, la moral y espíritu de combate de las tropas yanquis y de otros imperialistas pueden caer rápidamente. Por ejemplo, cuando una unidad yanqui tuvo que pasar una noche de emboscadas y combates en espacios reducidos de camino a Bagdad, el comandante (según On Point) dijo que “todos se habían traumatizado”. En las palabras de teniente coronel Terry Ferrel: “Somos dueños de la noche, pero nos entrenamos a serlo usando armas a una distancia segura. El entrenamiento ordinario no prepara a una tripulación de un tanque para una situación en que unos tipos se acercan sigilosamente al lado del tanque, y nosotros tenemos pistolas Beretta de 9 mm o nos preparamos para sacar un AK”.

Por las razones ya dadas, eso se dio poco en Irak en 2003. Pero pudiera haber ocurrido, y el curso de la guerra e incluso su desenlace pudieran haber sido dramáticamente diferentes si, por ejemplo, las fuerzas encabezadas por Estados Unidos se hubieran quedado atascadas en un Bagdad y otras ciudades grandes bajo sitio, con muchas bajas y con sus líneas de abastecimiento atacadas repetida y eficazmente por guerrillas.

En un escenario en que una resuelta resistencia inspiraba protestas contra la invasión en el Medio Oriente y en el mundo, en especial en Estados Unidos, el costo militar y político de continuar la campaña hubiera subido notablemente. El desenlace de tal cadena de acontecimientos pudiera haber sido muy distinto a lo que ocurrió. El carácter corrupto y reaccionario del gobierno de Saddam impidió fuertemente semejante posibilidad, y en ese vacío no había ninguna vanguardia revolucionaria organizada capaz de asumir y dar la dirección política, organizativa y militar que hacía falta para tener un desenlace radicalmente diferente. Pero un gobierno no revolucionario pero más cohesionado y consecuente quizá pudiera haber hecho algunas cosas para prolongar el conflicto. Los observadores imperialistas más astutos captan esa posibilidad. El estudio del Colegio de Guerra hace la siguiente observación sobre lo que podría haber sido la evolución del conflicto si las fuerzas iraquíes hubieran estado mejor preparados y dirigidos:

“El desenlace fácilmente podría haber sido un empate prolongado, con las fuerzas de la coalición bajo sitio estático a través de Irak, agobiadas por la resistencia contra sus líneas de comunicación muy largas ante constantes bajas a causa de las acciones de la guerrilla contra las patrullas y los cuarteles, incluso sin un asalto contra el centro de una ciudad... eso podría haber producido una guerra muy larga”.

Prolongar el conflicto para poder neutralizar al máximo posible la fuerza de un ejército imperialista, agudizar y utilizar sus contradicciones internas y abrir espacios y tiempo para movilizar la fuerza de un ejército verdaderamente antiimperalista o revolucionaria y la resistencia de las masas es un factor importante para vencer la clase de agresión imperialista representada por la “Operación Libertad Iraquí”. El Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar hizo el siguiente resumen después del colapso de la defensa de Bagdad:

“El gobierno iraquí fue incapaz de utilizar estos factores favorables para librar el tipo de combate que hubiera puesto un palo en las ruedas al carruaje de guerra yanqui y hubiera unido al pueblo de la región y del mundo en su defensa. Las fuerzas armadas iraquíes eran dependientes de la venta de petróleo y de la compra de armas a los imperialistas. Los 12 años de sanciones impuestas por los imperialistas dejaron la economía del país en ruinas y al pueblo empobrecido y agotado. Pero, el gobierno iraquí tuvo una falla fundamental que aseguró su fracaso final. Era un gobierno reaccionario que había gobernado a los pueblos de Irak con puño de hierro. La única posibilidad de derrotar a Estados Unidos era mediante una larga guerra popular, una guerra que movilizara a toda la población y se apoyara en ésta, y que aplicara una estrategia y tácticas que pudieran neutralizar las ventajas de Estados Unidos. Desde tal perspectiva, la importancia de la batalla por Bagdad no era que ésta decidiera el desenlace de la guerra. Se trataba de cómo la batalla ahí, que las fuerzas iraquíes no podían evitar aun cuando no constituyera el terreno más favorable para la guerra popular, prepararía el terreno para una lucha prolongada del pueblo por todo el país contra los invasores y desencadenaría aún más apoyo de los pueblos en todos los países, sobre todo en los países vecinos en el Medio Oriente. Dado este contexto, aun cuando la ciudad fuera a caer, una férrea y heroica resistencia hubiera hecho posible continuar la guerra. Eso fue lo que esperaban los pueblos de todo el mundo, pero una vez más Saddam Hussein frustró esas esperanzas”17.

Notas

1. Los efectos del bloqueo económico sobre la población civil fueron tan devastadores que Dennis Halliday, que encabezó el programa en Irak de la ONU, dimitió como protesta en 1998, llamándoles “genocidio”. La directora ejecutiva de UNICEF, Carole Bellamy, dio una rueda de prensa en 1999 para anunciar la publicación de un informe titulado “Análisis de la situación de las mujeres y niños en Irak”. El informe cuenta detalladamente que estas sanciones económicas contribuyeron a las “muertes en exceso” de más de 500 mil niños iraquíes menores de cinco años.

2. Ha sido ampliamente documentado que de mediados a fines de los años 1990 Irak había destruido todas las llamadas armas de destrucción masiva y desmantelado los programas diseñados para producir tales armas. Las inspecciones de armas hechas por la ONU lo confirmaron. Como resultado del seguimiento iraquí de los requerimientos de desarme de la ONU, Francia, China y Rusia estaban dispuestas a levantar las sanciones económicas. Sin embargo, Estados Unidos no lo permitió. Esto ha sido una parte integral de los planes yanquis a largo plazo para efectuar un “cambio de gobierno” en Irak (léase: instalar un gobierno sumiso y favorable a Estados Unidos, hacerse del control del petróleo de Irak y convertir a Irak en una base estadounidense para reorganizar el Medio Oriente).

3. On Point, un estudio de la “Operación Libertad Iraquí” (OLI) encomendado por el comando del ejército yanqui y escrito por oficiales, declara abiertamente que la década de ataques y sanciones contra Irak no era sino un período preparativo para la guerra abierta contra Irak: “Si bien las operaciones de combate empezaron el 17 de marzo de 2003, se iniciaron los preparativos para la Operación Libertad Iraquí el 1° de marzo de 1991, el día después de terminar la primera guerra del Golfo. En el contexto más amplio, la OLI representa el más reciente capítulo de la actividad de Estados Unidos en el teatro del Medio Oriente y el suroeste de Asia. La seguridad nacional norteamericana está vinculada directamente a la estabilidad y prosperidad de la región. Como tal, Estados Unidos ha estado aplicando los elementos del poder nacional (diplomacia, información, acción militar y economía) para lograr esta meta escurridiza. De las sanciones e inspecciones internacionales a la protección de los kurdos y musulmanes y las respuestas a las violaciones iraquíes de las zonas de exclusión, el ejército ha sido un elemento central de la política estadounidense hacia Irak desde el fin de Tormenta del Desierto”. En casi toda la década del 90 el ejército estadounidense gastó cientos de millones de dólares en nuevas bases y otra infraestructura y colocó miles de toneladas de armas y pertrechos en el Golfo, en preparación para la “Operación Libertad Iraquí”.

4. Después de todo, durante años los imperialistas yanquis pensaron que podían ganar la guerra en Vietnam. Creyeron que si aplicaban cada vez más potencia de fuego, con una campaña de terror y asesinatos contra las fuerzas de resistencia, podrían llevarse la victoria en el frente militar. Calcularon mal la capacidad de las masas, en el sur como en el norte de Vietnam, de aguantar las duras condiciones necesarias para librar una lucha prolongada. Calcularon mal hasta qué punto quedarían expuestos y aislados políticamente ante la opinión pública del mundo y en su propio territorio (y, habría que añadir, en sus propias fuerzas armadas en el terreno).

5. On Point declara: “Los planificadores pensaron que sería posible que la combinación de los efectos de los misiles Tomahawk, ataques aéreos, ataques terrestres y fuertes operaciones de inteligencia volviera insignificante al gobierno o causara su colapso muy temprano en la lucha; en efecto, como un globo cuando se pincha”.

6. No solamente fracasaron los 50 ataques, pero el búnker donde supuestamente se quedaba Saddam esa noche ni siquiera existía. Aunque no lograron asesinar a ningún dirigente iraquí, los ataques dejaron docenas de civiles muertos.

7. Los militares imperialistas generalmente usan el término “multiplicador de fuerza” en referencia a las armas, inteligencia y sistemas de comunicaciones que dan a sus fuerzas una potencia de fuego o fuerza de ataque más allá de lo que representaría solamente su fuerza numérica.

8. Unos comentaristas imperialistas, sobre todo de los países invasores, dijeron que la negativa de Saddam a cooperar con las inspecciones de la ONU era prueba contundente de que él tenía algo que ocultar. Los hechos indican algo muy distinto. Después de quedarse al desnudo a mediados de los años 1990 por haber ocultado armas, Irak destruyó todas las armas y fábricas de armas que violaban las resoluciones de la ONU. Scott Ritter, sobre todo, y otros inspectores documentaron bien este hecho antes de la guerra. Ritter fue oficial de la Infantería de Marina yanqui en la guerra del Golfo de 1991. Ritter y otros dieron a conocer que Estados Unidos usaba las inspecciones para espiar a Irak (p. e., para instalar ilegalmente avanzado equipo de interceptación de llamadas) y que usó la información recabada para identificar blancos y hacer planes de ataque a Irak. Saddam sabía que Estados Unidos jamás accedería a decir que su gobierno observaba las resoluciones de la ONU ni a levantar las sanciones mientras siguiera en el Poder. Las futuras inspecciones serían un vehículo para recabar inteligencia para la inminente invasión. No obstante, en los meses antes de la invasión y bajo las enormes presiones internacionales, Irak aceptó permitir de nuevo a los inspectores en el país y les dio un acceso casi ilimitado. La estrategia de Saddam, de depender de los rivales del imperialismo yanqui como contrapeso a una invasión, en el contexto de la correlación de poder en el mundo tras la caída de la Unión Soviética, no era sino agarrar clavos ardiendo, si bien por su posición de clase eso era la única opción que él pensaba que tenía.

9. Esto contrasta marcadamente con un ejército imperialista en que el nivel de profesionalismo en el cuerpo de oficiales en la mayoría de los casos es mucho más alto. Dada la matriz de relaciones imperialistas y todo lo que encierran, tales como los medios avanzados de producción y la capacidad de sobornar a importantes sectores de la población, las bases materiales y sociales del gobierno de un país imperialista son mucho más fuertes y amplias que en un país oprimido y dominado por el imperialismo y un gobierno comprador. Por eso, los imperialistas pueden ampliar las filas del cuerpo de oficiales y usar criterios más objetivos para seleccionar a los altos comandantes de sus fuerzas armadas. Queda entendido que el principal criterio sigue siendo su lealtad política.

10. No obstante, a medida que los invasores yanquis se acercaban a Bagdad y se alargaban las líneas de abastecimiento, aumentó el nivel de los ataques contra las mismas líneas. Por tanto, los comandantes yanquis desplegaron elementos de las 82 y 101 Divisiones Aerotransportadas que hasta ese momento habían estado en una reserva estratégica y las mandaron proteger las líneas de abastecimiento. En cosa de días del despliegue, el nivel de los ataques cayó de manera importante y dejó de ser un problema de peso.

11. Un estudio de la “OLI” del Instituto de Estudios Estratégicos del Colegio de Guerra del ejército yanqui, Tumbar a Saddam: Irak y la transformación militar norteamericana, dice: “El avance de la coalición tenía como premisa la capacidad de usar diversos puentes importantes sobre el río Éufrates. En la guerra, los pueblos alrededor de estos puentes eran importantes campos de batalla, pues al parecer los iraquíes reconocían su importancia y luchaban por defenderlos. Pero pocos puentes tenían explosivos colocados y muchos menos quedaron destruidos. En Nasiriyya, los iraquíes combatieron una semana por una ciudad cuya importancia militar se basaba en sus puentes pero no hicieron ningún plan para destruirlos”.

12. “El teatro no tuvo tanta suerte en materia de refacciones. Los generales Christianson, Kratzer y Stultz aceptan que el sistema de distribución de refacciones nunca funcionó, pese a esfuerzos heroicos. Más que suficientes piezas llegaron al teatro y se procesaron debidamente, pero durante los combates los destinatarios necesitados no recibieron casi nada. En el frente, los soldados quitaron piezas al equipo descompuesto o lo remolcaron cuando no podían componerlo. Por eso, mientras que avanzaban al norte hacia la capital con suficiente combustible, agua y comida, comenzó a caer su capacidad de darle suficiente mantenimiento al equipo. Afortunadamente, los principales combates terminaron antes de que las fallas de la distribución de refacciones afectaran las operaciones de manera importante” (On Point).

13. No se puede esperar que se usen las grandes cantidades de balas para el entrenamiento que usan los ejércitos yanquis y de otros países imperialistas. No obstante, es tanto necesario como posible llevar a cabo tal entrenamiento con más economía y los recursos disponibles y usar otros métodos que permitan reemplazar a algunas cantidades de balas y al mismo tiempo mejorar la puntería.

14. El plan de batalla yanqui planteó lograr diversos objetivos predeterminados en el camino a tomar y controlar a Bagdad. El plan de ataque del V Cuerpo abarcó 13 objetivos desde la frontera con Kuwait hasta el norte de la capital. “Objetivo Montgomery”, el penúltimo objetivo, estaba al oeste de la capital. On Point da esta descripción del combate: “4 de abril de 2003. Un batallón iraquí completo de tanques T-72 de la división Hammurabi de la Guardia Republicana, con el apoyo directo de un batallón de artillería, estaba atrincherado en la cima de un arcén a la orilla de la carretera 10... lo que creaba un recodo de ataque natural en la ruta de aproximación de la carretera 10... a mil metros de las posiciones iraquíes más cercanas. . . Los canales de riego a la orilla impedían el desplazamiento fácil fuera de la carretera, canalizaban cualquier ataque frontal y facilitaban que la mayoría de los defensores concentraran los ataques a la carretera desde el flanco. A las 15 horas del 4 de abril, la Tropa A (“Apache”) de la 3-7 Caballería estadounidense avanzó directamente al recodo, en formación de columna, por la ruta de aproximación por la carretera 10. . .

“Los norteamericanos divisaron a los iraquíes cuando abrían fuego. Vieron al menos 16 proyectiles de 125 mm disparados del cañón principal de un T-72. Ninguno dio en el blanco. Respondieron al fuego y aniquilaron a la mayor parte del batallón en menos de diez minutos. En ese momento, la Tropa Apache retrocedió y las aeronaves y artillería estadounidenses bombardearon la posición para neutralizar la infantería iraquí y destruir la artillería de apoyo...

“Si los iraquíes tuvieran planes de librar una batalla según sus propios términos, tal debería haber sido el momento indicado. Tenían una ventaja numérica de casi dos a uno en vehículos blindados y de casi tres a uno en tanques. Habían preparado posiciones defensivas de su propia elección, en un terreno muy ventajoso, y los atacamos frontalmente sin un apoyo aéreo extenso de donde que ellos esperaban, pues avanzamos directamente hacia el recodo de la muerte que habían preparado. Pero no lograron infligir bajas antes de perder el batallón completo y toda la artillería de apoyo ante el avance de una sola tropa de la caballería estadounidense”.

15. En general, si bien es cierto que se escriben los balances de las batallas yanquis desde el punto de vista de un ejército imperialista, y que a veces sirven descaradamente sus propios fines, los informes escritos después de los hechos a menudo contienen importantes observaciones y conclusiones. Además, está el principio de conocer al enemigo y conocerse a sí mismo, y por ende es importante conocer su punto de vista y método. Por la velocidad con que tomaron Bagdad y las pocas bajas de los invasores, la mayor parte de lo resumido es probablemente verdad o al menos contiene mucha verdad. Por último, hasta ahora el que escribe este artículo no conoce de balances posguerra escritos por aquellos que participaron en la resistencia a la invasión. Éstos serían muy útiles para arrojar más luz sobre el tema.

16. El estudio del Colegio de Guerra presta mucha atención a este tema. Si bien parte de la perspectiva de la burguesía e ignora casi completamente o niega el papel de las amplias masas en la lucha contra la agresión e invasión de los imperialistas, hace unas importantes observaciones y revela mucho sobre cómo la burguesía ve este tema en general. Por eso, a continuación lo citamos extensamente:

“Quizá la debilidad más seria de los iraquíes es que sistemáticamente desaprovecharon el potencial militar del terreno urbano. Las ciudades constituyen una fuente natural de protección y ocultamiento, canalizan los ataques, favorecen la construcción de barreras, presentan los problemas difíciles de cómo llevar combates en espacios reducidos y evitar daños colaterales y hacen que sea mucho más difícil desplegar con eficacia las armas de precisión a una distancia segura. . .

“Pero la Guardia Republicana y el Ejército Regular Iraquí evitaron sistemáticamente a las ciudades, y se movilizaron en las zonas rurales y las afueras de las ciudades. Al parecer, a propósito el alto mando iraquí les negó acceso a los principales centros urbanos. . .

“La gran mayoría de los verdaderos combates urbanos de la OLI se dieron contra paramilitares irregulares con armas ligeras, que combatieron principalmente a la ofensiva táctica: salieron al campo abierto contra los blindados de la coalición. No tuvieron armas pesadas ni la protección blindada de las grandes formaciones mecanizadas iraquíes y desaprovecharon el potencial táctico del terreno urbano porque tomaron la ofensiva mediante ataques frontales sin preparación en posiciones muy expuestas.

“Las unidades más convencionales de la Guardia Republicana Especial (GRE) usaron unas armas pesadas, sobre todo en la capital, pero éstas representaban una minúscula fracción de lo que las fuerzas armadas iraquíes tenían a su disposición. Hasta la GRE no las aprovechó con eficacia en el terreno urbano. La GRE preparó casi todas sus posiciones al aire libre, típicamente en escondites de poca profundidad cavadas a la orilla de los caminos o en emplazamientos con sacos de arena en azoteas o cruces. Muchas veces estacionaron sus tanques en medio de cruces muy amplios sin tratar de protegerse u ocultarse. Casi no hicieron los preparativos en el interior de los edificios que son la norma de la tradición militar occidental, tales como barricadas interiores, paredes reforzadas, construcciones con troneras o aberturas o telarañas de alambres. Casi no colocaron obstáculos, barreras ni campos de minas en el campo de batalla. . .

“Debido a sus debilidades, los iraquíes quedaron muy vulnerables a las ventajas tecnológicas y de entrenamiento de la coalición. Por ejemplo, como el Ejército Regular, la Guardia Republicana y la Guardia Republicana Especial no aprovecharon el complejo terreno para fines de protección y ocultamiento, se expusieron a todo el peso de los ataques de precisión que lanzó la coalición a una distancia segura... Ante tal embate, en cosa de minutos pueden morir cientos de soldados debido a la falta de medios de protección y ocultamiento; a causa de esta vulnerabilidad la coalición pudo aniquilar a formaciones enteras a distancias seguras y amenazar a muchos iraquíes con una suerte semejante si no depusieran las armas.

“No obstante, si bien las armas de precisión son sumamente mortíferas contra blancos expuestos, no tienen tantas ventajas ante enemigos que aprovechan el terreno para fines de protección y ocultamiento... De mayor importancia, un defensor urbano experimentado no se hubiera rendido tan fácilmente ante un ataque total tal como ocurrió en Bagdad y Basora. Los iraquíes de 2003 estuvieron expuestos y por lo tanto, muchas veces fue fácil eliminarlos en lugares abiertos, hasta en el centro de la ciudad, sin que fuera necesario bajarse de los blindados. En contraste, un defensor que explotara el potencial natural del terreno urbano permaneciendo oculto a fin de disparar desde edificios, que preparara éstos como lugar de máxima protección y ocultamiento, usara barreras y obstáculos para canalizar los ataques hacia emboscadas preparadas y se escapara por rutas de retirada ocultas y luego volviera a combatir a unas cuadras de distancia, hubiera sido un blanco mucho más difícil. En la historia, ha sido imposible destruir a tales defensores urbanos sin apoyar a la vanguardia blindada con una infantería que pueda entrar a edificios y limpiarlos, matar a defensores ocultos y controlar el interior de los edificios e impedir que los reocupen los defensores... A menos que queden aniquilados esos defensores antes de entrar al combate los vehículos blindados, es más fácil que los defensores ocultos o los que no se ven penetren el blindaje menos grueso del toldo, parte trasera y flancos de los vehículos. Juntos, una infantería experimentada y unos blindados de apoyo pueden limpiar el terreno urbano, pero no pueden hacerlo fácilmente si el defensor aprovecha al máximo ese terreno: típicamente hasta con atacantes experimentados y hasta con apoyo blindado, ha sido muy costoso entrar a pie a limpiar edificios contra defensores experimentados. Las recientes prácticas del Cuerpo de la Marina dan a entender que ante defensores urbanos experimentados, ni los atacantes bien entrenados obtendrán una relación de bajas de uno a uno. Con tal relación, un combate contra muchos miles de defensores urbanos iraquíes hubiera dejado miles de bajas de la coalición y un desenlace mucho más costoso de la OLI, incluso con las ventajas tecnológicas de los tanques Abrams y Challenger”.

17. Ver SNUMQG, 14 abril 2003. Una importante conclusión del estudio del Colegio de Guerra es que sería muy difícil que Estados Unidos repitiera lo ocurrido en Irak:

“Pero como son necesarias grandes disparidades de tecnología y de experiencia, el mismo equipo y experiencia de la coalición probablemente no hubieran dado resultados semejantes contra un oponente más experimentado. Por ejemplo, para destruir una fuerza experimentada del tamaño de las fuerzas armadas de Saddam, pudiera haber sido necesario tener más soldados de los cuales la coalición tenía en 2003, y el costo pudiera haber sido mucho más alto.

“Por eso, las fuerzas armadas experimentadas pueden sobrevivir un ataque de precisión a una distancia segura y obligarnos a participar en combates en espacios reducidos que no nos favorecen, y por eso, tales combates, incluso con la tecnología moderna, en lo fundamental son peligrosos y requieren muchos soldados cuando se libren contra oponentes experimentados. Para sobrevivir un ataque de precisión lanzado a una distancia segura y librar combates en espacios reducidos con éxito, es necesario tener mucha experiencia y entrenamiento en tácticas y una capacidad de aprovechar complejos terrenos para protegerse y ocultarse. En 2003, los iraquíes casi no hicieron nada de eso. Su pésimo entrenamiento y mando generó una combinación de errores, posiciones de combate mal preparadas, pésima puntería y premisas equivocadas que a todos los niveles los dejaron expuestos a la tecnología de la coalición. Por tanto, una fuerza relativamente pequeña de la coalición pudo imponerse en una campaña corta y relativamente económica, pero sería una equivocación esperar un desenlace similar contra un oponente mejor preparado”.