UN MUNDO QUE GANAR
 

Perú:

Otro juicio vengativo contra el Presidente Gonzalo

¿Debe aceptar el pueblo peruano vivir lo que le imponen Estados Unidos y las clases dominantes peruanas, o tiene derecho a rebelarse? Eso es lo que está en juego en el juicio del Presidente Gonzalo (Abimael Guzmán) y otros dirigentes del Partido Comunista del Perú (PCP). Los persiguen por haber dirigido una guerra popular, sin importar sus actuales posiciones, y por eso es importante denunciar el juicio.

En 1980 el PCP inició un levantamiento armado en el campo que ganó el apoyo de millones y se desarrolló en una guerra civil revolucionaria. Libraron lo que Mao llamó una guerra popular, pues su objetivo era llevar a las masas al Poder como los dueños de su destino. Por eso, su estrategia y tácticas se apoyaron en ellas.

En su mayoría han estado presos más de 12 años, unos hasta 16. Por la presión internacional y el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, hace dos años la Suprema Corte anuló las sentencias por “terrorismo” impuestas por jueces militares encapuchados. El gobierno sigue reteniéndolos sin justificación hasta que sean aprobadas nuevas leyes y se formulen nuevas acusaciones. Procesaron por segunda vez a muchos acusados en nuevas cortes “antiterroristas” con jueces civiles. No obtuvieron las condenas deseadas; en noviembre de 2004, se suspendió el segundo proceso al presidente Gonzalo y otros 17 prisioneros. Ahora, para mantenerlos presos, los procesarán por tercera vez bajo cargos de “terrorismo”.

Pablo Talavera, el jefe de la Corte AntiTerrorismo, se jacta de poder resolver los procesos de mil 500 revolucionarios y que éste será el último para los dirigentes del partido. A diferencia de previas comparecencias, combinarán en un “megajuicio” exprés los cargos pendientes contra los que son acusados de ser dirigentes del partido. El proceso se llevará a cabo en El Callao, una base naval cerca de Lima, donde el presidente Gonzalo ha estado encerrado. Se dejará entrar al público pero “con las restricciones permitidas por ley”. En el anterior juicio, eso quiso decir sólo permitir la presencia de familiares y la prensa. Después del primer día, se prohibieron las cámaras y grabadoras.

El juicio terminó en caos. Cerca de 250 periodistas peruanos y extranjeros se amontonaron en la sala de prensa detrás de un vidrio en la parte trasera del tribunal. Mientras que los acusados hablaban entre sí y comparecían uno a uno ante el juez para ver quién los representaría, los reporteros tocaron el cristal y con señas pidieron al presidente Gonzalo que se volteara a las cámaras. Lo hizo varias veces con el puño en alto. En medio del bullicio, el juez luchó por retomar el control y pidió que la prensa abandonara la sala. Lo ignoraron. El juez ordenó que la policía desalojara la sala, pero al principio no le hizo caso. El presidente Gonzalo y la mayoría de los otros acusados se levantaron, se pusieron de espaldas al juez, alzaron el puño y gritaron: “¡Viva el Partido Comunista del Perú! ¡Gloria al marxismoleninismomaoísmo!, ¡Gloria al pueblo peruano!, ¡Vivan los héroes de la guerra popular!” Bien pudo escucharse y verse por la televisión peruana y por todo el mundo. Las vivas acallaron al juez en turno. Los tres mgistrados del panel abandonaron la sala con la cabeza agachada, mientras que los acusados salieron sonriendo y con la cabeza en alto.

El presidente peruano Alejandro Toledo se presentó furioso la siguiente noche a la televisión para criticar al juez en turno. Amenazó con imponer “juicios sumarios”, tales como los procesos secretos exprés de 1992. El juez en turno no atendió los llamados de retirarse para que se pudiera continuar sin él. Cuando el juicio se reanudó cinco días después, los otros dos jueces renunciaron, inesperadamente, en medio de fuertes denuncias mutuas. Por ley el juicio debió suspenderse.

Los cargos leves contra el presidente Gonzalo y los demás (de haber usado una escuela privada limeña para apoyo logístico y económico de actividades del partido) contrastan con las largas sentencias propuestas, que mantendrían presos el resto de la vida al presidente Gonzalo, de 70 años, y a los demás. La evidencia es muy floja, según algunas fuentes. Posiblemente, la lucha al interior de las clases dominantes para valorar si celebrar o no el juicio contribuyó al fracaso. Los partidarios de Toledo y los políticos de oposición han caído en una orgía de ataques bajos sobre a quién culpar por la salida humillante. Se iniciaron procedimientos disciplinarios contra los tres jueces. Talavera anunció que se encargaría personalmente del caso con un nuevo plan.

Las autoridades impusieron otros castigos sin esperar resolución alguna. Manuel Fajardo, abogado del presidente Gonzalo, dijo que tras tres años de reuniones semanales con su cliente, ya no se le permitió contacto directo. En violación a previas órdenes, a Fajardo se le prohibió hablar directamente con su cliente; tiene que hablar con él a través de una vitrina, en una casilla especial, lo que imposibilita las preparaciones confidenciales para el juicio. Agregó que el presidente Gonzalo no tiene acceso a radio, televisión o periódicos. Trasladaron a Elena Iparraguirre (camarada Miriam), esposa del presidente Gonzalo, encerrada en la celda contigua, a la prisión para mujeres de Chorrillos. La tienen aislada de las demás presas y le han suspendido la visita de familiares. Eso afecta a la madre de Iparraguirre, que visitaba a los dos.

El temor de que resurja una guerra revolucionaria es el motivo principal vengativo de los enemigos del pueblo peruano. Una prueba de ello es la forma del proceso, que Fajardo llamó una “corte de excepción” ilegal. Aparte de imponer un veredicto histórico a la guerra popular, tiene el propósito de desmoralizar a las personas de simpatías revolucionarias en el Perú y en el mundo. Aunque antes las clases dominantes solían culpar a la guerra popular por la mísera situación de la ciudadanía, en los últimos años ha habido pocos combates y, no obstante, los niveles de extrema pobreza han alcanzado niveles récord. Toledo, cuya elección supuestamente iba a traer un cambio dramático después de la dictadura de Fujimori, es el jefe de Estado con menos apoyo popular de toda América Latina. Las luchas internas de las clases dominantes están sacudiendo el sistema político. Debido a su experiencia con la guerra popular, el gobierno y Estados Unidos luchan por que la inestabilidad política no se desemboque en una salida revolucionaria ni que ésta se extienda.

La mayoría de los defendidos que participaron en la acción dirigida por el presidente Gonzalo en el juicio de noviembre de 2004 han estado asociados públicamente con la línea que surgió al interior del partido que sostine que con la captura del presidente Gonzalo, es imposible continuar la guerra revolucionaria, que la guerra popular debe aplazarse hasta un futuro incierto, que el partido debe disolver el ejército bajo su dirección y los comités populares con los cuales los campesinos ejercían el poder político en una buena parte del campo, y llevar a cabo negociaciones de paz con el gobierno a fin de obtener la libertad de los prisioneros de guerra, la amnistía y la “reconciliación nacional”.

El único que no coreó consignas fue Oscar Ramírez, el camarada Feliciano. Éste asumió la dirección del Comité Central después de la captura del presidente Gonzalo hasta que fue capturado en 1999. Ahora, diversas fuentes dicen que éste se opone a la revolución y ataca al partido, a la guerra popular y al proyecto comunista.br><br>

Los antecedentes del juicio

En 1993, el gobierno divulgó un video que mostraba al presidente Gonzalo y a Iparraguirre firmando una carta que llamaba a negociaciones que condujeran a poner fin a la guerra popular. Comenzaron a circular documentos atribuidos a él que defendían esta posición. El Comité Central del partido los denunció como una línea oportunista de derecha y se comprometió a continuar la guerra; denunció al gobierno por fabricar lo que llama una “patraña”.

El Comité del Movimiento Revolucionario Internacionalista (CoMRI), que movilizó una campaña mundial para “Mover cielo y tierra para defender la vida del Presidente Gonzalo”, llamó a hacer un detenido análisis de ambas líneas (la línea histórica del PCP y la nueva línea), a la luz de la experiencia histórica de las guerras revolucionarias y las negociaciones, y del marxismoleninismomaoísmo. Toda revolución conlleva retrocesos y compromisos temporales, y algunas han entablado negociaciones con resultados favorables, dijo el CoMRI. Lo importante no es si los revolucionarios debían hacer compromisos, sino qué tipo de compromisos, con qué objetivos y en qué circunstancias. El CoMRI dijo: “Las negociaciones propuestas, ¿le sirven a la tarea de tomar el poder político a través de la guerra revolucionaria, independientemente de las etapas o vueltas que tenga que pasar esta guerra, o apuntan a regresar a la situación previa a 1980, período prolongado en el que no existió lucha armada revolucionaria?”

El CoMRI encomendó al Comité de Dirección de la Unión de Comunistas de Irán, precursor del Partido Comunista de Irán (MarxistaLeninistaMaoísta), la elaboración de un profundo análisis de Asumir, el principal documento que planteaba la línea oportunista de derecha. La polémica analizó la experiencia del movimiento comunista internacional a fin de refutar la idea que la guerra popular no podía solucionar el problema de dirección sin el presidente Gonzalo, que es posible superar los reveses en el curso mismo de continuar la guerra popular y que una guerra revolucionaria es diferente de una guerra reaccionaria. Aunque una guerra revolucionaria tenga sus avances y retrocesos y ceses de fuego temporales, de fondo no puede abrirse y cerrarse como una llave porque “una vez iniciada la guerra, o se destruye al enemigo [y el Estado] o éste nos destruye cualquier otra forma de concebirl constituye una ilusión peligrosa”. Llamar a detener la guerra convertiría “una derrota militar” (la captura del presidente Gonzalo) “en una derrota política”.

Tras el análisis de ambas posiciones, el CoMRI llegó a la conclusión de que “independientemente de las intenciones de quienes abogan por ello, el llamado a negociaciones para lograr un acuerdo de paz y los argumentos y pretextos planteados para elaborarlo y defenderlo, no representan objetivamente un compromiso necesario y justificado, sino una entrega de los intereses fundamentales del pueblo y el abandono de la guerra popular y del camino revolucionario”.

El CoMRI hizo un llamado a los maoístas del mundo, “¡Agrupémonos todos en defensa de nuestra bandera roja que ondea en el Perú!”, para defender la guerra popular y el Comité Central del PCP y entrar de lleno en la lucha entre las dos líneas, como parte importante de apoyar a aquellos dentro del partido resueltos a perseverar en la guerra y por las serias implicaciones para el movimiento mundial. Concluyó: “Hagamos que el horno de esta lucha de dos líneas sirva como una gran escuela de marxismoleninismomaoísmo poniendo de manifiesto la diferencia entre el verdadero marxismo y el falso y ayudando a los revolucionarios de todo el mundo a entender y cumplir con las necesidades del momento”. Luego, los participantes del MRI votaron a favor del llamado del CoMRI.

Sin embargo, varias personas con distintos niveles de relación con el PCP se opusieron a esta conclusión y criticaron al CoMRI por no creerse la idea de la “patraña”. Uno de los que más vociferó fue Luis Arce Borja, desde hace mucho aliado del PCP en el exilio, quien tachó a la línea oportunista de derecha de “complot policial” (“un montaje preparado por el régimen peruano y el imperialismo norteamericano”). Agregó: “Admitir que el #acuerdo de paz* es parte de un proceso de conflicto interno del PCP, sirve para presentar al PCP como una organización corroída por una escandalosa división y debilitada hasta el límite de la destrucción. Esta forma de ver las cosas, es similar a la versión de los más recalcitrantes enemigos de la revolución”.

Una respuesta a Arce Borja en Un Mundo Que Ganar, “Sobre la tesis maoísta de la lucha entre dos líneas”, explicó que cada partido existe en una sociedad de clases (aun después de llegar al socialismo, hasta el comunismo cuando desaparecerá la necesidad de un partido). Contienden ideas que inevitablemente reflejan los puntos de vista de las clases contendientes, no necesariamente de forma inmediata pero a la larga. Si bien habrá “mareas altas y bajas”, siempre existe una lucha entre las dos líneas: entre las ideas que representan la misión del proletariado de trabajar por eliminar la división de la sociedad en clases y las ideas que no aspiran a esa meta. Sin la contienda de las ideas en el partido comunista, no es posible dirigir una revolución y mucho menos transformar la vieja sociedad. A diferencia de la manera de ver la situación de gente como Arce, no es posible impedir que se den luchas de este tipo en el partido. Cuando el curso de los acontecimientos ponga asuntos de vida o muerte a la orden del día, se ponen en primer plano los principales deslindes del programa e ideología sin los cuales no es posible triunfar, y es necesario resolverlos mediante debates, polémicas y otros medios. Y, a diferencia de las ideas afines a Arce, esta lucha no es necesariamente señal de debilidad ni una forma de librar al partido de ideas erróneas, sino un proceso con que el partido puede dar saltos de nivel político e ideológico. Por ende, es una fuente de gran fuerza y un motor que impulsa el desarrollo del partido: su concepción del mundo y línea, y el nivel político e ideológico y la capacidad de sus miembros y del pueblo en general.

Cuando los miembros de un partido comunista plantean ideas, políticas e instrucciones estratégicas que objetivamente representan la concepción del mundo e intereses d las clases explotadoras, por lo general no atacan el marxismo abiertamente ni dejan de usar una retórica maoísta. Los documentos de la línea oportunista de derecha repiten la consigna “Gloria al marxismoleninismomaoísmo”, pero representan un cambio fundamental de la dirección del partido. Por eso, para poner “de manifiesto la diferencia entre el verdadero marxismo y el falso”, es necesario prestar atención a los principales deslindes y principios, y por eso la lucha entre las dos líneas es la única solución al problema del revisionismo en el partido.

Las clases dominantes rechazaron el llamado a la paz para terminar la guerra. A fines de los años 1990, los defensores de la línea oportunista de derecha comenzaron a tratar el llamado a negociaciones como asunto muerto; echaban la culpa al Comité Central del PCP, porque éste continuaba la guerra que veían como un camino sin salida y no negociaba una salida en su momento de mayor fuerza. La principal causa de la disminución de los combates no era el avance militar del enemigo ni los arrestos de dirigentes y cuadros del partido, por doloroso que eso haya sido, sino la gran desmovilización de muchos miembros del partido, combatientes y simpatizantes entre las masas, debido a que muchos dirigentes y cuadros del partido se han sumado a la línea oportunista de derecha.

En sus momentos buenos como difíciles, la revolución en el Perú ha aportado grandes experiencias al proletariado internacional. Al oponerse a los reaccionarios juicios vengativos de hoy y al defender el pasado, presente y futuro de la guerra popular en el Perú y en todos los países, es importante que los revolucionarios analicen los problemas que la experiencia ha presentado, tal como la lucha entre las dos líneas. Con un análisis y síntesis desde el punto de vista dialéctico materialista, habrá bases para superar las derrotas y lograr mayores avances en el Perú y en todo el mundo.

(Se hallan documentos del CoMRI, del Comité Central del PCP, de los iraníes y de la línea oportunista de derecha en Un Mundo Que Ganar 1995/21, y “Sobre la tesis maoísta de la lucha entre dos líneas” y el documento de Arce Borja en Un Mundo Que Ganar 1996/22, y en www.awtw.org).