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Día Internacional de la Mujer 2002
¡Arrancar todo velo de opresión!
“Que en este día, una
vez más, transformemos nuestra furia en una fuerza combativa y continuemos
nuestra lucha contra la opresión de la mujer y todas las demás opresiones
con perseverancia y firmeza” – acto del Día Internacional de la
Mujer de mujeres afganistaníes, Paquistán, 1998
No es posible desligar la emancipación del proletariado internacional
de la liberación de la mujer, pues no es posible eliminar la opresión
de la mujer sin forjar una nueva sociedad sobre una base diferente:
sin explotación y sin clases. Como ha ilustrado de manera contundente
la guerra del imperialismo yanqui en Afganistán, y sus amenazas
de invadir a otros países, los eslabones de las cadenas que oprimen
a la mujer son los eslabones de las cadenas entre los oprimidos
de todo el mundo y el sistema imperialismo.
A raíz de la reciente denuncia del brutal trato de las mujeres
bajo el gobierno religioso fundamentalista talibán, los medios de
comunicación de la burguesía occidental se apresuraron a regar el
cuento de que una meta de la clase dominante estadounidense era
“liberar” a las mujeres de Afganistán. Los amos del imperio mismo,
Bush y su socio Blair, mandaron a sus esposas a dar discursos sobre
la importancia de “poner fin a la tiranía” y hasta “parar la opresión
de la mujer” allá. En boca de quienes crearon y pusieron en el Poder
a las reaccionarias fuerzas talibanes por medio de la CIA y sus
títeres en Paquistán, el “descubrimiento” de la opresión de la mujer
en Afganistán es tanto hipocresía como crimen. Los imperialistas
jamás objetaron cuando los talibanes despidieron a las mujeres de
sus trabajos y las sometieron a “arresto domiciliario”, o les pegaron
o ejecutaron por desobedecer las leyes de “virtud y decencia”. Durante
los últimos 15 años, no retiraron ni un dólar de los millones con
que apuntalaron al gobierno talibán y a otros reaccionarios señores
de guerra “tradicionales” y fuerzas mujeidines odiamujeres, sea
el dinero para Osama bin Laden, una vez a sueldo de la CIA, u otros
colaboradores sauditas.
En efecto, los mujeidines pro yanquis se oponían a la educación
y actividad pública de las mujeres e impusieron la ley de la burka,
el velo asfixiante de pies a cabeza, cuando subieron al Poder en
1992. El nuevo lacayo pro yanqui, Karzai, y el circo de reaccionarios
señores feudales, que los imperialistas pusieron en el Poder desde
Bonn, no son muy diferentes a los talibanes. Según reporteros, Karzai
dice que “somos musulmanes” y por tanto la política del gobierno
hacia las mujeres es aplicar los principios y prácticas musulmanes.
Aun cuando modifiquen las leyes antimujer más reprobables, serán
cambios leves y cosméticos y tenderán a beneficiar a la cantidad
relativamente pequeña de mujeres profesionales de las grandes ciudades.
No proponen un cambio fundamental de la situación de la abrumadora
mayoría de las mujeres pobres y campesinas. Las relaciones sociales
entre hombre y mujer, entre oprimida y opresor, son reteobvias.
El sometimiento y la opresión de las mujeres de Afganistán son un
pilar del tejido semifeudal de la sociedad. Las bombas yanquis y
las fuerzas especiales británicas han matado a miles de las mujeres
que dicen “liberar”, pero no han eliminado la semifeudalidad, pues
no tienen ni la intención de hacerlo ni les interesa hacerlo en
absoluto. Solamente las masas de mujeres y todas las fuerzas de
nueva democracia de Afganistán pueden destruir las insoportables
relaciones que asfixian a las mujeres y crear nuevas relaciones
emancipadoras, derrocando el sistema semifeudal y expulsando a los
imperialistas, quienes lo mantendrán mientras sirva sus metas globales.
Es una mentira peligrosa pensar que, pese a actos repugnantes
como esta vil guerra de terror contra quienes considera como oponentes
al imperio yanqui, el imperialismo puede traer cierto “progreso”
para las mujeres oprimidas. Tales ilusiones falsas aprietan más
las cadenas ocultando la realidad y fortaleciendo la mano de Bush
y socios. Un claro ejemplo de la preocupación de los imperialistas
de los Estados Unidos y de otros países por mejorar la vida de las
mujeres del mundo se manifiesta en la larga y sanguinaria historia
de tiranía, el derrocamiento de gobiernos que no son de su agrado
o que interfieren en sus planes, la asesina explotación de trabajadoras
mediante una ínfima paga en su afán de superganancias en el tercer
mundo, y la tradición de sus militares de licencia, como la violación
y abuso general de las mujeres de Corea, Tailandia, Panamá y hasta
Okinawa del Japón. ¡Pregúntele a las filipinas si quieren que regresen
las tropas yanquis!
Aunque los imperialistas occidentales envíen más dólares
asesinos para reparar las ventanas que sus bombas han roto en las
escuelas públicas de Afganistán a que algunas muchachas (en unas
cuantas ciudades) podrían asistir, no tendrán más interés en la
igualdad de las mujeres de hoy que ayer, cuando tildaron de “daño
colateral” la muerte de cientos de mujeres y niños de Afganistán
y la destrucción de aldeas campesinas. El gobierno yanqui busca
tomar el control de ésta y otras regiones inestables del mundo y,
por descarado y craso que parezca su belicismo, para quienes les
escuchen seguirán regando fantasías sobre democracia y progreso
para los mismos oprimidos que a diario están sometidos a una brutalidad
y represión asesina a manos del sistema imperialista.
En el caso de las personas que quieran dar un apoyo genuino
a la lucha de las mujeres afganistaníes por deshacerse del velo,
y otros grilletes y tradiciones reaccionarios, primero deben desenmascarar
enérgicamente la hipocresía de los imperialistas y su guerra de
agresión contra los pueblos del mundo y no dejar que Bush, Blair
y sus semejantes trafiquen con su justa furia para encubrir los
crímenes que cometen a nombre de la “liberación” de la mujer.
Nótese la similitud entre los fascistas cristianos que asesoran
a Bush y los fundamentalistas musulmanes feudales: dentro o fuera
del Poder, tratan a las mujeres como propiedad y objetos sexuales,
justificando con la religión las formas más degradantes de subordinación
patriarcal y social.
Los maoístas dicen: “¡Romper las cadenas! ¡Desencadenar la
furia de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!”.
Ello quiere decir romper todas las cadenas que impiden que
las mujeres emancipen la sociedad. Quiere decir las cadenas de los
ricos países imperialistas que estrangulan directamente de mil formas
a los países pobres y las cadenas visibles y ocultas que refuerzan
la dominación masculina de las mujeres, en las modernas ciudades
occidentales o en las aldeas más remotas, mediante extensas e insoportables
prácticas sociales y el control del trabajo femenino o en las plazas
fuertes de la supremacía masculina: la familia y el matrimonio.
La Guerra Popular en Nepal demuestra lo que ya se ha demostrado
en el Perú y otros movimientos revolucionarios: la pujante efusión
del potencial revolucionario de las mujeres. Las mujeres descubren
una vida como combatientas en pie de igualdad en la lucha de emancipación.
Reciben una bienvenida y entrenamiento, con fusiles, y participan
en la transformación de las aldeas en bases de apoyo del poder popular,
dejando atrás la humillación, pobreza y falta de educación. Encabezadas
por el partido proletario, combaten por una nueva sociedad; jamás
aceptarán volver a la degradación y miseria semifeudal que el sistema
ofrece a millones de personas de Nepal. Se están cambiando, al igual
que sus hermanos-combatientes, en el curso de la histórica guerra
popular. Unidos, apuntan a tomar el Poder a fin de arrancar de raíz
todas las relaciones opresivas de la antigua sociedad desde la cima
de los montes Himalaya hasta las llanuras bajas, en función de la
lucha internacional para emancipar los pueblos del mundo.
La opresión de la mujer afecta a las mujeres de toda clase
social, y las hermanas rebeldes de todo el planeta están forjando
movimientos para combatir toda forma de velo asfixiante. El funcionamiento
del sistema empobrece la población femenina. Al mismo tiempo, más
mujeres ingresan a las filas del proletariado internacional, de
modo que nuestra clase, con otras fuerzas, podrá librar una férrea
batalla contra toda forma de opresión de la mujer y chovinismo masculino
y llevar a cabo el deber revolucionario de transformar el mundo.
¡Arrancar todo velo de opresión!
8 marzo 2002 – Comité del Movimiento Revolucionario Internacionalista
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información: BCM RIM, 27 Old Gloucester Street, Londres WC1N 3XX
Reino Unido. Internet: http://www.awtw.org
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